lunes, octubre 16, 2017

Castañas asadas


Desde que nos jubilamos, acompaño a menudo a Quiosquera al supermercado; en realidad no hago nada, pero le voy dando conversación hasta que se pone nerviosa y me manda a hacer puñetas. Esta mañana he visto a lo lejos unas patatas muy gordas y coloradas; sorprendido, me he acercado lo suficiente para deshacer el error y comprobar que eran boniatos. Boniatos de verdad, “califonios”, nada que ver con las raíces arrugadas que se venden en algunas paradas. Si hay algo que me señala que voy para viejo, es que casi todo me retrotrae a recuerdos de la niñez.

Mi primo Manolico vivía en el Cortijo Bajo, a medio camino entre El Pozuelo y Albuñol. El Cortijo Bajo es como El Pozuelo, pero cuesta arriba; con la diferencia que por allí no pasa la carretera nacional y sus gentes parecen más apavadas que nosotros los playeros. Mi tío Manuel, para darle lustre a mi primo, lo mandó a la escuela de El Pozuelo, pensando sin duda que D. Baltasar le iba a infundir más ciencia que el maestro del cortijo, y el Manolico se instaló en la casa de mi abuela. No sabré nunca si eso fue una suerte o una desgracia para mí. La cuestión es que, a pesar de que era un par de años mayor que yo, nos hicimos compinches y andábamos siempre juntos. Seguramente yo era más atrevido (o menos sensato) y él más ingenioso, pero pronto nos hicimos acreedores de recibir las culpas de todos los males y disloques que acaecían en la familia, aunque, como alguna vez he contado (la peseta del sello), fuésemos inocentes.
Una tarde llegamos y encontramos a mi abuela, que también era la suya, pegada al rincón y, mientras vigilaba la buena marcha del puchero, iba asando castañas en las brasas. Me fijé que la buena mujer cogía una castaña, le daba un corte con la faca y la echaba debajo de las “estrebes”. Le pregunté a mi primo:
- ¿Por qué corta la abuela las castañas?
- Porque, si no, explotan.
Me reí.
- ¡Anda ya!
Ni corto ni perezoso, mi primo Manolico agarró una castaña bien hermosa y, en un descuido de mi abuela, la echó al fuego. Por si sí o por si no, nos refugiamos junto a la puerta de la cocina, mientras intentábamos aguantarnos la risa sin conseguirlo: se nos escapaban sonoros pedos nasales.
- ¿Qué nueva “haciura” estáis fraguando? –preguntó mi abuela.
No le contestamos directamente, pero no tardó mucho la castaña en hacerlo por nosotros. Un castañazo (en explosión) suena como los tiros en aquellas películas del oeste en que las explosiones no son secas, sino que parecen como de fogueo. Quizá por eso no acabamos de matar a la abuela y sólo se quedó todo en un susto de muerte, porque, tras la explosión, no quedaron ni ascuas debajo de las “estrebes”. A mi abuela le aparecieron tres o cuatro agujeros en el delantal, y la ceniza le cubría hasta el moño.

Aprendí de golpe varias lecciones:
- que con las cosas de comer no se juega
- que el calor dilata los cuerpos 
- que el coeficiente de dilatación no es el mismo para todos los materiales
- que un experimento vale más que mil teorías
Bueno, y que mi abuela era una santa: ni nos mató, ni nos desolló vivos, ni nada.

lunes, agosto 21, 2017

Juncia


Me asomo al jardín con el ánimo de disfrutar del frescor que desprende el césped… Me deprimo. Ya no hay césped. A lo largo de los años, el verde manto de hierba suave se ha convertido en un manto, no ya tan verde, de yerbajos de no se sabe qué barca. Entre la maraña de vegetales invasores distingo uno muy odiado por los agricultores de mi pueblo: la juncia; esa maldita mala yerba (no se merece la suavidad de la hache) que lleva a mal traer a mis paisanos. Si la arrancan con brusquedad, se parte y quedan intactas las raíces; si la arrancan con cariño, sale entera, pero dejando bajo tierra las malditas “pelotillas” que luego hacen que crezca como la grama. Tengo un grave problema que intentaré resolver de cara al verano que viene.
Por de pronto, la juncia me trae recuerdos del Benerito, que, por cierto, nunca supe cuál fue su nombre de pila. De sus hijos varones tengo conciencia de haber tenido tratos con tres: el Piché, el Paye y el Juncia. Este último se ganó el apodo para hacer honor a la odiada yerba: dicen que, de pequeño, era más malo que el “cénico”.
Curiosamente cuando repaso alguno de los aspectos de mi vida, siempre (o casi) me vienen a la memoria anécdotas graciosas, simpáticas o, simplemente, desenfadadas. Con los hijos del Benerito doy en pensar en los bailes que organizaban en el puesto de Rosendo (y de los que he hablado en alguna ocasión) y en la historia del fotógrafo de Albuñol. Era éste un elemento peculiar que conocí en una boda en Los Corros. Lo que ahora cuento sucedió unos años más tarde. Estaba yo sentado en uno de los poyos que había en la puerta de Miguelico, cuando apareció. Como siembre, iba de bulla.
-¿Sabes dónde vive Salvador Montes? –me espetó apenas estuvo a distancia suficiente-.
-¿Salvador Montes? Salvador Montes vivía allí, al lado de Frasco el Jabato –dije mientras señalaba hacia la salida de El Pozuelo-. Pero hace tiempo que se murió, y su hijo, que también se llama Salvador, se fue a vivir a Almería.
-No, no. Este vive aquí. Vengo a traerle unas fotos que se hizo hace unos días.
-Déjame que las vea a ver si lo conozco.
Me las enseñó.
-¡Coño, este es el Juncia! Pero no se llama Salvador, se llama Adolfo.
- No sé. El nombre me lo ha dado él.

Me quedé un poco mosqueado. Aquella noche, durante la cena, conté la anécdota. Divertido, concluí.
-Y fíjate que preguntaba por Salvador Montes.
Fue mi padre el que tomó la palabra.
-Es que Adolfo se llama Salvador.
Mi padre me contó la historia. Como casi todos los niños de la época, educados ya durante la gestación, el Juncia nació de noche. Apenas amaneció, el Benerito fue a tomarse un carajillo al bar de Caneco (al bar que yo conocí como de Caneco). Entraron un par de cortijeros, que iban a Albuñol al mercado; uno de ellos era conocido de la familia y, cuando ya se iban, el Benerito le dio el encargo.
-Hombre, ya que vais al pueblo, apunta a mi niño en el registro. Le pones Adolfo.
Los cortijeros llegaron al mercado, vendieron la cría de marranillos que llevaban en los capachos y se fueron al Calvario a tomarse un vino Costa y unas tapillas. Cuando el que llevaba el encargo se acordó del niño del Benerito, ya se había soplado unos cuantos chatos y no andaba con las ideas muy claras.
-¿Cómo ha dicho el Benerito que le tengo que poner al niño?
El otro tampoco se acordaba.
-Pues ponle Salvador como tú.

Y así lo hizo, pero no se lo dijo al padre. Y si se lo dijo, éste se lo calló. Lo cierto es que el Juncia fue conocido siempre por Adolfo y no se enteró de que su verdadero nombre era Salvador hasta que no recibió la carta que lo llamaba a filas.

sábado, agosto 05, 2017

La llave de la luz

Recibo un SMS de mi primo Luis: “Stamos Lanjarón con Antonio Sabio. Dice k eres un golfillo”.
Como a Quevedo, hasta por la espalda me conocen. Con Antonio Sabio, el Barberillo, compartí pupitre en la escuela de D. Baltasar. Golfos, lo que se dice golfos, no fuimos; al menos si nos comparamos con alguna de las figuras históricas del pueblo, pero sí es verdad que éramos revoltosillos y no nos callábamos ni debajo de agua.
El recuerdo de mi tocayo me hace evocar sucesos antiguos. Como cierta noche de verano, allá por las 2 o las 3 de la madrugada. Venía yo de echar un rato de “estudio” con el Letri y lo encontré (al Barberillo) sentado en el tranco de su puerta echando un cigarrillo; llegaba de El Ejido de ver a su novia.
- Se acaba de morir Miguel –me dijo-.
Miguel era el marido de Rosarico, la dueña de una de las tiendas que teníamos enfrente, y hermano de Jacoba, la dueña de la otra tienda que teníamos enfrente. Me senté con él (el Barberillo), encendí otro cigarrillo y estuvimos un rato filosofando. Hasta que acabaron de amortajar al difunto, lo bajaron del piso de arriba y quedó expuesto en la sala principal de la casa. Mi madre, junto a otras vecinas, se quedó haciendo compañía a la viuda y yo me fui a acostar.
Las noches de verano en El Pozuelo son templadas pero no corre ni una gota de aire y se hace difícil conciliar el sueño, así que yo me había agenciado un  catre en la cámara y allí pasaba las noches de estío intentando sobreponerme al calor. La cámara era un cuarto bastante más largo que ancho, destinado a secar y almacenar las morcillas y longanizas de la matanza, y, como es de lógica, el interruptor de la luz estaba junto a la puerta de entrada. La cama, por el contrario, estaba en el lado opuesto, cerca del balconcillo, al objeto de aprovechar cualquier brizna de aire que pudiera pasar despistado por allí. O sea que tenía que apagar la luz, e irme a acostar a tientas. La llave era de aquellas antiguas a los que se les daba un cuarto de vuelta para encender o apagar la luz: cuarto de vuelta, encendida; cuarto de vuelta, apagada; cuarto de vuelta, encendida… Y giraba en ambas direcciones. Como digo, apagué la luz y me metí en la cama. El colchón ardía y yo iba cambiando de postura a cada momento por buscar cualquier atisbo de frescura. En una de aquellas vueltas me pareció percibir claridad; abrí los ojos y, en efecto, la bombilla estaba encendida. Pensé que la había cerrado mal. Deshice el camino, apagué nuevamente la luz y me metí en la piltra. Esta vez no tuve que esperar tanto: apenas hube rebotado en el colchón y ya estaba otra vez encendida. Soy bastante cagoncete (algunos lo llaman prudencia) en cuestiones entre vivos, pero nunca se me ha ocurrido que los muertos puedan quedarse por aquí enredando; aun así, miré por la ventana no fuera a ser que hubiera movimiento en casa de Rosarico. Todo parecía en orden. Me levanté, le di otro cuarto de vuelta a la llave de la luz y me volví hacia el catre. No bien había llegado a la mitad de la habitación, cuando la bombilla se encendió otra vez.
- ¡A ver, Miguel, que no estoy para juegos! –supongo que lo dije para espantar el miedo, porque ahora sí que se me habían puesto los pelos de punta.
Soy consciente de que hasta los milagros han de tener una explicación científica, así que monté guardia junto al interruptor y apagué la luz. Tuvieron que pasar unos cuantos minutos antes de que la casa entera temblara al paso de un camión por la carretera que pasaba junto a la puerta. Se hizo la luz. Repetí la acción un par de veces con el mismo resultado. La N-340 era más ondulada que una culebra de agua; con decir que uno de los piropos más socorridos era aquel de “Niña tienes más curvas que la carretera Málaga…”. La cuestión es que, si no tenemos en cuenta los Llanos de Carchuna, la única recta entre Motril y Adra es el trozo de carretera que va (iba) del Callejón hasta la Curva de El Pozuelo y allí los camiones aprovechaban para acelerar, de tal modo que la vibración te movía la cama y era capaz de encender la luz de la cámara.

Tardé un rato en conseguir que el interruptor adoptase una posición adecuada para resistir el retiemblo. Durante el resto de la noche, Miguel y yo descansamos en paz.

sábado, julio 22, 2017

¡Animales!

En casa fuimos más bien de gato. Lógico, teniendo en cuenta que el 70% de su superficie estaba ocupado por un almacén destinado a amontonar los sacos de “guano” y los haces de caña de maíz antes de que la piqueta los hiciera aptos para alfombrar el corral, lugares idóneos para que los ratones anidaran a su antojo. Por lo demás, explotábamos a los animales: cerdos que nos permitirían comer carne durante el invierno, gallinas que nos abastecerían de huevos durante todo el año y nos darían la posibilidad de guisar un pollo en fiestas señaladas como el día del santo de mi padre, el día de la Virgen o Navidad, y el burro que nos ayudaría en las faenas del campo.
Por mi parte fui un pequeño torturador de bichos. Ponía trampas para pillar gorriones, guardaba gusanos y tijeretes en un canutero y los utilizaba de cebo en las trampas, cazaba gaviotas utilizando un lazo de alambre y una cabeza de pescado como enguaje, derribaba murciélagos con una caña larga y participaba cuando le metíamos un tizón en el culo para que se tirara pedos, emborrachaba lagartijas con tabaco, apedreaba perros… Un angelito, vamos.
En la actualidad, y gracias a los mensajes de los defensores de los animales, me arrepiento amargamente de mis pecados de juventud y hace mucho tiempo que ni los maltrato ni los persigo, excepción hecha de mosquitos, hormigas, cucarachas y salamanquesas que invaden mi hogar, aunque he de decir que lo hago más por ocupas que por otra cosa. También intento corregirlo: ahora le doy el aerosol asesino a Quiosquera y yo me inhibo.
Me estoy planteando seriamente pasarme a vegetariano absoluto (vegano creo que se dice) y prescindir de carne y pescado, incluso de animales que degüellan mirando al este o peces congelados en alta mar. Por supuesto que leche, huevos, abrigos de piel, trajes de lana y edredones de plumas tampoco deberán formar parte de mi alimentación o vestimenta. Aunque esté infestado de ratones, no meteré un gato en mi casa y tampoco obligaré a un perro a que sólo mee dos veces al día. Sólo hay una excepción: me lo pongan como me lo pongan no voy a renunciar al jamón de Jabugo. Por prescripción facultativa y porque, al fin y al cabo, es vegetal (de bellota).

A pesar de mis buenas intenciones sigo estando preocupado y no sé si he enfocado bien mi vida. Corre por feisbuc una de esas cosas que llaman virales que me está haciendo dar vueltas a la neurona que me queda.


En un cuadro se ve a una familia con 4 niños, uno de ellos de pañales, y alguien que le dice: 
- ¿Habéis tenido el cuarto hijo? ¡Qué bonita familia!
En otro cuadro, una señorita pasea tres perros. Alguien le habla escandalizado: 
- ¡¿Tres perros?! ¡Madre mía! ¿Estás loca? Con el trabajo que dan, y los gastos en veterinario…. Y te condicionan la vida y bla, bla, bla…

¿Querrá esto decir que he hecho mal y en vez de hijos debería haber tenido perros?


miércoles, junio 14, 2017

La cañaduz


Una de las excursiones que habitualmente ofrece el turismo en La Habana es la visita a Viñales, cuyo monumento estrella es el Mural de la Prehistoria. El mural es un cerro desprovisto de vegetación en una de sus catas, y dibujado a pincel por un famoso pintor cubano (conocido en su casa a la hora de comer), que tardó 5 años en plasmar la “evolución” de los animales en la Tierra; de hecho, pude identificar un par de figuras acaracoladas, unos dinosaurios, unos osos (nos dijeron) y una familia de indios ya evolucionados. A escobilla de blanquear, la Trina de la Tuerta hubiera acabado la faena en algo más de 2 semanas.
La excursión incluía la visita a una fábrica de ron, otra de puros y un secadero de tabaco. Y una parada técnica en Las Barrigonas, donde se saborea, según nos dijo la negrita que hacía de guía, uno de los mejores cafés de Cuba. Quiosquera y yo, por supuesto, nos arrimamos al café, que venía acompañado de un sobrecito de azúcar de caña y, cosa curiosa, de un trozo de cañaduz… sin cucharilla.
- ¿Nos da una cucharilla, por favor?
Yo hubiera movido el café con el dedo, pero Quiosquera es metódica y utiliza la herramienta adecuada para cada caso.
- Señora, aquí movemos el café con la caña de azúcar.
Me pareció un buen invento: usas un canuto como cuchara y después te comes la cuchara. Me sentí decepcionado cuando mastiqué mi trozo de cañaduz: estaba muy poco dulce; la que yo masticaba de chico estaba mucho más buena. No pude impedir que mi mente volara a los años cincuenta, cuando los camiones cargados de caña, procedentes de Motril, pasaban por El Pozuelo camino de la azucarera de Adra. Los camiones o camionetas de aquella época se escagarruciaban subiendo la cuesta de la barranquera. Allí nos situábamos el Federico, José el de Luto y yo y esperábamos que pasara uno lo suficiente lento para que Federico y José el de Luto se engarrancharan por el portalón trasero de la caja y tiraran varias cañas a la carretera; cañas que yo era el encargado de recoger. Todo ello en poco tiempo: el que tardaba el camión en ir desde el inicio de los muros de la barranquera hasta la casa de Enrique Vargas, una vez pasado el Cortijo de las Chumbas.

Parece ser que la caña de azúcar llegó a España con los moros de Tarik y se asentó en la costa granadina, sobre todo en Motril, Salobreña y Almuñécar. También hubo caña en Adra y en la costa malagueña, donde aún se conservan “ingenios”, fábricas en que se procesaba la caña para obtener azúcar, ron o miel de caña, llamada también miel de caldera. De hecho, me parece que el Ingenio de Frigiliana es la única fábrica de miel de caña que queda en Europa. Recuerdo que los críos seguíamos en tropel a los vendedores que llegaban al pueblo a vender la miel. Cada vez que el buen hombre voceaba:
- ¡Miel de caldera!
Nosotros le contestábamos:
- ¡Pa ti y pa tu agüela!

Un suceso de aquellos tiempos que se me quedó clavado fue la aventura del Parurreh. Los camiones cargados de cañaduz que pasaban por la barranquera trasladaban caña desde Motril a Adra, donde quedaban azucareras y, prácticamente, había desaparecido el cultivo. El Federico, José de Luto y yo no éramos los únicos en asaltar camiones: también estimulaban la galochería de los hijos de Justo, el Calorina, el Ratón, el Caneco y otros; entre ellos el Pacurreh. Un día se descuidó y, cuando vino a darse cuenta, el camión había atravesado el puente de Guarea y dejado atrás el Barranquillo de los Muertos y el de los Canalizos. En la Torre se acababa la cuesta arriba y el conductor apretó el acelerador de modo que el Pacurreh no se pudo bajar a tiempo y desapareció de la vista de los compinches que iban recogiendo la caña. Los críos fueron corriendo a avisar a la madre:
- ¡Al Pacurreh ze l’ha llevao un camión!
La mujer armó una escandalera (algo típico en el pueblo) y cogió carretera adelante seguida de un puñado de niños. En el pueblo estábamos todos pendientes del Pacurreh. Varias horas más tarde oímos un griterío y salimos al tranco de la puerta: el Pacurreh venía en primera fila comiendo cañaduz, mientras su madre le iba dando pescozones y el resto de niños jaleaba a ambos. No se había podido bajar hasta Adra, donde el camionero de dio un puñado de cañas y lo encaminó hacia su casa. La madre lo encontró más allá de medio camino y le vino dando cogotazos casi desde Guainos. No he olvidado nunca la sonrisa del Pacurreh, que, a pesar de los palos que iba recibiendo, resplandecía como la del héroe que ha corrido una gran aventura.

lunes, mayo 08, 2017

Leyenda negra

España también ha tenido su época de gloria militar y fue dominadora de Europa, colonizadora de América, exploradora del mundo y “martillo” de herejes, cosas, todas, mal vistas a los ojos de la civilización actual. Aunque, de hecho, España no cometiese ninguna tropelía que no hubiesen cometido, antes o después, otras naciones. Por lo que hablan de nosotros escritores de otros países, los españoles empiezan a adquirir fama de rudos, ignorantes y poco dados al uso del intelecto desde que los reyes de la Corona de Aragón aterrizan en la Península itálica, sentimiento que se desarrolla a la par que los almogávares imponen su ley (a sangre y fuego) en el imperio bizantino, y se consolidan con la presencia de los tercios castellanos en los reinos y repúblicas italianas, donde ponen orden a golpe de pica y arcabuz. A medida que los reinos peninsulares se unifican, los rencores que despertaron aragoneses y castellanos se transfieren al conjunto de españoles; es a éstos a quienes se culpa de las fechorías acaecidas en la colonización de América y las guerras contra los protestantes en Europa. Historiadores españoles románticos inventan el término “leyenda negra” para determinar que la mala fama de los españoles se basa en falsedades y medias verdades, sin tener en cuenta que son españoles quienes más han tenido que ver con la creación y difusión de la leyenda que, quizá, sea menos leyenda y más negra de lo tratan de demostrar. Sea o no cierta la “leyenda”, sí es cierto que hechos similares son tratados por otros países como heroicidades cuando los protagonistas son sus compatriotas. Los españoles de antes (Bartolomé de las Casas, Antonio Pérez o Reginaldo González) y de ahora pensamos parecido: lo bueno está al otro lado de los Pirineos; aquí todos somos malas personas… menos yo. Damos pábulo a cualquier cosa mala que de España se diga y contribuimos a propagarla, aumentado su perversidad si es posible: nos gusta revolcarnos en nuestra propia inmundicia. Carme Iglesias, directora de la Real Academia de la Historia, da una definición que se aproxima bastante a la realidad (o la calca): La «leyenda negra» es por así decir, la imagen exterior de España tal como España la percibe”.

Un ejemplo:
29 de enero de 2017
Desembarcamos en Roatán (Honduras). No tenemos muy claro qué queremos hacer en la isla y nos dirigimos a la salida del puerto. Están bien organizados: los minibuses turísticos y taxis disponen de casetas para atender a los posibles clientes. Veo las ofertas y compruebo que debo elegir entre pasar un rato en la playa o hacer una panorámica de la isla; no me apetece la playa y me inclino por la panorámica. En la caseta nos informa el promotor:
-Vamos hasta Güest Bay y hacemos una parada en el risort para que vean Paradais bich. Luego, seguimos hasta Güest End por una carretera que bordea la playa…
-¿A cuánto sale el viaje?
-Dura unas 2 horas y cuesta 25€ a cada uno.
Me parece caro.
-Nos quedamos en el pueblo –dije a Quiosquera-. Ahora volvemos al barco y cojo el “monopatín”.
-Si quieren –insiste el morenito-, pueden hablar con mi jefe. A lo mejor les hace un precio especial.
Hablo con el jefe y quedo en 15€ barba si vamos solos, 10 si vamos acompañados y 8 si se llena el taxi, que es una furgonetilla de 8 plazas.
Al final hacemos el viaje con un matrimonio italiano y tres ecuatorianos que forman parte de la tripulación del barco. Los ecuatorianos se quedan en West Bay. Vamos cumpliendo el recorrido hasta que la italiana decide que le apetece comerse unas bananas. Nos llevas a un puestecillo junto a la playa y, mientras la señora elige sus bananas, nosotros le echamos el ojo a unos mini plátanos la cuarta parte del tamaño de un canario de los de toda la vida. No saben a plátano pero están dulces. La italiana es un tostón y una histérica que lleva acoquinado al marido: a la que dice algo le suelta una retahíla a gritos y lo deja como colocado. Eso es motivo para que no nos dé tiempo a completar todo el recorrido. En todo caso, ha valido la pena.
Cuando volvemos al barco, bajo el ”monopatín” y recorremos las tiendas del puerto; hasta nos compramos unas camisetas guiris. Quiosquera entra en una farmacia a comprar no sé qué. La dependienta la atiende amablemente y luego pregunta:
-¿Es cierto que en España muchos hombres matan a su mujer?
Me dan ganas de esconderme: hasta en Honduras se han enterado que soy un probable asesino de mujeres; me avergüenza haber nacido varón en un país cuyos machos son generalmente acosadores sexuales y feminicidas.

Cuando vuelvo a España, me pica la curiosidad y buceo en Internet.
"Entre enero y diciembre de 2014, Honduras registró una tasa de homicidios contra mujeres de 11,9 por cada 100.000 mujeres, señala la Unidad de género del Observatorio Nacional de la Violencia (ONV) de la Universidad Autónoma de Honduras.
Durante el mismo periodo, 44 mujeres fueron víctimas de violencia homicida cada mes, es decir, una muerte cada 17 horas.
Esta cifraq coincide con la información recabada por el Observatorio de Igualdad de género de América Latina y el Caribe de la CEPAL: en 2014 hubo 531 homicidios de mujeres de 15 años y más, asesinadas por razones de género. 13,3 por cada 100.000 mujeres."
(Ver fuente)

Si en Honduras matan 44 mujeres al mes, en un año asesinan a 528 mujeres. Si a 9.000.000 de hondureños corresponden 528 asesinatos, a 46.000.000 de españoles le corresponderían 2.852. Sólo matamos alrededor de 60 (en 2010 se estableció el récord en 79).
Me siento aliviado: soy un probable asesino de nivel bajo.
Continúo la investigación. Encuentro un estudio del Centro Reina Sofía realizado en 2003 sobre los asesinatos de mujeres en el ámbito doméstico. Según los realizadores del estudio, varios países se han negado a proporcionar datos. 

El cuadro es suficiente para mi propósito: me parece una bestieza el que 6 o 7 mujeres pierdan la vida cada mes a manos de sus parejas, pero no deja de reconfortarme el hecho de que países que, para los españoles, son muy civilizados (Finlandia, Suiza, Dinamarca, Noruega, Austria, Alemania o Reino Unido) tengan un ratio de asesinatos mucho más elevado que el nuestro. O estamos dentro de otro episodio de la leyenda negra o el “macho ibérico” es un animal en vías de extinción.

miércoles, mayo 03, 2017

In Hoc Signo Vinces

De entre las fiestas populares granadinas, el Día de la Cruz alumbra con luz propia. Es una fiesta que no es fiesta aunque, cuando llega la tarde, todo el mundo se pone la camisa blanca y el clavel en la solapa y se echa a la calle a disfrutar de una velada inolvidable. Esta fiesta, que se celebra en muchas localidades españolas e hispanoamericanas, tiene varias historias en que basar su tradición. Elijo la que sigue porque es la que a mí me gusta.

En vísperas de la batalla del Puente Milvio (principios del siglo IV) el general romano Constantino vio en sueños (en la película la ve en directo) una cruz en el cielo con el lema “Con esta señal vencerás”. Mandó poner la cruz en lábaros y estandartes y, al día siguiente, deshizo las huestes del emperador Majencio, proclamándose emperador sin opositores a la vista. Puesto que la cruz era uno de los símbolos cristianos, él mismo se convirtió al cristianismo y mando a su madre, Santa Elena, a Jerusalén para que buscara la Vera Cruz. La Santa indagó y torturó a quien hizo falta hasta que halló tres cruces en una gruta de lo que supuso Monte Clavario. Como no tenía ni idea de cuál de las tres era la que correspondía a Jesús, mando traer una moribunda y la fue tocando con cada una de las cruces. Al tocarla con la tercera, la mujer se levantó sanada. En procesión espontánea se dirigieron a la capital de los judíos; en el camino encontraron el entierro del hijo de una viuda, el cual resucitó al contacto con la cruz.
Después de que los persas la mantuvieran secuestrada unos años, la cruz se dividió en unos cuantos trozos, que fueron enviados a Roma y otras ciudades de la cristiandad. Uno de los cachos fue dividido en pequeñas astillas para que hubiese reliquias para todos; el cacho más grande quedó en Jerusalén. Cuando, muchos años después, Saladino puso en jaque a los cruzados cristianos, el rey de Jerusalén salió a su encuentro, portando la Vera Cruz, que habría de darle la victoria sobre los sarracenos. Se encontraron junto al lago Tiberiades: Saladino había tomado posiciones en la orilla, en contra del sol, mientras que Guido de Lusignan ocupó el Monte Hattin, lejos del agua. Al cabo de un par de días, las tropas cristianas habían agotado las reservas de agua y estaban frititos de sed; por si fuera poco, Saladino prendió bolinas y pendejos y los soltó de modo que el viento los llevase hacia el enemigo. Guido atacó a la desesperada y los moros barrieron las huestes cristianas; el mismo rey de Jerusalén fue hecho prisionero y su aliado, Reinaldo de Chatillon, dejo la cabeza sobre el suelo de la tienda de Saladino. Era el 4 de julio de 1187. De la Vera Cruz nunca más se supo.

La fiesta del Día de la Cruz (Invención de la Cruz se llamaba) rememora el encuentro de la Cruz por Santa Elena, posiblemente en el mes de mayo. Se eligió el día 3, según unos porque fue el día exacto del descubrimiento, y según otros, porque había tres cruces.

Mayo de 1968 me pilló residiendo en el Colegio Mayor de San Bartolomé y Santiago. El diario IDEAL de Granada recordó que los alumnos de este centro hacían cruces de mayo en otros tiempos. Los alumnos veteranos recogieron el reto y, para salir del paso, montamos una cruz muy sencilla en el magnífico patio central del colegio. Al año siguiente ya estábamos preparados y, esta vez, a la altura de las circunstancias. 
Nuestro monumento estaba hecho con flores sobre la base de una cruz de Santiago, que por algo llevábamos su nombre. El suelo, también de flores, representaba los cuatro cuartos del escudo nacional, con la granada en el centro. Nos quedó de maravilla lo que, añadido al marco natural del patio, hizo que tuviésemos multitud de visitas.
Andaba yo por el patio observando a la gente, mientras echaba un cigarrillo, cuando un fulano se plantó delante de la cruz, puso los ojos como platos, exclamó un “¡coooño!” muy descriptivo y salió corriendo a la calle para volver con 6 o 7 individuos más:
- Mira, tío: la cruz del Celta de Vigo.