Ronda la de Carmen
Ronda es un puñado de casas en lo alto de un cerro; en
realidad, dos puñados de casas separadas por el cañón que, con el paso del
tiempo, ha excavado el río Guadalentín y que se conoce como el Tajo de Ronda.
Son varios los puentes que unen las dos partes de la ciudad, pero es en el
Puente Nuevo donde los turistas se recrean y se hacen la foto que, más tarde,
mostrarán a sus familiares, embobados ante la profundidad del precipicio.
Claro que, bien visto, Ronda es mucho más que eso; Ronda
atesora vestigios antiguos, medios, modernos y contemporáneos… y prehistóricos.
Desde las pinturas rupestres de la Cueva de la Pileta hasta la actual Plaza de
Toros, pasando por la Casa del Rey Moro, el Museo Lara, el Palacio de Mondragón o la Colegiata de Santa
María la Mayor, decenas de construcciones monumentales hablan de su importancia
a lo largo de los siglos. Cuna de sagas toreras como los Romero y los Ordoñez,
ha acogido a personajes del cine y la literatura, nombrando a Orson Welles y
Ernest Hemingway hijos adoptivos. Tampoco han faltado los intelectuales:
Fernando de los Ríos y Vicente Espinel, entre otros, vieron aquí la luz por
primera vez. Y aunque no fueran naturales de Ronda, por estos lares hicieron
carrera Tragabuches, José María el Tempranillo y Pasos Largos.
Ronda es visita obligada para cualquiera que tenga
inquietudes turísticas. Ahora bien, si el visitante puede, debe llegar en
transporte público o dejar el vehículo aparcado en la parte más moderna de la
ciudad, donde las calles son más amplias. Mejor que no se le ocurra internarse
con el coche en la Ronda medieval y moderna. A mí se me ocurrió. Siguiendo las
indicaciones “centro ciudad”, fui a dar con la plaza de toros donde, por
supuesto, no había ni una sola plaza de aparcamiento; como pude me arrimé a un
lugar donde me pareció que molestaría poco y Quiosquera se acercó a la oficina
de información. Le dieron un plano en el que figuraban los garajes públicos y
aparcamientos reservados a minusválidos; el más cercano quedaba a 100 m. de la
plaza de toros pero más atrás, así que tuve que hacer la panorámica para
acercarme en la dirección adecuada y ¡al primer tapón, zurrapas!: el acceso
estaba cortado por obras. Puestos a ir a la ventura, enfilé hacia un
“reservado” en el centro de la “ciudad vieja”. A medida que avanzaba, las
calles se fueron encogiendo. En la calle San Juan Bosco se me
abrió un pequeño anchurón que permitía aparcar a la derecha. Pude colocar el
coche entre la puerta de entrada a una casa y la esquina de una calleja de
anchura mínima y circulación prohibida, y nos lanzamos a hacer de turista que,
en definitiva, era a lo que habíamos ido.
No voy a describir qué vimos, es una tontería. Quien quiera
saber de Ronda que vaya y la vea; seguro que no habrá perdido el tiempo y
quedará satisfecho. Pero si ha aparcado en la calle San Juan Bosco… ¡cuidado!
Salir no es fácil. En dirección a Santa María la Mayor, a la izquierda, queda
la calle González Campos, que no cogí porque había un coche aparcado y me pareció estrecha. Así que me metí de
lleno en el embudo: entre el saliente de la iglesia y la pared de enfrente no
estaba claro si había espacio suficiente para la anchura del coche.
- ¿Cómo es posible que hagan calles tan estrechas? –farfulló
Quiosquera-.
- Porque cuando las hicieron, un burro pasaba holgado y
hasta un caballo… si no iba deprisa.
Antes de entrar en lo profundo de la garganta tuvimos que
ceder el paso a unos guiris o guiras, que iban en dirección contraria. Doblamos
los espejos. Quiosquera sacó la cabeza por la ventanilla para vigilar los
bajos.
- Esconde la cabeza que aquí te la afeitan a la cal –le dije-.
Es curioso. La gente tiene soluciones para todo: en la
susodicha pared de enfrente han recortado el muro hasta la altura de la
ventanilla de un coche para darle un poco de amplitud a la vía. Aun así no
estaba claro que cupiésemos. Miré por el retrovisor y vi a los guiris atentos a
la maniobra. ¡Vale, tío.
Échale narices que paga el seguro! Solté el pedal del
freno y dejé que el automático tirase suavemente del coche esperando oír el restregón
en cualquier momento. Hace mucho tiempo que sé que los milagros no existen; ya
no estoy tan seguro. Pasé. Los turistas seguían allí parados. Saqué la mano por
la ventanilla y saludé. Los guiris me aplaudieron.
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