jueves, agosto 04, 2016

El corralillo


La casa de un agricultor indica claramente a qué se dedica su dueño, cuáles son sus medios de producción, cuál su modus comiendi (o masticandi) y, si me apuran, sus excedentes y sus previsiones de futuro. Dos son los recintos que definen el status económico del agricultor: la cámara y los corrales.
La cámara, de la que nos ocuparemos otro día, es el almacén de las morcillas, de las longanizas, la sala de salazón de los tocinos, de la zaranda del pescado, de los higos secos… Vamos, que huele que alimenta. También suele contener el maíz en grano, los excedentes de naranjas, sandías o melones… y cualquier otra cosa de uso alimentario susceptible de resistirse a la podredumbre. Algunas cámaras pueden albergar hasta un catre para el verano, sabido, como se sabe, que es la habitación más fresquita de la casa.
Pero, dejando al margen el asunto de la jalancia, lo que a mí me gusta de una casa de campo son las estancias de los animales: una buena cuadra para la caballería, un buen corral para el ganado aviario (sin olvidar los conejos), una buena zahúrda para los marranos y un redil para cabras y borregos; espacios propios de las casas aisladas y que han ido desapareciendo con la civilización. En este aspecto, la casa más completa que he conocido fue la mi tío Enrique Manzano. Aclaro que los hermanos de mis padres son mis “titos” y que los titos de mis padres con mis “tíos”. Por tanto, mi tío Enrique era hermano de mi abuela materna. Y como éramos vecinos, yo repartía mi tiempo entre su casa y la casa de mis abuelos (paternos). Mi tío se dedicaba a labores del campo en general: era agricultor de hortalizas y destripaterrones de secano; lo mismo freía un botón que zurcía un huevo, es decir, llevaba entre manos la huerta, el cultivo del trigo, la cebada y los garbanzos, cuidaba la viña y era experto en higos de calabacilla y brevas blancas y negras; además cuidaba de, al menos, una pareja de mulos. Mi tía Dolores se encargaba de todo lo demás: un corral con tropecientas gallinas, patos, pavos (a mí me suenan un par de ocas) y conejos, una piara de marranos cebones, una marrana de cría con sus siete u ocho mamoncetes, unas cuantas cabras y algún borrego; y encima le sobraba tiempo para hacer la comida, remendar camisas, barrer la casa y enseñar a las niñas a hacer encaje de bolillos.
Para tanto ganado se necesitaban departamentos adecuados y mis tíos disponían de ellos. Vista la casa de frente, a la izquierda se abría el portón de la cuadra, que, además, albergaba el ganado caprino y ovino; entre la cuadra y la puerta de entrada a la casa, en alto, estaba el pajar. Pasado un almacenillo de entrada y antes de llegar a las estancias interiores, a la izquierda, el lagar para pisar las uvas; daba directamente a una cuba, en la bodega, que estaba a la altura de la cuadra (más o menos). En la parte de atrás y dando a la vega, el corral y la zahúrda; el ganado volátil solía andar libremente por toda la zona trasera. La parte habitable era mucho más modesta, excepción hecha de la cámara, que pillada casi todo el piso alto. Una delicia.

La casa de mis abuelos era más humilde. La cuadra era también zahúrda, bien entendido que a mi abuelo jamás le conocí caballería; y el corral se componía de un par de docenas de gallinas. Es curioso que en la cocina de mi casa había una puertecilla que daba directamente al corral de mi abuela; facilidad para aprovisionarse de huevos, supongo. Porque en mi casa no había corral… ni cuadra ni zahúrda ni nada. Y mi madre debía de aburrirse por falta de trabajo ya que continuamente insistía a mi padre en la necesidad de habilitarse un corral. De hecho, con tela metálica y unas estacas construyó un gallinero, aprovechando un murete que separaba la zona de viviendas y la zona agrícola. Lo que pasa es que una mala zorra se enteró y nos hizo dos visitas sucesivas: dos gallinas que se llevó para comerse y otras cuantas que mató por puro placer. Total, que ni padre no pudo resistirse y encargó la construcción de un corralillo muy cerca del lugar en que se encontraba el gallinero. Creo que le salió más pequeño de lo que pensaba pero cabían los dos marranos cebones, una docena de gallinas y el Verdugo (el burro que compró mi padre) aparcado en batería. Incluso, a fuer de convertir el corral en un piso patera, hubo una época en que mi madre echó una marrana de cría.

Para construir el corralillo mi padre contrató a Ricardo Berenguer y, de esto no estoy seguro, a su hermano Andrés (Andresillo el Bizco para los amigos). Yo debería andar por el final de los tres años o por el principio de los cuatro y solía acercarme a ellos cuando se tomaban un respiro para echar un cigarro. Mi padre, como todos los padres, presumía de niño espabilao y mostró a los albañiles que yo ya sabía leer; en mala hora. Ricardo tomó la palabra e hizo una exposición de lo que me esperaba cuando fuese a la escuela.
- Don Arfonzo –decía- eh mu güen maehtro pero mu duro. Zi no te zabíah la lerzión, te ponía de roíllah hunto a la pizarra, con los brazoh en cruh y un libro en ca mano y como te ze caiera el libro te daba un pah de cuhcurrunazoh.
- Ar Hozeíco de Zenzión –intervenía Andrés- lo puzo una veh de roíllah con un garbanzo debaho ca roílla.
- Hombre, eh quel Hozeíco era máh malo qu’er zénico. M’acuerdo qu’íbamoh toh pelaoh a rape pa que no noh pudiera trincah de loh peloh, pero era iguah: noh hazía la carrerilla la liendre. Tal qu’azín.
Y me ponía una mano en la cabeza apoyando el dedo gordo en una de las patillas. Lo apretaba a la vez que lo arrastraba patilla arriba y ¡coño, como escocía la liendre cuando pasaba! 
- A mirmano Andréh lo trincó un día de l’oreha y lo zuhpendió p’arriba. Fíhate, tavía tiene el lóbulo dehpegao.
Yo tenía ilusión por empezar a ir a la escuela ya que eso significaba que te estabas haciendo mayor, pero se me quitó de golpe. Cuando escuché los relatos de Ricardo, me entró un hormigueíllo en el estómago que me duró bastantes días y se me pasaron las ganas de aprender.
Casi que se me había olvidado la preocupación cuando, al final del verano de 1954, unos meses después de construir el corralillo, se murió Don Alfonso Zamora. El día del entierro la Placeta estaba a reventar de gentes venidas de todos los contornos, mi madre me tenía en brazos junto al poste de la luz que hay o había frente a la casa de los Zamora y yo estaba contento. No recuerdo ni el ataúd, ni la familia, ni la gente que allí había. Sólo recuerdo mis pensamientos:
Éste ya no me tira a mí de las orejas.

1 comentarios:

A las 5/8/16 18:47 , Blogger LETRI ha dicho...

Genial!

 

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