martes, febrero 23, 2021

Cataratas

 (*)

Pienso que una mayoría de personas coincidimos al considerar el cuerpo humano como la máquina más perfecta de la creación, y no me refiero sólo a los grandes componentes que lo forman, como pudieran ser el sistema nervioso, el aparato digestivo, el sistema circulatorio o el aparato locomotor. Me refiero a los pequeños detalles que nos facilitan y hacen más cómoda la vida. Basta con imaginar que si la cabeza no tuviese el tamaño y `posición adecuadas, no tendríamos dónde reposar el sombrero; o cómo los hombros nos permiten sujetar el abrigo en los días de frío; o los ojos, situados en posición delantera, mirando siempre en el sentido habitual de la marcha, lo que nos salva de más de un trompazo, y si los ojos fallan, ahí está la nariz para sujetar las gafas. ¿Y qué decir de la pilila, justo al alcance de la mano para poder dirigir el chorro y no mearnos fuera del retrete (antes del párkinson, por supuesto)? 

Claro que también se observa algún fallo. Para mí, el principal defecto del cuerpo humano radica en las orejas, quizá porque tienen tan buena situación que recurrimos a ellas para todo, hasta para hacer palmas. La oreja es el lugar indicado para sujetar las patillas de las gafas, el audífono, los pendientes, diversos pírsines, etc. Por si fuera poco, ahora también se usan para aguantar las mascarillas sanitarias. Overbooking de aparatos enganchados a un solo órgano. 

En mi oreja coinciden varios adminículos de mi versión biónica: 
· Como complemento de la nariz, lugar donde se apoyan las patillas de las gafas que corrigen la miopía. Con las monturas de titanio y los cristales orgánicos se han hecho soportables; antes de esto era habitual que las patillas de pasta me hicieran mataúras hasta en el tímpano. 
· Apoyo del sonotone, audífono o aparatillo de escuchar. Mi abuelo José llevaba como una radio en miniatura en el bolsillo de la camisa; del cacharrito salía un cable cuyo extremo acababa en un auricular que rara vez se sujetaba en la oreja. En resultado era que no entendía ni jota de lo que le decían y era la abuela Trinidad la que le hacía de traductora. Hoy los aparatillos de sordos son más sofisticados y apenas se ven: la maquinaria, color carne, se apoya en la parte superior del pabellón auditivo (olé) y un minipinganillo rebozado en material elástico se mete hasta las trompas de Eustaquio. Ambos aparatillos están unidos por un cable transparente o color carne. Es un peligro que haya niños cerca, porque el conjunto anda por los 3000€ y tiene tendencia a enredarse en los dedos de los citados monstruitos. 
· Por si faltara poco, con el COVID-19 has llegado las mascarillas, que también usan las orejas para sujetarse. El desastre está cantado: llegas a casa asfixiado y lo primero que haces es quitarte la FFP2 para poder respirar libremente. Lo primero que se va detrás de la goma es el sonotone, que, por acto reflejo, uno trata de sujetar moviendo la otra mano en un gesto vigoroso. Como consecuencia, el sonotone se va a tomar por saco y las gafas vuelan hasta el otro extremo del pasillo. 

De momento he decidido que me opero de cataratas, que, a la vez, me corrige la miopía y apenas necesitaré usar gafas. Hasta que no encuentre otra solución, pienso graparme el sonotone a la oreja. Lo último que tengo pensado es vestirme de astronauta. 

(*) No tengo claro si al quitar la catarata, veré el pájaro o si para ver la catarata, tendré que quitar el pájaro. 

domingo, febrero 14, 2021

De esponjas y estropajos

En 1985 compré un terrenillo en Vilanova del Vallés; era un cacho de cerro con bastantes pinos y unas cuantas encinas. Mandé aplanar un trozo de terreno y allí levanté la casa más pequeña que me permitieron las ordenanzas municipales. En el resto del terreno hice bancales, procurando que la altura entre uno y otro no fuera excesiva; para ello hube de liquidar los pinos, solicitando previamente permiso del ayuntamiento, permiso que me fue concedido siempre y cuando plantase otro árbol por cada pino cortado. Compré unos cuantos frutales a raíz desnuda y me puse a cavar hoyos. Tenía una espiocha a mi medida, es decir, pequeñita y de poco peso; cada vez que daba una cavada saltaban un chorro de chispas y el pico rebotaba como si hubiese pegado en goma; estaba claro que, con esa herramienta, la fuerza de mis musculillos y la dureza de la tierra (me dijeron que era sablón) no iba a ser capaz de hacer los hoyos adecuados, así que aparté unos cuantos ahorrillos y encargué la faena a un profesional. O eso creí.
Cuando trabajo, no me gusta que nadie esté detrás de mí observándome; de la misma manera, cuando alguien trabaja, tampoco me gusta observarlo. El resultado fue que el profesional, en vez de hoyos cavó maceteros; lo justito para que la planta se mantuviera en pie, siempre que no soplara el viento. Mi vecino me lo chivó algún tiempo después y, desde entonces, los maceteros los hice yo; sólo diré que me fue más fácil esculpirlos con un cincel y un martillo, que intentar profundizar con mi espiocha. Llegué a tener en el terreno hasta 35 árboles frutales entre naranjos, higueras, cerezos, albaricoques, caquis, granados y otros. La mayoría siguió el mismo proceso: agarró sin problemas, creció robusto, produjo un excelente fruto y, a los tres o cuatro años, empezó a chuchurrirse y acabó secándose. Al final sólo me quedaron unos almendros, un naranjo y un mandarino (que recuerde). Lo que más me dolió fue la higuera de calabacilla. Procedía de una higuera de mi tía Flora; mi hermana me la plantó en una maceta y la guardó hasta que fui en verano a recogerla. Creció de forma vertiginosa y el primer año le cuajaron dos higos; como Quiosquera me conoce y sabe que los higos de calabacilla son mi debilidad (no hay nada comparable a su sabor ni al tacto aterciopelado de su carne), dejó que me comiera los dos. Tiempo habría para resarcirse. ¡Pues no!, la higuera siguió creciendo de forma desaforada pero nunca más cuajó un higo. Hasta planté un cabrahigo para ayudar a su polinización y, justo aquel año, cambié la casa de la montaña por un apartamento en la playa. ¡Adiós a los higos!

Lo que sí me funcionó fue el huerto. El bancal que le asigné tenía una tierra tan mala como los demás, pero le puse el goteo y, gastando más en agua de lo que me hubieran costado en la plaza, crie tomates, berenjenas, pimientos, judías cebollas, papas… y calabacines. A pesar de casi ahogarlos en agua, los frutos eran muy buenos de sabor, pero chiquititos. Menos los calabacines. Muchas veces cuando el domingo volvía a casa, me dejaba dos o tres calabacines de cinco o seis centímetros, y al sábado siguiente los encontraba de medio metro o casi una vara de largos, y como el brazo de Esteve Reves de gordos. Y, aun así, estaban tiernos.

Mi vecino Emilio era de Extremadura y más del campo que San Isidro. Como yo… sólo que él sí había trabajado la tierra y sabía de agricultura. Los dos primeros años de vecindad apenas nos vimos: Emilio había dado con una veta de tierra fértil en un barranquillo cercano y se pasó estos dos años sacándola del barranco y esparciéndola por su terreno. Había hecho dos bancales de casi un celemín cada uno, y le metió medido metro de limo. Y allá dónde había de plantar un árbol, hizo un hoyo de metro y medio de profundad por otro tanto de diámetro. Daba gusto ver cómo crecían sus árboles y sus verduras, y la cantidad de frutos que cogía. Yo creo que repartía hortalizas a todos sus vecinos: era imposible que la familia, ellos solos, pudiera acabar con toda la cosecha.

A veces lo vigilaba mientras estaba empleado en sus faenas agrícolas. Sólo por aprender, pero me fue imposible imitar siquiera el género que él producía. En una ocasión observé que, junto a un pino, le crecía un matojo, que se reganchaba tronco arriba. No conocía la planta y le pregunté:
-        Emilio, ¿qué demonios es eso?
-        Son esponjas.

Me quedé pensativo. Yo conocía las esponjas marinas y las de plástico, usadas en la higiene corporal, y las esponjillas que venían en las camisas Suybalén, que utilizábamos para quitar la mugre de los cuellos y puños el sábado por la noche y dejar la prenda dispuesta para el domingo. Bueno…luego estaban los estropajos, pero eso ya era historia.
Hasta que la mata de Emilio empezó a echar fruto y vi que tenía una forma y tamaño similar a mis calabacines.
-        ¡Coño, eso no son esponjas, son estropajos!

 Cuando yo era niño mi madre utilizaba varios modelos de estropajo, a saber:
· Estropajo de aluminio: también lo llamaban nanas. Mi madre lo usaba para fregar la caldera y las sartenes grandes, antes y después de la matanza. A veces lo usaba también si hacía limpieza general “muy a fondo”.
· Estropajo de esparto “comprado”: eran espartos muy majados. 
Venían en manojos y parecía como si los espartos hubieran pasado por una extrusionadora. Ideal para fregar ollas y cubiertos y, en general, cualquier cosa susceptible de ser restregada (incluso la mesa matancera); también para la limpieza del cuerpo. Tampoco se usaba mucho en mi casa; demasiado fino.
· Estropajo de esparto autóctono o casero: no sé si se hacía exprofeso o se aprovechaba cualquier trozo de soga gorda o pleita espeluchada. Era la máquina de limpieza habitual en casa de los agricultores, tanto si se trataba de limpiar utensilios caseros como si trataba de higiene personal. Habitual en mi casa.
· Estropajo vegetalno lo criábamos nosotros, pero en el Cortijo Bajo, en las tierras de mi tío Manuel “el granaíno”, se daba con profusión. Cuando mi abuela o mis tíos más jóvenes iban al cortijo, traían una remesa para abastecer a la familia. Se cuidaban con mimo y sólo se usaban para restregarnos el jabón con “suavidad”.  

Posiblemente, en mi casa el que más se lavaba era yo; no porque fuera el más curioso, antes al contrario, pasaba por ser el más marrano de la familia, lo cual me obligaba, u obligaba a mi madre, a darme un bardeo a fondo cada día antes de meterme en la cama. Recuerdo que, al ver el barreño esperándome cuando llegaba a mi casa empercudío, después de pasar la tarde jugando en el rebalaje, se me ponía los pelos de punta.
-        Vienes hecho un “ceomo”. Venga que te voy a dar un fregao -me decía mi madre-.
Lo habitual es que me metiera en el barreño y me escaldara de arriba a abajo. Lo peor era cuando le tocaba a las piernas; me hacía sentar en una silla baja, me frotaba con jabón de sosa, que hacía ella misma, y acababa restregándome con un estropajo. Casero, por supuesto.
-        ¡Mamá, me escuecen las piernas! -me lamentaba.
-        Eso es que las tienes cortadas del frío -contestaba ella, aunque fuese verano.

¡Cortadas! ¡Desolladas vivas y con el pellejo levantado de restregarme el estropajo con los rabillos de los espartos tiesos!

martes, octubre 06, 2020

Góngora, don Baltasar y el Sevillano

 

Soy de ciencias, lo cual no obsta para que sea un amante de la literatura, en particular del verso clásico, esto es, del que tiene medida, ritmo y rima. Nada tengo contra el verso libre, sólo que, cuando lo leo, me da la sensación de que el autor le ha dado al “retorno de carro” antes de llegar al final del renglón.


Mi primer contacto con el verso fue a través de mi abuela Adela. Después de que el virus de la polio me dejara las piernas colganderas, cada vez que mi madre se iba a lavar la ropa a la noria, a la fuente o al barranco de Betétar, me dejaba en casa de la abuela, la cual extendía un saco o una manta en el suelo y allí me colocaba. He dicho en alguna ocasión que, a aquella edad, era un niño triste que apenas se entretenía con nada, y para hacerme la estancia más agradable, mi abuela se sentaba a mi lado y, mientras pelaba las patatas o doblaba la ropa, no paraba de contarme chascarrillos y recitarme versos. Eran versos sencillos que ella había aprendido en los Corros durante su juventud. Con el tiempo los he ido olvidando, pero me han quedado algunas imágenes; recuerdo un verso que hablaba de un lagarto saliendo de misa con sus amigos y cómo me imaginaba que un coche los esperaba a la puerta. Una de las últimas veces que estuve con mi tía Flora se lo comenté y ella sí se acordaba del verso:


Yo vi una rana en cueros,
a un cigarrón sin camisa
y un lagarto muerto risa
al ver a sus compañeros
cuando salían de misa.


 Cuando empecé a ir a la escuela había unas estrofillas, creo que en Lecciones de cosas, que me atraían de forma especial:


Con esta ametralladora,
dice el sabio Sisebuto,
mil disparos al minuto
y sesenta mil por hora.
+++


La poesía que siempre he tenido presente me la enseñó el tito Manolo y me llevó (creo que en el Biscúter) a la emisora Parroquial de La Rábita para recitarla en directo:


Yendo un muchacho a la escuela,
con el almuerzo en la mano,
cierto perro conocido
le iba siguiendo los pasos.
Hacíale, zalamero,
muchas fiestas con el rabo,
poniéndose delante
y dando continuos saltos.
"Bien se yo lo que tú quieres,
dijo risueño el muchacho,
¡picarón!”; y al decir esto,
le echó un mendrugo tamaño.
Doblaba el perro las fiestas,
y multiplicaba los saltos,
según veía que el niño
mendrugos le iba arrojando.
Mas cuando vio que el almuerzo
del todo hubo acabado,
¡rabo entre piernas!,
y se alejó más que de paso.
El niño mira visiones,
pues se quedó
sin almuerzo y sin amigo


Hace un tiempo busqué estos versos en Internet porque no me gustaba el final y comprobé que entre mi versión y la publicada había algunas diferencias, si bien no mejoraban la estrofa. Y tal como la recuerdo, la escribo.


Siendo maestro de la escuela mi primo Paquito (D. Verdades), hizo que cada niño se aprendiese una poesía para recitarla en clase y, como yo era el más pequeño entre los que sabían leer, me asignó un bodrio tal que:


Yo vi sobre un tomillo
quejarse un pajarillo,
viendo su nido amado
de un labrador robado


 cuando a mí me hubiera gustado recitar aquella de:


Las huestes de D. Rodrigo
desmayaban y huían,
cuando en la octava batalla
sus enemigos vencían.
+++


D. Baltasar hizo la transición del antiguo al nuevo régimen, es decir, eliminó todo vestigio de los métodos de D. Alfonso Zamora; sustituyó las cartillas Rayas por otras más modernas, se cargó Lecciones de cosas y El Quijote como libros de lectura e introdujo el Parvulito y la Enciclopedia Álvarez como base de conocimientos. De cada uno de los tres grados de la enciclopedia recuerdo algunas poesías, alguna de las cuales aún no he llegado a entender:


¡Qué dolor! por un descuido
Micifuz y Zapirón
se comieron un capón
en un asador metido.
Después de haberse lamido,
trataron en conferencia
si obrarían con prudencia
en comerse el asador.
¿Lo comieron? - ¡No, señor!
Era caso de conciencia.
(Samaniego)


En el segundo grado había un romance (las tres cautivas) que me aprendí de memoria con mi hermana María y que ella recitó en la emisora de La Rábita:


A la verde, verde,
a la verde oliva
donde cautivaron
a mis tres cautivas.
+++


El Embargo es un poema de José María Gabriel y Galán que me ponía los pelos de punta cada vez que lo leía, no sé si por la fuerza del propio poema o porque estaba escrito en un lenguaje muy próximo al que yo hablaba (y hablo). Tampoco sé si venía en el segundo o en tercer grado Álvarez:


Señol jues, pasi usté más alanti
y que entrin tos esos,
no le dé a usté ansia
no le dé a usté mieo...
Si venís antiayel a afligila
sos tumbo a la puerta.
¡Pero ya s'ha muerto!
¡Embargal, embargal los avíos,
que aquí no hay dinero:
lo he gastao en comías pa ella
y en boticas que no le sirvieron;
y eso que me quea,
porque no me dio tiempo a vendello.
+++
¡Pero a vel,señol jues:
cuidaíto si alguno de ésos
es osao de tocali a esa cama
ondi ella s'ha muerto:
la camita ondi yo la he querío
cuando dambos estábamos güenos;
la camita ondi yo la he cuidiau,
la camita ondi estuvo su cuerpo
cuatro mesis vivo
y una nochi muerto!
¡Señol jues: que nenguno sea osao
de tocali a esa cama ni un pelo,
porque aquí lo jinco
delanti usté mesmo!
(Gabriel y Galán)


 Hablando del Tercer Grado de la Enciclopedia Álvarez, fuimos muy pocos los que llegamos a ella; en mi último curso con D. Baltasar sólo estábamos Antoñico el Barbero y yo, y en el anterior también estábamos los dos, Jaime Vázquez (el Sevillano), Andresico el de María Peña y Frasco Montes. Deberían estar Juan Linares (el Patúo) y Juan Fernández (el Pater), pero creo que ya se había ido uno a la escuela de La Rábita para preparar el examen de ingreso, y el otro al Seminario. En todos los grupos siempre hay uno que es más destacado o atrevido que los demás; en nuestro caso era Jaime Vázquez, el Sevillano. En nuestra escuela unitaria cada día se hacía lo mismo: dibujo y copia, el problema del día, lectura…; las lecciones de memoria tocaban por la tarde. Una mañana Jaime se acercó al pupitre donde yo me sentaba; llevaba en la mano la enciclopedia, abierta por una página en la que se adivinaba un poema.
- ¡Antonio, Antonio, mira lo que he encontrado!-me dijo un tanto excitado-
No se me acudía a mí qué podría haber de extraordinario en un poema; cogí el libro y empecé a leer:


Hermana Marica,
mañana, que es fiesta,
no irás tú a la amiga,
ni yo iré a la escuela.
Pondráste el corpiño
y la saya buena
cabezón labrado,
toca y albanega;
y a mí me pondrán
sayo de palmilla,
media de estameña,
y si hace bueno
trairé la montera
que me dio, la Pascua,
mi señora abuela,
y el estadal rojo
con lo que le cuelga,
que trajo el vecino
cuando fue a la feria.
Iremos a misa,
veremos la iglesia,
darános un cuarto
mi tía la ollera;
compraremos de él
(que nadie lo sepa)
chochos y garbanzos
para la merienda.


- ¡Joooh! -exclamé-. ¡Chochos, dice chochos!
El Sevillano se enorgulleció de su gran descubrimiento, tuvo una subida de autoestima y se le disparó el valor.
- ¡Voy a leerlo! -levantó la voz-. Don Baltasar, ¿puedo leer?
Don Baltasar, que llevaba media mañana intentando que los del banquillo aprendieran a reconocer las vocales, y oyendo las lecturas balbuceantes de los que leían para mejorar en rapidez y comprensión, respiró aliviado porque pudiera oír a alguien que sabía.
- Sí, claro-respondió-.
Jaime agarró su enciclopedia abierta por la página correspondiente, se acercó a la mesa, se paró a la izquierda del maestro, miró al tendido, sonrió y arrancó:
- Hermana Marica…
- ¡¡¡NO!!!-gritó D. Baltasar-. ¡Esa no!
- ¿Por qué no?
- Porque no. Lee otra cosa.
-Es que yo quería probar a leer un verso. ¿Por qué no puedo leer éste?
- Bueno…
-D. Baltasar adoptó un tono pedagógico-, es una tontería. Es que en este verso se menciona una palabra que puede parecer malsonante... Dice chochos.
35 cabezas se levantaron al unísono con las orejas tiesas y los ojos como platos.
- Los chochos son altramuces -siguió explicando el maestro-.
- ¿Qué son altramuces, D. Baltasar?
- Un altramuz es una legumbre que se come seca. Como los garbanzos tostados, pero sin tostar.


El objetivo estaba cumplido. El Sevillano cerró su libro y, dibujando una sonrisa que le llegaba de oreja a oreja, volvió pavoneándose y se sentó en su pupitre.


Tuvieron que pasar varios años para que, ya estudiando bachiller, volviera a encontrarme con aquella poesía. Busqué su autor: Luis de Góngora y Argote. ¡Coño (y nunca mejor dicho) con el cura!



HERMANA MARICA: Paco Ibáñez

sábado, septiembre 19, 2020

Sólo cinco minutos

El Pozuelo. Calle Alfonso Zamora

Me operé de hemorroides en 1980. Cuando desperté al día siguiente, después de una noche drogado con Nolotil, una de las primeras noticias que oí fue la del accidente en el que perdió la vida Félix Rodríguez de la Fuente. Había pasado 8 ó 9 años sufriendo de los bajos traseros y la operación me devolvió el gusto por las pequeñas cosas de la vida. La felicidad (por esa parte) ha durado 38 años; hasta que un trastorno intestinal me produjo un superestreñimiento supercrónico que ha provocado que las muertas resucitaran. Volvemos a las andadas.

Cuento esto porque a mi edad cada suceso actual hace que rememore anécdotas pasadas. En esta ocasión he ido a parar a 1969, concretamente al mes de julio. Estábamos ensayando una obra de teatro de Fernando Vizcaíno Casas, El Fiscal, cuando tuve el primer ataque serio, a traición y por la espalda. Recuerdo recitar mi papel tumbado en el escenario, que era la postura que menor sufrimiento me ocasionaba. Por la noche, me iba a dormir a la cámara.

DIGRESIÓN. Mi casa era de planta baja, pero en el primer piso mi padre hizo construir dos habitaciones: una, alargada y de buen tamaño, donde estaban colgadas las morcillas, longanizas y otros productos propios de la matanza (la Cámara propiamente dicha), y otra, más pequeña, que servía de antesala a la cámara y que tenía una puerta que daba al terrado de launa que cubría el resto de la casa (aquí secábamos el maíz y estaba prohibido andar por él para evitar que la tierra cayese sobre las camas de abajo), y una ventana por la que se colaba el poco fresco que pudiera hacer una madrugada de verano mediterráneo. Con las ventanas de la cámara abiertas se producía una ligera corriente de aire que permitía hacer soportables las noches.

En la habitación pequeña estiraba una manta y allí me acostaba, entre puertas, en pelota picada esperando que el airecillo me refrescara la parte dolorida. La noche de julio a la que me refiero fue especialmente dolorosa y me costó dormirme; quizá por eso oí idas y venidas por el terrado. En otras circunstancias hubiera abierto la puerta para ver qué pasaba y advertir a los transitaban por encima de la launa que lo mejor era que se fuesen a pasear por la playa. No me moví. Cuando parecía que las carreras habían acabado, oí a mi padre subir las escaleras; me di media vuelta procurando ocultar las vergüenzas y me puse cara a la pared: justo la pared donde estaba el interruptor de la luz. Mi padre no imaginó que yo estaba allí atravesado y, cuando fue a encender la luz, me arreó un puntapié en mitad de la raspa tal que oí chirriar los discos que separan las vértebras. Encendió la luz y abrió la puerta que daba al terrado; alguien se acercó y susurró algo. Cuando me divisó cara a la pared y con el culo al aire, dejó ir una risilla socarrona. Yo me hice el dormido, pero aquella risa me era muy conocida.

A la mañana siguiente intenté enterarme de qué había sucedido la noche anterior. Mi informante era el Paquito de Amalia, o el Paquito del Pozo, que era otro de los nombres por el que se le conocía. Paquito era de aquellos que no está nunca, pero se entera de todo. Al parecer, una francesa (en aquellas épocas, en mi pueblo, todo aquel que no hablaba español era francés), que había alquilado una habitación en el bar de Caneco, fue a refrescarse a la playa y se enrolló con el Calorina; seguramente se citaron. Calorina (Juan) acudió a la cita. No me quedó claro si entró por la puerta de Caneco y subió a la habitación, o escaló el Callejón de Celedonia, atravesó mi terrado de launa, la terracilla de Frasquito el Barbero y se coló en la habitación de la francesa por la ventana. Lo que sí es seguro es que el camino descrito lo siguieron otros. El Callejón de Celedonia, que por su parte norte recibía el nombre de Callejón de la Pistola, tenía (y tiene) una anchura de poco más de una vara, permitía que un tío bien musculado o suficientemente ágil subiera apoyando un pie en cada una de las paredes que lo limitaban; era más difícil bajar, ya que un pequeño resbalón mandaba al escalador directamente al suelo. La cuestión es que o había más de una francesa o, al olor de las sardinas (bacalao), otros mozos esperaban turno en el terrao, por si la francesa no tenía bastante con el Calorina. De ahí que en el terrado de mi casa hubiese más circulación que en la Gran Vía.

No he sabido si Pepe el Caneco oyó ruido en la habitación de su huésped o si se golió lo que se cocía; fuese por un motivo u otro, Pepe interrumpió la faena y echó al Calorina a la calle; esta vez por las escaleras y con la ropa en la mano. El o los que transitaban por el terrao no tuvieron opción de bajar por el conducto oficial. Uno de ellos vio venir a mi padre y le siseó para que le abriese la puerta de la cámara, que es lo que yo viví en directo.

El título, que ha quedado como dicho popular, sucedió en la mañana, cuando la francesa le pidió la cuenta a Pepe el Caneco:
- Son 50 pesetas
- ¡Oh, ayer me dijo 35!
- Son 35 pesetas la habitación y 15 más por dormir con un español -
sentenció Pepe-.
- ¡¡¡Seulement cinq minutes!!!

Tampoco llegué a saber si los “sólo cinco minutos” fueron por culpa de la interrupción del posadero, de un disparo precipitado de Calorina o que la francesa hacía el amor por primera vez en el sur y el tiempo se le pasó volando.

 Como me lo contaron, lo cuento.

lunes, agosto 31, 2020

Crónicas pandémicas

 

Algunos expertos aseguran que el SARS-CoV-2 ha venido para quedarse; por lo menos hasta que los científicos encuentren una vacuna de efectos duraderos o hasta que un alto porcentaje de habitantes del planeta desarrolle inmunidad de rebaño. La vacuna no sabemos cuánto tardará, y para que se alcance la inmunidad de rebaño se necesita que un mínimo del 60% de la población mundial (los borregos) superen la infección y produzcan los anticuerpos pertinentes. Dicen que ahora (20 de agosto) llevamos 22,5 millones de infectados y, quinientos millones arriba, quinientos millones abajo, necesitamos que se infecten cuatro mil millones y medio. Para largo lo llevamos. Y todavía sin saber las secuelas que nos va a dejar el bichito.

De momento parece comprobado que el único remedio que funciona es la confinamicina, con el defecto de que sólo inmuniza hasta la puerta de tu casa y, además, crea adicción. No se han descrito los efectos secundarios de la medicina; puedo adelantar algunos. No soy deportista, pero tampoco practico el sillón ball; quiero decir que, entre unas cosas y otras, tengo más kilómetros que el Ford de pedales de Hilario. Hasta ahora. Después de 2 meses y medio de medicación intensiva, y otros tantos de medicación de mantenimiento, se me han oxidado las bielas. Básicamente, la pierna derecha se me ha torcido. Bueno, no es verdad, intentaba hacer un chiste malo. Anda por ahí un chascarrillo, según el cual uno llega a la vejez cuando en vez de decir la pierna derecha y la izquierda, acaba diciendo la buena y la mala. Si me lo aplico, resulta que yo alcancé la vejez con poco más de dos años; entonces se empezó en mi casa a hablar de la pierna buena y de la pierna mala, por más que la buena fallaba más que una escopeta de caña.

Pues bien, la pierna buena ha sucumbido como daño colateral de la confinamicina: con una caminata de 500 m o media hora se pie en cualquier sitio empieza a dolerme la rodilla, el cuádriceps se me engarrota y la cintura y la zona donde la espalda pierde su honesto nombre avisa tormenta; vamos, que para subirme al coche he de balancear la pierna y lanzarla a lo que salga a ver si tengo suerte y cae dentro. Lo peor es que la recuperación dura dos o tres días y no me funciona ni el sofá ni el catre. Quizá note un poco de alivio con un masajillo de Tío del Bigote; no es que me calme el dolor, es que el pestucio espanta moscas, mosquitos y moscones y, al menos, me dejan leer a gusto.

 Hay un problema añadido y es que me quedan tres cosas, por lo menos, a las que ni quiero ni puedo renunciar:

1.- Quedé con Juan de Dios que llevaría a mi Pequeño Saltamontes (cada día menos pequeño y ya con una melenilla apreciable) a la Punta de la Mona cuando pase la pandemia y el tiempo sea favorable.

2.- A mi nuera le he enseñado parte de la Alpujarra, pero no hemos pateado Capileira y eso requiere rodillas firmes (aunque duelan).

3.- No renuncio a explicarles a mis tres nietos los recovecos de la Alhambra.

Y, ¡coño!, no es una promesa, pero no me da la gana ver el mundo por televisión; apenas conozco África, y tampoco le haría ascos a ir a visitar a los canguros (por ejemplo). Así que ya nos inventaremos algo o encontraremos algún artilugio que nos ayude. Apretar los dientes y seguir adelante ya sabemos.


domingo, agosto 09, 2020

Gracias, presidente

 

Hace 81 años que terminó la Guerra Civil y casi 45 que murió Franco y siguen vigentes los versos de Antonio Machado que cantaba Joan Manuel Serrat:

Españolito que vienes
al mundo te guarde Dios.
Una de las dos Españas
ha de helarte el corazón.

Lo que no he sabido nunca es distinguir entre la España que muere y la España que bosteza. De lo que estoy seguro es que la España que muere murió matando (si es que estuvo muerta alguna vez), y la España que bosteza se despertó de golpe (si es que alguna vez estuvo dormida) y se despertó matando. Y así, mientras los españolitos discutían si son galgos o podencos, entre una y otra, se llevaron por delante a lo mejor de la juventud de la década de los 30.

Tras la victoria de los “nacionales”, el Caudillo de España por la Gracia de Dios impuso su ESPAÑA UNA, GRANDE, LIBRE. A la España UNA de Franco le sucedieron las MULTIPLES, PEQUEÑAS y CABREADAS que decía Pedro Ruiz. En total, digo yo, 18 Españas (la nacional y las autonómicas), MÁS 2 ciudades autónomas. Muchas Españas. Demasiadas.  Y cada una de ellas con sus símbolos; al menos 2: uno legal (el que define la Constitución o los Estatutos) y otro alegal (el que la gente saca a la calle porque molesta más, y no está reconocido en ningún sitio). Sólo hay una España con un símbolo ilegal, que es la roja y gualda con el escudo sobre el Águila de San Juan. Y sólo hay una bandera legal de la que los españoles se avergüenzan y rara vez sacan a pasear: la que define la Constitución Española. Muchos españoles acusan a la extrema derecha (ahora se llama ultraderecha, que es más culto) de haberse apropiado del símbolo más conocido y que mejor identifica al país. Pienso que nadie se ha apropiado de la bandera; hemos sido los españoles quienes le dimos la espalda, la abandonamos, y la derecha radical la ha recogido del suelo.

Me duele comprobar que, cuando vemos una bandera de España (legal) en un balcón, pensamos que allí vive una familia muy de derechas y… probablemente tengamos razón. Seguimos discutiendo sobre galgos y podencos; mientras, los verdaderos perros de presa azuzan a los suyos y acorralan a los otros.

Cuando la diputada de VOX, Macarena Olona, apareció luciendo una mascarilla con la bandera de España bordada en un lateral, las buenas gentes confirmaron el ultraderechismo del partido al que pertenecen, y los “medios de comunicación” la pusieron a caer de un burro. Algo similar ocurrió cuando D. José María Aznar se presentó en el homenaje de estado a las víctimas de la pandemia con su mascarilla abanderadas. “No ha ido VOX, pero ya está Aznar”, se leía en un periódico digital que se dice progresista; o lo que es lo mismo: otro tío de extrema derecha.

Ha sido a la vuelta de la cumbre de Bruselas, donde el señor Presidente del Gobierno de España se presentó sin bandera identificativa y, en muchos casos, sin mascarilla, cuando D. Pedro Sánchez ha aparecido en el Congreso de los Diputados con el artilugio preventivo, decorado con la susodicha bandera. Algún periodista (comunicador, creo que se dice) se ha escandalizado. Leo en elEconomista.es:

En España, el uso de la bandera en la mascarilla se ha asociado desde los primeros compases de la pandemia a la derecha política del país y sus simpatizantes”.

Vamos, desde el inicio de la pandemia y desde que yo tengo uso de razón. Da la sensación de que la rojigualda la inventaron los fascistas que provocaron el Big Bang. No sucede así con otras banderas, que lucen con orgullo los presidentes los respectivos países; léase Emmanuel Macron, Giuseppe Conte, Justin Trudeau o Antonio Costa. Quizá nuestro presidente ha tomado nota y sigue su ejemplo. Lo cierto es que el Señor Sánchez ya ha salido varias veces con la mascarilla de la bandera y los comentarios jocosos han disminuido ostensiblemente. Tal vez, sólo tal vez, esté ayudando a que la bandera de España vuelva a ser patrimonio de todos los españoles. En nuestras manos está.

En todo caso, gracias por el gesto, Señor Presidente.

martes, agosto 04, 2020

San Jamón


La camada de 1950 en El Pozuelo fue fructífera. Digo 1950 cuando, en realidad, quiero decir 1950 más/menos 2 años y, si me apuran, en el intervalo de un lustro, para que quepan las mujeres que eran un poco más jovencitas. Lo cierto es que aquel grupo de jovenzuelos goza de un determinado respeto entre las gentes del pueblo; recogiendo el testigo de los Beneritos (el Piché, el Paye, el Juncia), que fueron los encargados de dar ambiente a las fiestas de Navidad, la Candelaria, el Carnaval o el Domingo de Piñata con sus bailes en el puesto de Rosendo, la generación del 50 fue un poco más allá y organizó funciones de teatro, murgas e instauró a Santiago Apóstol como patrón del pueblo (además de San Isidro y la Virgen del Mar que ya eran patrón y patrona de agricultores y pescadores). Pero el logro más importante es que todo ello lo hicieron mozas y mozos en colaboración, algo impensable apenas un par de años antes. Hasta entonces, los mozos del pueblo se hacían los encontradizos en la playa o dando un paseo por los muros, pero aquel año las chicas colaboraron desde la primera línea elaborando los programas de esparcimiento y diversión. Es verdad que gran parte de “culpa” la tuvo la saga de los Romera, que aportaban más media docena de elementos al grupo, a la vez que un par de medios de transporte y locomoción; con aquello de que las niñas iban en compañía de sus hermanos o primos, fue más fácil que los padres no pusieran problemas. El resto de jóvenes del grupo era amiga de las mujeres Romera, las chicas, y de los varones Romera, los chicos. A otros (padres, por supuesto) no les quedó más remedio que portear a sus hijas de fiesta en fiesta hasta conseguir un buen partido. Sea de quien fuere la “culpa”, aquella generación, que aportaba elementos de El Pozuelo, Cortijo de las Chumbas y Huarea, adquirió fama de ser chavales serios, educados y formales; nunca llegué a comprender por qué.

Las buenas relaciones entre jóvenes y jóvenas se iniciaron el verano de 1969, o tal vez, fue en esta fecha cuando a mí me admitieron en la partida. Arrancamos con la preparación de una obra de teatro y continuamos con una excursión en burro por la Rambla de Huarea. Este año, el 18 de julio todavía era fiesta y los jubilados cobraban paga extra. Nosotros, estudiantes, ni teníamos paga extra ni muchos motivos para celebrar la fiesta patria, pero nos sobraban ganas de agarrarnos a cualquier santo para pasarlo bien. Nos reunimos bajo el Puente de Huarea, cada varón conduciendo un lujoso descapotable equino, y leímos el reglamento de la jornada. No tengo a mano los artículos de tal reglamento, pero alguno de sus títulos rezaba tal que así:
Como requiere el momento
y si alguien no se queja,
pa cumplir el reglamento
ha de ir una pareja
subida en cada jumento.
Como ha llegado la moda
De al prójimo dar por saco,
Se ordena a la gente toda
Que fume de su tabaco
Y quien no tenga, se joda.
… … …

En resumen: la jornada fue un éxito. Habremos de hacer un esfuerzo y contar con detalle cómo se desarrolló. Quedamos tan contentos que al año siguiente quisimos repetir la experiencia. Nos reuníamos con las niñas en el portal de Paquito Romera, calculando los suministros que íbamos a necesitar´, no fuera a pasar como el año anterior que compramos una garrafa de vino de media arroba y la finiquitamos haciendo una sangría el día de la Virgen en La Rábita,
No recuerdo bien cómo fue la conversación. Sé que hacía broma con Juanita Casas, y me pareció que ella la seguía:
- Fíjate si fuéramos musulmanes -parece que dije-. En vez de ir una pareja en cada burro, en los burros irían subidos los niños y las mujeres iríais detrás, agarradas a la cola para no perder el paso.
- Claro, y como no sois moros ni nada nos obligaríais a llevaros un vasito de vino de vez en cuando.
- ¡Faltaría más! Y ya puestos, unas tapitas de jamón serrano.
El 17 de julio se produjo la gran sorpresa: las niñas no querían ir de excursión.
- ¿Por qué? -fue la pregunta obligada-.
- Porque Antonio (o sea, yo) ha dicho que las mujeres irían andando y sirviendo a los chicos vasos de vino y lonchas de jamón.
Me pareció una excusa tonta y, en principio, no le di más importancia, pero la excursión se suspendió. Casualidad o no, el primer domingo de agosto no fui de fiesta y yo tenía intención de despedirme de Quiosquera, que se volvía para Barcelona aquella misma semana. Se me encendió la bombilla y en unas horas monté una fiestecilla en el Balneario. En la pared que pega a la playa puse una mesita, tapada con un mantel blanco. Le pedí a mi madre un hueso de jamón, repelado pero entero y lo puse derecho sobre la mesita; a ambos lados un par de velas. Saqué mi magnetofón (con más kilómetros que el Ford de pedales de Hilario) e invité a los amigos a celebrar el santo del día: ¡SAN JAMÓN!

Al final de la fiesta, Enrique Ibáñez me tirada de las orejas.
- Un poco irreverente, Antonio.
- Muy irreverente, Enrique.

Sólo recuerdo otra vez en que se haya celebrado San Jamón. Fue en Huarea y no hubo jamón, hubo choto.

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