viernes, diciembre 22, 2017

Míster Próper


Vélez-Málaga. Es la una de la tarde y, después de tres horas pateando sus calles, la vejiga advierte que la próstata necesita espacio y se hace imprescindible una visita a la Mezquita de Benimea. Busco un barecillo donde se pueda tomar algo y aterrizamos en una de sus mesas. Como siempre, primero pedimos una consumición y luego Quiosquera se va de exploración hasta dar con el retrete.
-Malas noticias –me dice a la vuelta-. El lavabo está en el piso de arriba y las escaleras son empinadas. Abajo hay uno para minusválidos, pero está cerrado; pregunta a la camarera si te lo puede abrir.
No hace falta. En cuanto la camarera me ve, sale de detrás del mostrador y se ofrece a abrirme la puerta. Llego justo; uno ya tiene sus problemas para encontrarla y, si a eso le añadimos las prisas, los dedos se convierten en morcillas y aumentan las probabilidades de que se mee uno fuera de los dodotis. No hay suficiente con esto: estoy poniendo la misma cara que Peter Seeler en El Guateque cuando se abre la puerta.
-¡Ahhhh! ¡Aquí hay un hombre!
Es la otra camarera. Menos mal que el arquitecto ha diseñado el meódromo a prueba de empleadas que abren sin llamar y, entre la puerta y la taza del wáter, ha colocado una columna que impide ver el frontal del meante. Además, a mí me enseñaron a mear contra la pared, ocultando el aparatillo a miradas extrañas. O sea, que mi intimidad permanece a salvo, si bien quedo afectado por la interrupción. Mientras me enjuago las manos observo que el suelo de la estancia es resbaladizo; da la impresión de estar recién fregado. No parece, sin embargo, estar húmedo; más bien, encerado. Uno es experto en resbalones y, por eso, uso zapatitos especiales. Los bastones de andar gastan dos tipos de zapatos: uno, el que yo llamo de tacón alto, es poco más ancho que la tibia del bastón y con poca superficie de contacto, propenso al patinazo; otro, al que yo llamo de campo y en la ortopedia le dicen playeras, tiene una superficie mucho mayor y se adapta mejor a suelos lisos, a los caminos de tierra y a la playa. Es el modelo que uso, incluso cuando visto de gala. A pesar del mayor agarre, en caso de posibilidad de patinazo, procuro apoyar el bastón siguiendo la vertical, por aquello que aprendimos en física que decía que una fuerza aplicada en diagonal se divide en otras dos: una vertical y otra horizontal, que es la responsable del desplazamiento lateral y el subsiguiente “zampahazo”.  Así que tiro de teoría y realizo una aplicación lo más vertical que puedo. No me doy cuenta de que, para facilitar el acceso con silla de ruedas, la entrada al servicio presenta una ligera inclinación. Los zapatitos de hacer senderismo se desplazan lentamente y empiezo a apabullarme. Suerte que tropiezan en la pared y se detienen; claro que, para entonces, los pies se me han quedado un palmo por detrás y, por el mismo efecto de descomposición de fuerzas, se deslizan en sentido contrario. El aterrizaje es perfecto: rodilla en tierra y manos alzadas, sujetas a la empuñadura de los bastones. Queda levantarse o pedir socorro. Me jode rendirme a las dificultades y decido alzarme por mi cuenta: si pongo las manos por delante, resbalan hasta tropezar en la pared; si las apoyo verticalmente, son los pies los que resbalan y quedo panza abajo como nadando en el suelo. Después de unos segundos de duda, me arrastro hasta la taza del wáter (con mucha dificultad) y consigo levantarme a pulso. ¡Prueba superada con éxito!

Mientras me peleo por encontrar un atisbo de rozamiento, me acuerdo de Pablito. Pablito era un niño de poco más de dos años, que vivía en el piso de arriba. Pablito era un pequeño terremoto y lo normal era oír gritar a su madre llamándolo al orden. Según contaba ella misma, el niño no le temía a nada, excepción hecha de Míster Próper, antecedente de Don Limpio antes de que los anglosajones nos obligaran a usar el nombre en español. Entonces, lo normal era escuchar a nuestra vecina gritar:
-¡Pablito, Pablito, que viene Míster Próper!
Y Pablito salía espetado como alma que persigue el diablo.
Los padres de Pablito eran de pueblo. Como yo. No recuerdo de qué parte del país, pero no debían andar muy lejos de Extremadura o Salamanca... o Jabugo; lo digo porque, como yo, volvían de las vacaciones de verano cargados de derivados de la matanza: jamón, morcilla, longaniza y tajadas de lomo o costilla. Y, como yo, las conservaban en aceite. En las ciudades, las casas no están preparadas para almacenar los productos de la matanza y hay que ingeniárselas para encontrar un lugar adecuado para la orza de las tajadas. La madre de Pablito le hizo un hueco en el horno de la cocina; todavía no se estilaban las encimeras encastradas en el mobiliario, sino que la cocina andaba suelta entre los armarios bajeros, en uno de los cuales se instalaba la bombona de butano. En un descuido de mamá, Pablito entro en la cocina, abrió la puerta del horno y se subió en ella. Con el peso, la cocina cedió y cayó sobre Pablito con tan mala suerte que el niño se coló dentro del horno, que cayó sobre la puerta y el niño quedó atrapado dentro. La orza se dobló derramando tajadas y aceite (ya medio solidificado) por el suelo. Cuando la mamá acudió a los guarridos de su hijo, no más entrar en la cocina, resbaló y fue a dar con sus huesos en el suelo; en su desesperación por socorrer a Pablito, cada vez que intentaba levantarse se daba un nuevo costalazo. A base de serpentear sobre la pringue consiguió acercarse a la cocina derrumbada, pero todo esfuerzo por levantarla y sacar al niño fue inútil. Tengo entendido que no logró sacarlo hasta que, un buen rato después, llegó papá del trabajo.

Salgo del lavabo riendo. ¡Lo que da de sí una meada!

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