martes, abril 17, 2018

Callejero y gramática

Desde el día 15 de abril Pepe Rubianes tiene su calle en Barcelona. El Carrer Pepe Rubianes, antes Carrer de l’Almirall Cervera, antes Calle del Almirante Cervera, sigue siendo conocida por un gran número de habitantes de la Barceloneta como Calle Ancha o Carrer Ample, siendo, como es, que la Barceloneta es un barrio de calles perpendiculares y estrechas, con poco más de una vara de anchura de aceras y dos carriles de circulación (justitos), uno de ellos que se usa como aparcamiento y el otro utilizado para la circulación de vehículos. El Carrer de Pepe Rubianes une el Passeig Joan de Borbó (antes Paseo Nacional) y el Passeig Marítim, y es, al menos, doble de ancho que las calles normales de la Barceloneta. Uno no acaba de ver los méritos de Pepe para recibir tal honor, cuando otros actores tan arraigados en Barcelona como Paco Morán o Mary Santpere no han sido distinguidos de forma semejante; en todo caso, cada municipio tiene derecho a nombrar sus calles como le parece a sus mandatarios, que, a veces, responde a un sentir popular. La alcaldesa Colau ha sido criticada por llamar “facha” a D. Pascual Cervera, toda vez que el marino murió antes de que se inventara el correspondiente movimiento político; pero esto sólo indica que la alcaldesa estuvo más atenta en sus clases de formación político-activista que en las clases de historia.
Me enteré del cambio cuando lo leí hace unas semanas como un titular más de la ristra de noticias que ofrece Google Play Kiosco. Decía algo así como que la Calle Almirante Cervera iba a pasar a llamarse Calle de Pepe Rubianes en honor al popular actor “catalán”. La noticia inmediata se refería a las pintadas aparecidas en la casa que el juez Llarena posee en Das.
Tenía entendido que Rubianes era gallego, así que me fui a la wikipedia a consultarlo. De paso consulté también la biografía del juez. Nada digno de mención en la biografía, hasta llegar a la quinta línea del resumen biográfico:
Hijos: 2 personas

¿Quieren decir los "wikipedistas" que Llarena podría haber tenido por hijos 2 perritos? ¿O 2 coleópteros? ¿O 2 delfines?
Quizá en vez de “hijos” se podría haber utilizado el término “descendientes”.
Descendientes: 2
Claro que, quizás, algún lingüista moderno los hubiera acusado de discriminación sexual por obviar a las “descendientas”.
A pesar de que los políticos se quejan de la judicialización de la política, lo realmente grave es que “politizan” las cajas de ahorro y las llevan al rescate (Rato, Serra…), y la universidad y desacreditan sus títulos (Cifuentes, Franco…). Ahora quieren politizar la gramática y no tengo claro que en unos años sepamos hablar español.

viernes, marzo 02, 2018

De lechugas y otras yerbas



Sigo a dieta verde; a dieta verde y escasa.
Mi desayuno, que es la comida más normal del día, se compone de una naranja, dos tostadas con un chorreoncito de aceite y un café con sacarina; en el almuerzo y cena puedo comer lechuga y vinagre sin límite (otro chorreoncito de aceite) y proteínas: 100 gr. de carne o pescado en crudo o 40 de legumbres en seco; de postre, fruta al mediodía y yogurt a la noche. Y si me he portado bien, una onza de chocolate un ratillo antes de acostarme. ¡Ah!, para merendar puedo elegir entre cuatro nueces u ocho almendras (sin cáscara). Por el camino he dejado 12 ó 13 kilos. Y sin pasar hambre… que para eso están las lechugas. Reconozco sufrir una cierta debilidad en las articulaciones,  que compenso con el excipiente de un montón de pastillas que tomo y que curar, no curan, pero evitan que otros elementos me maten.
Hablando de comer… Me parece que hace tiempo conté una de mis anecdotillas culinarias. No obstante, como viene al pelo, la repito.

Llevaba una temporada en que una muela del juicio me venía amargando la existencia: la puñetera no acababa de salir y cuando daba un tironcillo (eso ocurría cada dos o tres meses) se me hinchaba la encía, y todo el carrillo se me llenaba de pus. Pasé mucho tiempo a base de Omnamicina un millón; lo del millón debería ser por el número de agujeros en el culo que cada vez tenían que hacerme para que me hiciera efecto. Desde que empezaba a pincharme, hasta que la medicina obraba, pasaban cuatro o cinco días. Y los analgésicos me duraban un rato. Recuerdo una madrugada que, a pesar de dolor, me quedé dormido y desperté de repente sobresaltado y sin saber qué me despertó, hasta que caí en la cuenta de que la muela ya no me dolía; se me acababa de reventar la encía y, al cesar la presión del pus, había dejado de dolerme. Tiene narices que el bienestar me despertara.-
En otra ocasión, y a eso iba, no dormí en toda la noche y aquel día no fui a trabajar; cuando regresó Quiosquera por la tarde, debió verme alteradillo:
- ¿Qué te parece si vamos a urgencias a que te vean esa muela? –me dijo-.
La verdad es que eso de “urgencias” a mí me suena a cuando está uno a punto de espicharla; no era esa la situación. De todos modos no debería verlo yo muy claro cuando contesté:
- Bueno.
El médico que me atendió me dijo que era necesario ingresarme. Levantó el teléfono.
- Necesito una cama en la planta siete… me da igual que no haya, ponéis una en el pasillo.
- Oiga –intervine-, yo me voy a mi casa y mañana vuelvo a primera hora.
- ¡Ni hablar! En su situación no puedo dejarlo ir bajo mi responsabilidad. Con la infección que tiene le da un vitango esta noche y la tengo yo liada.
Hube de esperar un buen rato antes de que me encontrasen cama. Me enchufaron un gota a gota, me trajeron un yogur y apagaron la luz. No sé qué me metieron en la vena, pero aquella misma noche me reventó el flemón. A pesar de todo apenas podía abrir la boca un par de milímetros: me asignaron dieta blanda, es decir, chupaíllo. Estábamos en una habitación de seis y se me iban los ojos detrás de los platos que les servían a los demás, mientras yo sorbía una sopa o aspiraba un puré.
El jueves por la mañana se produjeron dos sucesos: me quitaron el gota a gota e ingresaron a otro paciente, al cual pusieron en la cama de al lado. A mí me costaba hablar pero haciendo un esfuerzo logré preguntarle qué le pasaba.
- Una tontería. Tengo una muela picada y como soy hemofílico me han de preparar para que no se produzca una hemorragia.

Como he dicho, era jueves, y los jueves en España se come paella. Debe venir esto de cuando aún no habíamos implantado la semana inglesa y el descanso se hacía el jueves por la tarde en lugar del sábado. Lo cierto es que, cuando llegó el carrillo de la comida, había cinco paellas y un puré. No creo que la cocina de la Residencia del Valle Hebrón sea de 5 tenedores, pero después de casi una semana de caldillos y papas espachurrás, aquel arroz olía a gloria bendita. Mi vecino hemofílico había ido a cambiar el agua al canario. La señora del carrillo empezó a repartir platos de paella y, cuando llego a la cama vacía, dudó. Agarró la bandeja del puré, me miró, le sonreí, dio media vuelta y se la enchufó al ausente. A mí me puso la paella. Sabía que aquello podía ser una equivocación, así que agarré el tenedor y ataqué; los granos de arroz apenas cabían por el escaso hueco que quedaba entre mis dientes y tuve que aspirar con fuerza. Comprobé que de pulmones andaba fuerte ya que el chorro de aire hizo que pudiera absorber la mayoría de los granos. A los que no pasaban los ayudé empujando con los dedos.
Cuando el hemofílico llegó, yo me había zampado la paella (no recuerdo que quedara ni un grano) y me estaba peleando con un cachillo de carne de borrego. Al buen hombre debían gustarle los purés como a mí; llamó a la enfermera.
- Señora, me han puesto puré y a los demás paella.
Intenté disimular. La señora debió entender qué había pasado, aunque no dio su brazo a torcer; cogió una hoja metida en un plástico y leyó:
- Aquí dice dieta blanda –y pilló la puerta.

Por entonces yo no acostumbraba a echar la siesta, pero aquella tarde dormí como un bendito. Y con la sonrisilla inocente de quién nunca ha roto un plato (o se lo ha comido).
¡Ah! Por la noche me dieron dieta blanda.

martes, enero 16, 2018

Penitencia

Los que vivimos o hemos vivido en Cataluña sabemos que no se juega con las cosas del “procés” ya que siempre encontraremos alguien a quien nuestras opiniones no les parezcan adecuadas y se sientan ofendidos. No tiene nada que ver con la posición que se defienda; estamos muy sensibilizados y a menudo interpretamos las opiniones de los demás como un desprecio a nuestra propia opinión. Es por esto por lo que he intentado mantenerme calladito.
Diferente es cuando oigo hablar a quienes cobran por ello: da la sensación de que cobran por palabras y, cuando cogen el turno, no se callan ni debajo de agua. Me refiero, por supuesto, a los que participan en los magacines matutinos o tertulias vespertinas, que antes se llamaban contertulios y ahora tertulianos. Opinan de cualquier cosa (a lo cual tienen derecho) y pontifican “ex catedra” como poseedores de la verdad absoluta.
Me jode (perdón) especialmente que utilicen como argumento probatorio hechos de los que no tienen ni idea y se quedan tan panchos ante un razonamiento que igualmente podría utilizarse para probar lo contrario.
El pasado viernes veía uno de estos magacines, cuando un periodista que, por sus argumentaciones en otros programas, parece ateo o poco dado a las cosas de Dios, defendía la salida de prisión de los presos políticos o políticos presos (que tanto da) de esta guisa:
- Han aceptado haber obrado mal y han prometido que no lo volverán a hacer. Es decir, hacen examen de conciencia, se arrepienten y se lo dicen al juez, o sea, el confesor. Entonces lo que el “cura” debe hacer es perdonarlos y dejar que se vayan a sus casas.
No opino (aquí) qué se ha de hacer con los presos; opino del razonamiento del periodista y estimo que está pidiendo que sigan en la cárcel. Yo sí hice la primera comunión, me aprendí de memoria el catecismo y estudié en un colegio de curas. Las etapas del sacramento de la penitencia iba tal que así:
Examen de conciencia
Dolor de corazón
Propósito de enmienda
Decir los pecados al confesor
Y cumplir la penitencia.
Vamos, en verso para que fuese más fácil su aprendizaje.

El razonamiento del periodista falla en el último punto: cumplir la penitencia, que es exactamente lo que ahora están haciendo los presos.

jueves, enero 04, 2018

Iros a tomar... (con perdón)

Cada cierto tiempo la RAE nos sorprende con el anuncio de la inclusión de determinadas palabras en el diccionario y, rara es la vez, que no surgen voces criticando que se haya ignorado tal o cual palabra, se haya incluido alguna otra o no se haya cambiado el significado políticamente incorrecto de otras cuantas (o se hubieran eliminado sin más).
Desde mi punto de vista, heterodoxo por supuesto, el diccionario debe recoger cuantas palabras empleen quienes usan el idioma español, sean o no correctas (gramatical o políticamente), para que los que no sabemos lo suficiente podamos recurrir a esta útil herramienta e ilustrarnos sobre su significado. Con lo que no estoy de acuerdo es con la expresión “la Real Academia Española admite el uso”. La Real Academia no admite nada, se limita a incorporar las palabras que se usan e indicar la forma gramaticalmente correcta, que para eso están los sinónimos. Me explico:
Cuando los niños aprenden a hablar, utilizan una lógica no contaminada y hacen regulares los verbos. No por eso se admite que el participio “escribido”, por poner un ejemplo, sea correcto, y eso que simplificaría enormemente el aprendizaje del idioma. O mejor aún: en España está muy extendido el laísmo y, mucho más, el leísmo. Cuando estudié Gramática, ambos estaban calificados como “vicios del lenguaje”, sin embargo el leísmo se consideraba permitido.
Este verano se dijo que la RAE iba a admitir “iros” como segunda persona del plural del imperativo del verbo irse. No es que la fueran a incluir en el diccionario, que los tiempos verbales no aparecen en él, sino en la gramática de la lengua. Leí muchos tuits congratulándose de la medida ya que muchísima gente utilizaba la citada palabra. Seguramente muchos de ellos habían criticado a Lola Flores por aquello de “si me queréis, irse”, cuando, en realidad, Lola se había adelantado a los sesudos lingüistas: si la segunda persona del plural es “iros”, la tercera (ustedes) impepinablemente debe ser “irse” (conjugación regular). Es decir, a Lola Flores le corresponde una silla en la Real Academia Española, aunque sea a título póstumo.
Claro que no en todos sitios se usa el término “iros”. En mi tierra, por ejemplo, lo normal es que se diga “isus”, que es mucho más contundente: “si me queréis, isus”. Y normalizando el imperativo de ir (ve tú, vaya él,…), también se utiliza “veros”. Pero la bomba hubiera sido la utilización de la última forma permitida por el IELA (Instituto de Estudios de la Lengua Alpujarreña): “VESUS
Si me queréis, vesus
Ahí es ná.

¡FELIZ AÑO NUEVO!

viernes, diciembre 22, 2017

Míster Próper


Vélez-Málaga. Es la una de la tarde y, después de tres horas pateando sus calles, la vejiga advierte que la próstata necesita espacio y se hace imprescindible una visita a la Mezquita de Benimea. Busco un barecillo donde se pueda tomar algo y aterrizamos en una de sus mesas. Como siempre, primero pedimos una consumición y luego Quiosquera se va de exploración hasta dar con el retrete.
-Malas noticias –me dice a la vuelta-. El lavabo está en el piso de arriba y las escaleras son empinadas. Abajo hay uno para minusválidos, pero está cerrado; pregunta a la camarera si te lo puede abrir.
No hace falta. En cuanto la camarera me ve, sale de detrás del mostrador y se ofrece a abrirme la puerta. Llego justo; uno ya tiene sus problemas para encontrarla y, si a eso le añadimos las prisas, los dedos se convierten en morcillas y aumentan las probabilidades de que se mee uno fuera de los dodotis. No hay suficiente con esto: estoy poniendo la misma cara que Peter Seeler en El Guateque cuando se abre la puerta.
-¡Ahhhh! ¡Aquí hay un hombre!
Es la otra camarera. Menos mal que el arquitecto ha diseñado el meódromo a prueba de empleadas que abren sin llamar y, entre la puerta y la taza del wáter, ha colocado una columna que impide ver el frontal del meante. Además, a mí me enseñaron a mear contra la pared, ocultando el aparatillo a miradas extrañas. O sea, que mi intimidad permanece a salvo, si bien quedo afectado por la interrupción. Mientras me enjuago las manos observo que el suelo de la estancia es resbaladizo; da la impresión de estar recién fregado. No parece, sin embargo, estar húmedo; más bien, encerado. Uno es experto en resbalones y, por eso, uso zapatitos especiales. Los bastones de andar gastan dos tipos de zapatos: uno, el que yo llamo de tacón alto, es poco más ancho que la tibia del bastón y con poca superficie de contacto, propenso al patinazo; otro, al que yo llamo de campo y en la ortopedia le dicen playeras, tiene una superficie mucho mayor y se adapta mejor a suelos lisos, a los caminos de tierra y a la playa. Es el modelo que uso, incluso cuando visto de gala. A pesar del mayor agarre, en caso de posibilidad de patinazo, procuro apoyar el bastón siguiendo la vertical, por aquello que aprendimos en física que decía que una fuerza aplicada en diagonal se divide en otras dos: una vertical y otra horizontal, que es la responsable del desplazamiento lateral y el subsiguiente “zampahazo”.  Así que tiro de teoría y realizo una aplicación lo más vertical que puedo. No me doy cuenta de que, para facilitar el acceso con silla de ruedas, la entrada al servicio presenta una ligera inclinación. Los zapatitos de hacer senderismo se desplazan lentamente y empiezo a apabullarme. Suerte que tropiezan en la pared y se detienen; claro que, para entonces, los pies se me han quedado un palmo por detrás y, por el mismo efecto de descomposición de fuerzas, se deslizan en sentido contrario. El aterrizaje es perfecto: rodilla en tierra y manos alzadas, sujetas a la empuñadura de los bastones. Queda levantarse o pedir socorro. Me jode rendirme a las dificultades y decido alzarme por mi cuenta: si pongo las manos por delante, resbalan hasta tropezar en la pared; si las apoyo verticalmente, son los pies los que resbalan y quedo panza abajo como nadando en el suelo. Después de unos segundos de duda, me arrastro hasta la taza del wáter (con mucha dificultad) y consigo levantarme a pulso. ¡Prueba superada con éxito!

Mientras me peleo por encontrar un atisbo de rozamiento, me acuerdo de Pablito. Pablito era un niño de poco más de dos años, que vivía en el piso de arriba. Pablito era un pequeño terremoto y lo normal era oír gritar a su madre llamándolo al orden. Según contaba ella misma, el niño no le temía a nada, excepción hecha de Míster Próper, antecedente de Don Limpio antes de que los anglosajones nos obligaran a usar el nombre en español. Entonces, lo normal era escuchar a nuestra vecina gritar:
-¡Pablito, Pablito, que viene Míster Próper!
Y Pablito salía espetado como alma que persigue el diablo.
Los padres de Pablito eran de pueblo. Como yo. No recuerdo de qué parte del país, pero no debían andar muy lejos de Extremadura o Salamanca... o Jabugo; lo digo porque, como yo, volvían de las vacaciones de verano cargados de derivados de la matanza: jamón, morcilla, longaniza y tajadas de lomo o costilla. Y, como yo, las conservaban en aceite. En las ciudades, las casas no están preparadas para almacenar los productos de la matanza y hay que ingeniárselas para encontrar un lugar adecuado para la orza de las tajadas. La madre de Pablito le hizo un hueco en el horno de la cocina; todavía no se estilaban las encimeras encastradas en el mobiliario, sino que la cocina andaba suelta entre los armarios bajeros, en uno de los cuales se instalaba la bombona de butano. En un descuido de mamá, Pablito entro en la cocina, abrió la puerta del horno y se subió en ella. Con el peso, la cocina cedió y cayó sobre Pablito con tan mala suerte que el niño se coló dentro del horno, que cayó sobre la puerta y el niño quedó atrapado dentro. La orza se dobló derramando tajadas y aceite (ya medio solidificado) por el suelo. Cuando la mamá acudió a los guarridos de su hijo, no más entrar en la cocina, resbaló y fue a dar con sus huesos en el suelo; en su desesperación por socorrer a Pablito, cada vez que intentaba levantarse se daba un nuevo costalazo. A base de serpentear sobre la pringue consiguió acercarse a la cocina derrumbada, pero todo esfuerzo por levantarla y sacar al niño fue inútil. Tengo entendido que no logró sacarlo hasta que, un buen rato después, llegó papá del trabajo.

Salgo del lavabo riendo. ¡Lo que da de sí una meada!

miércoles, diciembre 13, 2017

Dirección prohibida


Como todo hijo de vecino, soy crítico con las decisiones de los cargos políticos y hago mía la expresión: “Piove, porco governo”. Lo que el tiempo me ha enseñado es que tales políticos suelen ser más inteligentes o están más preparados que yo, o se rodean de asesores que son más inteligentes y están más preparados que yo; deducción lógica, dado que, si no fuera así, sería a mí a quien los mandamases hubieran nombrado su asesor. Es uno de los motivos por los que no me gusta condenarlos del todo y mucho menos criminalizarlos.
Hay decisiones políticas, sin embargo, que hacen que se te agite el papo. Cuando leí que la alcaldesa presidente del Excelentísimo Ayuntamiento de Madrid iba a hacer que por las calles Preciados y Carmen sólo se pudiera circular (peatonalmente) en un solo sentido no pude impedir una carcajada de puro cachondeo.
- No, mire usted –imaginé decir al guardia municipal-. No puede tirar por esta calle porque es mano p’acá; debe tirar por esa que es mano p’allá.
Vamos, pa mease y no echar gota.

Este fin de semana he estado en Madrid; en pleno meollo de la Puerta del Sol y calles adyacentes. La circulación (peatonal) es caótica. Mis padres me habían enseñado que se debía circular por la derecha, salvo en carretera, donde lo indicado era que los peatones lo hicieran por la izquierda para ver de frente los coches que se acercaban por su lado. Lo segundo era para cuidar la salud; lo primero, para no dar por saco a los demás. Pero como la urbanidad ya no está de moda, cada cual circula por donde le da la gana y de ahí el caos circulatorio. 
La señora Carmena se ha equivocado, pero se ha equivocado por aplicar la norma sólo a las calles Carmen y Preciados y no al resto de calles peatonales o semipeatonales del centro. Y, hombre, por no pintar en medio de la Puerta del Sol y la Plaza Mayor carriles que delimiten el deambular de las personas. Y, ya puestos, levantar una redonda de vez en cuando para que la gente pueda cambiar de sentido sin el peligro de darse un topetazo con quien circule en otra dirección. Es algo que le agradecerían los madrileños y los eventuales visitantes.

lunes, octubre 16, 2017

Castañas asadas


Desde que nos jubilamos, acompaño a menudo a Quiosquera al supermercado; en realidad no hago nada, pero le voy dando conversación hasta que se pone nerviosa y me manda a hacer puñetas. Esta mañana he visto a lo lejos unas patatas muy gordas y coloradas; sorprendido, me he acercado lo suficiente para deshacer el error y comprobar que eran boniatos. Boniatos de verdad, “califonios”, nada que ver con las raíces arrugadas que se venden en algunas paradas. Si hay algo que me señala que voy para viejo, es que casi todo me retrotrae a recuerdos de la niñez.

Mi primo Manolico vivía en el Cortijo Bajo, a medio camino entre El Pozuelo y Albuñol. El Cortijo Bajo es como El Pozuelo, pero cuesta arriba; con la diferencia que por allí no pasa la carretera nacional y sus gentes parecen más apavadas que nosotros los playeros. Mi tío Manuel, para darle lustre a mi primo, lo mandó a la escuela de El Pozuelo, pensando sin duda que D. Baltasar le iba a infundir más ciencia que el maestro del cortijo, y el Manolico se instaló en la casa de mi abuela. No sabré nunca si eso fue una suerte o una desgracia para mí. La cuestión es que, a pesar de que era un par de años mayor que yo, nos hicimos compinches y andábamos siempre juntos. Seguramente yo era más atrevido (o menos sensato) y él más ingenioso, pero pronto nos hicimos acreedores de recibir las culpas de todos los males y disloques que acaecían en la familia, aunque, como alguna vez he contado (la peseta del sello), fuésemos inocentes.
Una tarde llegamos y encontramos a mi abuela, que también era la suya, pegada al rincón y, mientras vigilaba la buena marcha del puchero, iba asando castañas en las brasas. Me fijé que la buena mujer cogía una castaña, le daba un corte con la faca y la echaba debajo de las “estrebes”. Le pregunté a mi primo:
- ¿Por qué corta la abuela las castañas?
- Porque, si no, explotan.
Me reí.
- ¡Anda ya!
Ni corto ni perezoso, mi primo Manolico agarró una castaña bien hermosa y, en un descuido de mi abuela, la echó al fuego. Por si sí o por si no, nos refugiamos junto a la puerta de la cocina, mientras intentábamos aguantarnos la risa sin conseguirlo: se nos escapaban sonoros pedos nasales.
- ¿Qué nueva “haciura” estáis fraguando? –preguntó mi abuela.
No le contestamos directamente, pero no tardó mucho la castaña en hacerlo por nosotros. Un castañazo (en explosión) suena como los tiros en aquellas películas del oeste en que las explosiones no son secas, sino que parecen como de fogueo. Quizá por eso no acabamos de matar a la abuela y sólo se quedó todo en un susto de muerte, porque, tras la explosión, no quedaron ni ascuas debajo de las “estrebes”. A mi abuela le aparecieron tres o cuatro agujeros en el delantal, y la ceniza le cubría hasta el moño.

Aprendí de golpe varias lecciones:
- que con las cosas de comer no se juega
- que el calor dilata los cuerpos 
- que el coeficiente de dilatación no es el mismo para todos los materiales
- que un experimento vale más que mil teorías
Bueno, y que mi abuela era una santa: ni nos mató, ni nos desolló vivos, ni nada.