jueves, abril 20, 2017

Salí de Jamaica

Jamaica tiene dos puertos practicables para cruceros: Montego Bay y Ocho Ríos. Lo que a nosotros nos interesaba conocer está en Ocho Ríos y sus alrededores, por tanto, desembarcamos en Montego. El viaje hasta Ocho Ríos ocupa 2 horas para cada sentido del trayecto; en autocar local, por supuesto. Para amenizar el trayecto nos colocaron una guía cubana:
- Yo soy cubana, pero llevo 15 años en Jamaica. En ese tiempo he estudiado y aprendido la historia y costumbres del país; y no sólo del país: conozco la historia del Caribe.
 No empezaba mal la cosa porque, a veces, los guías ni tienen puñetera idea de lo que están contando.
-¿A que no saben ustedes –prosiguió- que Colón no era español?
-Era italiano –se oyó la voz del sabihondillo de turno.
-Vaya, pues fíjese que en su tumba dice que es español.
No dijo en cuál de ellas, lo que agradecí puesto que podía habernos dado una conferencia magistral sobre el periplo de los restos del Almirante.
-¿Saben por qué se habla inglés en esta isla? –continuó su exposición cultural-. Pues porque los ingleses la conquistaron y la dominaron durante un corto espacio de tiempo. ¿Y saben por qué se conduce por la izquierda? Pues porque los primeros coches que llegaron a la isla eran japoneses.
¡Claro! Y yo tengo dos brazos porque las camisas vienen de fábrica con dos mangas.

O la chica llevaba el rollo aprendido o algo vio que la hizo cambiar de táctica.
-Bien, veo que en el autocar no van niños y se puede hablar con libertad. Usted, señora –se dirigió a una de las primeras filas y que yo había observado que llevaba una camiseta con un lema que decía algo así como “no dejes para mañana lo que te puedas beber hoy”-, ¿es casada?
-¿Yoooó? No hija. Yo estoy en el mejor estado en que puede encontrarse una mujer: ¡viuda!
-¿Y ese señor?
 -Este señor no es familia mía, es mi querido.
Me pareció que el cielo se estremecía y que, allá arriba, una lucecilla temblaba más deprisa de lo que indicaban sus hercios.
-Es que las mujeres españolas, cuando vienen aquí y conocen a un jamaiquino, no quieren irse. Una vez me vino llorando un señor y me pidió que fuese a rescatar a su esposa que se había quedado en la playa. La busqué y vi que estaba liada con un autóctono; le expliqué que su marido la buscada desolado y me mostró el “aparato” del jamaiquino. “Cómo quiere usted que me vaya con esto”, me dijo. La verdad es que los jamaiquinos tienen todos una buena “lancha”. Y ya saben ustedes que la cosa de los hombres tiene la misma longitud que la planta de su pie.

Me quedé un poco estupefacto. A mí la naturaleza me ha engañado: calzo un 42, pero el colgajillo no se le acerca ni de lejos.

miércoles, marzo 29, 2017

Nonagesimo secundo anno


En abril de 2015 escribí “La tita Flora cumple 90 años” y lo cierto es que no tengo nada más que añadir a lo que entonces dije, y no es porque estuviera dicho todo; es porque el diccionario no tiene suficientes adjetivos para describirla. La tita Flora es, por edad y merecimientos, la decana y la matriarca de nuestra familia.
Hace dos años no pude asistir a su fiesta de cumpleaños y esta vez me he resarcido. Hacía mucho tiempo que no había visto tantos Linares juntos en un acto de celebración; de hecho, me encontré con varios sobrinos (de primos hermanos) que no conocía o que no los había visto desde chiquitillos.
Pude comprobar que, quienes fuimos niños traviesos, ahora somos viejos traviesos. La edad ni nos ha hecho madurar ni nos ha hecho perder la alegría, y los que fueron niños serios siguen siendo serios, pero han aprendido a divertirse.
Como vino a decir Luís, la simiente germina, las plantas crecen vigorosas y, las que han florecido, han dado una buena cosecha. Todo hace pensar que la semilla sembrada y la labor de mantenimiento ha sido buena. La estirpe progresa adecuadamente.


Haremos lo posible por estar en el nonagésimo tercero.
Tita Flora no hay más que una.

viernes, marzo 24, 2017

El aparatillo de la oreja


Mi abuelo José estaba más sordo que una tapia; aunque se le hablase a grito pelado, el pobre no se enteraba. A la única que entendía era a mi abuela Trinidad, que le hablaba en voz alta y clara y vocalizando mucho las palabras. Con el tiempo, mi tío Domingo le colgó un aparatillo de la oreja, pero ni por esas: mi abuelo seguía sin poder mantener una conversación fluida. El aparato no tenía nada que ver con los modernos audífonos, que te los cuelgas detrás de la oreja y ni se notan. El de mi abuelo era como una radio de transistores pequeñita con un cable trenzado, que acababa en un auricular tan poco ergonómico que mantenerlo en el oído era faena de maestros. Una de las imágenes de mi abuelo que tengo grabada con más claridad es cuando golpeaba repetidamente la radio, ponía cara de enfado y gritaba:
- ¡Trinidad, dime lo que dice Gabriel Galdeano que este trasto se ha vuelto a escacharrar!
Esa imagen la parodiaba a menudo cuando en mi época de estudiante salíamos de cachondeo por Granada; cogía una radio muy pequeña, que me metía en el bolsillo de la camisa, y el auricular correspondiente, que me enganchaba en la oreja y nos íbamos a la calle. En la cafetería, en el cine, en el autobús…, en medio de la conversación con los amigos, estiraba el pescuezo mientras daba golpecitos sobre la mini radio intentando que el aparatillo amplificara el sonido que aparentemente no me llegaba con claridad. La gente se me quedaba mirando con una cara que parecía decir: ¡Pobrecillo, tan joven y ya tan perjudicado!
Como se dice en mi pueblo, el Señor me castigó y me mandó un reventón de tímpano que me tuvo casi un año con un algodoncillo en la oreja. Incluso llegué a operarme. Miringoplastia se llamaba la intervención, que consistió en arrancarme un pellejito del lóbulo de la oreja y pegármelo en el lugar del tímpano. ¡Que si quieres arroz! El injerto no tuvo éxito y si antes tenía un bujero que me ocupaba medio tímpano, en adelante el bujero me ocupó el tímpano al completo.
El oír poco y no saber desde dónde me llegaba la voz era lo de menos. Lo de más era que si me entraba agua en el oído me podía pasar un par de semanas supurando y con un dolor tan terrible como el de muelas. Mi amigo, el Dr. Ortiz, me recetó una fórmula magistral a base de “ácido bórico disuelto en alcohol de 80º hasta saturación” (es lo que decía la receta). Tal mejunje hacía su función y me iba resecando el oído hasta acabar con la supuración; claro que llegaba el momento en que el conducto auditivo se despejaba lo suficiente para que el alcohol traspasara el tímpano y llegara al órgano de Corti. ¡Cómo sonaba la música entonces! A lo largo de mi vida he padecido migrañas, dolor de muelas, dolor de riñón, escalabrauras y otras lindezas traumáticas y aseguro que nada es comparable a un dolor de oídos producido por unas gotas de ácido bórico disuelto a saturación en alcohol de 80º. Se acabó bucear en las aguas del mar, nadar para mantenerse en forma, lavarse la cabeza en la peluquería… se acabó hasta lavarse las orejas bien lavadas.
Con el tiempo fui perdiendo oído, o mejor variando mi manera de oír. Dejé de percibir las palabras y cambiar su sonido por el ruido que hace una caracola cuando te la acercas a la oreja. El Dr. Ortiz me dijo que no me podía poner un sonotone porque la supuración lo podriría. Total que, como ya conocía la receta del ácido bórico, dejé de ir al otorrinolaringólogo (¡coño, me ha salido al tirón!).
Hace un par de años, estando en Aguadulce,  noté que tampoco oía con el oído bueno y me fui a ver un médico en el edificio Torres Bermejas. Me sacó dos tampocillos de cada una de las orejas, me metió un aparatillo televisivo en el oído malo y llamó a Quiosquera:
- Fíjese, señora. ¿Ve algo?
- Una cosa negra al final.
- Exactamente, eso es el tímpano. No hay perforación; por extrañas circunstancias el tímpano se ha regenerado. No hay problema en que se ponga un audífono y mejore la audición.
No me lo creí; el Dr. Ortiz me había dicho que el tímpano es el único pellejo que no crece por generación espontánea, así que me fui a ver a mi amigo (amigo de dalr para ser exacto) Iván Domènech, el cual me confirmó el diagnóstico del galeno almeriense. La cuestión es que ahora llevo un aparatillo como mi abuelo José. Oír no es que oiga mejor  (se me amontonan las palabras), pero oigo más fuerte. Y como el cacharro es moderno no necesito darle golpes al trasto que mi abuelo llevaba en el bolsillo de la camisa. De todos modos el médico no ha sido capaz de explicarme cómo se ha producido la regeneración; me queda la duda si no habrá tenido que ver el haberme pasado 35 años sin lavarme las orejas a fondo.
- Ahora no tienes excusa para no lavarte las orejas –me dice Quiosquera-. Así que una buena mano de jabón y restriégate bien.
Y una mierda. ¡A ver si con lo que me ha costado fabricar un tímpano, ahora lo voy a disolver echándole agua!


martes, marzo 14, 2017

El Pacurrel

Este año hemos pasado la Navidad en una masía. Una masía es algo así como un cortijo alpujarreño pero con un acento distinto; quiero decir que los “masuvers” disponen de una extensión de terreno donde cultivar sus productos, criar sus animales y plantar su casa (rústica) en medio, igual que los cortijeros de La Alpujarra, con la diferencia que, tradicionalmente, los cortijeros son propietarios y los “masuvers” no. De palurdos, andan (andamos) a la par.
La masía que hemos alquilado estaba donde Perico perdió el gorro, fuera de los caminos que detectan los satélites del “Tostón” pero con una espléndida vista sobre el lago de Bañolas y el Pla de l’Estany. Una de las mañanas que pasamos en la montaña amaneció con un frío que cortaba las ideas. Después de desayunar vi que Iraia, mi sobrina-nieta, se miraba las manos y parecía que se las restregaba. Me acerqué e intenté cogérselas pensando que las tenía heladas.
- Espera, espera –me dijo-. Tengo moco.
- ¿Cómo que tienes moco?
Me mostró los dedos índice y pulgar con los que amasaba una pelotilla.
- ¿De dónde has sacado eso?
- De aquí –dijo, metiéndose el dedo en la nariz hasta la segunda falange-. Me gusta jugar con el moco.
Pues claro. ¿Quién no tiene una anécdota infantil relacionada con un mocarro? De pequeño no recuerdo que yo fuera muy aficionado al pañuelo. Lo mío era la manga de la blusa, que relucía igual que el camino por donde han pasado varios caracoles. Mi madre me advertía:
- Un día te voy a restregar la manga con pimiento picante a ver si se te quita esa costumbre tan fea.
No le hice caso hasta que una buena mañana se me puso el hocico como el sieso de una vaca: mi madre había cumplido su amenaza. Hoy le hubieran quitado mi custodia por crueldad infantil pero en su favor he de reconocer que la medida surtió efecto y desde entonces mis mangas sólo se enguarran con tóxicos externos.

El que sabía de mocarreras era el Pacurrel. He escrito el nombre con “l” final porque lo encuentro más fino; nosotros le decíamos Pacurreh aunque también nos referíamos a él como Pacurrete y, dado que su familia era propensa a pasar temporadas en Cataluña, nada tiene de extrañar que su verdadero mote fuese Pacurret. Con él me pasó como a Zapatero con Bush: nuestra relación fue corta pero intensa, y fue corta porque su familia emigró a la provincia de Almería. El Pacurreh era un fenómeno que no crecía porque utilizaba todo su potencial en picardías. La mayoría de los niños de su edad lo hacíamos reo de todas las trapalias; incluso decíamos que no estaba bautizado y que, por tanto, era moro. La verdad es que se ganaba a pulso la fama que tenía.
Angustias era la mujer de Frasquito el Barbero. En la época a que me estoy refiriendo no estaban de moda las melenas, eso vino después, pero la barbería no daba para tirar cohetes y Angustias ayudaba al mantenimiento del hogar cosiendo; bien se alquilaba por horas para coser a domicilio, bien actuaba de modista con todas las de la ley. Y, por supuesto, el vestido que estrenaba el día de la Virgen, que es la fiesta de La Rábita, se lo confeccionaba ella misma.
Aquel año se llevaban las faldas plisadas (o acampanadas, yo que sé) y Angustias bajaba por la calle de los Carros con su falda recién planchá; al entrar en la Explanada se encontró con todo el gentío que esperaba a subirse en “las cunicas” o comerse los últimos soplillos antes de incorporarse a la procesión. De entre la muchedumbre apareció el Pacurreh disparado como un cohete, con tan mala suerte que se topó contra Angustias y a punto estuvo de hacerle perder el equilibrio; a pesar del topetazo fue a interesarse por si el chaval se había lastimado.
- Bonico, ¿te has hecho daño?
- ¡Qué va! Si lo que yo quería era limpìarme los mocos en tu falda.
Y con las mismas echó a correr mientras Angustias intentaba recomponer la figura.

jueves, diciembre 22, 2016

Eclipse Plus


Conocí a Quiosquera en 1969 y nos hicimos novios en 1970; por entonces, yo tenía 20 años. Recuerdo una ocasión en que estábamos sentados bajo los eucaliptos que jalonaban la carretera que lleva a La Rábita, elucubrando sobre el futuro y las dificultades de movilidad que éste me podría traer:
- Es que pudiera ser que a los cuarenta tenga que ir en silla de ruedas –le dije-.
No era para preocuparse puesto que ese futuro quedaba muy lejos (pensábamos entonces). Pero pasaron los cuarenta, y los cincuenta, y los sesenta… y seguía dándole a la pata por esos mundos de Dios. He de reconocer que cada vez con más ayudas: una tobillera por aquí, una rodillera por allá, un bastón para distancias largas, dos bastones para cualquier distancia, una faja para el lumbago… Hasta ahora. Después de acabar asfixiado pateando los barrios viejos de Varsovia, Poznan, Wroclaw y Cracovia, decidí que había llegado el momento de agenciarme ayuda mecánica si no quería reducir drásticamente mis salidas culturales. Había que conseguir un vehículo capaz de transportarme con una cierta comodidad y que fuera susceptible de ser transportado a su vez con relativa facilidad. De entre los modelos posibles había uno totalmente plegable, que quedaba como un carrillo de la compra camino del supermercado, que atrajo de inmediato mi atención; me lo desaconsejaron en la ortopedia: cogía holgura a las primeras de cambio y era arriesgado circular con él por determinados caminos. Vamos, que no era el todoterreno que necesitaba. Acabamos adquiriendo el Eclipse Plus, un modelo más estable, con mayor autonomía y mucho más barato. Estoy haciéndole el rodaje.
Me llama poderosamente la atención el cuadro de mandos: indicador de batería, botón para las luces, botón para el pito, llave de contacto y las dos palanquitas de marcha adelante, marcha atrás que asemejan las palancas de limpiaparabrisas e intermitentes de los coches normales… y actuales.

Mi primer contacto directo con un coche, esto es, un coche al que yo pudiera subirme y trastearlo sin que nadie me diese un tirón de orejas, fue el del tito Manolo.
Era una media tarde luminosa. Mi hermana y yo jugábamos en la puerta de la casa, junto al agriaz, cuando apareció por la curva un deportivo descapotable, a mi juicio, al cuatro pies cerrado, que pasó delante nuestro como una exhalación. Por encima del parabrisas asomaba la cabeza del tito Manolo, un poco doblada sobre el hombro derecho. Mi tío padeció siempre de problemas en la raspa y, en aquella ocasión, la tortícolis le hacía llevar la cabeza al lado.
Debió dar la vuelta un poco más arriba porque al instante aparcaba junto a la puerta del molino.
- ¿Tito, es tuyo el coche? –preguntamos mi hermana y yo-.
- Sí, me lo voy a comprar.
Nos subimos de un salto. Era tanta la ilusión que nos hizo, que ni siquiera nos dimos cuenta de que el coche no tenía puertas. Ni puertas ni casi de nada. El cuadro de mandos era parecido al de mi Eclipse; según nos fue enseñando después el tito Manolo, tenía un interruptor para el “contacto”, otro para las luces, un botón para la puesta en marcha, el pito y la palanca de cambio. Creo que había un cuentakilómetros, pero no estoy seguro. Y ya está; la intermitencia se hacía con el brazo, la marcha atrás funcionaba bajándose el conductor del coche y empujando en la dirección contraria a la de marcha del vehículo, y el botón de arranque funcionaba hasta una semana después de cargar la batería: en adelante había que buscar un alma caritativa que te diese una “rachilla”.
En el capó lucían las letras de la marca: BISCUTER Voisin.  
¡Lo que llegué a disfrutar aquel coche!
En una ocasión veníamos cruzando el puente de La Rábita (seguramente habíamos ido a ver a la novia), cuando nos cruzamos con otro Biscúter; el conductor empezó a hacer señas y mi tío interpretó que quería que lo esperásemos.
- Habrá ido a echar gasolina.
Nos paramos en la cuneta, un poco más abajo del puente, llegando al empalme de Albuñol y, en efecto, unos minutos después pasó cagando leches y haciéndonos gestos con la mano. El tito arrancó y nos lanzamos tras él. Pasamos el callejón, los cañaverales y los bloques y no lográbamos acercarnos. Al cruzar El Pozuelo mi tío asomó la puntilla de la lengua entre los dientes y dio dos o tres empujones sobre el volante. Algo no marchaba bien. Por fin, llegando a la casa de mi tío Enrique Manzano, lo pasamos; por a la Barranquera lo llevábamos pegado al culo y en el Cortijo de las Chumbas nos adelantó y nos dijo adiós con el pañuelo. Dimos la vuelta a la altura del cortijo de Enrique Vargas; como la carretera no era lo suficiente ancha para dar la vuelta al tirón, el tito Manolo tuvo que bajarse, coger el coche por la parte trasera y acabar de girar el coche a mano.
- ¡¡¡Maldecía sea!!! –resopló-.
- ¿Qué pasa tito?
- Que íbamos con el freno de mano puesto.
Levantó la vista. El otro Biscúter desaparecía por la curva de la Torre de Huarea. El tito dudó un instante, arrancó y nos fuimos a casa.

sábado, diciembre 17, 2016

Emisora Parroquial de La Rábita


Una de las primeras radios que se escuchó en El Pozuelo la trajo mi padre; era una PHILIPS de 28 pulgadas por lo menos y tuvimos que comprar una “mesa auxiliar” para ponerla. Por entonces todavía no había empezado la masificación de la publicidad y el eslogan “PHILIPS, MEJORES NO HAY” no estaba difundido… o yo no lo conocía. Lo que sí me llamó la atención fue el tío, vestido a lo Fermín o Bautista, pintado en la caja, que indicaba: “NO ME MALTRATE, PÓNGAME SIEMPRE DE PIE”. Eso lo cumplimos: la caja estuvo años encima de una estantería y a mí me valió para hacer puntería cuando me fabricaba un arco y unas flechas (de caña) con la punta bien afilada. Recuerdo que uno de los ojos del fulano llegó a lucir una pupila perfecta.
Había un problema: en el pueblo no había electricidad de forma permanente. Al caer la tarde, Eduardo el electricista venía con su bicicleta desde La Rábita a “echar la luz” y con las primeras luces del alba venía a quitarla. El transformador estaba en la cabezada de la haza de mi tío Paco, junto a la Punta del Encajero e, incluso, hubo una época en que se instaló un teléfono en casa de mis abuelos desde donde Eduardo se comunicaba con los técnicos de la compañía de D. Antonio Cueto, que era el dueño de la luz. Pero estábamos donde Perico perdió el gorro, allá donde se acaba Granada y empieza la provincia de Almería, y los vatios llegaban contados: cuando nos sentábamos a oír el “arradio”, mi madre tenía que encender el candil para coser o quitarle las piedras a las lentejas (me río solo; estoy seguro que quienes nacieron de los sesenta en adelante no saben que se han caído más dientes por darle un bocado a una piedra mientras se comían un potaje de lentejas que por problemas de caries). Para escuchar la radio se necesitaba un elevador; la radio se enchufaba al elevador y el elevador a la corriente; el elevador tenía un relojillo con una sola aguja y un chorro de agujeritos por debajo; le salía un cable con otro enchufillo de un solo pirulo y, dependiendo del agujero en que lo metieras, la aguja giraba más o menos en sentido de las agujas del reloj. Mi padre nos indicó que la aguja debía marcar 125 para que la radio funcionara bien y, sobre todo, que no pasáramos esa cifra so pena de que la radio se quemara, cosa que yo no acababa de entender dado que no le veía la torcida por parte alguna.
Por lo general, lo que escuchábamos era el parte, las disertaciones agrícolas de D. José y Juanón (¡cómo le metía caña al gobierno!), Matilde, Perico y Periquín y los programas de discos dedicados, sobre todo, Radio Andorra. La verdad es que, además de Radio Antorra, sólo se oía Radio Nacional de España, Radio Madrid y las emisoras de los moros, que llegaban con una claridad meridiana; mi madre decía que sus emisoras eran muy potentes. Había muchas cosas que yo no entendía, pero lo que más vueltas me daba en la cabeza era cómo se las arreglaba Antonio Molina o Pepe Pinto para cantar la misma noche en Andorra la Vieja y en Madrid. No se me ocurrió preguntar hasta que empezaron a proliferar las emisoras de radio e instalaron una en Adra, otra en Albuñol y otra en La Rábita. La de La Rábita fue obra del D. José, el cura párroco; de ahí que se denominase Emisora Parroquial. Y ahí fue donde me llevó el tito Manolo a recitar una poesía que él mismo me había enseñado (otro día hablaremos de ella) y aprendí que los artistas no tenían que ir a la emisora sino que las canciones estaban grabadas en discos (por eso se hablaba de discos dedicados) que se podían reproducir cada vez que se quisiera. Aquello fue causa de otras preguntas existenciales, pero eso ya es otra historia.
Para Navidad, D. José convocó un concurso para los niños de la escuela de La Rábita, El Pozuelo y Huarea; se trataba de hacer una redacción sobre los Reyes Magos. Mi hermana participó y, después de preparar su trabajo, pensó que yo también podía intentarlo; por entonces de los Reyes Magos yo sabía poco, de hecho, sólo sabía que era el día en que te traían el libro, la libreta o el lápiz que te hacía falta para la escuela, y un par de mantecados o magdalenas igualitas, igualitas a las que había hecho mamá. A algunos niños (los que vivían más al centro del pueblo) también les traían un juguete. Mi hermana me contó la historia de los Reyes y también participé en el concurso; lo cierto es que no recuerdo bien cómo fue la historia, pero no me extrañaría que hubiera sido ella misma quien redactara mi parte.

Ganó el concurso. Vamos, ganó el primer premio, que consistía en un misal. Yo tuve que conformarme con ocupar la segunda posición y recibí un coche de lata (marca Rico) de aquellos que llevaban al conductor recortado en la ventanilla. Fue uno de los pocos juguetes-juguetes que tuve en mi vida.

martes, diciembre 13, 2016

Los Reyes Magos

Después de muchos años ayer volví a pasear entre los puestos de belenes de la Feria de Santa LLúcia (Feria de Santa Lucía). Cuando Dalr era niño, era visita obligada, ya que siempre falta una zambomba, una pandereta o algún pastorcillo con el que rematar el pesebre que montábamos en casa. Recuerdo un año que compré la zambomba más gorda del mercado y, en llegando a la Vía Layetana, me crucé con un paisano que, medio en broma, medio en serio, me espetó:
- ¡Nen, ashó es de mursiá!
 A lo que iba. Había tropecientas casetas con Papás Noëles, Santas Claus, renos, casitas con el tejado nevado, caganets, cortezas de alcornoque, abetos y múltiples figuras típicas de la Navidad. Apenas un par de chiringuitos (es un decir) vendían piezas para nuestro Portal de Belén, sus pastorcillos y los Reyes Magos. Me dio pena. No que se celebren fiestas de otras latitudes, sino que, poco a poco, vayamos negando las nuestras, y lo hagamos porque queremos una ¿Navidad laica?

Reyes Magos
En el evangelio de Mateo, unos “magos” (hombres sabios) de Oriente supieron del nacimiento de Jesús y, guiados por una estrella, emprendieron el camino de Belén. Llegados a Jerusalén, se entrevistaron con Herodes el Grande y lo pusieron en conocimiento de que había nacido el futuro rey de los judíos. Herodes, zorro viejo apegado a su poltrona, les pidió que a su vuelta lo informaran del lugar exacto donde se había producido el evento, ya que él también quería presentar sus respetos a tan egregia persona.

Los magos siguieron tras la estrella hasta encontrar a Jesús, que había nacido en un establo, y le ofrecieron oro (como rey), incienso (como Dios) y mirra (como hombre). Avisados por un ángel, tomaron distinto camino de regreso y no pasaron por Jerusalén. Mientras tanto, Herodes, mosqueado por su tardanza, mandó pasar a cuchillo a todos los niños de Belén que tuviesen menos de dos años. Otro ángel (o el mismo, no lo sé) alerto a José y éste tomó a Jesús y a María, los montó en su borriquilla y fue a refugiarse en Egipto.
Mateo no menciona que los magos fueran reyes ni que fuesen tres. De hecho otros evangelios (apócrifos) hablan de hasta 12 individuos. El hecho de que regalasen oro, incienso y mirra es lo que llevó a los creyentes al inicio de la Edad Media a fijar en tres el número de magos y que cada uno procedía de una de las tres partes del mundo conocidas: Asia (Sem), Europa (Jafet) y África (Cam).
Digresión: ¡Con quién se liaría Noé para que le saliera un hijo negro!
Por esta época (Edad Media) es cuando se les asigna los nombres de Melchor, Gaspar y Baltasar, según aparece en uno de los frisos de una iglesia en Rávena.
Otra leyenda, no escrita en ningún libro sagrado, dice que Tomás (el apóstol incrédulo) los encontró después de la resurrección de Jesús y los bautizó. Más tarde murieron mártires, probablemente en la persecución de Nerón. Santa Elena (no podía ser otra) trasladó sus restos a Constantinopla donde permanecieron hasta que Federico Barbarroja (Tercera cruzada) los hizo depositar en Colonia. Hoy reposan detrás del altar mayor de la catedral.
Benedicto XVI, en su libro “La infancia de Jesús” se refiere a los textos de Isaías para explicar la introducción del buey y la mula en el Portalico de Belén e indica que los Reyes Magos no tuvieron por qué venir necesariamente de Oriente. Intérpretes del texto papal aseguran que Benedicto indica que procedían de Tartesos. Si a esto le sumamos que en Historia de España del Marqués de Lozoya (Salvat) se lee que los tartesos tenían un carácter similar a los andaluces de hoy, cabría deducir que los Reyes Magos llegaron a Belén en romería y cantando por sevillanas.
La cuestión es que en España y en los países Hispanoamericanos se celebra la festividad de los Reyes Magos coincidiendo con la fiesta de la Epifanía, y la tradición hace que esa noche dejen juguetes a todos los niños del mundo. Obviando las diferencias establecidas por el calendario gregoriano, los magos tardaron 10 ó 12 días en llegar de Oriente-oriente a Belén, que comparado con la tardanza de las caravanas que comerciaban con aquellas tierras, habría hecho necesario el empleo de camellos turbo. Amén de que la matanza de los Inocentes (28 de diciembre) sucedió antes de que los Reyes Magos llegaran a Belén.

San Nicolás
La fiesta de San Nicolás se celebra en los Países Bajos y Bélgica a primeros de diciembre (5-6) y en menor medida en Austria, Alemania, Chequia, Luxemburgo, Polonia y Suiza. Esta celebración se introduce durante el siglo IV: San Nicolás llega a Ámsterdam en un barco que procede de España y viene cargado de juguetes; cuando desembarca, monta en su caballo blanco y cabalga por encima de los tejados de la ciudad; sus ayudantes, llamados Pedritos (Pieten), bajan por las chimeneas para dejar los regalos; anteriormente a 1945, había un solo ayudante, por supuesto, negro.
Se basa en la figura de San Nicolás de Bari que, aunque natural de Oriente, viene de España, concretamente de Alicante (¿será por el turrón?). Esto es así porque los restos de San Nicolás fueron trasladados desde Turquía a Bari y Bari fue posesión del Reino de Aragón y, más tarde, de España.

Santa Claus
San Nicolás llegó a América de la mano de los holandeses cuando fundaron Nueva Ámsterdam (más tarde, Nueva York), sólo que, a medida que fueron siendo sustituidos por emigrantes británicos, el nombre de San Nicolás pasó a ser Santa Claus. Como obispo que era, la vestimenta de San Nicolás consiste en bata blanca, capa o casulla roja y la mitra identificativa del cargo. Washington Irving recrea la figura de Santa Claus que se va transformando a lo largo del siglo XIX en el gordo bonachón que conocemos, incluido su trineo tirado por renos. No es hasta los años 30 del siglo XX que Coca-Cola se encarga de popularizar la vestimenta roja y blanca y bajarlos a los supermercados en una campaña publicitaria. Al mismo tiempo amichelina un poco más la figura del benefactor gordo y lo dota de un rostro pícaro, a la vez que bonachón.

Desde América, la leyenda de Santa Claus salta a las Islas Británicas y a los propios Países Bajos, donde compite con el San Nicolás original.
La tradición actual sitúa la vivienda de Santa Claus en el Polo Norte. Allí tiene su taller, donde elfos, enanos o pitufos fabrican los juguetes que repartirá la noche del 24 al 25 de diciembre. Desde allí vigila el comportamiento de los niños y a aquellos que no se han portado bien les manda a Carbonilla que deja carbón en el calcetín de los revoltosos. Por si se encuentran con una noche tormentosa, el reno que va a la cabeza del rebaño posee una bombilla en la nariz, que le sirve para iluminar el camino.

Papá Noël
Al atravesar el Canal de la Mancha, Santa Claus se asienta en Francia. Los gabachos la integran a su Bonhomme Noël y, chauvinistas ellos, lo renombran como Père Noël. La nueva versión emigra a Italia, lugar del que partió (Babbo Natale), Portugal (Pai Natal), Turquía (Noel Baba)… Salvo el nombre, nada o casi nada cambia respecto a Santa Claus; quizá se asocia más Papá Noël a escalar los balcones y a Santa Claus los renos y el trineo.

El Tió de Nadal
Entre las celebraciones puramente paganas, destaca y me gusta el Tió de Nadal catalán. Es simplemente un pedazo tronco que se sitúa junto a la chimenea. Los días previos a Navidad, los niños de la casa se encargan de sobrealimentarlo a base de chucherías y turrones con la intención de que coma mucho y, llegado el momento, cague para toda la familia. La tarde de Navidad, después de la comida familiar, “es fa cagar el tió”. Los niños se agencian un, dan unas vueltas por los pasillos (mientras, los adultos se encargan de cubrirlo con una manta y meter debajo los regalos y las chucherías) y se acercan al Tió al que golpean con la estaca mientras cantan:
¡¡¡Caga Tió, Tió de Nadal, no caguis arengades, que son salades, caga torrons, que son més bons!!!

La cuestión es que se está imponiendo la moda americana en detrimento de nuestra propia tradición. Entiendo a quienes se aferran a las dos opciones y dan a los niños unos regalos en Navidad y otros en Reyes. Lo que no comparto es que se cambien las tradiciones poniendo como excusa que los Reyes son de inspiración cristiana: Santa Claus y Papá Noël también lo son. Y si los Reyes Magos son un cuento, es más verosímil que unos sabios orientales viajasen en camello siguiendo una estrella (las estrellas se “mueven” de este a oeste), que un gordo simpaticón cabalgue por el espacio en un trineo tirado por renos, a uno de los cuales se le enciende la nariz tal que fuera una bombilla.
En todo caso que cada cual celebre lo que crea conveniente.
Yo soy de los Reyes Magos y, en su defecto, del Tió.