La mejor liga del mundo
Vivencias presentes y pasadas de un pensionista con tiempo para pensar

Seguramente se le ocurrió a un judío; por aquello del Sabat y el día de descanso que se tomó Dios al finalizar la Creación. Si el adjetivo se hubiera inventado en tiempos más cercanos y la proposición partiese de una mente de formación cristiana, estaríamos hablando de un mes o de un año domingático. Y es que los tiempos adelantan una barbaridad y cambian las viejas costumbres un güevo.
Es meramente metabólico. Nos lo muestra a diario la televisión. Aparece en el supermercado una señora con mala cara; al volver una estantería se encuentra con una amiga, por lo general, aunque no siempre, cañón, que le habla de las exquisiteces de un determinado producto:
“Una dosis de Activia al día favorece el tránsito intestinal” – le dice a la vez que cierra el puño, manteniendo tiesos los dedos meñique y porro (como hacía Ronaldinho cuando la pelota se le iba alta), y pendulea la mano a la altura del estómago en avances y retrocesos de unos 90º, aumentando la intensidad del movimiengo cuando la mano baja. Gráficamente se reproduce un esquema de las tripas y los meandros que recorren los restos fecales.


Cuando decidí aprender inglés, Quiosquera se lo tomó a risa.
La tarde estaba avanzada, así que nos dedicamos a callejear por Picadilly y, andando, andando, fuimos a dar con Chinatown. Es casi igual que Xinaxample en Barcelona: una zona donde hay más chinos que en el resto de la ciudad. Lo que le falta a Xinaxample es una calle acotada que simule estar al sur (o al norte, qué sé yo) de Tiananmen, tal como Gerrard Street. Quiosquera quiso comparar precios y entró en un supermercado; me quedé fuera. Al cabo de 5 minutos empecé a aburrirme y, para distraerme, puse oído a la conversación que llevaban tres jovencitas que estaban situadas a mis espaldas. Eran de Getafe y estaban, cómo no, de viaje de estudios. Me acerqué a ellas:
Más abajo de Xinatown encontramos en plena calle un puesto de verduras y hortalizas. Me fijé en los tomates; origen: Morocco.
Las veladas de verano son largas. A principios de los cincuenta, la luz eléctrica se daba cuando empezaba a oscurecer y se quitaba apenas aparecían las primeras luces del alba; y la potencia era la justita: una bombilla de 25 watios se consideraba un despilfarro, de modo que, para hacer la cena, mi madre tenía que encender el candil; no es que diese buena luz, pero al menos era barata: la torcida duraba bastante y como combustible se usaba el aceite sobrante de freír pescado. Lo mejor era cenar temprano y salir a la puerta de la calle a tomar el fresco. Claro que eso podía ser divertido para los mayores, que se pasaban la velada hablando de sus cosas, pero para los niños era una aburrición; menos mal que mi tío Manolo nos entretenía enseñándonos a distinguir las estrellas y constelaciones; por entonces, el cielo era una criba de puntos iluminados y bastaba con fijar la vista en un punto para hundirse en la profundidad del universo. Nos enseñó a distinguir la Vía Láctea o Caminico de Santiago, la Osa Menor y Mayor, que a menudo denominaba El Carro, y la Estrella Polar, que es la última del rabo de la Osa Menor. Posiblemente nos hablara de otras constelaciones que he olvidado con el tiempo. Lo que más nos llamaba la atención, por su escasez, supongo, eran las estrella fugaces y los cometas; nos explicaba que las estrellas fugaces no eran estrellas, mientras que los cometas sí lo eran; nunca me quedó claro de qué estaba hecho el rabo de los cometas.
La casa en que vivíamos era del tamaño de la de los enanitos de Blancanieves. La habitación de la entrada era, a la vez, recibidor, sala de estar, cuarto de plancha y costura, y despacho; la mayor parte estaba ocupada por la mesa de mi padre, la máquina de coser de mi madre y la mesita para la radio; el resto eran anchuras. Un pasillo la comunicaba con la cocina; en realidad con la cocina-comedor, que albergaba una bazareta, el rincón y una mini mesa donde escasamente cabíamos mis padres, mi hermana y yo (el rincón es el hogar,es decir, la plataforma para encender el fuego bajo las estrebes (trébedes), y la chimenea). Las cantareras ocuparon un espacio en la cocina, aunque recuerdo haberlas visto en el pasillo; puede que fuera cuando vivieron allí mis abuelos. Lo que sí estaba en el pasillo era el baúl. Frente al baúl se abría la habitación más importante de la casa: el cuarto de la matanza; era como una bodega, oscuro y con poca ventilación; en cañas dispuestas horizontalmente, colgaban las tripas de morcilla y longaniza, y de la pared de enfrente pendía el jamón; bajo el jamón y la pared de la derecha se sucedían el bidón del aceite, el saco de la harina de maíz y la harina de trigo, el tarro de las aceitunas y las orzas de tajadas de lomo, costilla y longaniza; la pared de la izquierda estaba ocupada por la artesa y las herramientas de hacer pan. La vivienda quedaba completada con la “chambre a coucher”, que buenamente compartíamos. En total, podrían ser unos 30 m2, pero, teniendo en cuenta que, cuando uno es pequeño, tiende a ver las cosas más grandes, lo mismo apenas si rebasaba los 20. Lo curioso es que, si bien la parte habitable no disponía de otras dependencias, la casa se completaba con un almacén del tamaño de un campo de minibasket; allí quedaban ubicados los abonos, fertilizantes, sustancias minerales, venenos insecticidas y otros arreos que los agricultores necesitaban para mantener productivas sus tierras.
Tenía un tamaño capaz de albergar panes para dar de comer a un regimiento, así que no había problema para cocer pan para dos familias; es más, para aprovechar el espacio se asaban patatas, cebollas, ajos, pimientos y lo que se terciara. Mi abuela hacía 7 panes grandes (tenía que alimentar a dos fieras en edad de trabajar y a una moza en edad de merecer) y mi madre se conformaba con 5 medianos; 5 medianos y 2 bollos. Los panes cubrían las necesidades de una semana, y los bollos eran un capricho con que mi madre nos obsequiaba a mi hermana y a mí; recién sacados del horno, calentitos, los despuntábamos por un lado, los emborrachábamos con aceite de oliva y espolvoreábamos azúcar. Espolvorear azúcar es un decir; entonces el azúcar refinado no llegaba al pueblo, eran granos gordos y terrones húmedos, pero es lo que había. No es necesario decir que, acabado el bollo, mi hermana y yo teníamos que ir directos al barreño para desgrasarnos de manos hacia abajo y eliminar todo resto de azúcar que nos hubiese quedado en los morros. Cuestión de evitar moscas.