Decúbito supino

jueves, noviembre 26, 2009

La receta electrónica

Desde la Torre de Hércules, concretamente en el quiosco de prensa que hay un poco más debajo de la torre, tomamos un taxi hasta el otro extremo de la península. El taxista nos dejó junto a la Iglesia de Santa María del Campo.
Justo al inicio de la calleja que queda por la parte de debajo de la iglesia, vimos una placa en la fachada de una casa: “Aquí nació Ramón Menéndez Pidal”. Ni siquiera recordaba que fuese gallego.
Seguimos callejeando hasta el Convento de Santa Bárbara y la Plaza del mismo nombre, para bajar por la calle de Santiago. Y ahí nos dimos de lleno contra el Estado de las Autonomías.

Recuerdo que, durante la Transición, Pedro Ruíz explotaba el hecho que España había pasado de ser Una, Grande y Libre a Muchas, Pequeñas y Cabreadas. Pude comprobarlo. Necesitaba repuestos de Plavix. Entramos en una Farmacia situada a la izquierda de la calle según se baja y entregamos la receta a la manceba que salió a atendernos.
- Esta receta no vale.
- ¿Cómo que no vale?
- Mire usted, le falta la fecha, no está firmada por el médico y debe tener el sello de inspección.
- ¡Ah, bueno! El sello de inspección es esa pegatina que lleva ahí, no tiene fecha porque en Barcelona, a los que padecemos medicamentitis crónica, nos dan las recetas cada dos meses, y no lleva la firma del médico pero va el sello.
- ¿Es receta electrónica? Porque si es electrónica no le podemos dispensar el medicamento.
- Si no me tomo el medicamento, se me espesa la sangre; si se me espesa la sangre, las plaquetas se me depositan en el muelle; si las plaquetas se me depositan el muelle, se me tapona la coronaria: y si se me tapona la coronaria, las palmo.
- Tendrá que pasarse por un consultorio a que le hagan una receta.

Empecé a acordarme de los políticos españoles y de sus santas madres. De los miembros de la Xunta de Galicia y de sus santas madres. Y de los boticarios y de sus santas madres (la mía entre ellas).
Iba a darme la vuelta, cuando una señora salió de la rebotica. Era la farmacéutica, que estaba oyendo la conversación y había decidido intervenir.
- Déjeme ver.
Estudió la receta y llamó por teléfono. A la Federación Farmacéutica, por supuesto.
- Bueno, quizá lo podamos arreglar. La receta no es electrónica y no dará problemas; la fecha se la pongo yo. Lo que no me van a admitir es la falta de la firma del facultativo.
- Dése la vuelta, si es tan amable –le dije-.
Le pedí el bolígrafo a Quiosquera e hice un garabato sobre el sello del médico.
- Ya está señora. Por casualidad llevaba otra receta y ésta si está firmada.
Se rió.
- Es curioso –me dijo-. Cuando llegan pacientes de otras comunidades que tienen implantada la receta electrónica, nosotros no podemos dispensarles la medicación si no pasan antes por el ambulatorio. Sin embargo, llegan los extranjeros de la U.E. con sus recetas electrónicas y no hay ningún problema.

Mentalmente pedí perdón a las madres de los miembros de la Xunta y a las madres de los farmacéuticos (la mía entre ellas). Salí a la calle acordándome de los políticos españoles y de sus santas madres.

miércoles, noviembre 18, 2009

Meigas en la Torre de Hércules

El turista contumaz suele justificar sus viajes por el deseo de conocer nuevas gentes y otras formas de entender la vida. Los que no podemos permitirnos el lujo de prolongar un viaje lo suficiente para conocer a las personas, nos conformamos con ver al natural lo que ya vimos en fotografía o en un reportaje de la tele; a veces, muy pocas, llegamos a contactar con la población autóctona. Yo, en particular, soy dado en visitar lugares que son o fueron hitos históricos o geográficos.

En mi reciente viaje a Galicia, había muchos (demasiados) lugares que era imprescindible visitar pero, cuando el tiempo apremia, la sílaba “im” se cae con bastante facilidad. Visitada la playa de As Catedrais, y hasta llegar a La Coruña, sólo había un punto “im”: el Cabo de Ortegal. Y eso desde que leí a un autor gallego que lo definía como el punto donde Galicia limita con Inglaterra. Me fue imposible localizar el punto para trasmitir sus coordenadas a Mari Pili y apunté hacia el pueblo más próximo que aparece en el mapa del MOPU o como demonios se llame ahora tal Ministerio.
- Vamos hacia Cariño, cariño.
Quiosquera se puso la mar de contenta ya que era la primera vez que yo pronunciaba dos veces seguidas la palabra cariño. Pero Mari Pili se puso celosa. En algún punto debí ignorar el indicador que señala la dirección del cabo y Mari Pili me metió en un intrincado de callejas, cada vez más estrechas, que subía la falda de la montaña, hasta el punto que, en algunos sitios, tuve que recoger los retrovisores laterales para poder pasar. Cuando estaba a punto de desistir, encontré un chavalito junto a la carretera y pregunté.
- ¿Para ir al cabo?
No me enteré de lo que dijo pero extendió el brazo a lo Colón y seguí la flecha. La carretera del cabo arrancaba a 50 metros escasos y no tuvimos problemas para llegar hasta el faro. Nos hicimos la muesca (en forma de foto) para tener constancia de que estuvimos en la frontera de Inglaterra y salimos arreando hacia La Coruña con todo el dolor de mi corazón que pugnaba por retroceder hasta el otro “im”, el de Estaca de Bares como punto más septentrional de la península.

Cierto es que, antes de pensar en el viaje, de La Coruña sólo tenía conocimiento del Estadio de Riazor y de la Torre de Hércules, que constituía otro “imprescindible”. Por su antigüedad y porque, cuando leí Tartessos, aparecía como el punto que indicaba que había que desviar la ruta para enfilar hacia las Islas Casitérides, so pena de precipitarse al vacío cuando se llegase al final del océano. La leyenda sitúa en la Torre el lugar donde Hércules enterró la cabeza de Gerión, personaje que distintas leyendas sitúan como fundador de Gerona (Geriona), rey de Tartessos, monstruito de las Hespérides o rey de Brigantium. Para todos los gustos.
La Torre de Hércules está situada en una zona peatonal, en la cumbre de un pequeño promontorio al que se asciende por una ladera con una pendiente suave. A medio camino entre la estatua de Breogán y la torre, un gaitero ameniza la mañana a la espera que los turistas dejen caer unas monedillas. Más abajo del promontorio, ocupando una pequeña explanada, hay una Rosa de los Vientos. Quiosquera abandonó la senda principal y se acercó a la Rosa para tomarle un primer plano. Entonces la vi. En una roca esbelta que había una decena de metros más allá de la Rosa de los Vientos, alguien había colocado una manta oscura, una bufanda que ondeaba al viento y un sombrero alto. En la distancia daba la sensación de ser una meiga que contemplaba el mar. Me quedé mirando y, por un momento, me pareció ver visiones: la meiga parecía moverse. ¡Qué diantre! Se movía y andaba en dirección a Quiosquera que no parecía preocupada por la presencia de la bruja. Luego apareció el perro que correteaba un poco más lejos, lamió la mano de su ama y ambos se dirigieron a la base de la Torre. Sentada en el muro que bordea el camino, la vieja sacó un bocadillo y atacó con saña.
Respiré aliviado.

miércoles, noviembre 04, 2009

La torre de Babel

Muy gorda debieron hacerla los habitantes de Babel cuando Dios decidió castigarlos confundiendo sus lenguas. Desde entonces, un instrumento de entendimiento y unión se convirtió en un instrumento de disputa y sometimiento de los más débiles.

Mi manoseada Enciclopedia Álvarez de primer grado decía que los primeros pobladores de España fueron los celtas, que entraron por el norte, y los íberos, que entraron por el sur. Se juntaron en el centro y formaron el pueblo celtíbero.
Con el transcurso de los años, quien estudió los siguientes grados de aquella enciclopedia pudo aprender que las cosas no fueron tan simples. Había celtas al norte e íberos al sur y, es de suponer, que en territorios limítrofes hubiera unos cuantos mestizos. Lo que no es suposición sino realidad es que íberos y celtas estaban organizados en tribus tanto más enfrentadas cuanto más próximas entre sí. Esto hizo que la conquista de Hispania por parte de los romanos fuera más complicada de lo que en principio parecía pero, en compensación, también fue más divertida ya que cada vez que los del imperio necesitaban meterle mano a una tribu, se aliaban con las tribus vecinas y arrasaban. Costó pero, finalmente, los hispanos fueron sometidos en su totalidad y culturizados en latín; salvo alguna tribu del norte que, erre que erre, mantuvo su idioma.

Los celtíberos, que en cada invasión y subsiguiente conquista iban cambiando el gentilicio, pasaron a denominarse hispano-romanos y esperaron a la llegada de los godos para destrozar el latín e inventar las lenguas romance. Como en otros muchos pueblos de Europa; sólo que aquí, más. Muchas de estas lenguas se han quedado en el camino, unas pocas agonizan y hay cuatro que gozan de buena salud. Pero no todo el mundo acaba de entender la convivencia de varios idiomas en un mismo estado. Quienes viven en comunidades bilingües o trilingües entienden mucho mejor la situación pero tampoco lo tienen claro cuando salen de sus fronteras.
Lo que cuento a continuación es una fábula pero no se aleja demasiado de la realidad.

Entramos en Ribadeo al oscurecer. Al llegar al norte la Mari Pili (GPS) había perdido el norte y nos llevaba 150 m. más lejos del punto de destino señalado; en Ribadeo le salió mal la jugada. Para llevarnos al destino equivocado nos hizo pasar por la puerta del hotel y lo vimos a tiempo. Dejamos las maletas y salimos a dar una vuelta y cenar. El restaurante que nos había recomendado la recepcionista estaba de vacaciones y acabamos cenando en Los Trasmallos. Al cruzar la puerta del local dudamos; sin embargo la calidad de las raciones estaba muy por encima de su aspecto. Mientras probábamos un pulpo a la gallega (gallego) y unos chipironcitos, oímos hablar catalán en la mesa de al lado. Era una familia de cuatro personas. Quiosquera, que es la que siempre abre fuego, preguntó.
- ¿Son de Barcelona?
- No, venimos de Llirona.
Cruzamos unas cuantas frases de mesa a mesa y, casi finalizando la cena, el cabeza de familia me preguntó.
- ¿Qué ruta piensan hacer?
- Mañana daremos un pequeño paseo por el centro del pueblo y luego iremos a visitar la Playa de las Catedrales.
- ¡Ah! ¿Sabe usted dónde está?
- No, pero llevo GPS.
- Yo también. Pero en el mío no sale.
- Bueno, el que yo llevo es Viamichelín.
- El mío también.
- Entonces sí está.
- ¿Usted ha encontrado la playa?
- Sí. Busque usted POI y seleccione PLAYAS. Luego, en “ciudad”, ponga RIBADEO y le saldrá una ristra muy larga. Seleccione “afinar búsqueda” y teclee AS CATEDRAIS.
- ¡Coño, hay que ponerlo en gallego! Pues eso no está bien porque los que no sabemos gallego no lo vamos a encontrar por más que probemos.
- Es el mismo problema que tiene uno de Huelva que quiera ir a Gerona: tampoco sale.
- ¡Homa, no es lo mismo!
- ¿Usted cree?
- Bueno, tal vez sí.

lunes, septiembre 28, 2009

A cada cerdo le llega su San Martín

Corría el mes de julio. Repatingado en el sofá, leía “El loro en el limonero” mientras, de fondo, la tele desgranaba el telediario. Me pareció oír y ver cómo los Mossos sacaban los ordenadores del Palau de la Música. Estaba de vacaciones y, por tanto, tenía otras cosas en qué pensar. El tema quedó en nebulosa hasta que, hace unos días, vi el titular en El Periódico: Millet admite haberse apropiado de 1,6 millones euros (más o menos). No conozco al señor Millet y, por tanto, la noticia me resbalaba pero participé en un proyecto de informatización del Palau de la Música y no pude vencer la tentación de leer unas cuantas líneas: … en carta dirigida al juez, Jordi Montull ratifica
A éste sí lo conozco.

Según mi memoria, lo que cuento sucedió a finales de 1988 o principios de 1989, pero he leído que la remodelación del Palau se realizó en 1989 y, entonces, debo estar equivocado y los sucesos sucederían un año después. Fuese 1988 o 1989, la cuestión es que se quería abrir la temporada con la venta de entradas informatizada. El grupo de empresas para el que trabajaba ganó el concurso y hubimos de desarrollar durante el verano el grueso de la programación. Tendríamos unas semanas de septiembre para hacer las pruebas in situ. Como alguna vez he contado, era uno de los primeros proyectos (en Barcelona) en que ordenadores personales interactuaban con un AS400. Todo lo que tuviese que ver con PC lo desarrollaría nuestra empresa; para la aplicación en AS400 contratamos un analista-programador externo (frilans, parece que se dice). Como director y coordinador del proyecto estaba yo.
Los problemas que se dieron fueron más aparentes que reales y, con dificultades, se cumplieron los plazos. Se les dio un curso acelerado a las taquilleras y arrancó la temporada, sabiendo siempre que al otro lado de la línea telefónica habría uno de nosotros por si las moscas. Y casi siempre había moscas… Pequeños problemas que se resolvían por teléfono.

Una mañana llegué temprano al trabajo. Había otro proyecto que empezaba a quemar y a las siete y media ya estaba en mi mesa de trabajo. A las ocho sonó el teléfono.
- Llamo del Palau de la Música. No se pueden imprimir entradas.
- ¿Cómo que no se pueden imprimir entradas?
- Pues eso, que hemos abierto las taquillas y tenemos que vender las entradas a mano.
Hasta las nueve no iba a venir nadie, así que llamé a Nuria y le dije que se fuera directamente al Palau. Apareció en el despacho a las diez y pico hecha un basilisco.
- ¡Inútiles! ¡Son inútiles!
- Anda, cuéntame.
- Pues nada, llego y veo que la impresora está encendida pero el PC del que cuelga no tiene nada para imprimir. Mando una página de prueba y todo va bien y entonces intento pasar a la conexión con el AS400. No estaban conectados y, además, rechazaba cualquier intento. ¡Como que al AS400 estaba apagado! ¡A ver cómo iba a funcionar! No es que no pudiesen imprimir entradas, es que no podían hacer nada. Y las tías me dicen que se ha debido estropear porque nadie lo había tocado. Me meto por detrás del ordenador y resulta que lo han desenchufado. “Ah, habrá sido la Paca, la señora de la limpieza”, me dicen. ¡Les he montado un pollo…!
¡Y menudo pollo! Antes de las once me estaba llamando la secretaria del señor Montull, que, muy seca, me da cita para una entrevista con su jefe a las nueve en punto del día siguiente.

Afeitadito con cuchilla y bien maqueado, a las nueve menos cinco ocupaba una silla en la antesala del despacho del señor Montull. En mi maletín, unos cuantos folios por si había que tomar alguna nota. Pasaban unos minutos de las nueve cuando salió a decir algo a su secretaria que ocupaba una mesa al otro lado de la sala.
- Hombre, ya está aquí este señor… -me dijo-.
Intercambiamos los buenos días de rigor y volvió a su despacho. Continué sentado en mi silla contando baldosas para entretenerme. A las nueve y cuarenta, el señor Montull salió de nuevo. Esta vez ni me miró. Se dirigió a su secretaria y le dijo algo en voz baja. Con las mismas volvió a su guarida. La secretaria se levantó, salió de la sala y reapareció con un café que llevó a su jefe. Dejó la puerta entornada y pude ver que el gran jefe estaba solo en el despacho leyendo unos papeles. Le di tiempo para que se tomara el café. A las diez menos unos minutos, me levanté, agarré mi maletín, di los buenos días y pillé la puerta.
Mi gerente me esperaba con la escopeta montada. Había llamado la secretaria del Palau para decir que el señor Montull se hallaba gravemente ofendido por mi falta de educación. Como es de suponer, mi gerente se ofreció para trasmitirle todas las disculpas que fuesen necesarias y que él mismo estaría a las nueve del día siguiente en las oficinas del Palau para poner las cosas en su sitio y recoger las quejas que pudieran transmitir.
Mi jefe, también Jordi de nombre, fue recibido a las once, tras dos horas calentando silla. El señor Montull había dejado claro quién cortaba el bacalao.
Me pregunto si ahora hará esperar dos horas en el antedespacho al abogado, al fiscal o al juez.

martes, septiembre 15, 2009

Populismo y demagogia


Estas dos palabras, juntas o separadas, forman parte del lenguaje habitual de los que alardean de conocimientos políticos. No me causa sonrojo reconocer que no tengo claras ni sus diferencias ni sus similitudes; es más, tengo la creencia que demagogia se utiliza a menudo alegremente y se ajusta poco a su significado político. Populismo es una palabra que no está recogida en la versión digital del DRAE (ni en la versión impresa) y recurro a Wikipedia para hacerme una idea de en qué difieren ambas palabras.
… mientras ésta última [demagogia] está referida al discurso del político buscando influir en las emociones de los votantes, el populismo está referido a la medidas que toma un político, buscando la aceptación de los votantes
Tampoco me aclara mucho pero, teniendo en cuenta que el populismo se caracteriza por su rechazo de los partidos tradicionales, el tema que pretendo tratar se acercaría mucho más a la demagogia que al populismo.

En Pies para quiosquero, describía el 10 de marzo (Pecados capitales) cómo, gracias a la amabilidad de un guardia urbano, pensaba gestionar mi nueva tarjeta de permisividad de aparcamiento y, aprovechando la gestión, solicitar la exención del IVTM. Aunque la prioridad era inversa, la primera concesión del Ajuntament fue la mentada exención con vigencia desde 2009 inclusive. La tarjeta se hizo un poco de rogar y no recibí el visto bueno hasta primeros de julio. Con Salva de vacaciones, no me quedó más remedio que esperar a que Quiosquera pudiera hacerme un relevo de un par de horas. No pudo ser hasta el 17. En circunstancias normales, hubiese cogido un taxi hasta Portal del Ángel y, desde allí, habría ido a pata hasta la Plaza de Pi i Sunyer, sede de la Concejalía de Movilidad. Pero estaba cansado. Después de 16 días al pie del cañón, ni la cintura ni las plantas de los pies estaban para alegrías; así que eché mano a un recurso del que no me gusta abusar (ni usar) pero que la normativa municipal me permite: ejercer de minusválido. Me puse el casco, arranqué el Ferrari y enfilé el camino más corto hacia mi destino. Al llegar al Portal del Ángel desde Plaza de Cataluña, puse el intermitente de la derecha y giré; allí estaban: él y ella charlando amigablemente sentados en sus respectivas motos. Él hizo sonar la bocina para llamar mi atención. Paré y, poniendo la máxima expresión de humildad y sumisión de que soy capaz, le mostré las muletas, atadas en la parrilla trasera.
- Me parece bien –contestó en un tono que me pareció altanero y despreciativo-, pero no tiene por qué ir en dirección contraria. Además, ha girado sin poner el intermitente.
Hice el amago de mostrarle la luz parpadeante pero vi que permanecía apagada. Accioné varias veces el interruptor con resultado negativo y se lo hice notar. Los intermitentes sólo funcionaban en posición de “avería”.
- Disculpe. Motorizado no había pasado nunca por aquí y no he advertido que era dirección prohibida. Voy a la Concejalía de Movilidad en Pi i Sunyer ¿he de entrar por la Catedral?
- Más o menos.

Le di las gracias, salí por donde había entrado y tomé la variante con la preocupación de poner el brazo izquierdo en la posición adecuada cada vez que cambiaba de dirección. Cuando llegué al otro extremo de la calle, junto a la Catedral, observé que también allí era dirección prohibida. Fui callejeando a bulto y, al fin, aparecí en la Plaza de Pi i Sunyer. Por las señales de la pared de enfrente, aprendí que la plaza es el punto de arranque de los dos sentidos de la calle y sólo se puede llegar a ella por callejas laterales. Aparqué donde me pareció que no estorbaba y subí a buscar mi tarjeta. La tarjeta ya no es una tarjeta; es un folio en el que va grapada mi foto. El funcionario me explicó que lo hacen así porque como todo el mundo la plastifica… lo mismo da el material interior. Me advirtió de lo que ya sabía: sólo es válida en cuatro supuestos. Aparcamiento gratuito por tiempo ilimitado en zona azul. Aparcamiento gratuito por tiempo ilimitado en zona verde. Aparcamiento por tiempo ilimitado en zona de carga y descarga. Aparcamiento por tiempo ilimitado en lugares expresamente reservados para minusválidos.
Hasta aquí el día no había sido muy productivo ya que únicamente había aprendido que para llegar a la Plaza Pi i Sunyer tenía que utilizar el GPS interno, es decir, tira por aquí a ver si tenemos suerte. Y la foto… Al tío que aparecía en la foto de la tarjeta de permisividad lo encontré viejo; mucho más viejo y cansado que la última vez que lo vi. Me dio la impresión de que último año lo ha machacado bastante.

La lección del día me la dio el urbano que hacía guardia en la concejalía y que se me acercó a contemplar la maravilla de Ferrari que conduzco. Cruzamos unas cuantas frases sobre la máquina hasta que se fijó que, colgada de una cadenita y próxima a la placa de la matrícula, llevo una copia plastificada de la tarjeta de permisividad.
- Es mal sitio para llevar la tarjeta. Se la robarán.
- Es un riesgo, pero en la moto no hay un espacio cerrado donde llevarla. De todos modos vea que dice que es una copia y lleva la matrícula, de modo que si me la roban no les valga de mucho.
- Ha tenido buena idea porque se ve a cada caso… Hay veces que ves a un tío que aparca mal, se baja y se va y, cuando te acercas a denunciarlo, resulta que lleva la tarjeta. Lo único que podemos hacer es esperar a que venga, comprobar que no es el titular y retirarle la tarjeta. Y multarlo si es zona verde, azul o de carga y descarga.
- Sí –intervengo por decir algo- porque los espacios reservados a minusválidos es muy raro encontrarlos disponibles; normalmente los ocupan vehículos sin ningún tipo de tarjeta.
- Es que ahí nosotros no podemos hacer nada –ve la cara de sorpresa que pongo y se recrea en la explicación-. Si se fija, las señales que marcan las plazas reservadas a minusválidos son cuadradas con el fondo azul; son señales informativas y, por tanto, ni prohíben ni obligan. Informan al conductor que se trata de una plaza reservada a minusválidos pero él decide si es buen ciudadano y respeta la información o aparca allí porque le da la gana.
- Hombre, pues a mí me han multado dos veces porque no tenía a mano la tarjeta y he puesto una caducada.
- Lo han multado por utilizar una tarjeta caducada.
- Pero mi minusvalía no caduca.
- Sí, pero entienda que la ordenanza dice lo que dice.
- ¿Y los aparcamientos reservados a minusválidos con matrícula impresa? También son cuadradas y con fondo azul y el minusválido paga vado…
- Eso dependería del juez. Fíjese que los vados tienen una señal de prohibición y si vemos un coche aparcado tenemos que multarlo y llamar a la grúa. Pero si es aparcamiento de minusválido… A ver, en un caso de estos también ponemos multa pero si el tío recurre… la ley dice que una señal cuadrada es meramente informativa; dependería de lo que determinase el juez.
- Entonces, en este caso, ustedes ni miran si hay tarjeta o no.
- Tampoco es eso. A veces hasta ponemos la denuncia. Si el tío es buen ciudadano, paga. Si no, por lo menos le tocamos las narices y lo obligamos a perder el tiempo tramitando el recurso.

Me quedé de pasta de boniato. No sé si el urbano me estuvo tomando el pelo o no, pero lo que dijo parece lógico según nos enseñaban en la autoescuela.
Y si es cierto… Si es cierto se confirma lo que dije en TV3: así yo también puedo ser alcalde. O político en general. Digo o hago lo que toque la fibra sensible de cualquier votante y luego lo enmascaro para que todo quede en agua de borrajas. Demagogia.

Nota. Yo de ustedes respetaría las zonas de aparcamiento reservadas a minusválidos, primero porque, a pesar de lo que me dijo el agente, pueden multarlos y hacerles peder tiempo en recursos y otras historias y, segundo, porque hay gente que realmente necesita aparcar cerca de donde va.
Yo las respeto. Desde que hablé con el urbano si llego a un sitio donde hay plazas reservadas y sin reservar, siempre aparco en la plaza que no tenga reserva; así dejo una plaza libre para un necesitado o, al menos, jodo un poco a los demás.
No sé si los buenos ciudadanos entenderán mi postura.

martes, agosto 11, 2009

Nofumadores empedernidos

El sábado 11 de julio hizo un año que me fumé mi último purito completo; también hizo un año que me fumé el último a medias. El completo cayó a medio día, después de almorzar y antes de la siesta; el incompleto fue un intento después de cenar. A medio puro, la perra angina de pecho me mordió el esternón y se me agarró un dolor a la altura de la garganta, que nunca sabré si fue reflejo del corazón o, simplemente, a causa de los pabullos apretados junto a las amígdalas.

Desde entonces sólo he hecho tres intentos. El primero, a los pocos días de salir de la UVI, en la boda de la hija de mi amigo el doctor R.R.; dos caladas y se acabó. El segundo lo encendí en septiembre; andaba muy mal de los nervios y se me ocurrió que podría ser cosa del mono; dos caladas y se acabó. El tercero intenté fumármelo hace poco. Mera curiosidad; le di una calada al uso y aspiré. Primero me quedé sin respiración y luego… luego me dio tal ataque de tos que a punto estuve de echar la primera manzanilla que me dio Celedonia.
O sea, que estoy curado.

Si tenía ganas de dejar de fumar, era por decir unas palabritas sobre los fumadores empedernidos que pasan a ser nofumadores empedernidos. Cuando alguien deja de fumar, lo normal es que, a los dos meses, vaya presumiendo de salud.
- Mira, tío –asegura mientras se golpea el pecho-. Dos meses sin catarlo y estoy hecho un chaval: no toso, no me fatigo, saco mejor sabor a las comidas… y, además, no soporto que fumen a mi lado. No seas tonto y déjalo.

¡Mentira podrida! Si cuando uno deja de fumar tosía, a los dos meses sigue tosiendo. Si cuando uno deja de fumar no le sacaba sabor a la comida, a los dos meses tampoco. Si cuando uno deja de fumar se fatigaba, a los dos meses se sigue fatigando y a los dos años, más todavía. ¡Hombre, si te echan el humo a la cara, molesta pero exactamente igual que cuando fumabas...!

Cuando uno deja de fumar, el daño que haya podido hacerle el tabaco ya está hecho; al dejar de fumar, lo único que se logra es que el tabaco deje de perjudicar, lo que no es poco, pero ha de pasar mucho tiempo para eliminar alguna de sus secuelas y, para entonces, la salud se habrá deteriorado (motivos de la edad) tanto que no notará la previsible mejora.
Lo mejor del caso, o lo peor, es que la mayoría de estos recién nofumadores acaban volviendo al vicio al cabo de poco tiempo.
- ¿No lo habías dejado y te iba tan bien?
- No, si ya apenas fumo… un cigarrito después del café.

Reconociendo que el humo molesta, reconociendo que el tabaco es nocivo para la salud del que fuma, reconociendo que quienes están próximos al fumador pillan chispas, reconociendo todo lo que hubiere de reconocer en contra del fumador, reconozco que no es justa la persecución y el trato agresivo que padecen los fumadores con relación a quienes adolecen de otros vicios tan perjudiciales y desagradables como el tabaco.
He llegado a oír que al enfermo por efectos del tabaco se le debería negar la asistencia médica ya que nadie lo obligó a fumar. Sin embargo, vemos bien que el aquejado de síndrome de abstinencia (de cualquier droga que no se venda en el estanco) tenga prioridad en urgencias de cualquier hospital porque el pobrecito es un enfermo crónico. Hasta los borrachos, escoria de toda la vida, merecen hoy mejor que trato que los fumadores, que parecen ser los únicos hijoputas de la sociedad. Supongo que la diferencia estriba en que el tabaco es una droga legal con un traficante único, el estado, mientras las otras drogas están prohibidas y los gobiernos no se lucran con su tráfico.

A mí se me acabó el placer de saborear un puro cualquiera mientras me tomo una taza de café. Sigo disfrutando enormemente cuando en una cajetilla de cigarrillos leo el eslogan “El tabaco perjudica gravemente la salud del fumador activo y del pasivo”. ¡Ahí! Si yo me gasto los cuartos invirtiendo en cáncer, que se jodan también los que me rodean y que, seguramente, estarán deseando que alcance mi objetivo.

jueves, agosto 06, 2009

Aparcar el camello

Cuando el viajero emprende ruta hacia el sur siguiendo la AP7, o A7 en según qué tramos, puede observar que, una vez ha entrado en la provincia de Castellón, aparecen carteles escritos en árabe que indican la situación de las áreas de descanso y, bastante más al sur, las ciudades donde coger el Ferry hasta Argelia o Marruecos. No he observado tales carteles en territorio catalán pero quizá sea porque, al conocer mejor ese tramo de la autopista, me fijo menos en los detalles. No quisiera pensar que Plataforma, al ser el árabe un idioma que se habló en la península, lo considere un peligro para la lengua vernácula.

Las indicaciones que cito no están por capricho de la DGT sino porque esta ruta es la que habitualmente utilizan los emigrantes del Magreb que trabajan allende los Pirineos y aprovechan el periodo estival para darse un garbeo por su tierra. Y funcionan. Hace años era habitual ver los coches con matrícula alemana o francesa y el colchón en la baca detenidos en el arcén de la autopista. Ahora paran siempre en las áreas de servicio o en las áreas de descanso. Los empleados de las áreas de servicio harían bien en aprender de la DGT y en vez de poner en los lavabos un dibujo normal con un grifo y unos pies tachados en rojo, deberían dibujar lo mismo pero con líneas árabes. Seguramente, así podríamos pasar a los retretes sin el peligro inminente de encontrar el suelo mojado y resbaladizo porque el moro o moros de turno hayan metido la pezuña en el lugar destinado para lavarse la cara o las manos. Otro tanto podríamos decir de la señalización de los lugares aptos para echar una cabezada u orar de cara a la Meca.

Regresaba de Almería cuando entré en una estación de servicio para echar gasolina y cambiar el agua al canario. Con el sol que estaba cayendo hasta las chicharras estaban silenciosas. Habitualmente aparco en el primer hueco que veo libre pero en vista de cómo pegaba Lorenzo busqué una sombra allá donde Perico perdió el gorro. Entré por el carril lateral. El primer hueco estaba ocupado por un coche de los que llevan el colchón atado en la baca; después había tres o cuatro huecos libres. Acostumbro a ser buen ciudadano y aparco siempre (casi) en uno de los extremos libres procurando dejar el camino despejado a los que vienen detrás y así encaré la maniobra. En el último momento cambié de opinión; justo antes de oír el grito de Quiosquera.
- ¡Cuidado, el moro!
Frené en seco pero hubiera sido tarde. A lo largo del hueco que yo pensaba encarar, un moro dormía la siesta con la cabeza, no sé si hacia La Meca, pero sí junto a la rueda trasera de su coche y bien centradito en la plaza adjunta. De haber sido fiel a mis costumbres, la cabeza del infiel hubiera quedado hecha una tortilla al Sacromonte, sesos incluidos. Y es que esta buena gente está acostumbrada a aparcar el camello junto a la jaima y nadie les ha explicado que, en los oasis europeos, hombres y animales aparcan en plantas diferentes.