domingo, septiembre 04, 2016

Bullying

Los niños han sido siempre los reyes (o reinas) de la casa y, a medida que avanza la civilización, esta realeza va camino de deificarse. Creo que todo el mundo (o casi) estará de acuerdo en defender los derechos del niño, su educación, su integración paulatina y no traumática en la cadena productiva y hacerles la vida lo más cómoda que seamos capaces.
Los niños, muchos niños, pueden ser (muy) crueles y abusan de los más débiles. Es habitual ver en las escuelas cómo machacan al gordito, al que lleva gafas o al debilucho. Eso, que antes se llamaba acoso escolar (y antes aún, mala leche), ahora se denomina bullying y los padres vigilan que no lo sufran sus hijos por si hay que echarles una mano; la misma circunstancia preocupa poco a los padres de niños fuertotes y acosadores. Y está bien que así sea (lo de echarles una mano), aunque tal vez haríamos bien en intentar que nuestros hijos sean autosuficientes para sacudirse este acoso. Porque cuando sean mayores sufrirán mobbing y, quizás, en la residencia de ancianos que los acoja estarán sometidos a porcullying.
De hecho, los niños se defienden (o defendían) del acoso con las armas que la naturaleza ha puesto a su disposición. Así, los listillos se arriman a los perdonavidas, los estudiosos se hacen un hueco a base de conocimientos, y otros se agarran a su simpatía o adquieren fama de folloneros y traviesos para buscar su lugar en el grupo. Sin embargo, siempre habrá alguno que no tenga o no sepa usar sus cualidades en beneficio propio y será el burro de los palos o el objeto idóneo para la burla y befa de sus compañeros.
No hace mucho me pasaron un vídeo donde se veía al gordito de turno acosado por dos de sus compañeros; ante los intentos de agresión de los valientes el gordito se cubría la cara con las manos y retrocedía hasta dar contra una pared que le impedía continuar su huída. Coincidió que le tocaba el turno de agredir al más pequeño de los dos acosadores. Como el gordito no encontró salida, se le cruzaron los cables, agarró de un brazado al fanfarrón y lo estampó contra el suelo. ¡Oh, casualidad! En aquel momento pasaba por allí una maestra y el video acababa con la regañina que esta le pegaba al gordito. En todo caso, estoy seguro que, la próxima vez, los acosadores se lo pensarían dos veces antes de meterse con uno que era capaz de cabrearse hasta el punto de optar por defenderse.
No tiene nada que ver con el acoso, pero el video me recordó un suceso que me acaeció cuando yo tenía nueve o diez años. Entre los niños de una misma edad siempre hay alguno que desarrolla más musculatura que los demás; algo de eso le pasaba a uno de mis amigos, que se paseaba como si el pecho no le cupiese entre los brazos. No es que abusase de su fuerza sino que, consciente de ella, imponía su ley al resto del grupo que acatábamos su primacía sin rechistar. Hubo una ocasión en que discutimos y yo no fui capaz de dominar mi orgullo o chulería (vaya usted a saber) y llegamos a las manos; tal como nuestros respectivos físicos indicaban, mi compañero me calentó a base de bien. En adelante no hizo ningún nuevo intento de imponerme su voluntad a golpes, pero sí solía soltar una risilla sarcástica en mi presencia y el cachondeíto no me gustó, así que, cuando se me puso a tiro le solté un sopapo; ni que decir tiene que me volvió a calentar. Pero ya había dado el paso y no me iba a acobardar: la siguiente vez que logré acercarme a él le volví a atizar… y volvió a agarrarme del pescuezo y tirarme al suelo; cuando estaba a punto de romperme la nariz de un puñetazo, se lo pensó mejor: sonrió y dejó que me levantara. No puedo decir que hayamos sido grandes amigos pero, todavía hoy, nos alegramos de vernos.
No digo que los acosos deban resolverse a golpes; digo que tampoco haríamos mal en enseñar al acosado a que se defienda.

sábado, agosto 27, 2016

La báscula de baño

Odio el verano. Hubo un tiempo en que no era así: el verano era la estación de las vacaciones, la cerveza fresquita, los helados de chocolate, los días largos y luminosos, la playa, las mujeres ligeritas de ropa… Ya no es igual. Me da lo mismo un día laborable que otro festivo o de vacaciones, el médico me ha congelado la cerveza (en cantidad) y me ha prohibido los helados, la luminosidad me entorpece la visión y el sol me irrita la piel, la playa no es más que un montón de arena y niños jugando a la pelota y las mujeres… las mujeres, a estas alturas, me da igual que se bañen con burkini o con sinkini. Total que del verano no quedan más que los cuerpos sudorosos, y las moscas de día y los mosquitos de noche.

Para colmo el verano empieza en el mes de abril; es para esa época en que las mujeres (la propia) se dan cuenta de que tienen michelines:
- ¡Uy! No sé si me vendrá bien la faldita que me compré el año pasado. Se ve que me ha cambiado el metabolismo y toda la grasa se me pone aquí; tendré que hacer régimen.
¡Coño, lo que has de hacer es comer menos durante el invierno que, al fin y al cabo, nosotros no hibernamos!
En casa tenemos una báscula de baño de las que hablan y soporto bastante mal las conversaciones que Quiosquera se lleva con ella.
- Su peso es… sesenta… y… cuatro con ocho… kilograms.
- ¡Vaya, 100 gramos más!
- Muuuuuu –digo yo desde el otro lado de la casa-.
- Ríete de quien yo sé.

La báscula de Camp Davis es menos sofisticada y no habla pero, como todo aparato que se precie, lleva pilas. Como suele suceder de vez en cuando, este año nos recibió con las susodichas agotadas.
- Quiosquero, la báscula no va. Habrá que cambiarle la pila.
- Mira a ver cómo es.
- Plana… de reloj.
- CR 2032.
- Anda, ¿Cómo lo sabes?
- Porque he sido relojero antes que fraile.
Compramos la pila en el supermercado y se la coloqué al aparato. Quiosquera no pudo esperar más y fue corriendo a controlar el peso.
- ¡AHHH! ¿QUÉ LE HAS HECHO A ESTO?
- Nada.
- Dice que peso 136…
- Libras.
- ¿Quieres que me dé un infarto o qué?

La verdad es que cuando vi el interruptor que cambiaba entre kilos y libras no me pude resistir. Son estas cosillas las que ayudan a soportar el verano.

martes, agosto 16, 2016

El hábito, ¿hace al monje?

Los primeros cristianos, en su afán de imitar a Jesucristo, utilizaban a menudo una vestimenta sencilla que se componía de túnica, manto y capa. Prevalecía el color negro. A medida que se fueron creando grupos religiosos dedicados más al rezo y a la predicación (bien espiritual) que a hacer que sus correligionarios lograsen un mejor nivel de vida (bien material), tomaron el hábito de vestir hábito para ser reconocidos a simple vista. Los colores elegidos siguieron siendo negros y oscuros. En el siglo VI, la regla de San Benito estableció que el hábito debía constar de las siguientes partes:
- Túnica o hábito propiamente dicho, que era una vestidura de lana.
- Escapulario, que era una cobertura para los hombres y pendía por delante y por detrás de los mismos.
- Cíngulo o correa para sujetar la túnica a la cintura
- Cogulla, túnica de mangas anchas y capucha que se echaba sobre el resto del hábito en fechas señaladas.
El hábito continuó siendo negro hasta el siglo XII, época en la que los cistercienses adoptaron el color blanco para sus sacerdotes y coristas (coristas de coro, no ser malpensados). Y de ahí en adelante, cada concilio ha establecido su norma particular sobre cómo debían vestir los religiosos. Los pecadores también fueron obligados a vestir hábitos de penitencia con diferentes colgajos y colores según el pecado que se expiaba; como fueron establecidos por la regla de San Benito, han llegado hasta nosotros con el nombre de “sanbenito”. Y como los mortales siempre hemos buscado enchufes que solucionen nuestros problemas, también se hemos utilizado los hábitos para sobornar a Dios y que nos saque de apuros. Y ahí el que se lleva la palma es el Señor de los Milagros.
Fue la Madre Antonia del Espíritu Santo la que inició la devoción al Cristo. Antonia, presionada por su madre, se casó con un tal Quintanilla a la edad de 20 años, pero debido a su apego al Cristo se mantuvo casta y pura hasta que éste (el marido) la palmó. Entonces se dedicó en cuerpo y alma a propagar su devoción por el Señor, en base a los milagros que hacía. Sus penitentes vistieron hábitos de color morado, llevando las mujeres un cíngulo blanco con cinco nudos, y los hombres una cuerda o escapulario también blanco. El color morado deriva del color de la túnica en que envolvieron a Jesús de Nazaret después de la flagelación; los cinco nudos simbolizan las cinco llagas de su cuerpo; no tengo ni idea de qué significa el blanco. Y este es el formato que ha predominado entre la gente normal (de “a pie” se llama ahora) cuando de conseguir el favor de Dios se trata.
Después de que el virus de la polio vinieras a visitarme y me eligiese como residencia perpetua, tardé casi un año en volver a dar unos pasos. Mi madre quiso echar una mano a la ciencia y decidió que ambos vestiríamos hábito durante otro año. Eligió el hábito del Señor de los Milagros. Mi túnica se transformó en camisa morada y tanto su cíngulo como mi escapulario pasaron a ser dorados. No recuerdo que ninguno de ellos llevase nudos. Desde luego a mí me gustaba más el color dorado que se parecía más al uniforme de gala de la Guardia Civil o a los cordones de los marinos. Estos últimos años en los que he pasado largas temporadas con mi madre, una vez acababa el programa de Juan y Medio en Canal Sur, nos pegábamos nuestras buenas charlas. Mi madre echaba mano a sus recuerdos:
Y cuando llegué a la consulta de Don Antonio Galdón y abrí la puerta vi que se sonreía al ver que iba de hábito.
Mi madre era cateta, pero en absoluto tonta.
- ¡Ay, esto es mentira! –seguía diciendo-. Si este hombre, que tiene estudios, no cree en los milagros es que no hay milagros.

Aunque, por si acaso, cumplimos la manda y seguimos vistiendo hábito durante un año.

martes, agosto 09, 2016

Gallina muerta

El corral de la tita Aurelia era más grande que el nuestro, aunque tampoco daba como para celebrar allí el baile del Día de Navidad. Corral mixto, valía para todo, albergaba gallinas, conejos, un par de marranos cebones y una marrana de cría; no recuerdo que el tito Cristóbal usara caballería.
He de decir que el tito Paco y el tito Manolo llamaban “las chicas” a la tita y a la prima Amalia y no creo yo que fuera por su condición de mujeres, en cuyo caso hubieran dicho “las niñas”, “las pirracas” u otra expresión más o menos cariñosa. Si las llamaban “las chicas”, más bien debía ser porque la tita Aurelia era bajita y la prima Amalia no muy alta. La familia la completaba el primo Antonio, “el Caracoles”, chungón, chinchaor y metete, conmigo por lo menos. Nuestra familia, la de mi padre, salvo excepciones contadas, ha sido una familia de las que cada miembro va por libre pero todos responden ante una dificultad. La excepción más relevante era la tita Aurelia, que siempre estuvo dispuesta a arrimar el hombro, se necesitara o no. Fue siempre el alma de la familia.
No debía hacer mucho tiempo que habíamos hecho nosotros el corral cuando, una de las veces que vino a la noria a lavar la ropa sucia, le contó a mi madre los sucesos de la mañana.
-Esta noche tenemos para cenar puchero con gallina.
-¿Alguna gallina vieja que ya no pone? –preguntó mi madre-.
-¡Qué va, hija! Había amasado moyuelo para los marranos y le estaba echando maíz a las gallinas cuando se me fue un puñado de maíz y cayó en el comedero de la marrana. Una gallina se metió en el comedero en busca del maíz y la marrana le soltó un bocado, supongo que para espantarla, pero la enganchó del culo y se quedó con él en la boca. Lo curioso es que la gallina, sin culo y con las tripas arrastrando, todavía anduvo dos o tres metros antes de caer muerta.

Cuando volvió a pasar por casa, después de hacer la colada, me puso la tentación al alcance:
-Antoñico, ¿te vienes a comer gallina?
¡Faltara p’aceite! Tanto mi hermana como yo hubiéramos dado cualquier cosa para pasar una noche en casa de la tita, cuanto más si la perspectiva era cenar puchero con gallina…
No contaba con mi primo Antonio. Aquella noche durante la cena no paraba de arrimarme cachillos de carne mientras me decía:
-¡Toma, toma, primo come! Es gallina muerta.
Y comí. A esa edad yo estaba encanijado y comía menos que un colorín, pero gallina muerta no se come todos los días y me hinché. Para mi desgracia, aquella noche cogí un caguetazo que me iba por las patas abajo. Tuve toda la noche a mi prima Amalia de imaginaria en el corral. Lo malo es que con los años la historia se ha tergiversado y, aun hoy, todavía hay veces que mi prima me pregunta:
-¿Te acuerdas, Antonio, cuando te pusiste malo por comer gallina muerta?

sábado, agosto 06, 2016

Falacias políticas


DRAE:
FALACIA 1. f. Engaño, fraude o mentira con que se intenta dañar a alguien.

Aristóteles definió la falacia obviando la intención o no de hacer daño y se basó más en las premisas y conclusión de los argumentos utilizados, de tal modo que una proposición puede devenir en falacia aun cuando sus premisas y conclusión sean verdaderos. La falacia del argumento radica en la invalidez del propio argumento. Queda claro, ¿verdad?
Aristóteles ya detectó 13 tipos de falacia. Federico Arreola identifica 14 clases: falacia de composición, falacia de argumentum ad hominem, falacia del francotirador, falacia del argumentum ad ignorantiam, falacia plurimun interrogatorium, falacia de la verdad a medias, falacia del petitio principii… Y así hasta 14, la mayoría definidas a base de latinajos.
Hay una falacia muy usada en política que no identifican ni Aristóteles ni Arreola: la falacia de la mendacium redundant o mentira repetida. Se la oí nombrar a Cristina Alberdi: cuando la nombraron ministra de Asuntos Sociales como independiente, decidió afiliarse al partido que en ese momento formaba el gobierno y, como tal, empezó a asistir a las reuniones de la ejecutiva. En cierta ocasión se estudiaba un tema cuya consecución favorecía el voto al partido en la oposición. Al discutir la estrategia que se debería seguir para contrarrestar ese trasvase de votos, una de las mentes pensantes sugirió la táctica a emplear.
-Diremos que…
-Pero eso no es verdad –interrumpió Alberdi-.
-Es igual. De tanto repetirlo, al final la gente se lo cree.
Falacias mendacium redundant hay muchas en la política española. Algunos ejemplos:

  Falacia primera: El Senado español no sirve para nada. Creado por la ley de reforma política de 1976, fue ratificado por el referéndum de diciembre del mismo año y bendecido por la Constitución de 1978. Ya desde el principio, periodistas y políticos de segundo orden lo denunciaron por ineficaz y apostaron por su conversión en cámara territorial, algo que para algunos ya lo es. La idea que, a base de tanto repetir, se ha grabado a fuego en el entender de los españoles es que esta institución no aporta nada al común vivir de la gente.
Es una falacia como la copa de un pino.
Después de que al final del verano de 2015 se aprobasen los presupuestos generales de 2016, el Senado y el Congreso de los diputados han estado disueltos salvo en un periodo que va de enero a abril d 2016, periodo en el que ni siquiera han sido capaces de ponerse de acuerdo para formar gobierno. Es una falacia que el Senado no valga para nada: lo que no vale para nada es el Congreso de los diputados y, en definitiva, el poder legislativo español.
  Falacia segunda: Ciudadanos es la marca blanca del PP. Ciutadans estaba haciendo su papel en Cataluña como fuerza que hostigaba a los nacionalistas; de ahí su éxito reciente. Ideológicamente no los he oído definirse, pero todo el mundo coincide en que es un grupo de derecha moderado (?). Todas las quinielas que juegan a elegir presidente dan como seguro el enfrentamiento de los votos de la derecha (137+32=169, PP+C’s) contra los de la izquierda (85+71=156, PSOE+UP). Por lo visto hasta ahora las cosas no van así: C’s apoya un gobierno del PSOE en Andalucía y otro del PP en Madrid; ambos con condiciones previas más o menos o duras. Pero llegó a un acuerdo con Pedro Sánchez (izquierda) con relativa rapidez y no hay manera de que se ponga de acuerdo con Mariano Rajoy (derecha). Su vocación de bisagra chirría y podría de acabar pasándole factura como ya sucedió con el CDS de D. Adolfo Suárez y con UPyD de Rosa Díez.
  Falacia tercera: Mariano Rajoy es una máquina de fabricar independentistas. Creo que esta afirmación la comparte todo el mundo (menos Francisco Marhuenda), pero los números dicen lo contrario. En las elecciones autonómicas de 2010, CIU obtuvo 62 diputados, ERC 10 y SCI (Laporta) 4. Esto da 72 diputados al actual JxSí  y 76 al conjunto de independentistas declarados. Las elecciones de 2012 dieron el siguiente resultado: CIU 50 diputados, ERC 21 y CUP 3. Son 71 diputados para JxSí y 74 para los independentistas. Por último, las elecciones de 2015 nos dejaron 62 diputados para JxSí y 10 para CUP (72 diputados para el conjunto). En el tiempo en que Rajoy fabricaba independentistas JxSí perdió 10 diputados y el conjunto de independentistas perdió 4. O es mentira que Rajoy los fabrique o Artur Más tiene una maquinilla destructora más potente que el presidente del gobierno (español) y, a medida que Rajoy los fabrica, el honorable los pica para hamburguesas.
  Falacia cuarta: La negación de las falacias primera, segunda y tercera es también una falacia. Sin comentarios.

Me preocupa que se siga a firmando que esta vez tampoco se va a poder pergeñar un gobierno. De ser así y a tenor de la evolución de los resultados electorales, me temo que sólo será posible salir del atolladero cuando el PP consiga una nueva mayoría absoluta. Tengo crudo mi voto porque tendría difícil decantarme por una de las tres opciones que contemplo como posibles:
  Voto útil: Echar la papeleta del Partido Popular. No le veo futuro. Rajoy mintió en 2011-2012 y, por tanto, mi ética prohíbe otorgarle la confianza.
  Voto inútil: Quedarme en casa. Una abstención del 60%, e incluso menos, sería efectiva en un país de inteligencia media aceptable; en este país que se llama España no vale para nada: los políticos dirían que la gente no votó porque está cansada de elecciones y se quedarían tan panchos y, ¡tiene tela!, nosotros los creeríamos.
  Mi voto: Papeleta en blanco. Tampoco vale para nada, pero es lo que me pide el cuerpo: no hay ningún partido político actual que merezca que yo le dé mi confianza. Ellos dirán que voté en blanco porque soy tonto y no los he entendido o que sí los he entendido y toman nota, nota que olvidarán una vez obtengan lo que quieren (el poder o nuevas elecciones a ver si la alpargata canta). Sigo pensando que el voto en blanco debería de sumar escaños y que éstos quedaran vacíos durante la legislatura; tampoco valdría para nada pero nos ahorraríamos una pasta en sueldos, dietas y asignaciones. ¡Qué gozada sería ver el parlamento casi vacío sabiendo que nuestros diputados (los que hemos votado) sí estaban presentes.

Esto también es una falacia.

jueves, agosto 04, 2016

El corralillo


La casa de un agricultor indica claramente a qué se dedica su dueño, cuáles son sus medios de producción, cuál su modus comiendi (o masticandi) y, si me apuran, sus excedentes y sus previsiones de futuro. Dos son los recintos que definen el status económico del agricultor: la cámara y los corrales.
La cámara, de la que nos ocuparemos otro día, es el almacén de las morcillas, de las longanizas, la sala de salazón de los tocinos, de la zaranda del pescado, de los higos secos… Vamos, que huele que alimenta. También suele contener el maíz en grano, los excedentes de naranjas, sandías o melones… y cualquier otra cosa de uso alimentario susceptible de resistirse a la podredumbre. Algunas cámaras pueden albergar hasta un catre para el verano, sabido, como se sabe, que es la habitación más fresquita de la casa.
Pero, dejando al margen el asunto de la jalancia, lo que a mí me gusta de una casa de campo son las estancias de los animales: una buena cuadra para la caballería, un buen corral para el ganado aviario (sin olvidar los conejos), una buena zahúrda para los marranos y un redil para cabras y borregos; espacios propios de las casas aisladas y que han ido desapareciendo con la civilización. En este aspecto, la casa más completa que he conocido fue la mi tío Enrique Manzano. Aclaro que los hermanos de mis padres son mis “titos” y que los titos de mis padres con mis “tíos”. Por tanto, mi tío Enrique era hermano de mi abuela materna. Y como éramos vecinos, yo repartía mi tiempo entre su casa y la casa de mis abuelos (paternos). Mi tío se dedicaba a labores del campo en general: era agricultor de hortalizas y destripaterrones de secano; lo mismo freía un botón que zurcía un huevo, es decir, llevaba entre manos la huerta, el cultivo del trigo, la cebada y los garbanzos, cuidaba la viña y era experto en higos de calabacilla y brevas blancas y negras; además cuidaba de, al menos, una pareja de mulos. Mi tía Dolores se encargaba de todo lo demás: un corral con tropecientas gallinas, patos, pavos (a mí me suenan un par de ocas) y conejos, una piara de marranos cebones, una marrana de cría con sus siete u ocho mamoncetes, unas cuantas cabras y algún borrego; y encima le sobraba tiempo para hacer la comida, remendar camisas, barrer la casa y enseñar a las niñas a hacer encaje de bolillos.
Para tanto ganado se necesitaban departamentos adecuados y mis tíos disponían de ellos. Vista la casa de frente, a la izquierda se abría el portón de la cuadra, que, además, albergaba el ganado caprino y ovino; entre la cuadra y la puerta de entrada a la casa, en alto, estaba el pajar. Pasado un almacenillo de entrada y antes de llegar a las estancias interiores, a la izquierda, el lagar para pisar las uvas; daba directamente a una cuba, en la bodega, que estaba a la altura de la cuadra (más o menos). En la parte de atrás y dando a la vega, el corral y la zahúrda; el ganado volátil solía andar libremente por toda la zona trasera. La parte habitable era mucho más modesta, excepción hecha de la cámara, que pillada casi todo el piso alto. Una delicia.

La casa de mis abuelos era más humilde. La cuadra era también zahúrda, bien entendido que a mi abuelo jamás le conocí caballería; y el corral se componía de un par de docenas de gallinas. Es curioso que en la cocina de mi casa había una puertecilla que daba directamente al corral de mi abuela; facilidad para aprovisionarse de huevos, supongo. Porque en mi casa no había corral… ni cuadra ni zahúrda ni nada. Y mi madre debía de aburrirse por falta de trabajo ya que continuamente insistía a mi padre en la necesidad de habilitarse un corral. De hecho, con tela metálica y unas estacas construyó un gallinero, aprovechando un murete que separaba la zona de viviendas y la zona agrícola. Lo que pasa es que una mala zorra se enteró y nos hizo dos visitas sucesivas: dos gallinas que se llevó para comerse y otras cuantas que mató por puro placer. Total, que ni padre no pudo resistirse y encargó la construcción de un corralillo muy cerca del lugar en que se encontraba el gallinero. Creo que le salió más pequeño de lo que pensaba pero cabían los dos marranos cebones, una docena de gallinas y el Verdugo (el burro que compró mi padre) aparcado en batería. Incluso, a fuer de convertir el corral en un piso patera, hubo una época en que mi madre echó una marrana de cría.

Para construir el corralillo mi padre contrató a Ricardo Berenguer y, de esto no estoy seguro, a su hermano Andrés (Andresillo el Bizco para los amigos). Yo debería andar por el final de los tres años o por el principio de los cuatro y solía acercarme a ellos cuando se tomaban un respiro para echar un cigarro. Mi padre, como todos los padres, presumía de niño espabilao y mostró a los albañiles que yo ya sabía leer; en mala hora. Ricardo tomó la palabra e hizo una exposición de lo que me esperaba cuando fuese a la escuela.
- Don Arfonzo –decía- eh mu güen maehtro pero mu duro. Zi no te zabíah la lerzión, te ponía de roíllah hunto a la pizarra, con los brazoh en cruh y un libro en ca mano y como te ze caiera el libro te daba un pah de cuhcurrunazoh.
- Ar Hozeíco de Zenzión –intervenía Andrés- lo puzo una veh de roíllah con un garbanzo debaho ca roílla.
- Hombre, eh quel Hozeíco era máh malo qu’er zénico. M’acuerdo qu’íbamoh toh pelaoh a rape pa que no noh pudiera trincah de loh peloh, pero era iguah: noh hazía la carrerilla la liendre. Tal qu’azín.
Y me ponía una mano en la cabeza apoyando el dedo gordo en una de las patillas. Lo apretaba a la vez que lo arrastraba patilla arriba y ¡coño, como escocía la liendre cuando pasaba! 
- A mirmano Andréh lo trincó un día de l’oreha y lo zuhpendió p’arriba. Fíhate, tavía tiene el lóbulo dehpegao.
Yo tenía ilusión por empezar a ir a la escuela ya que eso significaba que te estabas haciendo mayor, pero se me quitó de golpe. Cuando escuché los relatos de Ricardo, me entró un hormigueíllo en el estómago que me duró bastantes días y se me pasaron las ganas de aprender.
Casi que se me había olvidado la preocupación cuando, al final del verano de 1954, unos meses después de construir el corralillo, se murió Don Alfonso Zamora. El día del entierro la Placeta estaba a reventar de gentes venidas de todos los contornos, mi madre me tenía en brazos junto al poste de la luz que hay o había frente a la casa de los Zamora y yo estaba contento. No recuerdo ni el ataúd, ni la familia, ni la gente que allí había. Sólo recuerdo mis pensamientos:
Éste ya no me tira a mí de las orejas.

jueves, julio 28, 2016

Don Andrés

Definitivamente sufro de síndrome bucólico. Acabo de regresar de la huerta  donde he estado encañando tomates, cortando las hojas marchitas y podando los tallos bordes. Si hay algo de una tomatera que me guste más que el sabor de su fruto, es el olor que te deja en las manos después de manipularla; si hay algo que me moleste de las tomateras, es que las manos se te queden “empercudías”; por eso, lo primero que hago después de acabar la tarea agrícola es lavármelas. Y cuando me las veo negras me acuerdo de D. Andrés.
Don Andrés fue un muy buen amigo de mi padre y con el que tuve una magnífica relación. Acababa de cumplir 14 años cuando me fichó para que, durante el verano, diera clases a su hija para ir adelantando el próximo curso. No debió irle mal a mi alumna ya que siempre aprobó en junio. Recuerdo con nostalgia cuando, después de la clase, D. Andrés me invitaba a echar un cigarrillo: celtas largos, a la sazón.
Hay dos versiones de por qué Don Andrés tenía “don”; ambas, creo, se las oí contar mi tío Paco, que era el erxperto en chafarderías vecinales.

En una primera versión, Don Andrés adquirió el “don” en la boda del hijo de José Linares (el del motor), que se casó en Sorvilán. Dicen que allí se presentó como maestro nacional con plaza en propiedad en la escuela de El Pozuelo. Eso explica que se le añadiera la apostilla de “maestro de Sorvilán”.
 La segunda versión tiene mayor enjundia. De vacaciones en Lanjarón en donde tomaba las aguas medicinales, Don Andrés trabó amistad con un súbdito de la República Francesa, el cual presumía de altas cualificaciones académicas. Nuestro amigo no quiso ser menos y se presentó a  sí mismo como maestro de El Pozuelo. Gabriel Galdeano, su suegro, hombre socarrón donde los hubiera, remató la faena:
-Y a la vez alcalde pedáneo de dicho pueblo –dicen que dijo-.
Don Andrés ofreció su  casa al gabacho por si alguna vez pasaba por el pueblo. Durante mucho tiempo del francés nada se supo, ni siquiera en Lanjarón, donde Andrés seguía tomando las aguas. Años después, un día de primavera, se paró un coche junto al bar de Caneco; descendió un individuo con un fuerte acento extranjero:
-Busco a Don Andrés Canillas.
-¿Andréh Canillah…? Poh Mir’uhté… no me zuena que en ehte pueblo nadie tenga tar nombre. Ahí mah alante vive Migueh Canilyah pero Andréh…
-Sí, sí. Don Andrés Canillas, maestro y alcalde del pueblo.
-Fíheze… Ar finah de la calle viv’er maehtro, que ze yama don Bartazah, y en la otra punta viv’er arcarde, qu’eh Huan er Merguizo.
-Hombre –dijo otro-, como no zea Andrezico er de Huan Lopeh…
-Llévenme, por favor –insistió el gabacho.
-Ehtá ahí mihmitico, tirando pa la caza de Calele, la primera a la derecha.
Tomaron la primera a la derecha. Para entonces, Andresico el de Juan López aún no había ampliado la casa y una enorme morera crecía en su puerta. En el tronco de la morera estaba atada la burra y Andrés salía de su casa con las manos (hasta el codo) más negras que el alma de un condenado por el verdín de los tomates.

La leyenda acaba aquí. Es de suponer que fueran a tomarse una cerveza anca Caneco y que Andrés contase a su amigo que en época de vacaciones se dedicaba a la agricultura que, en el fondo, era su pasatiempo secreto. En todo caso, Don Andrés conservó el “don” hasta el fin de sus días y, aún hoy, sus paisanos no le hemos apeado el tratamiento.

Con todo el cariño, por supuesto.