lunes, julio 25, 2016

Santiago apóstol

Corría el mes de agosto de 1969. Apenas habíamos finalizado nuestra gira dramática por El Pozuelo, La Rábita y Albuñol con la obra El Fiscal, comedia de Fernando Vizcaíno Casas, y ya echábamos en falta la excusa que necesitábamos para poder arrimarnos (de buenas maneras) a las niñas en edad de merecer. Uno de estos mediodías, a la hora en que la playa empieza a quedarse sin gente, tomába el sol panza arriba (decúbito supino) en los chinorros junto al Serafín, el Sevillano, Refalillo, Juanico de Lola y alguno más. No sé quién fue el primero en lanzar la idea, pero antes de irnos a comer ya habíamos pergeñado la idea de celebrar el Día de la Virgen del Mar, con el permiso del cura de La Rábita, por supuesto.
En los días siguientes se unieron al grupo Paco Pepe, Constantino, mi primo Pepe Romero y, en definitiva, todos los mozos que, en teoría, estudiábamos en Granada y algún que otro mozo que no estudiaba. Preparamos la estrategia a seguir, sobre todo en lo concerniente al montaje de la Hacienda Pública y Asuntos Exteriores. Hacienda debía idear cómo conseguir el dinero necesario para cubrir un presupuesto mínimo, y Exteriores, obtener el permiso para que D. Francisco Ortega permitiese que la Virgen pernoctara un día fuera de la iglesia de la parroquia. Quedaba una faena importante que, encima, habría de preceder a las otras dos: el Ministerio de Propaganda quedaba con el encargo de convencer a los vecinos de que un puñado de mozalbetes (la mayoría con 19 años recién cumplidos o a punto de cumplir) estaban capacitados para llevar a buen témino el empeño. Me quedé sorprendido del resultado: no sólo gozábamos de la confianza de nuestros paisanos, sino que nos animaban a seguir adelante. Lo de convencer al cura fue mucho más complicado, ya que los mayordomos de La Rábita no estaban por la labor. Nos reunimos en la casa del párroco con el susodicho y Juanico el Bizco; nuestro argumento fue que desde siempre las fiestas de la Virgen habían durado tres días: el 6 de septiembre, que se celebraba en El Pozuelo y Huarea, y el 7 y el 8, que se reservaban para La Rábita. D. Francisco miró a Juanico y éste nos hizo la gran pregunta:
-Bueno, ¿quién financiará esto?
-Los gastos que se ocasionen en El Pozuelo los pagamos nosotros: los cohetes, el castillo de fuego, llevaremos a la Virgen hasta Huarea en procesión…
-Siendo así –dijo Juanico- no veo inconveniente. Y como la banda de música está contratada para los tres días, el día 6 os la cedemos gratis.
Era mucho más de lo que cabía esperar; quizá, si el interlocutor no hubiera sido Juanico el Bizco, buen amigo de la gente del Pozuelo, no habríamos podido llevar a cabo nuestro objetivo.

Yendo de puerta en puerta por El Pozuelo y Huarea logramos recaudar algo más de 7.500 pts. Preparamos una serie de competiciones para el día de la fiesta, compramos los trofeos correspondientes y dimos la concesión para que se organizase la caseta popular; ingenuos de nosotros, la concedimos gratis cuando, seguramente, podríamos haber sacado algún dinerillo para engordar el presupuesto. Descontando lo gastado en trofeos, bandas, alguna gestión y lo que preveíamos que cobraría el cura, calculé que podíamos invertir 4.000 pts. en fuegos artificiales: 2.500 en cohetes y 1.500 en el castillo de fuego y cohetes de lagrimicas. Cuando nos reunimos con el pirotécnico y puso los precios sobre la mesa se nos pusieron los pelos de punta; apenas teníamos dinero para empezar a negociar. El buen hombre se portó muy bien y nos puso unos precios asequibles:
-Ya me lo cobraré el año que viene o cuando manejen más dinero –nos dijo-.
Contratamos 3 ruedas y 2 tracas por 2.200 pts. Los cohetes seguían siendo un problema; dentro de los asequibles los había de dos precios: a 60 y a 120 pts. la docena. Hice unos números rápidos y nos quedamos con 16 docenas de los baratos y 8 de los más caros. Para que aguantaran el día completo podíamos tirar dos cohetes cada tres minutos, teniendo en cuenta que irían concentrados en la diana, la procesión y el castillico; el resto del tiempo habría que espaciarlos muchísimo más ya que no disponíamos de más de 40 ó 50 cohetes de margen.
-¡Contra! –se me ocurrió de golpe- Nos falta el trueno de los cortijeros. Tendremos que renunciar a unas cuantas docenas más de cohetes.
-No se preocupen. El trueno gordo se lo regalo yo; le pondré el de medio kilo.

El 6 de septiembre de 1969 se recordará como la primera vez que El Pozuelo tuvo una fiesta autónoma. A primerísima hora de la mañana estábamos en la puerta de la iglesia para hacernos cargo de la Virgen. Teníamos el permiso de la autoridad civil (los mayordomos) y de la autoridad eclesiástica (el cura) pero no habíamos contado con la rivalidad de los vecinos: unas 30 ó 40 personas estaban allí para mostrar su disconformidad con que la patrona quedase al cuidado de los pozoleros (¿debería de ser pozolenses?) aunque sólo fuese por unas horas. No soy muy religioso pero no me sentó nada bien que, al paso de la Virgen, la gente allí concentrada se arrancase cantando eso de “Se vaaa… se va, se va...”.
Para la diana el pirotécnico reclutó al Pilolo. El Juanetero ya formaba parte del equipo. Sonaron los primeros truenos; digo sonaron y no es del todo cierto: el estallido de los cohetes de 10 pts. se oía con claridad, pero los cohetes de duro hacían menos ruido que un follón de borrego. Para colmo D. Andrés se empeño en que yo presidiese la ronda y me hizo seguir el pasacalles. Como consecuencia los técnicos de la pólvora actuaron por su cuenta y tiraron muchos más cohetes de lo conveniente; la media prevista de dos cada tres minutos sufrió un grave quebranto. Tuve que recalcular los tiempos y obtuve un resultado alarmante: para que quedasen cohetes para el castillo sólo podíamos tirar un cohete cada tres minutos con una cadencia de dos de a duro por uno de 10 pts.
Aguantamos el día. Al margen de las corridas de cintas, que siempre se llevan los de la Rambla de Albuñol, el espectáculo de más éxito lo constituyó el I Cross del Pozuelo, que ganó “el Truquillos”. Para mí la tarde fue calamitosa, con los nervios a punto de disparárseme; cada vez que tiraban un cohete no sujeto al tiempo reglamentario se me ponían de punta. ¡A ver quién coño había dado permiso para quemar pólvora fuera de los minutos precalculados!
Hasta la procesión resultó propicia; llevamos la Virgen hasta Huarea, D. Francisco dijo misa en la antigua era (la misa solemne la había dicho por la mañana en el garaje de D. Pepe) y la imagen llegó sana y salva al Pozuelo, aunque con la corona un poco ladeada.
Aquella noche acudí al baile (no podía faltar, ya que Quiosquera andaba suelta y libre por aquel terreno tan peligroso y con tanto ligón al acecho) con los pies sollaícos vivos: 6 tiritas en el pie derecho y 3 en el izquierdo. Todo fue muy bien, elección de la Reina de las Fiestas incluida; creo que ha sido el jurado más brillante que he visto en mi vida, y el más democrático…

El fin de fiestas puso la guinda al espectáculo. Los cohetes de lagrimicas fueron todo un logro: daban ganas de llorar al ver que cada uno no soltaba más de 4 ó 5 lágrimas”, pero a mí ya me daba igual: los cohetes de hacer “pum” habían resistido hasta última hora. Y el broche de oro fue el “trueno gordo”: el jefe pirotécnico ató el medio kilo de pólvora al palo de la portería y le prendió fuego.
¡Buuum!
De la portería nunca más se supo.

Nota del autor: Insisto en la debilidad de memoria. No debe dárseme mucho crédito cuando doy datos, ya que éstos pueden haber sufrido un fuerte descalabro en mi cerebro; puedo haber juntado anécdotas de dos fiestas diferentes, puedo estar equivocado en el presupuesto, hasta puede que el año no fuera 1969. Pero en que no yerro es cuando afirmo que sólo se podía tirar UN COHETE CADA TRES MINUTOS.

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