lunes, mayo 08, 2017

Leyenda negra

España también ha tenido su época de gloria militar y fue dominadora de Europa, colonizadora de América, exploradora del mundo y “martillo” de herejes, cosas, todas, mal vistas a los ojos de la civilización actual. Aunque, de hecho, España no cometiese ninguna tropelía que no hubiesen cometido, antes o después, otras naciones. Por lo que hablan de nosotros escritores de otros países, los españoles empiezan a adquirir fama de rudos, ignorantes y poco dados al uso del intelecto desde que los reyes de la Corona de Aragón aterrizan en la Península itálica, sentimiento que se desarrolla a la par que los almogávares imponen su ley (a sangre y fuego) en el imperio bizantino, y se consolidan con la presencia de los tercios castellanos en los reinos y repúblicas italianas, donde ponen orden a golpe de pica y arcabuz. A medida que los reinos peninsulares se unifican, los rencores que despertaron aragoneses y castellanos se transfieren al conjunto de españoles; es a éstos a quienes se culpa de las fechorías acaecidas en la colonización de América y las guerras contra los protestantes en Europa. Historiadores españoles románticos inventan el término “leyenda negra” para determinar que la mala fama de los españoles se basa en falsedades y medias verdades, sin tener en cuenta que son españoles quienes más han tenido que ver con la creación y difusión de la leyenda que, quizá, sea menos leyenda y más negra de lo tratan de demostrar. Sea o no cierta la “leyenda”, sí es cierto que hechos similares son tratados por otros países como heroicidades cuando los protagonistas son sus compatriotas. Los españoles de antes (Bartolomé de las Casas, Antonio Pérez o Reginaldo González) y de ahora pensamos parecido: lo bueno está al otro lado de los Pirineos; aquí todos somos malas personas… menos yo. Damos pábulo a cualquier cosa mala que de España se diga y contribuimos a propagarla, aumentado su perversidad si es posible: nos gusta revolcarnos en nuestra propia inmundicia. Carme Iglesias, directora de la Real Academia de la Historia, da una definición que se aproxima bastante a la realidad (o la calca): La «leyenda negra» es por así decir, la imagen exterior de España tal como España la percibe”.

Un ejemplo:
29 de enero de 2017
Desembarcamos en Roatán (Honduras). No tenemos muy claro qué queremos hacer en la isla y nos dirigimos a la salida del puerto. Están bien organizados: los minibuses turísticos y taxis disponen de casetas para atender a los posibles clientes. Veo las ofertas y compruebo que debo elegir entre pasar un rato en la playa o hacer una panorámica de la isla; no me apetece la playa y me inclino por la panorámica. En la caseta nos informa el promotor:
-Vamos hasta Güest Bay y hacemos una parada en el risort para que vean Paradais bich. Luego, seguimos hasta Güest End por una carretera que bordea la playa…
-¿A cuánto sale el viaje?
-Dura unas 2 horas y cuesta 25€ a cada uno.
Me parece caro.
-Nos quedamos en el pueblo –dije a Quiosquera-. Ahora volvemos al barco y cojo el “monopatín”.
-Si quieren –insiste el morenito-, pueden hablar con mi jefe. A lo mejor les hace un precio especial.
Hablo con el jefe y quedo en 15€ barba si vamos solos, 10 si vamos acompañados y 8 si se llena el taxi, que es una furgonetilla de 8 plazas.
Al final hacemos el viaje con un matrimonio italiano y tres ecuatorianos que forman parte de la tripulación del barco. Los ecuatorianos se quedan en West Bay. Vamos cumpliendo el recorrido hasta que la italiana decide que le apetece comerse unas bananas. Nos llevas a un puestecillo junto a la playa y, mientras la señora elige sus bananas, nosotros le echamos el ojo a unos mini plátanos la cuarta parte del tamaño de un canario de los de toda la vida. No saben a plátano pero están dulces. La italiana es un tostón y una histérica que lleva acoquinado al marido: a la que dice algo le suelta una retahíla a gritos y lo deja como colocado. Eso es motivo para que no nos dé tiempo a completar todo el recorrido. En todo caso, ha valido la pena.
Cuando volvemos al barco, bajo el ”monopatín” y recorremos las tiendas del puerto; hasta nos compramos unas camisetas guiris. Quiosquera entra en una farmacia a comprar no sé qué. La dependienta la atiende amablemente y luego pregunta:
-¿Es cierto que en España muchos hombres matan a su mujer?
Me dan ganas de esconderme: hasta en Honduras se han enterado que soy un probable asesino de mujeres; me avergüenza haber nacido varón en un país cuyos machos son generalmente acosadores sexuales y feminicidas.

Cuando vuelvo a España, me pica la curiosidad y buceo en Internet.
"Entre enero y diciembre de 2014, Honduras registró una tasa de homicidios contra mujeres de 11,9 por cada 100.000 mujeres, señala la Unidad de género del Observatorio Nacional de la Violencia (ONV) de la Universidad Autónoma de Honduras.
Durante el mismo periodo, 44 mujeres fueron víctimas de violencia homicida cada mes, es decir, una muerte cada 17 horas.
Esta cifraq coincide con la información recabada por el Observatorio de Igualdad de género de América Latina y el Caribe de la CEPAL: en 2014 hubo 531 homicidios de mujeres de 15 años y más, asesinadas por razones de género. 13,3 por cada 100.000 mujeres."
(Ver fuente)

Si en Honduras matan 44 mujeres al mes, en un año asesinan a 528 mujeres. Si a 9.000.000 de hondureños corresponden 528 asesinatos, a 46.000.000 de españoles le corresponderían 2.852. Sólo matamos alrededor de 60 (en 2010 se estableció el récord en 79).
Me siento aliviado: soy un probable asesino de nivel bajo.
Continúo la investigación. Encuentro un estudio del Centro Reina Sofía realizado en 2003 sobre los asesinatos de mujeres en el ámbito doméstico. Según los realizadores del estudio, varios países se han negado a proporcionar datos. 

El cuadro es suficiente para mi propósito: me parece una bestieza el que 6 o 7 mujeres pierdan la vida cada mes a manos de sus parejas, pero no deja de reconfortarme el hecho de que países que, para los españoles, son muy civilizados (Finlandia, Suiza, Dinamarca, Noruega, Austria, Alemania o Reino Unido) tengan un ratio de asesinatos mucho más elevado que el nuestro. O estamos dentro de otro episodio de la leyenda negra o el “macho ibérico” es un animal en vías de extinción.

miércoles, mayo 03, 2017

In Hoc Signo Vinces

De entre las fiestas populares granadinas, el Día de la Cruz alumbra con luz propia. Es una fiesta que no es fiesta aunque, cuando llega la tarde, todo el mundo se pone la camisa blanca y el clavel en la solapa y se echa a la calle a disfrutar de una velada inolvidable. Esta fiesta, que se celebra en muchas localidades españolas e hispanoamericanas, tiene varias historias en que basar su tradición. Elijo la que sigue porque es la que a mí me gusta.

En vísperas de la batalla del Puente Milvio (principios del siglo IV) el general romano Constantino vio en sueños (en la película la ve en directo) una cruz en el cielo con el lema “Con esta señal vencerás”. Mandó poner la cruz en lábaros y estandartes y, al día siguiente, deshizo las huestes del emperador Majencio, proclamándose emperador sin opositores a la vista. Puesto que la cruz era uno de los símbolos cristianos, él mismo se convirtió al cristianismo y mando a su madre, Santa Elena, a Jerusalén para que buscara la Vera Cruz. La Santa indagó y torturó a quien hizo falta hasta que halló tres cruces en una gruta de lo que supuso Monte Clavario. Como no tenía ni idea de cuál de las tres era la que correspondía a Jesús, mando traer una moribunda y la fue tocando con cada una de las cruces. Al tocarla con la tercera, la mujer se levantó sanada. En procesión espontánea se dirigieron a la capital de los judíos; en el camino encontraron el entierro del hijo de una viuda, el cual resucitó al contacto con la cruz.
Después de que los persas la mantuvieran secuestrada unos años, la cruz se dividió en unos cuantos trozos, que fueron enviados a Roma y otras ciudades de la cristiandad. Uno de los cachos fue dividido en pequeñas astillas para que hubiese reliquias para todos; el cacho más grande quedó en Jerusalén. Cuando, muchos años después, Saladino puso en jaque a los cruzados cristianos, el rey de Jerusalén salió a su encuentro, portando la Vera Cruz, que habría de darle la victoria sobre los sarracenos. Se encontraron junto al lago Tiberiades: Saladino había tomado posiciones en la orilla, en contra del sol, mientras que Guido de Lusignan ocupó el Monte Hattin, lejos del agua. Al cabo de un par de días, las tropas cristianas habían agotado las reservas de agua y estaban frititos de sed; por si fuera poco, Saladino prendió bolinas y pendejos y los soltó de modo que el viento los llevase hacia el enemigo. Guido atacó a la desesperada y los moros barrieron las huestes cristianas; el mismo rey de Jerusalén fue hecho prisionero y su aliado, Reinaldo de Chatillon, dejo la cabeza sobre el suelo de la tienda de Saladino. Era el 4 de julio de 1187. De la Vera Cruz nunca más se supo.

La fiesta del Día de la Cruz (Invención de la Cruz se llamaba) rememora el encuentro de la Cruz por Santa Elena, posiblemente en el mes de mayo. Se eligió el día 3, según unos porque fue el día exacto del descubrimiento, y según otros, porque había tres cruces.

Mayo de 1968 me pilló residiendo en el Colegio Mayor de San Bartolomé y Santiago. El diario IDEAL de Granada recordó que los alumnos de este centro hacían cruces de mayo en otros tiempos. Los alumnos veteranos recogieron el reto y, para salir del paso, montamos una cruz muy sencilla en el magnífico patio central del colegio. Al año siguiente ya estábamos preparados y, esta vez, a la altura de las circunstancias. 
Nuestro monumento estaba hecho con flores sobre la base de una cruz de Santiago, que por algo llevábamos su nombre. El suelo, también de flores, representaba los cuatro cuartos del escudo nacional, con la granada en el centro. Nos quedó de maravilla lo que, añadido al marco natural del patio, hizo que tuviésemos multitud de visitas.
Andaba yo por el patio observando a la gente, mientras echaba un cigarrillo, cuando un fulano se plantó delante de la cruz, puso los ojos como platos, exclamó un “¡coooño!” muy descriptivo y salió corriendo a la calle para volver con 6 o 7 individuos más:
- Mira, tío: la cruz del Celta de Vigo.

sábado, abril 29, 2017

Belize

Se me amontonan los acontecimientos. Me gustaría escribir según un plan organizado y resulta que siempre acabo improvisando. Ahora la culpa es de Jordi Pujol Junior que ha ido a dar con sus huesos en la cárcel. Hace tiempo que asumí ser incapaz de entender el poder ejecutivo, aun sabiendo que lo forman personas más preocupadas por su bolsillo y la intención de voto, que por resolver los males que aquejan a España. No me ha costado mucho hacerme a la idea de que el poder legislativo está ahí para servir de palmeros al gobierno o a la oposición. ¡Pero el poder judicial…! ¡Por Dios, estos son profesionales! ¿Cómo se puede estar investigando a la familia Pujol desde la década de los ochenta y, más profundamente, durante el último lustro, y que ahora les entren las prisas con la única excusa de que podrían ocultar pruebas? Los Pujol pueden ser cualquier cosa menos tontos, y sería de muy tontos no haber aprovechado los últimos años para “apañar” la herencia del avi Florenci. A burro muerto, la cebada al rabo. Otros pasaron o están pasando algunos años en la cárcel siendo detenidos a las pocas horas de salir a la luz su escándalo. Claro que la familia del “nolt”-honorable no es la única: véase el caso Urdangarín.

Las prisas me vienen porque Belize estaba dentro de mi plan de producción y lo he tenido que adelantar por su relación con Pujol.
El Caribe tiene unas hermosas playas pero unos puertos de juguete; en realidad apenas tiene puertos: a lo sumo una bahía, más o menos cerrada, donde han construido un muelle para el atraque de barcos. Bien, pues Belize, ni eso. El puerto más grande no tiene capacidad para que aparque un crucero; tuvimos que echar el ancla a una milla de la playa y desembarcar usando los botes salvavidas. O un catamarán, no me acuerdo. En el muelle (?) nos esperaba Herminio, un maya de los que escaparon de la espada de Cortés y Pedro de Alvarado. Por su porte, bien podría ser descendiente directo del cacique Lempira. En cuanto me echó la vista encima, me agarró del pescuezo y me arrastró al principio de la fila.
- Usted se pone aquí; va a dirigir el grupo. Y no deje que lo adelanten.
¡Cualquiera le rechistaba! Vestía traje de camuflaje y sombrero de abrecaminos en la jungla. Sólo le faltaba el machete.
En el autocar me hizo sentar en el asiento justo detrás del conductor.
- ¿De dónde vienen ustedes?
- ¿Nosotros? De Barcelona –contesté-.
- ¡Hombre, Cataluña! O sea que conocen al señor Poyul.
- ¿A quién?
- Al que manda. A ese que tiene dinero y propiedades en todos sitios.
- Jordi Pujol.
- Eso, el señor Poyul. Aquí también tiene.
¡Manda güevos! Aquí sin enterarnos y resultan que hasta en Belize lo saben. Y no será porque algunos periódicos españoles no denunciaran el tema. Banca Catalana costó a los españoles 345.000 millones de pesetas  y la denuncia del caso se le achacó al gobierno de Felipe González que, al parecer quería destruir a los nacionalistas. En la manifestación de apoyo al president, que se organizó de forma “espontánea”, oí (leí) por primera vez lo de “nos roban”, aunque en aquel momento Pujol se refería a la honorabilidad. Con lo fácil que hubiera sido preguntar a cualquier belizeño.

Herminio se pasó toda la jornada haciendo referencia al señor Poyul y sus mangoneos. Y a los ingleses.
- Aquí hablan inglés el 40% de la población; bueno, ahora más porque es obligatorio en la escuela. La mayoría de la gente habla español, no en balde nos llaman la Honduras Británica. Nuestros billetes llevan la efigie de la señora inglesa, pero cuando era joven –se ríe-.
- ¿Cómo es que habiendo sido colonia británica hasta hace bien poco y siendo Isabel II la jefe de estado del país, en Belize se conduce por la derecha?
- ¡Ahhh! Eso es otra historia. Antes no era así, pero cuando se proyectó la Autopista Panamericana dijeron que no pasaría por aquí por la dificultad que suponía que en un tramo se condujese por la izquierda. Entonces el gobierno cambió la ley y determinó que se condujese por la derecha. Luego, la autopista se fue por el Pacífico, atravesó por Guatemala y nos quedamos sin ella, aunque ya no hubo forma de volver a la normativa británica.
Después de la visita a las ruinas de Altún Ha y de rendir homenaje a los dioses mayas (Quiosquera subió a la cima de la pirámide más alta y anduvo dos días con dolor en las pantorrillas y en el cuádriceps), nos dirigimos a un poblado en busca de la pitanza.
- Vamos a tomar una comida típica de Belize y el Caribe –empezó Herminio-.
- Arroz con frijoles y pollo frito –lo cortamos-.
- ¿Ya estuvieron antes aquí?
- No, es que llevamos una semana de crucero y fuera del barco no hemos comido otra cosa. ¿También le daban frijoles al señor Pujol?
- ¡Ah, no sé! Del señor Poyul sólo sabemos cómo maneja los dineros.

Por la tarde nos tocó navegar por el Viejo Río Belize (Old River). Previamente estuvimos contemplando un puñado de iguanas que, por lo que explicó Herminio, estaban en plena berrea.
- Los machos son mucho más grandes. En la época de celo toman esos colores anaranjados que ven.
En efecto, los machos eran de vivos colores, mientras las hembras, color lagartija, andaban por allí como si no quisieran destacar en el paisaje. Lo que no entendí es cómo los machos, tan vistosos, perseguían a las hembras en vez de ser al contrario, porque los que estaban buenos eran ellos. Vamos, que si en comparanza, yo hubiera sido como las iguanas, me habría hecho de rogar antes de dejarme ligar por una tía (de ilusión también se vive, ¿o no?).
- Bajaremos por el río hasta la desembocadura. Si tenemos suerte veremos cocodrilos y monos aulladores; quizá monos no, pero los oiremos aullar.
Los negros caribeños son raros; quiero decir que su fisonomía es muy diferente al afroamericano: tiene las facciones más parecidas a los europeos y el color es más chocolate que betún. El piloto de la lancha era de estos. Bajábamos como si se nos fuera a escapar el barco (el del crucero) y, de pronto, aminoraba la marcha hasta ponerse a velocidad de paso por la puerta de un colegio; oteaba un poco y señalaba con el brazo: ¡cocodrilo! Iban de uno en uno y aparecían tomando el sol en la orilla o con la boca abierta sobre un tronco. Sin inmutarse.
- Son de plástico –dije a Quiosquera-, fíjate que el piloto sabe exactamente dónde están.
- ¡Que no, que no! –Herminio me había oído-. Son de verdad.
- Entonces es que están amarrados al tronco.
- Eso será cuando venga… ¿cómo se llama…?
- Puyol –contestó el piloto-.
- Eso. A lo mejor los amarran cuando venga Poyul.
En uno de los recovecos del río estaba el padre de los cocodrilos; al menos el padre de los cocodrilos de Old River: más grande que los que cazaba Cocodrilo Dundee. Pareció que se movía. ¡Qué diantre! Pegó un revoloteo y saltó al agua. Alguna de las pasajeras gritó. Vaya, por los menos uno era de verdad y estaba suelto.
Los monos fueron otra cosa. Verlos, los vimos; oírlos, no. Era la hora de la siesta y estaban todos estirados panza abajo en las ramas de los árboles que jalonan el río, con los brazos colgando. Se ve que la hora de la siesta no se la pagan y estaban todos de espaldas al río, de modo que fue imposible fotografiarlos de frente. Fotos de cara, ni una. Pero culos… ¡que culos más hermosos!



martes, abril 25, 2017

La llave

Desde que el ser humano tomó conciencia del sentido de propiedad, ha estudiado la manera de mantener sus pertenencias fuera del alcance de otros humanos de dedos largos y conciencia poco escrupulosa. Se me antoja que una de las primeras cosas que intentó hacer valer fue la inviolabilidad de su domicilio y, para ello, inventó la puerta. Probablemente, el primer mecanismo de seguridad sería una estaca apoyada por el interior, a la que seguirían la tranca, el pestillo, el cerrojo… Todos ellos instrumentos que funcionaban desde el interior, lo cual dejaba las propiedades indefensas cuando el propietario abandonaba la casa (choza, cueva o lo que fuese). No es hasta el siglo VII antes de Cristo que Teodoro de Samos inventa la llave (dice la Wikipedia), instrumento cuyo tamaño va en función del valor de aquello que debe proteger; es decir, una llave, cuanto más grande, más segura. Y eso ha sido así hasta el siglo XIX, momento en que Albert Hobbs, primero, y Linus Yale, después, empezaron a fabricar llaves en que primaba la ingeniosidad del mecanismo interior, sobre la robustez de la cerradura (http://enigmasymitos.blogspot.com.es/2010/04/breve-historia-de-la-cerradura.html). Finalmente,  Fichet, Arcas Soler y otros inventaron el llavín, que es como el enano de Juego de Tronos: chiquitillo y enclenque pero es el que corta el bacalao.
Lo cierto es que la llave ha tenido usos que nada tienen que ver con su función principal. Me centro en el más común dentro de casa, del coche o del avión: la llave es el juguete perfecto para entretener a los niños cuando se ponen cafres. Digo mal: ERA el juguete perfecto, porque si hoy le damos al niño un llavín, lo normal es que se lo trague y nos dé el día. Claro que si le damos el código del móvil o el pasguor de la cuenta corriente…

En mi casa no hemos sido aficionados a las fotos, al menos no lo fuimos hasta que la tita Flora vino de vacaciones un verano y trajo una máquina de retratar Kodak. Hasta entonces, debía andar yo por los 4 años, apenas 3 o 4 fotos mías o de mi hermana andaban pro casa. Hay dos que destacan:
-La primera de ellas (última en el tiempo) me muestra sobre un caballo de cartón en la Plaza Bib-Rambla.
-En la segunda aparezco sentado en una silla, con cara de cabreo y una llave en la mano. La que me dio mi madre para ver si se pasaba la barraqueta y me podían retratar. A falta de sonajero…

En el verano del 63 mi padre se empeñó en que nos fuéramos un mes a Lanjarón a tomar las aguas. En realidad, quería que acompañásemos a la abuela Adela mientras tomaba su ración de Capuchina. Aquí estuvo también mi hermana pequeña; a la mayor la llevó mi padre a Ceuta para que ayudase a la tita Flora, que iba por su cuarto embarazo. Lo de Lanjarón era un aburrimiento: por la mañana, mi madre acompañaba a la abuela a tomar el agua y aprovechaba para hacer la compra; mi hermana y yo nos instalábamos en el balcón y hacíamos lo posible por entretenernos. Después de comer tocaba siesta, que también era un tostón dado de aún no le había tomado el gusto a tan saludable costumbre. Por la tarde nos íbamos al balneario para tomar unos vasos de agua de la Salud.
Una mañana subió la dueña del bloque y estuvo hablando muy cabreada con mi madre. María Romero bajó a la calle; la vi hablando con un señor mayor y mirando hacia arriba. Me mosqueé porque parecía que hablaban de nosotros (mi hermana y yo, que jugábamos en el balcón). Mi madre subió un poco alterada pero sonriendo.
-¡Serán idiotas! ¿Cómo puede un niño soltar semejante gargajo?
Por lo visto al buen señor le habían enviado un galipo desde las alturas y nos culpaba a mi hermana y a mí. María Romero no tragó: un niño escupe saliva pero en ningún caso suelta un pollo ya criado. Cuando bajamos más tarde, todavía quedaban restos en el suelo: viendo aquello uno tenía que pensar en aquellos personajes de película del oeste apegados al orujo y al tabaco mascado, que eran capaces de acertar a una mosca con un lapo.

Me he apartado del tema de la llave. Ya me pasa como a mi abuelo Antonio: empiezo a contar una cosa, entro en detalles y, cuando me doy cuenta, resulta que he cambiado de historia. Lo que yo quería contar es que, dos o tres días antes de que acabasen las vacaciones, aparecieron por la Lanjarón el tito Manolo, la tita María Rivas y el primo Manolico el del Cortijo Bajo. También iba Albertina, pero hacía poco ruido. Pasamos el día de familieo y, me parece recordar, que se quedaron aquella noche. Pero como las vacaciones tocaban a su fin y yo estaba hasta los pelos, pedí permiso y me volví con ellos. Por aquello de que el aparato ortopédico no se doblaba con facilidad, yo iba delante con el tito Manolo y detrás iban el Manolico y la tita María, que llevaba en brazos a Albertina. El tito ya había pasado la etapa del Biscúter y la Vespa y ahora conducía un Gordini. En España, y en particular en Andalucía, también estábamos cambiando los caminos polvorientos por carreteras asfaltadas. Pasado Motril, Albertina ya estaba cansada y empezó a dar la lata. Como era obligado, la tita María Rivas le dio la llave de casa para entretenerla y, tanto se entretuvo, que se quedó dormida. Antes de llegar a Torrenueva (o después, qué sé yo) llegamos a un tramo en obras; habían echado la grava pero todavía estaba sin asfaltar. Mi tío entró despacio; aun así, el coche dio un recalcón, Albertina despertó asustada, levanto los bracitos, abrió la mano… y la llave salió disparada por la ventanilla. Paramos y el primo Manolico retrocedió 20 metros hasta encontrarla. No hubo problema porque la llave era de las de entonces; si hubiera sido un llavín todavía estaríamos buscando. O el tito Manolo habría tenido que recurrir a Rafael el Cascarones para que le forzara la cerradura.

jueves, abril 20, 2017

Salí de Jamaica

Jamaica tiene dos puertos practicables para cruceros: Montego Bay y Ocho Ríos. Lo que a nosotros nos interesaba conocer está en Ocho Ríos y sus alrededores, por tanto, desembarcamos en Montego. El viaje hasta Ocho Ríos ocupa 2 horas para cada sentido del trayecto; en autocar local, por supuesto. Para amenizar el trayecto nos colocaron una guía cubana:
- Yo soy cubana, pero llevo 15 años en Jamaica. En ese tiempo he estudiado y aprendido la historia y costumbres del país; y no sólo del país: conozco la historia del Caribe.
 No empezaba mal la cosa porque, a veces, los guías ni tienen puñetera idea de lo que están contando.
-¿A que no saben ustedes –prosiguió- que Colón no era español?
-Era italiano –se oyó la voz del sabihondillo de turno.
-Vaya, pues fíjese que en su tumba dice que es español.
No dijo en cuál de ellas, lo que agradecí puesto que podía habernos dado una conferencia magistral sobre el periplo de los restos del Almirante.
-¿Saben por qué se habla inglés en esta isla? –continuó su exposición cultural-. Pues porque los ingleses la conquistaron y la dominaron durante un corto espacio de tiempo. ¿Y saben por qué se conduce por la izquierda? Pues porque los primeros coches que llegaron a la isla eran japoneses.
¡Claro! Y yo tengo dos brazos porque las camisas vienen de fábrica con dos mangas.

O la chica llevaba el rollo aprendido o algo vio que la hizo cambiar de táctica.
-Bien, veo que en el autocar no van niños y se puede hablar con libertad. Usted, señora –se dirigió a una de las primeras filas y que yo había observado que llevaba una camiseta con un lema que decía algo así como “no dejes para mañana lo que te puedas beber hoy”-, ¿es casada?
-¿Yoooó? No hija. Yo estoy en el mejor estado en que puede encontrarse una mujer: ¡viuda!
-¿Y ese señor?
 -Este señor no es familia mía, es mi querido.
Me pareció que el cielo se estremecía y que, allá arriba, una lucecilla temblaba más deprisa de lo que indicaban sus hercios.
-Es que las mujeres españolas, cuando vienen aquí y conocen a un jamaiquino, no quieren irse. Una vez me vino llorando un señor y me pidió que fuese a rescatar a su esposa que se había quedado en la playa. La busqué y vi que estaba liada con un autóctono; le expliqué que su marido la buscada desolado y me mostró el “aparato” del jamaiquino. “Cómo quiere usted que me vaya con esto”, me dijo. La verdad es que los jamaiquinos tienen todos una buena “lancha”. Y ya saben ustedes que la cosa de los hombres tiene la misma longitud que la planta de su pie.

Me quedé un poco estupefacto. A mí la naturaleza me ha engañado: calzo un 42, pero el colgajillo no se le acerca ni de lejos.

miércoles, marzo 29, 2017

Nonagesimo secundo anno


En abril de 2015 escribí “La tita Flora cumple 90 años” y lo cierto es que no tengo nada más que añadir a lo que entonces dije, y no es porque estuviera dicho todo; es porque el diccionario no tiene suficientes adjetivos para describirla. La tita Flora es, por edad y merecimientos, la decana y la matriarca de nuestra familia.
Hace dos años no pude asistir a su fiesta de cumpleaños y esta vez me he resarcido. Hacía mucho tiempo que no había visto tantos Linares juntos en un acto de celebración; de hecho, me encontré con varios sobrinos (de primos hermanos) que no conocía o que no los había visto desde chiquitillos.
Pude comprobar que, quienes fuimos niños traviesos, ahora somos viejos traviesos. La edad ni nos ha hecho madurar ni nos ha hecho perder la alegría, y los que fueron niños serios siguen siendo serios, pero han aprendido a divertirse.
Como vino a decir Luís, la simiente germina, las plantas crecen vigorosas y, las que han florecido, han dado una buena cosecha. Todo hace pensar que la semilla sembrada y la labor de mantenimiento ha sido buena. La estirpe progresa adecuadamente.


Haremos lo posible por estar en el nonagésimo tercero.
Tita Flora no hay más que una.

viernes, marzo 24, 2017

El aparatillo de la oreja


Mi abuelo José estaba más sordo que una tapia; aunque se le hablase a grito pelado, el pobre no se enteraba. A la única que entendía era a mi abuela Trinidad, que le hablaba en voz alta y clara y vocalizando mucho las palabras. Con el tiempo, mi tío Domingo le colgó un aparatillo de la oreja, pero ni por esas: mi abuelo seguía sin poder mantener una conversación fluida. El aparato no tenía nada que ver con los modernos audífonos, que te los cuelgas detrás de la oreja y ni se notan. El de mi abuelo era como una radio de transistores pequeñita con un cable trenzado, que acababa en un auricular tan poco ergonómico que mantenerlo en el oído era faena de maestros. Una de las imágenes de mi abuelo que tengo grabada con más claridad es cuando golpeaba repetidamente la radio, ponía cara de enfado y gritaba:
- ¡Trinidad, dime lo que dice Gabriel Galdeano que este trasto se ha vuelto a escacharrar!
Esa imagen la parodiaba a menudo cuando en mi época de estudiante salíamos de cachondeo por Granada; cogía una radio muy pequeña, que me metía en el bolsillo de la camisa, y el auricular correspondiente, que me enganchaba en la oreja y nos íbamos a la calle. En la cafetería, en el cine, en el autobús…, en medio de la conversación con los amigos, estiraba el pescuezo mientras daba golpecitos sobre la mini radio intentando que el aparatillo amplificara el sonido que aparentemente no me llegaba con claridad. La gente se me quedaba mirando con una cara que parecía decir: ¡Pobrecillo, tan joven y ya tan perjudicado!
Como se dice en mi pueblo, el Señor me castigó y me mandó un reventón de tímpano que me tuvo casi un año con un algodoncillo en la oreja. Incluso llegué a operarme. Miringoplastia se llamaba la intervención, que consistió en arrancarme un pellejito del lóbulo de la oreja y pegármelo en el lugar del tímpano. ¡Que si quieres arroz! El injerto no tuvo éxito y si antes tenía un bujero que me ocupaba medio tímpano, en adelante el bujero me ocupó el tímpano al completo.
El oír poco y no saber desde dónde me llegaba la voz era lo de menos. Lo de más era que si me entraba agua en el oído me podía pasar un par de semanas supurando y con un dolor tan terrible como el de muelas. Mi amigo, el Dr. Ortiz, me recetó una fórmula magistral a base de “ácido bórico disuelto en alcohol de 80º hasta saturación” (es lo que decía la receta). Tal mejunje hacía su función y me iba resecando el oído hasta acabar con la supuración; claro que llegaba el momento en que el conducto auditivo se despejaba lo suficiente para que el alcohol traspasara el tímpano y llegara al órgano de Corti. ¡Cómo sonaba la música entonces! A lo largo de mi vida he padecido migrañas, dolor de muelas, dolor de riñón, escalabrauras y otras lindezas traumáticas y aseguro que nada es comparable a un dolor de oídos producido por unas gotas de ácido bórico disuelto a saturación en alcohol de 80º. Se acabó bucear en las aguas del mar, nadar para mantenerse en forma, lavarse la cabeza en la peluquería… se acabó hasta lavarse las orejas bien lavadas.
Con el tiempo fui perdiendo oído, o mejor variando mi manera de oír. Dejé de percibir las palabras y cambiar su sonido por el ruido que hace una caracola cuando te la acercas a la oreja. El Dr. Ortiz me dijo que no me podía poner un sonotone porque la supuración lo podriría. Total que, como ya conocía la receta del ácido bórico, dejé de ir al otorrinolaringólogo (¡coño, me ha salido al tirón!).
Hace un par de años, estando en Aguadulce,  noté que tampoco oía con el oído bueno y me fui a ver un médico en el edificio Torres Bermejas. Me sacó dos tampocillos de cada una de las orejas, me metió un aparatillo televisivo en el oído malo y llamó a Quiosquera:
- Fíjese, señora. ¿Ve algo?
- Una cosa negra al final.
- Exactamente, eso es el tímpano. No hay perforación; por extrañas circunstancias el tímpano se ha regenerado. No hay problema en que se ponga un audífono y mejore la audición.
No me lo creí; el Dr. Ortiz me había dicho que el tímpano es el único pellejo que no crece por generación espontánea, así que me fui a ver a mi amigo (amigo de dalr para ser exacto) Iván Domènech, el cual me confirmó el diagnóstico del galeno almeriense. La cuestión es que ahora llevo un aparatillo como mi abuelo José. Oír no es que oiga mejor  (se me amontonan las palabras), pero oigo más fuerte. Y como el cacharro es moderno no necesito darle golpes al trasto que mi abuelo llevaba en el bolsillo de la camisa. De todos modos el médico no ha sido capaz de explicarme cómo se ha producido la regeneración; me queda la duda si no habrá tenido que ver el haberme pasado 35 años sin lavarme las orejas a fondo.
- Ahora no tienes excusa para no lavarte las orejas –me dice Quiosquera-. Así que una buena mano de jabón y restriégate bien.
Y una mierda. ¡A ver si con lo que me ha costado fabricar un tímpano, ahora lo voy a disolver echándole agua!