sábado, diciembre 17, 2016

Emisora Parroquial de La Rábita


Una de las primeras radios que se escuchó en El Pozuelo la trajo mi padre; era una PHILIPS de 28 pulgadas por lo menos y tuvimos que comprar una “mesa auxiliar” para ponerla. Por entonces todavía no había empezado la masificación de la publicidad y el eslogan “PHILIPS, MEJORES NO HAY” no estaba difundido… o yo no lo conocía. Lo que sí me llamó la atención fue el tío, vestido a lo Fermín o Bautista, pintado en la caja, que indicaba: “NO ME MALTRATE, PÓNGAME SIEMPRE DE PIE”. Eso lo cumplimos: la caja estuvo años encima de una estantería y a mí me valió para hacer puntería cuando me fabricaba un arco y unas flechas (de caña) con la punta bien afilada. Recuerdo que uno de los ojos del fulano llegó a lucir una pupila perfecta.
Había un problema: en el pueblo no había electricidad de forma permanente. Al caer la tarde, Eduardo el electricista venía con su bicicleta desde La Rábita a “echar la luz” y con las primeras luces del alba venía a quitarla. El transformador estaba en la cabezada de la haza de mi tío Paco, junto a la Punta del Encajero e, incluso, hubo una época en que se instaló un teléfono en casa de mis abuelos desde donde Eduardo se comunicaba con los técnicos de la compañía de D. Antonio Cueto, que era el dueño de la luz. Pero estábamos donde Perico perdió el gorro, allá donde se acaba Granada y empieza la provincia de Almería, y los vatios llegaban contados: cuando nos sentábamos a oír el “arradio”, mi madre tenía que encender el candil para coser o quitarle las piedras a las lentejas (me río solo; estoy seguro que quienes nacieron de los sesenta en adelante no saben que se han caído más dientes por darle un bocado a una piedra mientras se comían un potaje de lentejas que por problemas de caries). Para escuchar la radio se necesitaba un elevador; la radio se enchufaba al elevador y el elevador a la corriente; el elevador tenía un relojillo con una sola aguja y un chorro de agujeritos por debajo; le salía un cable con otro enchufillo de un solo pirulo y, dependiendo del agujero en que lo metieras, la aguja giraba más o menos en sentido de las agujas del reloj. Mi padre nos indicó que la aguja debía marcar 125 para que la radio funcionara bien y, sobre todo, que no pasáramos esa cifra so pena de que la radio se quemara, cosa que yo no acababa de entender dado que no le veía la torcida por parte alguna.
Por lo general, lo que escuchábamos era el parte, las disertaciones agrícolas de D. José y Juanón (¡cómo le metía caña al gobierno!), Matilde, Perico y Periquín y los programas de discos dedicados, sobre todo, Radio Andorra. La verdad es que, además de Radio Antorra, sólo se oía Radio Nacional de España, Radio Madrid y las emisoras de los moros, que llegaban con una claridad meridiana; mi madre decía que sus emisoras eran muy potentes. Había muchas cosas que yo no entendía, pero lo que más vueltas me daba en la cabeza era cómo se las arreglaba Antonio Molina o Pepe Pinto para cantar la misma noche en Andorra la Vieja y en Madrid. No se me ocurrió preguntar hasta que empezaron a proliferar las emisoras de radio e instalaron una en Adra, otra en Albuñol y otra en La Rábita. La de La Rábita fue obra del D. José, el cura párroco; de ahí que se denominase Emisora Parroquial. Y ahí fue donde me llevó el tito Manolo a recitar una poesía que él mismo me había enseñado (otro día hablaremos de ella) y aprendí que los artistas no tenían que ir a la emisora sino que las canciones estaban grabadas en discos (por eso se hablaba de discos dedicados) que se podían reproducir cada vez que se quisiera. Aquello fue causa de otras preguntas existenciales, pero eso ya es otra historia.
Para Navidad, D. José convocó un concurso para los niños de la escuela de La Rábita, El Pozuelo y Huarea; se trataba de hacer una redacción sobre los Reyes Magos. Mi hermana participó y, después de preparar su trabajo, pensó que yo también podía intentarlo; por entonces de los Reyes Magos yo sabía poco, de hecho, sólo sabía que era el día en que te traían el libro, la libreta o el lápiz que te hacía falta para la escuela, y un par de mantecados o magdalenas igualitas, igualitas a las que había hecho mamá. A algunos niños (los que vivían más al centro del pueblo) también les traían un juguete. Mi hermana me contó la historia de los Reyes y también participé en el concurso; lo cierto es que no recuerdo bien cómo fue la historia, pero no me extrañaría que hubiera sido ella misma quien redactara mi parte.

Ganó el concurso. Vamos, ganó el primer premio, que consistía en un misal. Yo tuve que conformarme con ocupar la segunda posición y recibí un coche de lata (marca Rico) de aquellos que llevaban al conductor recortado en la ventanilla. Fue uno de los pocos juguetes-juguetes que tuve en mi vida.

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