viernes, junio 15, 2018

Filosofando a la griega.


Diego Said nació en la otra orilla del Atlántico; apenas lleva ocho meses en España y ya ha asumido que vive en “otro mundo”. Cuando yo tenía su edad, mi programa de juegos y juguetes era muy poco variado. Tenía un tren que me había fabricado yo mismo a base de unas cuantas latas de sardinas (vacías) a las que había practicado un agujero delante y otro detrás (usando como herramientas un clavo y una piedra) y unido con una guita, y un coche de madera, fabricado con una tabla a la que mi padre había hecho dos hendiduras, donde yo encajaba dos carretes (vacíos) de hilo a modo de ruedas. Con cuatro piedras había edificado una zahúrda para criar y cebar marranos; los animales eran pencas de chumbera y, una vez engordados, me montaba una matanza por todo lo alto. Eso sí: la navaja (de punta redonda) era de verdad; me la había comprado mi madre en una cuchillería de Granada, enfrente de la catedral, muy cerquita de Plaza Bib-Rambla.
Lo de jugar a héroes vino después, cuando aprendimos a leer. Fuimos caballeros espadachines cuyos nombres sacábamos de los tebeos: Capitán Trueno, el Jabato, Milton el Corsario, el Guerrero del Antifaz, el Corsario sin rostro, Sigur el Vikingo… Las espadas eran de caña que mangábamos en los setos (las cañaveras no valían porque les faltaba consistencia): en la parte más gorda de la caña hacíamos dos agujeros en línea y por allí metíamos otra caña más delgada que hacía las veces de cruz. El combate era entre caballeros y siempre empezábamos los torneos de la misma forma:
Los caballeros enfrentados señalaban al cielo con sus aceros
- ¡Cielo!-gritaban al unísono-.
Los bajaban apuntando al suelo
- ¡Tierra!
Cruzaban las espadas
- ¡Cruz!
- ¡¡¡Y GUERRA!!!
Y empezaba la lucha sin cuartel.
Entendimos las regañeras de nuestros padres cuando en el pueblo vecino una espada rota ensartó el ojo de uno de los contendientes.

Hoy los niños están más avanzados; todavía no saben leer y ya juegan a superhéroes, sus espadas son láser y su lucha se desarrolla en las galaxias. Diego Said no dice que éste (España) no es su país. Dice que éste no es su planeta; su planeta es Tegus y está muy lejos. A su edad sabe señalar en el mapa Barcelona, El Pozuelo y Honduras (más o menos). Un poco más pequeño, yo pensaba que la tierra era una franja que se extendía a lo largo de la N-340: por arriba estaban los cerros, por debajo nos bañábamos en la mar, a levante estaba Huarea, y a poniente se situaba La Rábita. De Huarea p’allá estaban Adra y Almería, y pasando de La Rábita se llegaba a Granada.
En una ocasión mi padre tuvo que ir a Madrid. Aquello constituyó un acontecimiento: apenas podíamos imaginarnos cómo era el metro, un transporte que iba sobre raíles y bajo tierra, de donde era muy difícil salir en el lado adecuado de la calle. Mi tío Paco, que era el experto en chascarrillos, decía que en Madrid había un edificio que lo llamaban la Casa del coño, porque cuando los catetos la veían, invariablemente exclamaban:
-¡¡¡Coñó!!!
La cuestión es que mi padre pilló el correo de Berja (Alsina Granada-Berja) y salió camino de Granada. Unos cuantos días después, que a mí me pareció una eternidad, apareció en el correo de Almería (Alsina Almería-Málaga). No dije nada, pero durante mucho tiempo no conseguí explicarme que mi padre se fuera por Granada (poniente) y volviera por Almería (levante). ¿Por dónde había pasado? Y si lo había hecho por la N-340 (único camino posible) ¿por qué no se había bajado en El Pozuelo.
Me consuela pensar que algunos filósofos griegos razonaron de forma parecida.

lunes, mayo 21, 2018

340 m/s



El día que D. Baltasar Jiménez me dijo que mi padre me comprase la Enciclopedia Álvarez Primer Grado llegué muy contento a casa; dejaba de ser un parvulito y pasaba al grupo de los mayores. De los que daban lecciones de memoria. Ignoraba que se me había acabado la infancia feliz y entraba en el mundo de las responsabilidades: de hecho, algo después, mi vida se redujo a estudio, exámenes, más estudio, temor a que el cura me hiciera una cara nueva, más estudio, y… vacaciones.
Pero el primer día lo disfruté. Mi primera lección de memoria fue de Ciencias Naturales: el agua. Definía la enciclopedia:
El agua es un mineral incoloro, inodoro e insípido.
Si yo hubiese sido un intelectual (de los que piensan lo que dicen) lo habría tenido crudo, dado que, a aquella edad, yo ignoraba casi todas las palabras que entraban en la definición.
Mineral: mi idea de mineral se reducía a las vagonetas que pasaban por encima del correo Granada-Berja entre Haza del Lino y Órgiva, que acercaban el “mineral” de hierro de las minas del Conjuro (creo) al puerto de Motril. Y aquello eran pedruscos que manchaban las manos de óxido, en ningún caso líquido que servía para lo contrario.
Incoloro: Podía entender incoloro como falto de color, aunque para mí el agua del mar era azul, la de la alberca era verde y la de la rambla bajaba marrón.
Inodoro: Nosotros no odorábamos las cosas, las golíamos.
Insípido: ¡Por Dios! Lo que comíamos estaba bueno (dulce) o malo (salado, agrio o amargo), pero todo echaba gusto a algo. Es verdad que, a veces, decíamos que una cosa no echaba gusto a nada, pero, por lo general, era para decir que había perdido el buen sabor que le correspondía. Ese “no echa gusto a nada” es lo que significa insípido. Fue después cuando nos cachondeábamos diciendo que el agua era un mineral insípido, insápido e insópido.
La definición de agua que venía en la enciclopedia se completaba con las palabras… , esto es, que no tiene color, no tiene olor y no tiene sabor. Menos mal.
Claro que el maestro podría explicar la lección y descifrar el significado de palabras tan raras, pero no sé cómo D. Baltasar se las hubiera arreglado para explicar la lección a los del Parvulito y a los que estábamos en las enciclopedias de Primer, Segundo y Tercer Grado. Los niños éramos autónomos y sabíamos qué hacer en cada momento: a primera hora de la mañana tocaba escribir una muestra, hacer una copia o, quizás, una redacción; después venían las cuentas o los problemas y, por último, la lectura. El porqué de las cosas tendríamos que aprenderlo con el tiempo. La teoría iba de memoria:
Pi es una letra griega que se escribe así, cuyo valor constante es 3’1416 (antes de que vinieran los ordenadores, en España la coma decimal no tenía nada que ver con la coma ortográfica ni con el punto anglosajón). Ni que decir tiene que, después de “se escribe así”, la enciclopedia incluía el símbolo griego de pi “p”.
Las lecciones de memoria se daban por la tarde, o mejor, se estudiaban por la tarde y preguntaban a última hora. Los niños estudiábamos al ritmo que describe Antonio Machado en su poesía Recuerdo infantil:
Una tarde parda y fría 
de invierno. Los colegiales 
estudian. Monotonía 
de lluvia tras los cristales. 
Es la clase. En un cartel 
se representa a Caín 
fugitivo, y muerto Abel, 
junto a una mancha carmín. 
Con timbre sonoro y hueco 
truena el maestro, un anciano 
mal vestido, enjuto y seco, 
que lleva un libro en la mano. 
Y todo un coro infantil 
va cantando la lección: 
«mil veces ciento, cien mil; 
mil veces mil, un millón». 
Una tarde parda y fría 
de invierno. Los colegiales 
estudian. Monotonía 
de la lluvia en los cristales.

 Hay episodios que han hecho historia; todo el mundo recuerda a Juan Cortés recitando la lección de su Parvulito:
- To loh qu’emoh nacío en Ehpaña zemos ehpañoleh.
- Somos, Juanico, somos –le rectificaba el maestro-.
- Zí, don Bartazah. To loh qu’emoh nacío en Ehpaña zemos ehpañoleh.

Así íbamos aprendiendo, muchas veces sin tener una idea clara de para qué servía lo que aquel día habíamos estudiado. Hubo una lección que me costó mucho tiempo asimilar en cuanto a su función práctica.
El sonido se propaga a una velocidad de 340 metros por segundo.
La velocidad de la luz es de 300.000 kilómetros por segundo.
Sobre velocidades yo entendía ir al trote, al galope o a cuatro pies cerrao. Todavía no se habían inventado los términos “cagando leches” o “follao vivo”, o bien pudiera ser que a mí nadie me los había enseñado. A lo más que llegaba era a “salir espetao”. En todo caso, 340 m/s no me pareció una velocidad excesiva, comparada con la de 300.000 km/s. Como casi siempre fue el tito Manolo quien nos dio una explicación práctica:
El relámpago es el chispazo que salta entre las nubes cuando chocan y el trueno es el ruido que produce el topetazo; el relámpago y el trueno se producen al mismo tiempo, sin embargo, primero se percibe el chispazo y, al ratillo, se oye el trueno. Por la diferencia de velocidad.
Estaba claro. Mi hermana y yo, a veces, contábamos desde que se veía el relámpago hasta que se oía el trueno y así averiguábamos si la tormenta se acercaba o se alejaba.
De todos modos aquello era teoría espacial y aún no se había puesto en órbita el primer satélite artificial. Tardé tiempo en percibir con claridad la lentitud del sonido; fue un día que volvía de hacer una visita a mi abuela. Venía por la calle Enmedio, entre la casa del Aparato y la de Manrique el Feo, cuando vi a Andrés el Bizco que estaba majando esparto en la puerta de su casa; algo no funcionaba bien: veía como Andrés levantaba el mazo, lo dejaba caer cobre el manojo de esparto y me llegaba el sonido del golpe:
Brazo arriba
Mazazo
Brazo arriba… ¡pom!
Mazazo
Brazo arriba… ¡pom!
El porrazo sonaba cuando Andresillo mantenía el brazo en el aire. Entonces lo vi claro: estaba a una distancia de 150 o 200 metros y el sonido tardaba medio segundo en llegar. También entendí eso de que la experiencia es la madre de la ciencia.

martes, abril 17, 2018

Callejero y gramática

Desde el día 15 de abril Pepe Rubianes tiene su calle en Barcelona. El Carrer Pepe Rubianes, antes Carrer de l’Almirall Cervera, antes Calle del Almirante Cervera, sigue siendo conocida por un gran número de habitantes de la Barceloneta como Calle Ancha o Carrer Ample, siendo, como es, que la Barceloneta es un barrio de calles perpendiculares y estrechas, con poco más de una vara de anchura de aceras y dos carriles de circulación (justitos), uno de ellos que se usa como aparcamiento y el otro utilizado para la circulación de vehículos. El Carrer de Pepe Rubianes une el Passeig Joan de Borbó (antes Paseo Nacional) y el Passeig Marítim, y es, al menos, doble de ancho que las calles normales de la Barceloneta. Uno no acaba de ver los méritos de Pepe para recibir tal honor, cuando otros actores tan arraigados en Barcelona como Paco Morán o Mary Santpere no han sido distinguidos de forma semejante; en todo caso, cada municipio tiene derecho a nombrar sus calles como le parece a sus mandatarios, que, a veces, responde a un sentir popular. La alcaldesa Colau ha sido criticada por llamar “facha” a D. Pascual Cervera, toda vez que el marino murió antes de que se inventara el correspondiente movimiento político; pero esto sólo indica que la alcaldesa estuvo más atenta en sus clases de formación político-activista que en las clases de historia.
Me enteré del cambio cuando lo leí hace unas semanas como un titular más de la ristra de noticias que ofrece Google Play Kiosco. Decía algo así como que la Calle Almirante Cervera iba a pasar a llamarse Calle de Pepe Rubianes en honor al popular actor “catalán”. La noticia inmediata se refería a las pintadas aparecidas en la casa que el juez Llarena posee en Das.
Tenía entendido que Rubianes era gallego, así que me fui a la wikipedia a consultarlo. De paso consulté también la biografía del juez. Nada digno de mención en la biografía, hasta llegar a la quinta línea del resumen biográfico:
Hijos: 2 personas

¿Quieren decir los "wikipedistas" que Llarena podría haber tenido por hijos 2 perritos? ¿O 2 coleópteros? ¿O 2 delfines?
Quizá en vez de “hijos” se podría haber utilizado el término “descendientes”.
Descendientes: 2
Claro que, quizás, algún lingüista moderno los hubiera acusado de discriminación sexual por obviar a las “descendientas”.
A pesar de que los políticos se quejan de la judicialización de la política, lo realmente grave es que “politizan” las cajas de ahorro y las llevan al rescate (Rato, Serra…), y la universidad y desacreditan sus títulos (Cifuentes, Franco…). Ahora quieren politizar la gramática y no tengo claro que en unos años sepamos hablar español.

viernes, marzo 02, 2018

De lechugas y otras yerbas



Sigo a dieta verde; a dieta verde y escasa.
Mi desayuno, que es la comida más normal del día, se compone de una naranja, dos tostadas con un chorreoncito de aceite y un café con sacarina; en el almuerzo y cena puedo comer lechuga y vinagre sin límite (otro chorreoncito de aceite) y proteínas: 100 gr. de carne o pescado en crudo o 40 de legumbres en seco; de postre, fruta al mediodía y yogurt a la noche. Y si me he portado bien, una onza de chocolate un ratillo antes de acostarme. ¡Ah!, para merendar puedo elegir entre cuatro nueces u ocho almendras (sin cáscara). Por el camino he dejado 12 ó 13 kilos. Y sin pasar hambre… que para eso están las lechugas. Reconozco sufrir una cierta debilidad en las articulaciones,  que compenso con el excipiente de un montón de pastillas que tomo y que curar, no curan, pero evitan que otros elementos me maten.
Hablando de comer… Me parece que hace tiempo conté una de mis anecdotillas culinarias. No obstante, como viene al pelo, la repito.

Llevaba una temporada en que una muela del juicio me venía amargando la existencia: la puñetera no acababa de salir y cuando daba un tironcillo (eso ocurría cada dos o tres meses) se me hinchaba la encía, y todo el carrillo se me llenaba de pus. Pasé mucho tiempo a base de Omnamicina un millón; lo del millón debería ser por el número de agujeros en el culo que cada vez tenían que hacerme para que me hiciera efecto. Desde que empezaba a pincharme, hasta que la medicina obraba, pasaban cuatro o cinco días. Y los analgésicos me duraban un rato. Recuerdo una madrugada que, a pesar de dolor, me quedé dormido y desperté de repente sobresaltado y sin saber qué me despertó, hasta que caí en la cuenta de que la muela ya no me dolía; se me acababa de reventar la encía y, al cesar la presión del pus, había dejado de dolerme. Tiene narices que el bienestar me despertara.-
En otra ocasión, y a eso iba, no dormí en toda la noche y aquel día no fui a trabajar; cuando regresó Quiosquera por la tarde, debió verme alteradillo:
- ¿Qué te parece si vamos a urgencias a que te vean esa muela? –me dijo-.
La verdad es que eso de “urgencias” a mí me suena a cuando está uno a punto de espicharla; no era esa la situación. De todos modos no debería verlo yo muy claro cuando contesté:
- Bueno.
El médico que me atendió me dijo que era necesario ingresarme. Levantó el teléfono.
- Necesito una cama en la planta siete… me da igual que no haya, ponéis una en el pasillo.
- Oiga –intervine-, yo me voy a mi casa y mañana vuelvo a primera hora.
- ¡Ni hablar! En su situación no puedo dejarlo ir bajo mi responsabilidad. Con la infección que tiene le da un vitango esta noche y la tengo yo liada.
Hube de esperar un buen rato antes de que me encontrasen cama. Me enchufaron un gota a gota, me trajeron un yogur y apagaron la luz. No sé qué me metieron en la vena, pero aquella misma noche me reventó el flemón. A pesar de todo apenas podía abrir la boca un par de milímetros: me asignaron dieta blanda, es decir, chupaíllo. Estábamos en una habitación de seis y se me iban los ojos detrás de los platos que les servían a los demás, mientras yo sorbía una sopa o aspiraba un puré.
El jueves por la mañana se produjeron dos sucesos: me quitaron el gota a gota e ingresaron a otro paciente, al cual pusieron en la cama de al lado. A mí me costaba hablar pero haciendo un esfuerzo logré preguntarle qué le pasaba.
- Una tontería. Tengo una muela picada y como soy hemofílico me han de preparar para que no se produzca una hemorragia.

Como he dicho, era jueves, y los jueves en España se come paella. Debe venir esto de cuando aún no habíamos implantado la semana inglesa y el descanso se hacía el jueves por la tarde en lugar del sábado. Lo cierto es que, cuando llegó el carrillo de la comida, había cinco paellas y un puré. No creo que la cocina de la Residencia del Valle Hebrón sea de 5 tenedores, pero después de casi una semana de caldillos y papas espachurrás, aquel arroz olía a gloria bendita. Mi vecino hemofílico había ido a cambiar el agua al canario. La señora del carrillo empezó a repartir platos de paella y, cuando llego a la cama vacía, dudó. Agarró la bandeja del puré, me miró, le sonreí, dio media vuelta y se la enchufó al ausente. A mí me puso la paella. Sabía que aquello podía ser una equivocación, así que agarré el tenedor y ataqué; los granos de arroz apenas cabían por el escaso hueco que quedaba entre mis dientes y tuve que aspirar con fuerza. Comprobé que de pulmones andaba fuerte ya que el chorro de aire hizo que pudiera absorber la mayoría de los granos. A los que no pasaban los ayudé empujando con los dedos.
Cuando el hemofílico llegó, yo me había zampado la paella (no recuerdo que quedara ni un grano) y me estaba peleando con un cachillo de carne de borrego. Al buen hombre debían gustarle los purés como a mí; llamó a la enfermera.
- Señora, me han puesto puré y a los demás paella.
Intenté disimular. La señora debió entender qué había pasado, aunque no dio su brazo a torcer; cogió una hoja metida en un plástico y leyó:
- Aquí dice dieta blanda –y pilló la puerta.

Por entonces yo no acostumbraba a echar la siesta, pero aquella tarde dormí como un bendito. Y con la sonrisilla inocente de quién nunca ha roto un plato (o se lo ha comido).
¡Ah! Por la noche me dieron dieta blanda.

martes, enero 16, 2018

Penitencia

Los que vivimos o hemos vivido en Cataluña sabemos que no se juega con las cosas del “procés” ya que siempre encontraremos alguien a quien nuestras opiniones no les parezcan adecuadas y se sientan ofendidos. No tiene nada que ver con la posición que se defienda; estamos muy sensibilizados y a menudo interpretamos las opiniones de los demás como un desprecio a nuestra propia opinión. Es por esto por lo que he intentado mantenerme calladito.
Diferente es cuando oigo hablar a quienes cobran por ello: da la sensación de que cobran por palabras y, cuando cogen el turno, no se callan ni debajo de agua. Me refiero, por supuesto, a los que participan en los magacines matutinos o tertulias vespertinas, que antes se llamaban contertulios y ahora tertulianos. Opinan de cualquier cosa (a lo cual tienen derecho) y pontifican “ex catedra” como poseedores de la verdad absoluta.
Me jode (perdón) especialmente que utilicen como argumento probatorio hechos de los que no tienen ni idea y se quedan tan panchos ante un razonamiento que igualmente podría utilizarse para probar lo contrario.
El pasado viernes veía uno de estos magacines, cuando un periodista que, por sus argumentaciones en otros programas, parece ateo o poco dado a las cosas de Dios, defendía la salida de prisión de los presos políticos o políticos presos (que tanto da) de esta guisa:
- Han aceptado haber obrado mal y han prometido que no lo volverán a hacer. Es decir, hacen examen de conciencia, se arrepienten y se lo dicen al juez, o sea, el confesor. Entonces lo que el “cura” debe hacer es perdonarlos y dejar que se vayan a sus casas.
No opino (aquí) qué se ha de hacer con los presos; opino del razonamiento del periodista y estimo que está pidiendo que sigan en la cárcel. Yo sí hice la primera comunión, me aprendí de memoria el catecismo y estudié en un colegio de curas. Las etapas del sacramento de la penitencia iba tal que así:
Examen de conciencia
Dolor de corazón
Propósito de enmienda
Decir los pecados al confesor
Y cumplir la penitencia.
Vamos, en verso para que fuese más fácil su aprendizaje.

El razonamiento del periodista falla en el último punto: cumplir la penitencia, que es exactamente lo que ahora están haciendo los presos.

jueves, enero 04, 2018

Iros a tomar... (con perdón)

Cada cierto tiempo la RAE nos sorprende con el anuncio de la inclusión de determinadas palabras en el diccionario y, rara es la vez, que no surgen voces criticando que se haya ignorado tal o cual palabra, se haya incluido alguna otra o no se haya cambiado el significado políticamente incorrecto de otras cuantas (o se hubieran eliminado sin más).
Desde mi punto de vista, heterodoxo por supuesto, el diccionario debe recoger cuantas palabras empleen quienes usan el idioma español, sean o no correctas (gramatical o políticamente), para que los que no sabemos lo suficiente podamos recurrir a esta útil herramienta e ilustrarnos sobre su significado. Con lo que no estoy de acuerdo es con la expresión “la Real Academia Española admite el uso”. La Real Academia no admite nada, se limita a incorporar las palabras que se usan e indicar la forma gramaticalmente correcta, que para eso están los sinónimos. Me explico:
Cuando los niños aprenden a hablar, utilizan una lógica no contaminada y hacen regulares los verbos. No por eso se admite que el participio “escribido”, por poner un ejemplo, sea correcto, y eso que simplificaría enormemente el aprendizaje del idioma. O mejor aún: en España está muy extendido el laísmo y, mucho más, el leísmo. Cuando estudié Gramática, ambos estaban calificados como “vicios del lenguaje”, sin embargo el leísmo se consideraba permitido.
Este verano se dijo que la RAE iba a admitir “iros” como segunda persona del plural del imperativo del verbo irse. No es que la fueran a incluir en el diccionario, que los tiempos verbales no aparecen en él, sino en la gramática de la lengua. Leí muchos tuits congratulándose de la medida ya que muchísima gente utilizaba la citada palabra. Seguramente muchos de ellos habían criticado a Lola Flores por aquello de “si me queréis, irse”, cuando, en realidad, Lola se había adelantado a los sesudos lingüistas: si la segunda persona del plural es “iros”, la tercera (ustedes) impepinablemente debe ser “irse” (conjugación regular). Es decir, a Lola Flores le corresponde una silla en la Real Academia Española, aunque sea a título póstumo.
Claro que no en todos sitios se usa el término “iros”. En mi tierra, por ejemplo, lo normal es que se diga “isus”, que es mucho más contundente: “si me queréis, isus”. Y normalizando el imperativo de ir (ve tú, vaya él,…), también se utiliza “veros”. Pero la bomba hubiera sido la utilización de la última forma permitida por el IELA (Instituto de Estudios de la Lengua Alpujarreña): “VESUS
Si me queréis, vesus
Ahí es ná.

¡FELIZ AÑO NUEVO!

viernes, diciembre 22, 2017

Míster Próper


Vélez-Málaga. Es la una de la tarde y, después de tres horas pateando sus calles, la vejiga advierte que la próstata necesita espacio y se hace imprescindible una visita a la Mezquita de Benimea. Busco un barecillo donde se pueda tomar algo y aterrizamos en una de sus mesas. Como siempre, primero pedimos una consumición y luego Quiosquera se va de exploración hasta dar con el retrete.
-Malas noticias –me dice a la vuelta-. El lavabo está en el piso de arriba y las escaleras son empinadas. Abajo hay uno para minusválidos, pero está cerrado; pregunta a la camarera si te lo puede abrir.
No hace falta. En cuanto la camarera me ve, sale de detrás del mostrador y se ofrece a abrirme la puerta. Llego justo; uno ya tiene sus problemas para encontrarla y, si a eso le añadimos las prisas, los dedos se convierten en morcillas y aumentan las probabilidades de que se mee uno fuera de los dodotis. No hay suficiente con esto: estoy poniendo la misma cara que Peter Seeler en El Guateque cuando se abre la puerta.
-¡Ahhhh! ¡Aquí hay un hombre!
Es la otra camarera. Menos mal que el arquitecto ha diseñado el meódromo a prueba de empleadas que abren sin llamar y, entre la puerta y la taza del wáter, ha colocado una columna que impide ver el frontal del meante. Además, a mí me enseñaron a mear contra la pared, ocultando el aparatillo a miradas extrañas. O sea, que mi intimidad permanece a salvo, si bien quedo afectado por la interrupción. Mientras me enjuago las manos observo que el suelo de la estancia es resbaladizo; da la impresión de estar recién fregado. No parece, sin embargo, estar húmedo; más bien, encerado. Uno es experto en resbalones y, por eso, uso zapatitos especiales. Los bastones de andar gastan dos tipos de zapatos: uno, el que yo llamo de tacón alto, es poco más ancho que la tibia del bastón y con poca superficie de contacto, propenso al patinazo; otro, al que yo llamo de campo y en la ortopedia le dicen playeras, tiene una superficie mucho mayor y se adapta mejor a suelos lisos, a los caminos de tierra y a la playa. Es el modelo que uso, incluso cuando visto de gala. A pesar del mayor agarre, en caso de posibilidad de patinazo, procuro apoyar el bastón siguiendo la vertical, por aquello que aprendimos en física que decía que una fuerza aplicada en diagonal se divide en otras dos: una vertical y otra horizontal, que es la responsable del desplazamiento lateral y el subsiguiente “zampahazo”.  Así que tiro de teoría y realizo una aplicación lo más vertical que puedo. No me doy cuenta de que, para facilitar el acceso con silla de ruedas, la entrada al servicio presenta una ligera inclinación. Los zapatitos de hacer senderismo se desplazan lentamente y empiezo a apabullarme. Suerte que tropiezan en la pared y se detienen; claro que, para entonces, los pies se me han quedado un palmo por detrás y, por el mismo efecto de descomposición de fuerzas, se deslizan en sentido contrario. El aterrizaje es perfecto: rodilla en tierra y manos alzadas, sujetas a la empuñadura de los bastones. Queda levantarse o pedir socorro. Me jode rendirme a las dificultades y decido alzarme por mi cuenta: si pongo las manos por delante, resbalan hasta tropezar en la pared; si las apoyo verticalmente, son los pies los que resbalan y quedo panza abajo como nadando en el suelo. Después de unos segundos de duda, me arrastro hasta la taza del wáter (con mucha dificultad) y consigo levantarme a pulso. ¡Prueba superada con éxito!

Mientras me peleo por encontrar un atisbo de rozamiento, me acuerdo de Pablito. Pablito era un niño de poco más de dos años, que vivía en el piso de arriba. Pablito era un pequeño terremoto y lo normal era oír gritar a su madre llamándolo al orden. Según contaba ella misma, el niño no le temía a nada, excepción hecha de Míster Próper, antecedente de Don Limpio antes de que los anglosajones nos obligaran a usar el nombre en español. Entonces, lo normal era escuchar a nuestra vecina gritar:
-¡Pablito, Pablito, que viene Míster Próper!
Y Pablito salía espetado como alma que persigue el diablo.
Los padres de Pablito eran de pueblo. Como yo. No recuerdo de qué parte del país, pero no debían andar muy lejos de Extremadura o Salamanca... o Jabugo; lo digo porque, como yo, volvían de las vacaciones de verano cargados de derivados de la matanza: jamón, morcilla, longaniza y tajadas de lomo o costilla. Y, como yo, las conservaban en aceite. En las ciudades, las casas no están preparadas para almacenar los productos de la matanza y hay que ingeniárselas para encontrar un lugar adecuado para la orza de las tajadas. La madre de Pablito le hizo un hueco en el horno de la cocina; todavía no se estilaban las encimeras encastradas en el mobiliario, sino que la cocina andaba suelta entre los armarios bajeros, en uno de los cuales se instalaba la bombona de butano. En un descuido de mamá, Pablito entro en la cocina, abrió la puerta del horno y se subió en ella. Con el peso, la cocina cedió y cayó sobre Pablito con tan mala suerte que el niño se coló dentro del horno, que cayó sobre la puerta y el niño quedó atrapado dentro. La orza se dobló derramando tajadas y aceite (ya medio solidificado) por el suelo. Cuando la mamá acudió a los guarridos de su hijo, no más entrar en la cocina, resbaló y fue a dar con sus huesos en el suelo; en su desesperación por socorrer a Pablito, cada vez que intentaba levantarse se daba un nuevo costalazo. A base de serpentear sobre la pringue consiguió acercarse a la cocina derrumbada, pero todo esfuerzo por levantarla y sacar al niño fue inútil. Tengo entendido que no logró sacarlo hasta que, un buen rato después, llegó papá del trabajo.

Salgo del lavabo riendo. ¡Lo que da de sí una meada!