jueves, julio 04, 2019

Bachilleres al volante



Parece que la UE establece que para obtener la licencia de camionero, los aspirantes han de haber cursado bachiller como mínimo; es una buena medida. Hasta hace poco, un camionero era un tipo de 90 kg de peso o más, anchas espaldas, barriga prominente, mangas subidas, camisa abierta mostrando pelo en pecho, y medio puro en la boca; algunos eran especialistas en decir guarradas a las mozas que paseaban por la calle.
Aun así, se hablaba de “los caballeros de la carretera”. Eran otros tiempos.
Yo, más que el bachillerato, les exigiría por lo menos una ingeniería técnica. No está al alcance de cualquiera manejar la emisora, controlar el tacómetro e interpretar el GPS.

Por la misma regla de tres, estoy seguro de que, en breve, se exigirá a los taxistas la diplomatura en turismo y el conocimiento de varios idiomas; los quiosqueros deberán ser licenciados en ciencias de la comunicación, y los carniceros, pongamos por caso, veterinarios o biólogos.

Podría suceder que en el futuro no supiéramos qué hacer con nuestros muchachos que, por dejadez o falta de capacidad, no hubieran obtenido ESE título y se hubiesen quedado en la ESO. Tampoco es problema: estos chicos se dedicarán a la política, única profesión que no necesita de conocimientos previos. Así, ellos tendrían la oportunidad de ser senadores, diputados, concejales, alcaldes o ministros y, si me apuran, hasta presidentes del gobierno.

martes, mayo 28, 2019

Casualidad y elecciones



Domingo, 2 de diciembre de 2018.
Nos levantamos un poco antes de lo habitual, recogemos las cuatro cosas que todavía andan desperdigadas y echamos las maletas las maletas al coche. Nos acercamos al colegio Arco Iris y deposito mi voto.
El desayuno toca en La Clave. Cortado descafeinado y media de jamón serrano para quiosquera; Café con leche deslechada y media de jamón serrano para mí. Total: 4,60€.
Por delante, algo más de 800 km.


Viernes, 24 de mayo de 2019.
Nos levantamos un poco antes de lo habitual, recogemos las cuatro cosas que todavía andan desperdigadas y echamos las maletas las maletas al coche. Nos acercamos a la Oficina de Correos y mando mi(s) voto(s).
El desayuno toca en La Clave. Cortado descafeinado y media de jamón serrano para quiosquera; Café con leche deslechada y media de jamón serrano para mí. Total: 5,40€.
Por delante, algo más de 800 km.

Las diferencias son mínimas: europeas en lugar de autonómicas, voto por correo en lugar de presencial y 5,40€ en lugar de 4,60.
El 2 de diciembre fue mi debut en unas elecciones andaluzas y se dieron dos hechos no previstos:
- VOX irrumpió con fuerza (y por primera vez) en el parlamento andaluz.
- La derecha, aunque no ganó ni en escaños ni en votos, se hizo con el gobierno de la comunidad después de casi 40 años (dichoso número) de dominio absoluto del Partido Socialista.
El 24 de mayo fue mi debut en elecciones europeas y municipales como votante andaluz (me resisto a utilizar la palabra ciudadano siendo pueblerino). Ha habido menos imprevisiones:
- VOX ha conseguido unos cuantos escaños en el parlamento europeo.
- Aunque el PP se ha hostiado un poquito, la derecha obtiene más escaños que 2014.
Prefiero no pensar que este lío lo haya armado yo sólo.

La otra gran diferencia entre las dos elecciones es el precio del desayuno, que ha subido un 17,4%. Se me ocurren dos explicaciones contrapuestas:
- La presencia de la derecha en el gobierno andaluz hace que crezca la confianza de los capitalistas, que aprovechan la coyuntura para subir los precios.
- Se nota la eficacia del gobierno del PP, que ha hecho subir el poder adquisitivo de los andaluces de modo que ya puedan asumir una subida semejante del precio de su desayuno.

¿O tendré yo también la culpa?

domingo, abril 14, 2019

¡VIVA ZAPATA!



Corría el mes de abril de 1967. De vuelta de unos días por Italia, a donde nos habíamos desplazado en viaje de fin estudios, nos alojamos en un albergue juvenil en Arenys de Mar y, entre otros ocupantes, coincidimos con una excursión, también de estudiantes, aunque bastante mayores que nosotros, que venía de Reino Unido; entre ellos iba un grupo de mejicanos (varones y mujeres), que cursaba estudios en las islas.
Por casualidad, aquella noche se celebraba el Festival de Eurovisión y nos reunimos en el salón del albergue para seguir el desarrollo del mismo. Intentábamos enrollarnos con las mejicanas, pero la diferencia de edad era considerable (yo mismo estaba en vísperas de cumplir los 17) y el éxito no nos acompañó, si bien estuvimos lo suficientemente próximos para oír cómo despreciaban la canción española (Hablemos del Amor. Raphael), a la vez que elogiaban la de Reino Unido (Puppet on a String. Sandie Shaw). En cierto modo eran lógicos los elogios a la canción británica, dado que ellos vivían en las islas y, sin duda, era la mejor. Algunos de nosotros, sin embargo, no entendíamos sus continuas críticas a los españoles y su canción. Al final, uno explotó:
-        ¿Por qué ese rencor hacia lo español si, al fin y al cabo, Méjico es hija de España?
-        Hasta 1821 -replicó rauda una de las mejicanas-.
Deduje que ese debió ser el año de la independencia de Méjico y, yo también, intervine con rapidez.
-        No, no es así. Méjico es hija de España DESDE -lo remarqué- 1821. HASTA -volví a remarcar- 1821 Méjico era España.
Nos hizo un breve resumen de los asesinatos y crueldades que Cortés y sus muchachos habían cometido sobre los aztecas y de la explotación a que los sometieron los encomenderos subsiguientes. Y, por supuesto, del genocidio que había acompañado y seguido a la conquista.
-        ¿Tú eres india pura?
-        No, soy mestiza.
-        Vale, pues ten en cuenta que fue tu tatarabuelo blanco (español) el que se cepilló, de grado o por fuerza, a tu tatarabuela india, después de haber asesinado a su marido indio. Ni yo, ni mi padre, ni mi abuelo, ni ninguno de mis antepasados conocidos estuvo nunca en Méjico y, por tanto, mi familia española no es responsable de las atrocidades que se cometieron contra los indios; los españoles que mataron indios fueron tus antepasados, no los míos.

Años después, un gobernante mejicano exige al rey de España (y por ende a los españoles) que pida perdón a los indios. Este gobernante es mejicano de segunda generación y no es probable que sus antepasados mataran indios, pero, una vez más, juzgamos la historia según los modos y costumbres del momento en que vivimos y, muchas veces, con poco conocimiento de la historia. Si mis libros de historia no mienten (cosa que entra dentro de lo posible y de lo probable) y si László Passuth no se documentó sobre la conquista de Méjico (cosa poco probable), Hernán Cortés desembarcó en Tierra firme con algo más de 500 hombres y 16 caballos; con estas “tropas” llegó a Tenochtitlán y arrestó a Moctezuma, teniendo en cuenta, además, que ya había tenido unos cuantos tropiezos con los indígenas en su camino hacia la capital del imperio azteca. La conquista, conquista, vino después cuando se les unieron los hombres de Pánfilo de Narváez y tuvieron que salir por piernas de Tenochtitlán, en lo que se llamó “la noche triste”. En su huida palmaron la mitad de los españoles y se perdió gran parte del tesoro que habían tomado “prestado” a los aztecas. Más adelante los esperaba un ejército de 40.000 guerreros, cuando ellos apenas sobrepasaban los 400 hombres y 20 caballos; en Otumba, con la batalla prácticamente perdida, volvió a aparecer Santiago matamoros a lomos de su caballo blanco, se cepilló al capitán general azteca y entregó su estandarte a los españoles; los aztecas huyeron. A partir de ahí las cosas se simplificaron para Cortés: eliminó el exceso de testosterona y puso a trabajar las neuronas. Mandó construir 13 bergantines que botó en el lago que rodeaba la isla donde estaba enclavada la ciudad y cortó el suministro a sus habitantes. La caída de Tenochtitlán estaba cantada.

Que Hernán Cortés conquistara Méjico con menos de 1.000 soldados no se lo cree ni Bernal Díaz del Castillo. El propio Cortés escribió la relación de fuerzas que participaron en el asedio a Tenochtitlán:

 

Fuerzas iniciales para sitiar a Tenochtitlan:
- Tlacopan - Pedro de Alvarado
30 caballos, 18 ballesteros y escopeteros, 150 peones de espada y rodela, 25,000 tlaxcaltecas.
- Coyoacán Cristóbal de Olid
36 caballos, 18 ballesteros y escopeteros, 160 peones de espada y rodela, 20,000 tlaxcaltecas.
- Iztapalapa - Gonzalo de Sandoval
24 caballos, 4 escopeteros, 13 ballesteros, 150 peones de espada y rodela, 30,000 aliados de Huejotzingo, Cholula y Chalco.
- Asalto anfibio Lago de Texcoco - Hernán Cortés
13 bergantines, 325 hombres, cada bergantín con 25 españoles y una fusta, incluyendo capitán, veedor, 6 ballesteros y escopeteros.
Tercera carta de relación, Hernán Cortés

 

¡Vaya, 75.000 indios ayudaron a (Capitán) Malinche a machacar a los aztecas! A medida que Cortés fue avanzando hacia Tenochtitlán peleándose y venciendo a las tribus nativas, éstas se sentían liberadas del vasallaje a que las sometía el imperio y se aliaban con el imperio del otro lado del mar. La conquista de Méjico no se debe tanto al empuje de los españoles como a la multitud de indígenas que los acompañaban. Y eso lo sabe el presidente mejicano; no tanto, quizá, los españoles que también exigen al rey (español) que pida perdón.


Entendemos que la postura de los mejicanos debería ser distinta según su procedencia:

-        Los que llegaron al país después de 1821 no tienen nada que decir

-        Los que no tienen reminiscencias indias deberían pedir perdón a los indios y mestizos

-        Los mestizos deben perdonarse a sí mismos, es decir, su parte blanca debería pedir perdón a su parte cobriza

-        Los indios puros lo tienen más complicado:

-   Si descienden de los aztecas, tienen derecho a que les pidan perdón los descendientes de españoles llegados antes de 1821, sus hermanos mestizos y los indios pertenecientes a otras tribus

-   Si no descienden de los aztecas, tienen derecho a que les pidan perdón los descendientes de españoles llegados antes de 1821, sus hermanos mestizos y los indios aztecas

 

Que se vayan perdonando. Servidor no se siente afectado.


sábado, diciembre 29, 2018

Calorina


La noticia me llegó vía guasap el día de San Esteban:
- Se ha muerto el Calorina, ese hombre que tenía las barbas largas.
Lo han enterrado hoy a las once.

Juan era hijo de la Adelina y de Jaime “el Calorina”, y nieto de Manuel el Pelao e Isabelica la Cunera. Había heredado el apodo de su padre, ya que sus hermanos, con los mismos derechos hereditarios, fueron siempre los Calorincillas. Tropecé con él en la escuela de D. Baltasar y durante bastante tiempo nuestros caminos apenas se cruzaron. A pesar de ser dos o tres años mayor que yo, Juan estaba en el banco de los parvulitos aprendiendo a leer, mientras yo me codeaba con los más adelantados de su edad. Fue por entonces cuando entendí que no portarse bien conllevaba sus riesgos:
D. Baltasar disponía de dos jarabes medicinales (ambos de palo): la Pepa, que era un listón de 2,5x3 y 100 o 110 cm de largo, y la Hija de la Pepa, que era una palmeta de unos 35 cm y que se adaptaba a la palma de la mano como el anillo al dedo. Cierto día, no recuerdo bien qué estaría haciendo el maestro, el Calorina y su amigo inseparable, el Ratón, empezaron a saltar sobre el asiento corrido del pupitre de los párvulos; la madera, carcomida y astillada por el sufrimiento de tantos años bajo tantos culos, cedió y se partió en varios trozos. D. Baltasar agarró la Pepa y se fue en busca de los infractores; al primero que emperchó fue a Juan y empezó a medirle las costillas con la vara.
- ¡Ay, ay! –decía el reo.
- ¡Guarda para cuando no haya! –contestaba el torturador.
Al cuarto o quinto vardascazo, la Pepa sufrió una fractura de estrés y se quebró en dos cachos. El maestro, que hasta le había dado un par de patadas en el culo, suspendió el castigo y cogió lo que quedaba de la vara:
-Vete a ver a Rafael el Carpintero y que te haga una vara como ésta. Le dices también que venga a reparar el pupitre y que le mande la cuenta a tu padre.

Ya digo que entonces yo apenas me relacionaba con Juan; mi amigo era su hermano Jaimico, más de mi edad. Pero un verano de aquellos Jaimico se murió; entre los niños decíamos que se había comido un pepino envenenado pero eso es algo que ahora no puedo asegurar: pudo ser un pepino o cualquier diarrea de aquellas que cada verano diezmaban la población infantil. Coincidió que los niños de mi edad, incluso algunos mayores, me impulsaron al liderazgo de un grupito que pasaba sus ratos de expansión explorando los cerros cercanos, saboreando las primeras brevas de la temporada o jugando a indios en las cabezadas de la vega. Cualquiera de estas actividades precisaba de desplazamientos largos, a veces urgentes, lo que no se ajustaba demasiado al potencial físico del jefe. ¡Niente problema! Juan el Calorina me cogía a cucas, metía su brazo derecho bajo la corva de mi pierna del mismo lado y con esa misma mano me agarraba la pata fólica y echábamos a correr. A lomos del Calorina pateé mil veces los dominios donde los niños de mi edad me respetaban y los mayores me consentían.
Después me fui interno al colegio y nuestros caminos se separaron. Juan se hizo muy amigo del Ratón y juntos emprendieron otras aventuras; incluso ya polluíllos se fueron de maletillas por esos campos de Dios, si bien la correría duró poco.
Desde entonces sólo lo he visto una vez; fue en la pescadería que hay junto a Tres Picos. No lo reconocí y, cuando pregunté y me dijeron quién era, me quedé con el regomeyo de que pudiera pensar que lo había despreciado.
Juan el Calorina posiblemente no ha llevado una vida ejemplar pero fue el amigo que me porteó siendo niños, que me defendió de los mayores y del que guardo un grato recuerdo. Es por esto por lo que siento profundamente su muerte.
Ojalá que el más allá sea benevolente con él. ¡Un abrazo, amigo!

lunes, noviembre 19, 2018

Don Emilio

Han vuelto los niños a clase y advierto con envidia que todos están contentos porque van a encontrarse de nuevo con sus amigos. Están hartos de soportar a sus padres todo el verano, hasta las narices de ver las historietas sin gracia de Bob Esponja y sus amigos, aburridos de jugar cada día con los mismos juguetes y oír la misma cantinela de sus mamás:
- ¡Niño, recoge las cosas, no las dejes en medio del paso!
No es ese el recuerdo que yo tengo. Cuando iba a la escuela nacional, al empezar el verano mi madre me compraba un bañador anca Paquito el de la bodega y no me lo quitaba hasta que se me caía a pedazos, andaba descalzo o con unas alpargatas de suela de goma o cáñamo y me ponía pantalones los domingos para ir a misa. Pasaba el resto del tiempo revolcándome en el rebalaje, matando indios en lo alto del Carril o embistiendo a las olas en la playa. La cosa cambió cuando empecé el bachiller y me fui interno al colegio; como empezaban a salirme pelos en las patas estaba feo ir en bañador (ya había llegado el meyba) o calzón corto, y sólo me bañaba un rato a las horas de más sol. Y al llegar agosto volvían las pesadillas de cada año: el verano se había acabado y estaba de nuevo en el internado. A pesar del calor, sudores fríos me entraban.

Ya conté el fallecimiento de D. Alfonso, el maestro nacional de toda la vida, y lo contento que me puse porque ése a mí ya no me tiraría de las orejas. Lo que yo no sabía es lo poquito que me faltaba para empezar a ir a la escuela. Mi tía Aurelia me invitaba a menudo a irme a dormir a su casa y en tales circunstancias solía dormir con mi primo Antonio, ya casi en edad de abandonar “los estudios”. Las conversaciones con mi primo a la hora de meternos en la cama eran de alto nivel intelectual:
- Antoñico –me decía-, no te vayas a mear esta noche…
- Vale, pero tú no te tires peos.
- ¡Si son para calentar la cama!
- No es vedad; lo que pasa es que echan peste.
Se tiraba dos o tres cuescos, me hacía cosquillas y reíamos como tontos… o como niños. Hasta que la tita Aurelia o el tito Cristóbal nos reñía desde su habitación; entonces nos callábamos y nos poníamos a dormir.
Una de aquellas mañanas, el primo Antonio me llevó con él a la escuela; la verdad es que fui porque iba con mi primo. No tenía muy claro si todos los maestros eran iguales o no en eso de repartir candela. D. Emilio era el maestro que había sustituido a D. Alfonso Zamora y era tan buena persona como mal maestro; probablemente era mal maestro por ser buena persona: por no castigar a los niños los dejaba hacer lo que les daba la gana, y los de El Pozuelo no eran niños, eran (éramos) cafres. Encontré una escuela con los pupitres colocados en litera, es decir, unos encima de otros. En el ático de la pila de la esquina el Rosendico tocaba el tambor, mientras que José el de luto hacía el gato en los sótanos del mismo montón.
Aquello me gustó y, aunque no tenía la edad, me apunté y empecé a ir a la escuela. Apenas tengo recuerdos de ese curso escolar, quiero decir que no me acuerdo de lo que eran las clases; no sé si nos ponían a leer o nos enseñaban a escribir. Recuerdo que D. Emilio nos colocaba a los más chicos frente a la pizarra para enseñarnos los números; debíamos llevar aprendiendo números lo que a mí me pareció una eternidad, de modo que cuando estudiábamos las decenas pensé que ya deberíamos estar acabando. No había oído nunca hablar de la infinitud de los números naturales.
De lo que sí me acuerdo es de las trifulcas de clase. Un día sí y otro también, un par de niños (me acuerdo del Caneco, el Zarra, el Calorina y algún otro) salían de la clase y uno se iba a la puerta y el otro a la ventana, y, a la vez, cerraban puerta y ventana y dejaban el aula a oscuras. Entonces, los que quedaban dentro empezaban a gritar:
- ¡Y no se afeita el bigote! ¡Será porque no tiene melena!
D. Emilio no tenía ni bigote ni melena y no llegué a enterarme la razón de aquellos gritos. Lo curioso es que había un chivato que decía quienes habían cerrado la puerta y quienes habían gritado; el maestro no tomaba represalias.
En una ocasión estábamos esperando a que el maestro llegara para empezar la clase de las tardes. El Caneco (creo) se dio cuenta de que la ventana estaba abierta y, haciendo filigranas, se coló entre las rejas que la protegían y accedió al aula; regresó con un puñado de tizas en la mano. Un montón de chiquillos más copiaron la operación y vaciaron de tizas el armario. No habían salido todos cuando el profe apareció en la esquina de la Placeta:
- ¡¡¡Don Emilio!!! –gritó alguno.
Los críos atravesaron la reja en sentido contrario y echaron a correr como alma que lleva el diablo; me quedé solo sentado en el tranco de la Bodega.
- ¿Tú no corres? –me preguntó antes de darse cuenta de que habían saqueado la escuela.
- No –le contesté-, yo no he robado tizas.
Tampoco entonces tomó represalias.

Por eso me sentó muy mal cómo me trató en una ocasión.
Llegó un hombre que yo no conocía y estuvieron bastante rato hablando en la puerta. Los niños estaban todos sentados en sus pupitres completamente en silencio. Quizá por ser el más chiquitillo, yo no era propenso a meter mucho follín, pero aquel día agarré un brazo del sillón del maestro y empecé a golpear la mesa del pupitre. Al instante entró D. Emilio y muy enfadado me quitó la estaca de las manos, mientras me tiraba de la oreja y debía:
- ¡El pequeñín mocosín éste!
Quedé sorprendido y sin entender por qué me llamaba la atención si yo sólo había hecho lo mismo que hacían los demás en otras ocasiones.
Más tarde me enteré que el señor con quien hablaba D. Emilio era el alcalde de Albuñol.

martes, agosto 07, 2018

¿A cuánto sale el kilo de gramática?


Arturo Pérez-Reverte es un académico preocupado por la gramática y, en especial, por la ortografía.  No hace mucho leí que le habían mandado un correo en el que le venían a decir que “Las reglas ortográficas son un recurso elitista para mantener al pueblo a distancia, llamarlo inculto y situarse por encima de él”. Contesta el académico en su columna Patente de corso y se explaya en la defensa de la lengua y en la descalificación de quienes abominan de las normas que durante años nos han ayudado a usarla correctamente; selecciono el siguiente párrafo:
“No sé si los españoles somos conscientes –y me temo que no- de la gravedad de lo que está ocurriendo con nuestro idioma común. Del desprestigio social de la norma y el jalear del disparate, alentados por dos factores básicos: la dejadez e incompetencia de numerosos maestros […], que tienen a los jóvenes sumidos en el mayor de los desconciertos, y el infame oportunismo de la clase política (¡ya apareció!), que siempre encuentra en la demagogia barata oportunidad de afianzar posiciones.

Nacido en un pueblo agrícola perdido en los confines de La Alpujarra, me tocó estudiar (con beca) según el plan de 1957, que requería aprobar el ingreso para acceder a cursar el bachiller. Aprobar ingreso era fácil. Bastaba con conocer las cuatro reglas de la aritmética, hacer más o menos bien un análisis morfológico y no sacar más de 3 faltas de ortografía en un  dictado de media página; el examen de conocimientos (oral) contaba poco: conjugar un par de tiempos de un verbo irregular y se acabó. Durante el curso fue en el dictado donde D. Francisco Palomino puso más empeño; eran importantes las reglas de ortografía, la acentuación de las palabras y los signos de puntuación. Las reglas se me resistían y resolví el problema estudiándome un manualillo que conservaba mi padre; manejaba bien los acentos de las palabras agudas, me defendía con las esdrújulas y rara vez acentuaba una palabra llana; la puntuación sigo sin tenerla clara y la empleo para hacer un intento de dar entonación a las frases… y, si algún significado no queda muy claro, le endiño un par de comas u ordeno el enunciado de otra manera. Creo que todo el mundo ha oído el chascarrillo del tío que escribió la frase: “SEÑOR MUERTO ESTA TARDE LLEGAMOS”, cuyo destinatario la entendió como: “SEÑOR MUERTO, ESTA TARDE LLEGAMOS”, cuando, en realidad, lo que quería decir era: “SEÑOR, MUERTO ESTÁ. TARDE LLEGAMOS”.

Es cierto que la Academia Española ha cambiado muchas normas para dar cabida a costumbres y usos de otros países que hablan español. Es el caso de la acentuación de los diptongos o vocales que, teniendo todas las características para formar diptongo, no lo hacen; no entiendo, sin embargo, la supresión de la tilde de algunas palabras como SOLO/SÓLO. No es lo mismo decir: VOY SOLO (sin compañía) A MADRID, que decir: VOY SÓLO A MADRID (y a ningún otro sitio).
No sé si la corrección en la escritura sirve para discriminar a las élites; en mis tiempos, la ortografía se aprendía básicamente en la escuela, y la escuela era obligatoria, para `pobres y ricos, listos y tontos, hasta los 14 años, si bien, en los pueblos casi ninguno llegaba a la edad reglamentaria. De aquella época conozco agricultores que escriben con una corrección exquisita, y licenciados cuyos escritos me ponen los pelos de punta. Hoy los “niños” están escolarizados hasta los 16 años y estudian gramática todos los años (los del plan del 57 sólo teníamos gramática en primero y segundo, es decir, a partir de los 12 años no volvíamos a oír hablar de lenguaje) sin que por ello escriban con mayor corrección que los paletos de entonces.

Pero seamos prácticos: aparte de la estética de los escritos ¿cómo se cotiza un texto que cumpla las normas ortográficas, morfológicas, sintácticas y semánticas? Aparte de los casos ocurrentes donde se pueden malinterpretar algunas palabras, da la sensación de que da igual escribir una palabra con b o con v, con g o con j, siempre que el destinatario sea capaz de entender  el mensaje. Pasando unos días en Melilla, mi primo Juan, que era médico militar, me enseñó una autorización para recoger el análisis de sangre de un soldado:
Que pace po lavoratorio pa recoje lanalizi de…
El portador de la nota se llevó el análisis de su pariente, que, a fin y al cabo, era a lo que había venido.
Me fastidia, sin embargo, cuando alguien te pide ayuda para calcular un porcentaje y pone excusa: “Es que soy de letras”. Todavía no me ha pasado, pero está al caer que la gente justifique su falta de vocabulario o errores de ortografía porque “soy de ciencias”.

Pero mire usted por donde, hace unos días cayó en mis manos un caso, antiguo ya, que reivindicaba el valor de la gramática. Los camioneros de una cierta compañía reclamaron el cobro de unas horas extras que la empresa afirmaba estar exentas de prima según la normativa aceptada por el sindicato. La normativa venía a decir algo así como:
“El pago de horas extras no se aplica a la actividad de enlatado, procesamiento, conservación, congelamiento, secado, comercialización, almacenamiento, embalaje para el envío o distribución de: productso agrícolas, carne y productos de la pesca, y alimentos perecederos”.
(… the canning, processing, preserving, freezing, drying, marketing, storing, packing for shipment or distribution of…)
Esto, que en español estaría correctamente puntuado, lleva a los jueces a la duda: ¿qué es exactamente lo que no está sujeto a prima: el embalaje para el envío y el embalaje para la distribución (no cobra prima el embalador), o el embalaje para el envío y la distribución del producto (no cobran prima ni el embalador ni el distribuidor).
Los abogados de la empresa defendían la segunda opción, mientras los sindicatos reivindicaban la primera. Y ahí entró en juego la gramática. En inglés se hace referencia a la Oxford Comma, que implica la separación por comas de nombres y adjetivos escritos como una serie, incluso aunque vayan separados por una conjunción coordinante. Lo que en español se escribiría como: He estado de vacaciones con Emilio, Juan y Amadora, en inglés se debería escribir: He estado de vacaciones con Emilio, Juan, and Amadora.
Y ese fue el criterio que siguieron los jueces: Estaban exentos del cobro de horas extras los empleados que se dedicaban al embalaje para el envío, pero tenían derecho a la prima quienes distribuían el producto. Hubieran tenido razón los empresarios si la normativa se hubiera escrito añadiendo la coma de Oxford:
(… the canning, processing, preserving, freezing, drying, marketing, storing, packing for shipment(,) or distribution of…)
Tal olvido les costó una pasta.
De lo cual yo también me alegro.
Los empresarios que usan el inglés, y sus asesores, ya saben lo que cuesta una coma.

Nota informativa: el que a mí me guste que la gente escriba bien, y determinadas faltas de ortografía (sobre todo de gente que debería saber) me pongan los pelos de punta, no implica que sea un experto en normativa gramatical. Al fin y al cabo yo nací en la primera mitad del siglo XX y estudié en las aulas de la dictadura.

viernes, junio 15, 2018

Filosofando a la griega.


Diego Said nació en la otra orilla del Atlántico; apenas lleva ocho meses en España y ya ha asumido que vive en “otro mundo”. Cuando yo tenía su edad, mi programa de juegos y juguetes era muy poco variado. Tenía un tren que me había fabricado yo mismo a base de unas cuantas latas de sardinas (vacías) a las que había practicado un agujero delante y otro detrás (usando como herramientas un clavo y una piedra) y unido con una guita, y un coche de madera, fabricado con una tabla a la que mi padre había hecho dos hendiduras, donde yo encajaba dos carretes (vacíos) de hilo a modo de ruedas. Con cuatro piedras había edificado una zahúrda para criar y cebar marranos; los animales eran pencas de chumbera y, una vez engordados, me montaba una matanza por todo lo alto. Eso sí: la navaja (de punta redonda) era de verdad; me la había comprado mi madre en una cuchillería de Granada, enfrente de la catedral, muy cerquita de Plaza Bib-Rambla.
Lo de jugar a héroes vino después, cuando aprendimos a leer. Fuimos caballeros espadachines cuyos nombres sacábamos de los tebeos: Capitán Trueno, el Jabato, Milton el Corsario, el Guerrero del Antifaz, el Corsario sin rostro, Sigur el Vikingo… Las espadas eran de caña que mangábamos en los setos (las cañaveras no valían porque les faltaba consistencia): en la parte más gorda de la caña hacíamos dos agujeros en línea y por allí metíamos otra caña más delgada que hacía las veces de cruz. El combate era entre caballeros y siempre empezábamos los torneos de la misma forma:
Los caballeros enfrentados señalaban al cielo con sus aceros
- ¡Cielo!-gritaban al unísono-.
Los bajaban apuntando al suelo
- ¡Tierra!
Cruzaban las espadas
- ¡Cruz!
- ¡¡¡Y GUERRA!!!
Y empezaba la lucha sin cuartel.
Entendimos las regañeras de nuestros padres cuando en el pueblo vecino una espada rota ensartó el ojo de uno de los contendientes.

Hoy los niños están más avanzados; todavía no saben leer y ya juegan a superhéroes, sus espadas son láser y su lucha se desarrolla en las galaxias. Diego Said no dice que éste (España) no es su país. Dice que éste no es su planeta; su planeta es Tegus y está muy lejos. A su edad sabe señalar en el mapa Barcelona, El Pozuelo y Honduras (más o menos). Un poco más pequeño, yo pensaba que la tierra era una franja que se extendía a lo largo de la N-340: por arriba estaban los cerros, por debajo nos bañábamos en la mar, a levante estaba Huarea, y a poniente se situaba La Rábita. De Huarea p’allá estaban Adra y Almería, y pasando de La Rábita se llegaba a Granada.
En una ocasión mi padre tuvo que ir a Madrid. Aquello constituyó un acontecimiento: apenas podíamos imaginarnos cómo era el metro, un transporte que iba sobre raíles y bajo tierra, de donde era muy difícil salir en el lado adecuado de la calle. Mi tío Paco, que era el experto en chascarrillos, decía que en Madrid había un edificio que lo llamaban la Casa del coño, porque cuando los catetos la veían, invariablemente exclamaban:
-¡¡¡Coñó!!!
La cuestión es que mi padre pilló el correo de Berja (Alsina Granada-Berja) y salió camino de Granada. Unos cuantos días después, que a mí me pareció una eternidad, apareció en el correo de Almería (Alsina Almería-Málaga). No dije nada, pero durante mucho tiempo no conseguí explicarme que mi padre se fuera por Granada (poniente) y volviera por Almería (levante). ¿Por dónde había pasado? Y si lo había hecho por la N-340 (único camino posible) ¿por qué no se había bajado en El Pozuelo.
Me consuela pensar que algunos filósofos griegos razonaron de forma parecida.