lunes, diciembre 05, 2016

Quincuagesimo anno


En español los ordinales tienen un manejo complicado; no es como en inglés, que le añaden “th” al cardinal y lo tienen resuelto (más o menos). Para escribirlos sí que no tenemos problema: ponemos “º” a la derecha del número y ya está. Pero ¿cómo se leen? Puede pasar que 18º, un suponer, lo leamos como “18 grados centígrados”, o como “dieciochoavo” que dijo una alta personalidad española y europea. Hasta para leer el ordinal que sigue al nombre de los reyes o de los papas hacemos distinciones. Podemos hablar de Alfonso Segundo, Alfonso Sexto o Alfonso Octavo, hasta llegar al Sabio; aquí somos capaces de elegir entre Diez y Décimo y lo llamamos Alfonso Diez o Alfonso Décimo, indistíntamente. A partir de ahí nos aseguramos y nuestros Alfonsos pasan a numerarse Once, Doce o Trece. La culpa es de José Solís Ruíz que afirmó en Cortes aquello de “más deporte y menos latín”. La leyenda urbana redondea la anécdota añadiendo que Solís finalizó preguntando para qué servía el latín y otro procurador (Muñoz Alonso) le contestó “para que a usted, que es de Cabra, le llamen egabrense en vez de otra cosa”. Quienes sí estudiamos latín en el bachiller, quizá no sepamos pronunciar los ordinales (he oído a algún locutor de televisión referirse a la “undécimo primera Copa de Europa del Real Madrid”), pero al menos entendemos el ordinal cuando nos lo pronuncian bien. Y esto me lleva a otra cosa.

Corría el mes de julio de 2016 cuando recibí una llamada de un número desconocido. Llevo móvil para pedir socorro en caso de urgencia o para que me pueda localizar la familia o los amigos con los que he intercambiado el número; rara vez atiendo las llamadas si no conozco al remitente. En esta ocasión, sin embargo, descolgué.
- ¿Antonio Linares? No sé si se acordará, me llamo José Juan López y…
- Por supuesto. Escolapios 1966/67…
A lo tonto, a lo tonto, han pasado 50 años desde que unos, casi imberbes, mozalbetes nos dejáramos los codos pegados a una mesa preparando la Prueba de Acceso a la Universidad (Prueba de Madurez creo que la llamaban). Se trataba de montar un reencuentro en Granada con todos los que se pudieran desplazar. No había nada que pensar; me apunté.

Hoy hace justo un mes que nos encontramos en el Hotel Maciá Monasterio de los Basilios, ubicado justo en la zona donde los alumnos internos tuvimos las habitaciones. Costó reconocer a muchos de ellos: medio siglo de arrugas decoraban nuestra cara. Creo que fue Paco Morales el que se dio cuenta de un detalle:
- ¿Os habéis fijado? Hemos cambiado con el tiempo pero nos peinamos igual: el que tenía raya a la izquierda sigue teniendo raya a la izquierda y el que la tenía a la derecha la mantiene en el mismo lado.
Claro que algunos ya tienen una raya suficientemente ancha para que no se les note en qué lado del espectro político está.
Escolapios es un colegio al que he estado siempre agradecido. Yo había pasado de cursar el bachiller en el colegio más barato de Almería, con todo lo que ello conlleva, como, por ejemplo, habitaciones de 30 tíos, a instalarme en un internado donde disponía de una habitación para mí solo.
- Es verdad –decía Pepe López-, pero la comida dejaba mucho que desear.
- ¿La comida? ¿Coño, si hasta ponían mantequilla para desayunar? Y un tazón de leche, y macarrones para comer, y tortilla de patatas… ¡Hasta plátano, ponían hasta platano!
- Pues ¿qué desayunabais en Almería? –creo que era Alfonso Castellón-.
- Un café de "cebá" y un chusco. Los domingos era café con leche condensada, pero fuertecillo de café. La comida solía consistir en unas lentejas o unas patatas flotando en agua sucia y tres pescados mordiéndose la cola. De postre, uvas acenizadas en el primer trimestre, naranjas, a las que había que echarles sal para matar el ácido, en el segundo trimestre, e higos secos en el tercero.
Me parece que no me creyeron, pero es la realidad.

Al margen de que disfruté con el encuentro más que un niño con un pito, hubo dos cosas que me llamaron la atención:
1.- A la mayoría de compañeros los vi más bajitos de lo que los recordaba. Alguno apuntó la idea de que con el tiempo nos encogemos. No me convence porque yo también debería haberme encogido y se habría mantenido la diferencia; amén de que alguno que otro, por quien hace 50 años no habría dado un duro, ha devenido en bizarro mocetón.
2.- A todos, todos, se nos ha engordado la cabeza. Supongo que los conocimientos adquiridos y las vivencia pasadas en este tiempo han ido apretando hasta conseguir ampliar la zona de grabación.

Seguiremos la evolución en los próximos años.

sábado, noviembre 26, 2016

Fidel

A estas alturas de la vida no hay muchas cosas de las que pueda presumir. Digo mal. Sí hay bastantes cosas de las que puedo presumir y presumo, lo que pasa es que muchas de ellas no son mi mérito. De lo que estoy orgulloso es de las patadas que he dado por el mundo porque las he dado con mis pies, que no están muy cualificados que digamos y, a pesar de ello, puedo afirmar que “llevo a mis espaldas más kilómetros que el Ford de pedales de Hilario”. Y cuando se viaja, surgen multitud de anécdotas y casualidades, unas graciosas y otras tirando a dramáticas.
Hace ya algunos años (agosto de 2006) publique un post, que denominé “Casualidad o mal fario”, donde contaba muchas de estas anécdotas, desde el corralito en Buenos Aires, hasta la muerte de la reina madre en Londres. Con Quiosquera, Dalr y yo como testigos de excepción.
Cuando Dalr se emancipó y empezó a viajar por su cuenta, parece que se rompió el mal fario, la casualidad o lo que fuese y nuestras excursiones fueron menos movidas; aun así, hemos vivido una epidemia de gripe, que se llevo por delante cinco o seis pasajeros, en una travesía desde Barcelona a Río de Janeiro, Saramago las palmó mientras nosotros disfrutábamos de Lisboa, si bien él no se encontraba en territorio portugués, y en las playas del Caribe, a menos de diez metros de nuestra tumbona, se quedó seco un compañero de viaje, víctima de un infarto fulminante. Pero eran accidentes menores.

Desde que descubrí América ardo en deseos de visitar Cuba, pero con aquello de que estaba bloqueada económicamente por USA y hundida en la pobreza, no he encontrado el momento de visitar nuestra última provincia de ultramar. Había otro motivo: a fuerza de casualidades me estoy volviendo supersticioso y no quería tener nunguna mala influencia sobre el bienestar de Fidel Castro.
Esta mañana cuando ha sonado el despertador, le he dado una bofetada al móvil y lo he mandado a hacer puñetas. Al recogerlo, se ha iluminado la pantalla y Google me ha mostrado la primera noticia del día.
- ¡Quiosquera, a que no sabes quién se ha muerto!
- ¿Un compañero tuyo de estudios?
- No. Frío, frío.
- ¿Un político de la Gürtel?
- No.
- ¡Fidel Castro!
- ¡Bingo!

¿Que cómo lo ha sabido? Porque me he cansado de esperar y, no vaya a ser que la palme yo antes, hemos decidido ir a Cuba y tenemos los pasajes en mano para enero.

¿Casualidad o mal fario?

lunes, octubre 17, 2016

El Zippo


Paseábamos por la Gran Manzana, cerca de City Hall y las cúpulas de World Trade Center a la vista, cuando dalr me dijo que se iba a comprar un Zippo.
- ¿Eso qué es? –pregunté, poniendo de manifiesto mi ignorancia en temas de actualidad.
- Papá, estás desfasado. En tus tiempos seguro que suspirabais por un encendedor de gas; ahora lo que mola es un encendedor de los que han llevados los soldados americanos de toda la vida. No te puedes hacer una idea de lo bien que quedas cuando das fuego con un zippo. Sobre todo con las chicas.
Se compró el zippo. Un pedazo mechero de los que te van tirando de los pantalones hacia abajo; casi de grande como un paquete de tabaco, con el escudo de los Estados Unidos de América grabado en una de sus caras, jamás había visto nada tan hortera.
- Mira qué virguería.
- ¡Clac, clac!
Hizo un movimiento de muñeca brusco y la tapa del zippo se abrió.
- ¡Shas…!
Esta vez chasqueó dos dedos delante mismo de la ruedecilla dentada y, sin más, empezó a arder la llama. Por último, volvió a mover la muñeca y el encendedor quedó cerrado herméticamente.
- Papá, esto lo haces cuando una niña te pide fuego y la tienes en el bolsillo.

La verdad es que yo había encendido siempre con un zippo a la española: aquel instrumento pequeñito de lata, que funcionaba con gasolina y se ajustaba perfectamente a la mano y, a la vez que se abría con el pulgar (el martillo, se decía), el mecanismo hacía girar la ruedecilla y saltaba la chispa. Además, la llama quedaba protegida por la carcasa del mechero y tenía que hacer mucho viento para que uno tuviese problemas para encender.
Hubo una época que me dio por el encendedor de mecha, pero me duró poco el capricho.
Finalmente, y por comodidad, me pase al BIC de usar y tirar. Por comodidad.

Supongo que dalr interpretó que su zippo me había gustado (lo cual es cierto) y para el siguiente cumpleaños o Reyes Magos (no recuerdo) me regaló uno. Y se lució: liso y de plata. Algo más pequeño que el suyo y reflejando la luz perfectamente (cuando estaba limpio), tenía un pequeño defecto en la bisagra: cuando se hacía ¡clac, clac! con un golpe de muñeca, había veces que no se abría y tenía que repetir la operación. Como no se veía al trasluz la carga de gasolina, por si acaso yo seguía llevando mi BIC en el bolsillo. Un día en que me había tocado desplazarme a la Zona Franca a resolver un problema informático en casa de uno de nuestros clientes, me fui a comer un bocadillo al bar de la esquina. Cuando ya estaba en el café, fumándome mi purito de rigor, se me acercó una jovencita con el cigarrillo entre los dedos:
- ¿Me da fuego?
Así se las ponían a Fernando VII, pensé. Con parsimonia metí la mano en el bolsillo, agarré el encendedor y desenfundé, a la vez que movía la muñeca en un movimiento seco…
¡Mierda! El BIC.
Está visto que lo mío es la informática y la vida familiar.

martes, octubre 11, 2016

Perro y medio


Desde hace unos años, y sobre todo en las llamadas redes sociales, aumenta en progresión geométrica el número de defensores de los derechos de los animales. Se manifiestan contra las corridas de toros, los encierros de San Fermín, el Toro de la Vega, el ordeño de las vacas, los domadores de leones, el Zoo y contra cualquier acto humano que interfiera en la libertad de los bichos. En las últimas elecciones me ha impactado el eslogan del Partido Animalista: “Para llevar la voz de los animales al parlamento”. ¡Pero si ya están! La voz y el animal completo, o ¿acaso no han oído como rugen y rebuznan…?
Seguramente quienes defienden los derechos de los animales tienen razón y deberíamos disputarnos nuestro espacio en la tierra en igualdad de condiciones. Por ejemplo: si nuestro jardín es invadido por una plaga de hormigas, no utilizaremos ningún bichicida y nos haremos chiquititos para pelearnos con ellas sin ventaja previa. O no les echaremos Raid a los mosquitos ni queso envenado a los ratones… ni penicilina a las bacterias, que también son criaturas de Dios. Y, por supuesto, no comeremos ni carne ni pescado. Hasta es posible que tiremos cohetes cada vez que el hermano lobo o el hermano toro liquiden a un humano.

Es broma.
Los animales que se comen no tienen derechos y los que trabajan tampoco; lo dice la Biblia, que deja claro que Dios los creó para uso y disfrute del hombre. No sólo eso: explica con pelos y señales que los buenos son los que se dedican a la cría y engorde de los animales. El Génesis cuenta que el hijo bueno de Adán y Eva era pastor y que el hijo malo era agricultor. A Abel lo pintan rubito, con cara de nena y mirada dulce; a Caín lo retratan moreno, con barba y ojos rezumando mala leche. Hasta Dios, dice, veía con buenos ojos los sacrificios de Abel y no le agradaban los de Caín. Si Dios fuera humano, lo entendería: no es lo mismo que te ofrezcan en holocausto unas costillitas de cordero al punto que una ensalada de lechuga con rábanos… Cosas del Antiguo Testamento.
Viendo los reportajes de la BBC aprendemos cómo cada animal se entrena para hacerse un hueco entre los demás. Los herbívoros corren como locos para que no se los coman y aprenden a topar para cuando salgan a buscar novia. Los carnívoros aprenden a pillar por sorpresa a los que corren y juegan a pelearse entre ellos para hacerse grandes y fuertes y poder fundar su propia manada… o para cuando salgan a buscar novia.
El ser humano, que es capaz de comerse cualquier cosa que no mate (a veces eso también), se entrena para todo: a correr para que no se lo coman, a subirse a los árboles para comer fruta o cazar pájaros (y para que no se lo coman), y a ingeniárselas para cazar otros bichos sin necesidad de ponerse en peligro (y se lo coman). De pequeños peleamos entre nosotros, buscamos nidos, cazamos pájaros, derribamos murciélagos, apedreamos perros… Todo esto forma parte de un entrenamiento que ya no necesitamos puesto que Mercadona nos da estos productos limpios y envasados. De hecho hasta se va perdiendo la costumbre; los niños actuales no dominan el arte de tirar piedras, no saben poner trampas para pillar gorriones y, posiblemente, no conozcan el tirachinas. Cuando yo era niño entrenábamos y, aparte de los pájaros, el objetivo principal eran los perros callejeros, los que no tenían dueño; los ratos en que andábamos aburridos los aprovechábamos para salir a apedrearlos. Personalmente no he sido nunca buen cazador y no recuerdo haber tocado a un perro, pero sí me acuerdo una noche que mi primo Manolico acertó a un gato en el lomo y la piedra se rebotó hasta el balcón de D. Andrés. Como diría Gila: “Anda que no nos reímos”.
Ante mi falta de puntería me quejaba a mis vecinos, reunidos en el portal.
- Es que no tengo atino.
- P’azertale a un perro –decía Antoñico el de Antonio Tomás- hay que zabeh. Lo que tieneh c’azer eh atrincah una piedra redondeá que z’ahuste a ehte deo (estiraba el índice) y ehperah qu’er perro ze pare. Entonceh azeh “heeey” y l’ohpantah; cuando er perro echa a correh tu apuntah perro y medio mah alante y le pegah en to’l lomo.
Ni siquiera siguiendo las instrucciones de Antoñico llegué a ser un experto, pero lo intenté.

No quisiera que el lector se llevara una idea equivocada de mi trato a los seres vivos: aquello ocurría en mi pueblo, donde aún no había llegado la civilización moderna, y cuando los perros eran simplemente animales; ahora que son uno más de la familia, ni se me ocurriría.

viernes, octubre 07, 2016

Pintura al fresco


Estudié en un colegio modesto. No quiero decir humilde, quiero decir barato; las hortalizas no daban para más. Los libros de texto eran los mismos que en otros colegios de más categoría, pero el profesorado y los medios eran lo que había. En historia del arte mi profesor fue D. Enrique Muñoz, el Besugo. Hacía lo que podía: daba las clases con gafas de sol para que no le notásemos que iba leyendo la lección al pie de la letra. Aprendimos las características del románico, del gótico, del barroco y demás estilos arquitectónicos aunque no fuéramos capaces de distinguir un arco de medio punto de otro de herradura. Con la pintura era peor; podíamos hablar de tabla, lienzo, vidrio o mural según la base sobre la que se hiciera el dibujo, o retrato (precursor de las cámaras kodak), paisaje, naturaleza muerta o desnudo. A mí me gustaba el desnudo porque era más sencillo: presentaba la naturaleza humana sin artificios. En todo caso, y salvo la Maja de Goya (que venía en el libro), jamás tuve ocasión de ver ninguno.
Me llamaba la atención la clasificación de la pintura en función del material empleado para dibujar, si bien no sabía ni cómo distinguirlo ni siquiera la técnica utilizada para fabricarlo. Suponíamos que en la pintura al óleo debía intervenir el aceite, en la acuarela sería el agua, y en el pastel… ni idea. ¡La pintura al fresco! Eso estaba más claro: o bien se pintaba a la sombra de un buen árbol cuando de levantara un vientecillo agradable o el cuadro se metía en la nevera una vez acabado. Sufrí una desilusión cuando me enteré que Leonardo y Miguel Ángel pintaban sus frescos en los refectorios de los monasterios o en los techos de las iglesias, aunque, desde luego, fueran los lugares más fresquitos del edificio.
Encima, los tíos aquellos se fabricaban sus propias pinturas y mantenían en secreto el origen de los pigmentos. Murillo, Velázquez, Rafael obtenían tonalidades que sólo pueden verse en sus cuadros. Ahora vas a una tienda de pinturas y Titanlux tiene todos los colores codificados…
Aunque no tanto.

Después de varios años de litigio hemos conseguido que la empresa constructora nos arreglara unos cuantos errores que habían cometido al levantar nuestro bloque, lo que provocaba que teníamos que salir al jardín con casco, so pena que nos cayese un cascote de las alturas y nos planchara los sesos. Junto a la puerta de entrada a mi apartamento había una raja por la que cabía un dedo y la empresa se empeñaba en que eso no era problema de la estructura sino del movimiento propio de todas las obras. Al final, y tras arduas discusiones, me mandaron a Mohamé, el cual echó un pegote de cemento-cola en el bujero y se largó; quedó una franja gris oscuro en la pared que, sobre el amarillo suave de la pintura, parecía la tira negra que se cosía en la manga de las camisas para que la gente supiese que se estaba de luto; pedí que le dieran un brochazo para disimular el arreglo y, harto de esperar, seguí el consejo del presidente de la comunidad y me fui a una casa de pinturas con un trocito de pared que me sirviera de muestra. U obtener la tonalidad exacta de un color no es tan fácil o el empleado no tenía muchas ganas de trabajar. Sacó un muestrario, fue comparando mi cachito de muestra y sentenció.
- Éste es el que más se le parece.
- Para mí que la pared es más amarilla.
- Es igual, se va a notar lo mismo.
Tuve que quedarme con un bote de kilo porque era lo más pequeño que vendían. Y, en efecto, puesto en la pared resaltaba muchísimo sobre el amarillento de la pintura original.
- ¡Hoeh! ¿Y si le pusiéramos un poco de azafrán como al arroz? –se me ocurrió decir.
Quiosquera es una mujer bastante sensata y nunca o casi nunca se sale de la ortodoxia, pero 50 años oyéndome decir (y hacer) tonterías empiezan a contagiarla. Apenas habían pasado 20 minutos cuando me llamó.
- Mira a ver si así te gusta más.
Me asomé a la puerta y observé la obra de arte: ¡perfecta! El tono de amarillo era idéntico. Visto desde lejos se nota una pequeña diferencia pero eso es debido a que la parte recién pintada está más limpia; en cuanto metamos los dedazos dos o tres veces no se notará el arreglo en absoluto.
- ¿Cómo lo has hecho? –inquirí.
- Como tú habías dicho: le he echado un poquito de azafrán. Bueno primero le he echado un poquito pero me ha parecido que todavía no daba el tono y le he añadido otro poco.

Lo dicho: ha quedado perfecto. Y como la pared está estucada, parece un arroz recién retirado del fuego. Ahora, mientras abrimos la puerta, disfrutamos de un agradable olorcillo a paella… Sólo falta el bogavante.

domingo, octubre 02, 2016

La puta bicicleta

De cintura para abajo estoy hecho unos zorros; de cintura para arriba… también, pero lo disimulo más. En 1969 pasé un par de semanas asistiendo al gimnasio de Lázaro, por aquel entonces masajista del Melilla Club de Fútbol, y me sugirió unos cuantos ejercicios que me permitieron mantenerme en forma durante unos cuantos años. Todavía conservo el reportaje fotográfico que me hizo, sólo que si intento llevarlo a efecto resulta peor el remedio que la enfermedad. Basta decir que una de las pruebas consiste en, estando en posición sedente o en decúbito supino, levantar el pie unos 15 cm y mantenerlo allí unos segundos; pues bien, si llevo puestas las babuchas (las que se tienen al lado de la cama por si uno tiene que levantarse a hacer pipí) ni se estremece. El médico me ha dicho que, pueda o no, he de mover las piernas aunque sólo sea para activar la circulación; así que me he tirado al monte y este verano he echado bicicleta; triciclo para ser exacto, que ya no me fío de guardar el equilibrio. Es un triciclo especial: tiene las ruedas traseras bastante juntas y en el manillar llevo una palanquita que permite liberar el bloque y la bicicleta se inclina unos 30º sobre el eje de las ruedas; vamos, que si no sabes montar, te caes.
Mi casilla de jubilado está manzana y media más arriba del paseo marítimo, que se puede dividir en tres zonas. La primera, la más integrada en la población, tiene casi 1,5 km de longitud; con palmeras a ambos lados, queda dividido en tres carriles: el central, más ancho, está enlosado de baldosa fina y es el preferido de la gente que pasea; los otros dos  carriles están pavimentados con adoquines (de imitación) y podrían ser utilizados por los ciclistas; hay, por supuesto una calzada de dirección única este-oeste. La segunda zona es un camino de tierra, amplio, aconsejado por el ayuntamiento para peatones y bicicletas; pongamos que tiene una longitud de 400 m.; es el preferido de los paseantes de perros porque como es de tierra se supone que es ecológico dejar la mierda de perro en mitad del camino.  Finalmente, allá donde Perico perdió el gorro, el paseo se compone de una pista para bicicletas de una anchura que permitiría el paso de tres ciclistas a la vez, y un paseo la hostia de ancho para los peatones paseantes; 800 m. más o menos. Quiero decir que, con buena voluntad, hay espacio suficiente para todos.
Pues no.
Lo que es realmente el paseo marítimo no tiene carril bici y los peatones no parecen dispuestos a ceder su espacio. Los ciclistas, sin embargo, ocupan los tres carriles, con preferencia el paseo central dado que, como he dicho, no les (nos) gusta el pavés ni el temblorcillo que éste trasmite al sillín. De todos modos es el sector donde mejor conviven ambas especies. El problema real empieza en el segundo sector, esto es, el camino de tierra. En paralelo podrían ir a la vez hasta 8 personas; es igual, con 4 ya lo ocupan todo. Y no cuento cuando se paran y montan el chat en mitad del camino; o cuando salen a pasear el perro y le dan suficiente correa para que el perro vaya por la izquierda, el dueño por la derecha y la correa atravesada como si fuera la cinta de meta.
El último sector es el más característico: por la pista de bicicletas pasean los ciclistas, los que van en patín o monopatín, los niños, los padres y los que hacen footing, jogging o running; dado que ni corren ni andan yo los llamo los que hacen trotting. Por el inmenso paseo paralelo circulan los ciclistas, los que van en patín o monopatín, los niños, los padres y los que hacen trotting. Y además con recochineo. Los que vamos en bicicleta podemos ir de paseo (10 km/h) o haciendo la última contrarreloj del Tour de Francia; si se trata de una pareja, pedalean en paralelo y no se apartan ya los maten. Y los de a pie… También tienen todos los derechos. No se me ocurre el motivo que les impulsa a utilizar la pista ciclista a no ser que sea por joder. La pista queda unos 70 cm por encima del aparcamiento que hay junto a la playa; por el otro lado hay un escalón de unos 20 cm al paseo peatonal, es decir, que si van 4 peatones en paralelo no hay manera de pasar; quizá se les podría tocar el timbre, pero yo no me atrevo: con decir que un día fui unos 50 m detrás de uno de estos grupos, por supuesto a su paso, y, cuando se dieron cuenta, tres de ellas se apartaron, la cuarta rezongó a mi paso:
- La puta bicicleta.

Se ve que lo de la Educación para la Ciudadanía no funciona, o bien es que en el programa no entran referencias a la educación para la convivencia. Es curioso que con la llegada del otoño y la vuelta de los veraneantes al hogar la situación ha mejorado: además de que hay menos bicicletas y menos peatones, cada uno va por su sitio. Me ha dado por pensar que a lo mejor la gente de pueblo sí está bien educada y lo que funciona son aquellas enseñanzas mínimas que me transmitían mis padres:
- No te limpies los mocos con la manga
- Quítate la gorra cuando entres en una casa
- No sorbas la sopa
- Come con la boca cerrada
- Límpiate el hocico con la roílla antes de beber agua
- Trata de usted a los mayores
- Cede el paso y el asiento a las personas que lo necesitan más que tú

En definitiva…
- No des por saco

Nota.-
Hablando de bicicletas.
En agosto pasé por la A-31 y a la altura de Novelda y/o Monforte del Cid pasé el desvío a Agost. No pude menos que recordar los sudores de mi amigo Alvarhillo haciendo escalada por aquellos andurriales.

domingo, septiembre 04, 2016

Bullying

Los niños han sido siempre los reyes (o reinas) de la casa y, a medida que avanza la civilización, esta realeza va camino de deificarse. Creo que todo el mundo (o casi) estará de acuerdo en defender los derechos del niño, su educación, su integración paulatina y no traumática en la cadena productiva y hacerles la vida lo más cómoda que seamos capaces.
Los niños, muchos niños, pueden ser (muy) crueles y abusan de los más débiles. Es habitual ver en las escuelas cómo machacan al gordito, al que lleva gafas o al debilucho. Eso, que antes se llamaba acoso escolar (y antes aún, mala leche), ahora se denomina bullying y los padres vigilan que no lo sufran sus hijos por si hay que echarles una mano; la misma circunstancia preocupa poco a los padres de niños fuertotes y acosadores. Y está bien que así sea (lo de echarles una mano), aunque tal vez haríamos bien en intentar que nuestros hijos sean autosuficientes para sacudirse este acoso. Porque cuando sean mayores sufrirán mobbing y, quizás, en la residencia de ancianos que los acoja estarán sometidos a porcullying.
De hecho, los niños se defienden (o defendían) del acoso con las armas que la naturaleza ha puesto a su disposición. Así, los listillos se arriman a los perdonavidas, los estudiosos se hacen un hueco a base de conocimientos, y otros se agarran a su simpatía o adquieren fama de folloneros y traviesos para buscar su lugar en el grupo. Sin embargo, siempre habrá alguno que no tenga o no sepa usar sus cualidades en beneficio propio y será el burro de los palos o el objeto idóneo para la burla y befa de sus compañeros.
No hace mucho me pasaron un vídeo donde se veía al gordito de turno acosado por dos de sus compañeros; ante los intentos de agresión de los valientes el gordito se cubría la cara con las manos y retrocedía hasta dar contra una pared que le impedía continuar su huída. Coincidió que le tocaba el turno de agredir al más pequeño de los dos acosadores. Como el gordito no encontró salida, se le cruzaron los cables, agarró de un brazado al fanfarrón y lo estampó contra el suelo. ¡Oh, casualidad! En aquel momento pasaba por allí una maestra y el video acababa con la regañina que esta le pegaba al gordito. En todo caso, estoy seguro que, la próxima vez, los acosadores se lo pensarían dos veces antes de meterse con uno que era capaz de cabrearse hasta el punto de optar por defenderse.
No tiene nada que ver con el acoso, pero el video me recordó un suceso que me acaeció cuando yo tenía nueve o diez años. Entre los niños de una misma edad siempre hay alguno que desarrolla más musculatura que los demás; algo de eso le pasaba a uno de mis amigos, que se paseaba como si el pecho no le cupiese entre los brazos. No es que abusase de su fuerza sino que, consciente de ella, imponía su ley al resto del grupo que acatábamos su primacía sin rechistar. Hubo una ocasión en que discutimos y yo no fui capaz de dominar mi orgullo o chulería (vaya usted a saber) y llegamos a las manos; tal como nuestros respectivos físicos indicaban, mi compañero me calentó a base de bien. En adelante no hizo ningún nuevo intento de imponerme su voluntad a golpes, pero sí solía soltar una risilla sarcástica en mi presencia y el cachondeíto no me gustó, así que, cuando se me puso a tiro le solté un sopapo; ni que decir tiene que me volvió a calentar. Pero ya había dado el paso y no me iba a acobardar: la siguiente vez que logré acercarme a él le volví a atizar… y volvió a agarrarme del pescuezo y tirarme al suelo; cuando estaba a punto de romperme la nariz de un puñetazo, se lo pensó mejor: sonrió y dejó que me levantara. No puedo decir que hayamos sido grandes amigos pero, todavía hoy, nos alegramos de vernos.
No digo que los acosos deban resolverse a golpes; digo que tampoco haríamos mal en enseñar al acosado a que se defienda.