jueves, octubre 14, 2021

Un año más (12 de octubre)

Un año más, en llegando el 12 de octubre, se reaviva la polémica del descubrimiento de América, el genocidio de los amerindios y quién y de dónde venía Colón. La mayoría de los polemistas afirman que no fue Cristóbal Colón quien descubriera el Nuevo Continente, que a los indios los genocidaron los españoles-castellanos y que el Almirante había nacido en la región o país del que polemizaba. Y eso sin que existan documentos que demuestren fehacientemente ninguna de las teorías que circulan por ahí.
En anteriores ocasiones hemos dejado constancia de nuestra opinión (12 de octubre, Día de la Raza, Viva Zapata) sin pretensión de sentar cátedra dado que no estamos facultados para ello. Pero lo que admite poca discusión es que el descubrimiento, tropiezo, llegada, visita… o lo que sea de las Indias Occidentales significó un cambio para toda la humanidad como no se había producido otro en la historia.

Y que cada cual celebre lo que le pida el cuerpo.

jueves, agosto 26, 2021

Polvo acústico

En una cena de Nochevieja donde predominaban los varones, se me ocurrió decir que el mayor placer del género humano era la comida: me llamaron maricón. Años después, en el aeropuerto de La Habana se me enrolló un empresario alicantino; la conversación fue larga, porque larga fue la espera del vuelo que debía llevarnos a Madrid. Luego de repasar la economía y la política española, llegó a la conclusión, y así me lo dijo, de que el mundo lo mueven dos verbos: comer y follar. Le di la razón basándome en los primeros capítulos del Génesis, según el cual Dios dijo a Adán y Eva cuando los echó del Paraíso: “Creced (comed) y multiplicaos (follad)”.
Cierto es que la vida está llena de pequeños (o grandes) placeres, pero son estos dos los que ocupan la mayor parte de nuestra vida y, dado que en el mundo occidental la comida apenas representa un problema, es el mandato “multiplicaos” el que nos ocupa la mente; hasta cierta edad, claro, porque llega un momento en que uno no come mucho, y follar, folla poco o nada. Es entonces cuando aprendemos a valorar otros placeres.

Al inicio de mi etapa laboral pasé bastante tiempo trabajando a la izquierda de una impresora de martillos y el ruido acabó perforándome el tímpano. Estuve varios años en tratamiento, incluso me hicieron un injerto (que no agarró) y al final lo dejé por imposible. Me quedaron secuelas: pérdida progresiva de la audición, ruido como quien se pega una caracola a la oreja y, lo peor, las infecciones que pillaba cuando me entraba agua en las orejas. Esta última secuela la pude controlar con algodoncillos, tapones de cera y un tapón especial que me hicieron a medida; y, por supuesto, huyendo de toda humedad cercana a la cabeza.

Bastantes años después, estando en Aguadulce, me levanté una mañana con el oído izquierdo taponado y, teniendo en cuenta que el tímpano averiado era el derecho, quedé sordo como una tapia, Un médico joven de la Clínica Mediterráneo me sacó el tapón y me revisó ambos oídos.
-¿Es este el oído perforado?
-preguntó-. Mire aquí señora -dijo a Quiosquera-.
Quiosquera miró y no vio nada raro.
-¿Ve usted algún agujero?
-insistió el médico-. No puede ver agujero porque se ha cerrado la perforación.

La verdad es que aún hoy no me lo acabo de creer, a no ser que, después de 15 años sin mojarme las orejas, se me hubiera formado una capa de mugre que hiciera las veces de tímpano. Aquello implicaba que ya podía ponerme un aparatillo para sordos y merqué un audífono. No es que oiga a la perfección, pero en algo hemos mejorado. Tiene un pequeño defecto y es que el oído se va irritando y acaba picándome como un demonio. Y como no hay mal que por bien no venga, ese picor es la fuente del mayor placer que puedo permitirme a estas alturas. Cuando acerco un bastoncillo al epicentro picante, se dispara una sensación de placer que llega a su máxima intensidad al tocar el punto G. Es un orgasmo de tres segundos que se puede repetir en un par de ocasiones más, aunque la intensidad no sea la misma. Es a esto a lo que llamo polvo acústico. Para que el lector se haga una idea, imagínese un brazo o pierna escayolado que pica, y que a la aguja de hacer calceta le falta como un milímetro para llegar al punto central de la zona afectada... empuje hasta el fondo la aguja, más, más, más… ¿ya?. Pues eleve esa sensación a la enésima potencia y sabrá lo que es un polvo acústico.

Nota.- Hay verbos que no acostumbro a utilizar, pero en este caso no he podido encontrar el eufemismo adecuado. Me pasa como a Isabelica la Pelá que mandó a su Maribelilla al médico con la Adelina porque ella no sabía decir “cagueta en palabras finas”.

viernes, agosto 06, 2021

La barbería

Desde que Dios confundió sus lenguas mientras construían la Torre de Babel, los humanos han hecho lo posible para mantener la comunicación entre ellos, y a estas alturas de la historia, mal lo tienes si no disfrutas de educación bilingüe o no dominas dos o tres idiomas. Para eso se inventaron las escuelas de idiomas.
No siempre ha sido así. Los griegos inventaron el ágora para fomentar el intercambio de opiniones, los romanos recurrieron al foro y los europeos, mediada ya la Edad Media, inauguraron el parlamento. Estas instituciones, y otras que aparecieron en otros lugares, fueron siendo dominadas por los profesionales de la política, y el pueblo llano volvió a perder la sede del comadreo y la discusión. A mediados del siglo XIII, la Iglesia echó mano a las prácticas paganas de ir al oráculo a contarle sus penas a los dioses, e inventó la confesión. Durante mucho tiempo fue un buen invento, pero, sobre todo los varones, no acababan de fiarse del cura y buscaron otras alternativas. En una época en que la gente ni se pelaba ni se afeitaba, los barberos tuvieron que buscarse la vida sacando muelas y sajando granos, que por algo eran expertos en navajas. A falta de anestesia, el profesional barbero desviaba la atención del paciente contando historias reales o inventadas (de ahí, “hablas más que un sacamuelas”) y era necesario que estuviese al día de las últimas noticias acaecidas en la villa; a falta de periódicos, los parroquianos acudieron a él para mantenerse informados, convirtiéndose la barbería en el centro de información e intercambio de opiniones de los pueblos.

De pequeño yo solía pasar bastantes ratos en la barbería de mi pueblo. Había varias razones; por una parte, era compañero de pupitre del Barberillo chico y, si bien pasábamos el día chinchándonos, éramos buenos amigos; y por otra, en la barbería solía haber tebeos atrasados y mi amigo me proporcionaba lectura. Me encantaba el sonido de las tijeras en manos de Frasquito el Barbero: “Chas, chas (corte de las greñas) …, chas, chas… chas, chas, chas (Frasquito tijereteaba al aire y liberaba las tijeras de los pelillos adheridos)”. No he vuelto a oír ese sonsonete desde que dejé de pelarme en El Pozuelo. Pero a lo que iba. En la época en que sitúo la historia, Joseíllo el del Rico tenía novia en La Rábita (en Mochilas, creo) y sus futuros suegros no lo querían porque tenían preparada a la niña para un pariente francés. Uno de aquellos fines de semana, tras un breve (o no) recalentón, Joseíllo se llevó la novia. Los papás de la niña montaron en cólera y avisaron al francés, que en un par de días hizo acto de presencia en La Rábita. La niña, por supuesto, continuó viviendo con su novio. Tras varios días en que apenas salían de la cama (o eso se decía), la joven dijo que tenía que ir a casa de sus padres a recoger algo de ropa (ya era hora de vestirse) y algunos objetos de su propiedad. Minutos después la vieron pasar con el francés camino de Gabachilandia.

Durante días, esa fue la conversación estrella de la barbería.
- Pobre chico, apenas unos días casado y lo deja la mujer. ¡Qué golpe! -decía uno-.
Bueno -decía otro-, pero él le ha hechos los roces y eso no hay quien se lo quite. El que andará jodido toda su vida es el francés que es el que lleva los cuernos.

Yo andaba enfrascado en mi tebeo, con las orejas tiesas pendiente de la conversación. Habló el experto:
- ¡Qué va! Mi primo, que está en Francia dice que allí no es como aquí; ellos no le dan importancia a eso. Dice que a lo mejor llega un tío a casa de su vecino y le dice: “¿Me prestas tu mujer este fin de semana?”, y se la lleva de excursión o a lo que haga falta. No son como nosotros que los cuernos son una vergüenza.

¡Coño con los franceses!, pensé. Lo que no me cuadraba es que no pintase nada la opinión de las mujeres. Claro que, pasado el tiempo, ves una película o lees una historia francesa con cuernos de por medio y siempre te presentan a Moguís, el cornudo con una sola ceja y cara de asesino, con la escopeta en la mano buscando al responsable de sus retorcidas astas.

martes, agosto 03, 2021

Productos de la tierra en el exilio

En mi exilio no siempre encuentro productos de la tierra; es por eso por lo que me ha gustado disponer de una pequeña extensión donde cultivar mis propias hortalizas.
No sé si por réplicas de los terremotos en Granada o por mor de otros fenómenos meteorológicos, este invierno se me han venido abajo los balates que sustentaban mis bancales y he tenido que recurrir a Agroman para que enmangarille las tierras. Me ha quedado una finquilla plana, un tanto reducida respecto a su extensión primitiva, que he compensado metiendo en labor una cabezaílla que tenía abandonada. A final me han quedado unos 8000 cm2 de cultivo. Con todo, la siembra ha sido tardía y, cuando debía de tener el maíz emparaje de hacerme una moraga de panochas, estoy con los primeros tomates en flor. No sé si antes de que lleguen los primeros fríos, me habrá dado una cosecha capaz de amortizar la inversión.

Lo mismo aprovecho que me voy unos días a Aguadulce y compro en El Ejido un invernadero prefabricado.

domingo, agosto 01, 2021

Productos de la tierra

A los 12 años salí de casa de mis padres y, salvo en vacaciones, no volví. A los 21 años salí de mi patria chica y, salvo en vacaciones, tampoco he vuelto. Joseíco el Maturruña llama a mi hijo “el catalán” y, aquí, tengo amigos o conocidos que creen echarme un piropo cuando me dicen que yo no parezco andaluz o que soy poco andaluz. Sin embargo, a mí me parece que cada día echo más de menos mi tierra y, cuando en Carrefour o Lidl veo el eslogan “productes de la nostra terra” o “fet a casa”, me imagino comprando tomates de la Costa Tropical o pestiños de Vélez Benaudalla.

De hecho, empiezo el día con una naranja de Rioja, un café con leche Puleva y una Maritoñi o una torta de aceite Isabel Rosales; o simplemente una rebanada de pan, lo más cortijero posible, y un chorreón de aceite Oro del desierto.

Para mediodía me gusta tomarme de aperitivo un quinto de cerveza Alhambra tradicional con unas lonchitas de jamón de Trevélez, y seguir con un gazpacho andaluz de tomates de El Ejido, pepino de Almería, pimientos de Agruportícola, agua de Lanjarón, aceite de Jaén y vinagre de Jerez (esto último desde que Correa cerró la bodega y dejó de vender el vinagre más parecido al que traía Rosendo el Rico desde los Ayusos, que yo he conocido). De primero, un pucherillo de verano o unas lentejas viudas, eso sí, con una morcillica malagueña o de Serón, dado que ya no es posible acceder a la morcilla casera ni siquiera a la de Si… si… món; las migas completas, con harina de Murcia y sardinas del Mediterráneo, quedan para el invierno. De segundo, bien podrían ser unas berenjenas con miel de caña de Frigiliana, regadas con vino Costa. El postre puede ser cualquier cosa que cuelgue de un árbol o arbusto, aunque últimamente me ha dado por el mango de Almuñécar o Nerja y, cuando hay, uva de Almería.

La comida nocturna suele ser más ligera: me dijo el médico que, como por la noche no hay que ir a trabajar, se debe comer poco y liviano; claro que tampoco trabajo el resto del día y puedo comerme lo que me dé la gana. Le hago caso de todos modos y me conformo con una 1925 o un vasito de vino Tetas de la Sacristana de Laujar, y unas cuantas lonchas de jamón vegetal, esto es, de bellota, que me dijo la cardióloga que, puesto que tenía problemas de coronarias, el jamón tenía que ser del más caro. Y de postre flan Dhul. También por consejo médico, antes de dormir me zampo una onza de chocolate subsahariano; no sé si lo del chocolate tiene que ver con la salud o si me lo mandó como sustituto del sexo. Ya se sabe que, a partir de ciertas edades, sólo hay dos opciones: Viagra o chocolate.

Y paro aquí, porque me vienen a la memoria tantas cosas que echo en falta, que no acabaría nunca el artículo. Tengo que decir que estoy esperando que pase la pandemia para acercarme unos días por mi tierra con la intención de probar Poeta en Nueva York, de la bodega posiblemente más pequeña del mundo: Rambla de Huarea.

Releo lo que acabo de escribir y me surge una pregunta reflexiva:
Si tantas cosas echo a faltar, ¿qué coño hago yo viviendo en el extranjero?

domingo, julio 11, 2021

Ésta es la que liga

Casi siempre que hablamos de El Pozuelo, Quiosquera acaba diciendo que las gentes de mi pueblo son salvajes cavernícolas que necesitan hacer un máster en educación y civismo. Y eso en base a anécdotas divertidas que le cuento, tales como las que se relatan en Manolillo el catano o Embarazo psicológico. No le he contado que, cuando llegaron las primeras veraneantes, el deporte favorito de los mozos era echarle el ojo a alguna “madrileña” (en El Pozuelo todos los extranjeros eran franceses y los veraneantes patrios, madrileños) que estuviese refrescándose a una distancia de entre 10 y 30 m del rompeolas, nadar bajo el agua y tocarle el trasero o las domingas a la bañista, para salir 20 m (o más) alejados de su objetivo. Los niños observábamos y aprendíamos, mientras nos descojonábamos viendo y oyendo los grititos de las “afortunadas” y sus inútiles intentos de zafarse del ataque de semejantes tiburones o marrajos.
Claro que no todos eran iguales; había formas más sutiles de impresionar a una mujer.

En los años 50 la playa de El Pozuelo era ecológica: había mierda para parar un tren, desde matas de pimiento que se tiraban por el rebalaje para que se las comieran las manadas de cabras que volvían del pastoreo, hasta los cubos “higiénicos” que se usaban en las casas (no conocíamos el inodoro por entonces) para aliviar necesidades imperiosas, pero era mierda natural, sin aditivos ni colorantes. También la playa era de todos, es decir, no había ningún tipo de limitación: los más pobres, que vivían en casas sin ventilación, se iban a dormir al fresquito de la brisa marina, y los menos pobres (algunos, muy pocos) se hacían una chocita de cañas en la arena para “tomar el sol a la sombra”; incluso hacían un mini cuartito para cambiarse de ropa. Los niños, por lo general, permanecíamos todo el rato en el agua, aunque de vez en cuando nos arrimáramos a la sombra de una de las chozas a escuchar las conversaciones de los mocicos; para aprender, claro. Recuerdo un día en que la lección diaria la estaban impartiendo Andrés el de Antonio Tomás, Frasquillo Gómez, Pepe el Burgués y algún que otro mozo más. El tema era la mejor manera de ligar; uno opinaba que lo que a las niñas les gustaba era la educación y las buenas maneras, otro decía que lo que realmente querían era un hombre serio y trabajador, otro… Andresillo tomó la palabra: se agachó, cogió del suelo una piedra alargada y de cantos romos, se la echó dentro del bañador y, sacado pecho y escondiendo barriga sentenció:
- Ésta es la que liga -dijo-.
Y con las mismas echó a andar por la lengua del agua para que las mozas admirasen el “bultito del bañador”.

miércoles, junio 23, 2021

De higos a brevas

Vivo en una ciudad donde no mucha gente sabe qué es una breva; algunos sólo han oído la palabra en expresiones como “No caerá esa breva” o “Sucede de higos a brevas”. De hecho, durante mucho tiempo, si quería comer brevas, tenía que pasarme por la Boquería o el Mercado de San Antonio, y, en todo caso, era por darme un capricho, porque las brevas que encontraba estaban bastante desabridas. Desde hace unos años, también las encuentro (igual de desabridas) en Mercadona. Como me traen buenos recuerdos, no pasa año que no las busque esperando dar con una remesa que se parezca a las que me comía de pequeño. Alguna vez lo he logrado.
Aquí, en Cubelles, pueblo natal de Charlie River, hay mercadillo los viernes. Nos solemos acercar a echar un vistazo por si acaso hay algo interesante, que lo hay: jamón de Extremadura, morcilla malagueña, calzoncillos coreanos… y, por supuesto, verduras recién cogidas en la vega cercana (El Ejido, Nerja, Almuñecar o el Valle del Jerte). El viernes pasado había brevas en varios puestos; nos dimos una vuelta sopesando la calidad del fruto: las vimos desde unas lustrosas y de buena presencia a 5,90€, hasta otras más negras que el alma de un condenado, rajadas y medio “espachurrás” a 3,50.
- De éstas -le dije a Quiosquera.
- Son muy feas.
- Es que yo busco la belleza interior.
No es que yo sea experto en brevas, pero de las lustrosas compro cada año y no tienen dulzor alguno; las espachurradas me recordaron el aspecto de las que traía mi madre cuando se levantaba temprano y nos traía un canasto de bravas fresquitas.
En efecto, acertamos: las mejores que he comido en mucho tiempo. Estoy ansioso por que llegue el viernes y poder repetir el experimento.

Es cierto que por buenas que encontremos las brevas, no se puede comparar con la aventura que corríamos cuando iba con José el de Luto o el Federico de Antonio Tomás y asaltábamos las breveras de mi tío Enrique Manzano, sin esperar siquiera a que maduraran. José y Federico eran los que se subían al árbol a comer y a mí me ibas echando las suficientes para seguirles el ritmo. Recuerdo que cuando íbamos en busca de las primeras de la temporada, verdes aún, se nos ponían los labios como el sieso de una vaca (fino ha quedado, vaya).

En mi casa se contaba a menudo una anécdota sucedida en nuestra brevera de la charca de Huarea. La brevera, que daba sombra al caminillo que llevaba de Huarea a la Rambla, era enorme y abastecía de brevas a media comarca. Era habitual que la gente se sentara a su sombra y se refrescara con un par de hermosas brevas; la gente de El Pozuelo iba expresamente a tomar su ración de hidratos de carbono. En una ocasión la Mariquita de Pedro llevó al bancal a la Mariquita de Frasco Galdeano (Garraspiche) y se pusieron a comer brevas; es necesario aclarar que en mi pueblo las brevas no se pelan, menos aún si están maduras, y a la Mariquita Frasco se le atascó un pellejo. La otra Mariquita, asustada, pidió auxilio:
- ¡Acuid gente Guarea, que se ahoga mi niña con un pellejo de breva!
La gente de Huarea acudió, al menos la mujer de mi primo Culo Seco que vivía allí mismo, y lograron desatascar la garganta de la niña. La frase quedó para la historia y la utilizábamos para indicar que algo era de extrema urgencia.