lunes, octubre 17, 2016

El Zippo


Paseábamos por la Gran Manzana, cerca de City Hall y las cúpulas de World Trade Center a la vista, cuando dalr me dijo que se iba a comprar un Zippo.
- ¿Eso qué es? –pregunté, poniendo de manifiesto mi ignorancia en temas de actualidad.
- Papá, estás desfasado. En tus tiempos seguro que suspirabais por un encendedor de gas; ahora lo que mola es un encendedor de los que han llevados los soldados americanos de toda la vida. No te puedes hacer una idea de lo bien que quedas cuando das fuego con un zippo. Sobre todo con las chicas.
Se compró el zippo. Un pedazo mechero de los que te van tirando de los pantalones hacia abajo; casi de grande como un paquete de tabaco, con el escudo de los Estados Unidos de América grabado en una de sus caras, jamás había visto nada tan hortera.
- Mira qué virguería.
- ¡Clac, clac!
Hizo un movimiento de muñeca brusco y la tapa del zippo se abrió.
- ¡Shas…!
Esta vez chasqueó dos dedos delante mismo de la ruedecilla dentada y, sin más, empezó a arder la llama. Por último, volvió a mover la muñeca y el encendedor quedó cerrado herméticamente.
- Papá, esto lo haces cuando una niña te pide fuego y la tienes en el bolsillo.

La verdad es que yo había encendido siempre con un zippo a la española: aquel instrumento pequeñito de lata, que funcionaba con gasolina y se ajustaba perfectamente a la mano y, a la vez que se abría con el pulgar (el martillo, se decía), el mecanismo hacía girar la ruedecilla y saltaba la chispa. Además, la llama quedaba protegida por la carcasa del mechero y tenía que hacer mucho viento para que uno tuviese problemas para encender.
Hubo una época que me dio por el encendedor de mecha, pero me duró poco el capricho.
Finalmente, y por comodidad, me pase al BIC de usar y tirar. Por comodidad.

Supongo que dalr interpretó que su zippo me había gustado (lo cual es cierto) y para el siguiente cumpleaños o Reyes Magos (no recuerdo) me regaló uno. Y se lució: liso y de plata. Algo más pequeño que el suyo y reflejando la luz perfectamente (cuando estaba limpio), tenía un pequeño defecto en la bisagra: cuando se hacía ¡clac, clac! con un golpe de muñeca, había veces que no se abría y tenía que repetir la operación. Como no se veía al trasluz la carga de gasolina, por si acaso yo seguía llevando mi BIC en el bolsillo. Un día en que me había tocado desplazarme a la Zona Franca a resolver un problema informático en casa de uno de nuestros clientes, me fui a comer un bocadillo al bar de la esquina. Cuando ya estaba en el café, fumándome mi purito de rigor, se me acercó una jovencita con el cigarrillo entre los dedos:
- ¿Me da fuego?
Así se las ponían a Fernando VII, pensé. Con parsimonia metí la mano en el bolsillo, agarré el encendedor y desenfundé, a la vez que movía la muñeca en un movimiento seco…
¡Mierda! El BIC.
Está visto que lo mío es la informática y la vida familiar.

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