miércoles, junio 14, 2017

La cañaduz


Una de las excursiones que habitualmente ofrece el turismo en La Habana es la visita a Viñales, cuyo monumento estrella es el Mural de la Prehistoria. El mural es un cerro desprovisto de vegetación en una de sus catas, y dibujado a pincel por un famoso pintor cubano (conocido en su casa a la hora de comer), que tardó 5 años en plasmar la “evolución” de los animales en la Tierra; de hecho, pude identificar un par de figuras acaracoladas, unos dinosaurios, unos osos (nos dijeron) y una familia de indios ya evolucionados. A escobilla de blanquear, la Trina de la Tuerta hubiera acabado la faena en algo más de 2 semanas.
La excursión incluía la visita a una fábrica de ron, otra de puros y un secadero de tabaco. Y una parada técnica en Las Barrigonas, donde se saborea, según nos dijo la negrita que hacía de guía, uno de los mejores cafés de Cuba. Quiosquera y yo, por supuesto, nos arrimamos al café, que venía acompañado de un sobrecito de azúcar de caña y, cosa curiosa, de un trozo de cañaduz… sin cucharilla.
- ¿Nos da una cucharilla, por favor?
Yo hubiera movido el café con el dedo, pero Quiosquera es metódica y utiliza la herramienta adecuada para cada caso.
- Señora, aquí movemos el café con la caña de azúcar.
Me pareció un buen invento: usas un canuto como cuchara y después te comes la cuchara. Me sentí decepcionado cuando mastiqué mi trozo de cañaduz: estaba muy poco dulce; la que yo masticaba de chico estaba mucho más buena. No pude impedir que mi mente volara a los años cincuenta, cuando los camiones cargados de caña, procedentes de Motril, pasaban por El Pozuelo camino de la azucarera de Adra. Los camiones o camionetas de aquella época se escagarruciaban subiendo la cuesta de la barranquera. Allí nos situábamos el Federico, José el de Luto y yo y esperábamos que pasara uno lo suficiente lento para que Federico y José el de Luto se engarrancharan por el portalón trasero de la caja y tiraran varias cañas a la carretera; cañas que yo era el encargado de recoger. Todo ello en poco tiempo: el que tardaba el camión en ir desde el inicio de los muros de la barranquera hasta la casa de Enrique Vargas, una vez pasado el Cortijo de las Chumbas.

Parece ser que la caña de azúcar llegó a España con los moros de Tarik y se asentó en la costa granadina, sobre todo en Motril, Salobreña y Almuñécar. También hubo caña en Adra y en la costa malagueña, donde aún se conservan “ingenios”, fábricas en que se procesaba la caña para obtener azúcar, ron o miel de caña, llamada también miel de caldera. De hecho, me parece que el Ingenio de Frigiliana es la única fábrica de miel de caña que queda en Europa. Recuerdo que los críos seguíamos en tropel a los vendedores que llegaban al pueblo a vender la miel. Cada vez que el buen hombre voceaba:
- ¡Miel de caldera!
Nosotros le contestábamos:
- ¡Pa ti y pa tu agüela!

Un suceso de aquellos tiempos que se me quedó clavado fue la aventura del Parurreh. Los camiones cargados de cañaduz que pasaban por la barranquera trasladaban caña desde Motril a Adra, donde quedaban azucareras y, prácticamente, había desaparecido el cultivo. El Federico, José de Luto y yo no éramos los únicos en asaltar camiones: también estimulaban la galochería de los hijos de Justo, el Calorina, el Ratón, el Caneco y otros; entre ellos el Pacurreh. Un día se descuidó y, cuando vino a darse cuenta, el camión había atravesado el puente de Guarea y dejado atrás el Barranquillo de los Muertos y el de los Canalizos. En la Torre se acababa la cuesta arriba y el conductor apretó el acelerador de modo que el Pacurreh no se pudo bajar a tiempo y desapareció de la vista de los compinches que iban recogiendo la caña. Los críos fueron corriendo a avisar a la madre:
- ¡Al Pacurreh ze l’ha llevao un camión!
La mujer armó una escandalera (algo típico en el pueblo) y cogió carretera adelante seguida de un puñado de niños. En el pueblo estábamos todos pendientes del Pacurreh. Varias horas más tarde oímos un griterío y salimos al tranco de la puerta: el Pacurreh venía en primera fila comiendo cañaduz, mientras su madre le iba dando pescozones y el resto de niños jaleaba a ambos. No se había podido bajar hasta Adra, donde el camionero de dio un puñado de cañas y lo encaminó hacia su casa. La madre lo encontró más allá de medio camino y le vino dando cogotazos casi desde Guainos. No he olvidado nunca la sonrisa del Pacurreh, que, a pesar de los palos que iba recibiendo, resplandecía como la del héroe que ha corrido una gran aventura.

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