lunes, mayo 02, 2016

Congreso de los disputados

Como no podía ser de otra manera

Como era previsible (o no) se agotó el plazo que dan las leyes para formar gobierno y vamos a nuevas elecciones; los 350 diputados no fueron capaces de alcanzar un acuerdo que acabase con la interinidad del gobierno de la nación y gastaron los cuatro meses de que disponían en disputas y reproches. Bueno, en realidad no: ellos gastaron sus cuatro meses en no hacer nada porque, como ya es sabido, Montesquieu se murió hace mucho tiempo; en España no llegó ni a nacer. Aquí (en ESTE país), los tres poderes son como la Santísima Trinidad, tres instituciones distintas y un solo poder: el del secretario general o presidente de cada partido. El poder ejecutivo (actual o futuro) elabora las listas de quienes lo tendrán que elegir y, más tarde, aprobar las leyes que proponga (el ejecutivo). O votar en contra del candidato “propuesto” y cualquier ley que de él provenga. Los diputados son algo así como la claque de la democracia: cobran por aplaudir o abuchear al dictado del portavoz (mudo) del grupo parlamentario en que están encuadrados. Tal vez, el Congreso de los Disputados debería llamarse Congreso de los Disputadores.
Todos los partidos interpretan los resultados electorales y cargan al pueblo con el mochuelo de su interpretación:
- La mayoría ha votado un gobierno del partido popular.
- El pueblo ha votado un gobierno de cambio y progresista.
- El pueblo ha optado por el fin del bipartidismo.
Discuten, nadie se mueve de su posición de partida y siempre son los otros quienes entorpecen la formación del gobierno. A ninguno se le ocurre que parlamento es el lugar donde se va a parlamentar, es decir, a entablar conversaciones con la parte contraria para intentar ajustar la paz, una rendición, un contrato o para zanjar cualquier diferencia. Como mucho intentan lograr una rendición.

La monarquía más antigua del mundo, la Iglesia Católica, encierra a sus diputados (cardenales) en la Capilla Sixtina y aledaños y de ahí no salen hasta que hay fumata blanca. En alguna ocasión se ha distendido la elección, pero no es lo normal; el Espíritu Santo cuida de sus protegidos y no se toma excesivo tiempo en iluminarlos.
En alguna ocasión he oído (o leído) contar que, tras la enésima dimisión y espantá del presidente Figueras, las Cortes españolas no acababan de ponerse de acuerdo sobre su sucesor hasta que se presentó en el Congreso un coronel de la Guardia Civil al frente de un piquete y desde la tribuna se dirigió a sus señorías:
- Señores, de aquí no sale nadie hasta que hayan elegido un presidente.
Y lo eligieron cagando leches.

No es cuestión de llamar a la Guardia Civil para que ponga orden, que las escopetas las carga el diablo, pero sí debería haber alguna ley que no permitiera a los diputados salir del recinto hasta que cumpliesen con su deber. Con una reducción del rancho según fuese pasando el tiempo.
O como comentaba el otro día con Quiosquera y después he leído en un artículo de Andrés Aberasturi: los 350 diputados que no han sido capaces de elegir presidente deberían quedar incapacitados para presentarse a unas nuevas elecciones.
De ser así, ahora tendríamos un gobierno en plenas funciones… o 350 inútiles menos.

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