domingo, julio 17, 2016

De sequías y otras catástrofes

Soy hijo de agricultor, nieto de agricultor, bisnieto de agricultor, tatara… Hasta ahí no llego, pues la pista se me acaba en los abuelos de mis padres, pero todo induce a pensar que mis ancestros fueran agricultores, al menos hasta llegar a Caín. Por tanto, digo verdad cuando afirmo que soy más del campo que San Isidro (Labrador). Sin embargo, no sé nada de agricultura. Es verdad que algunas vecesfui con mis padres a aclarar maíz, plantar huerto o a espantar a los gorriones para que no se comieran la simiente que acabábamos de enterrar en los liños. Eso era más divertido:
-¡Aaay, pillo, que te comiste los peeepinillos! ¡Aguarda, aguarda! –voceábamos mi hermana y yo, mientras faldoneábamos reguera arriba, reguera abajo.
Como ejercicio no estaba mal. Lo de espantar gorriones era harina de otro costal: a estas alturas de la vida pienso que aquellos pájaros todavía se están riendo viéndonos hacer el idiota.
De pequeño fui un miscandero y mi madre estaba preocupada porque tenía menos chichas que un guiso de Celedonia, que un día el Barreiros (dicen) le echó una brocha de afeitar vieja en el puchero, y el ciego chico le protestó porque la carne le había quedado dura; se inventaba (mi madre) de todo para hacerme comer y lo que mejor le funcionó fue mandarme a llevar las migas a Garbancito a la vega. No es que comiera mucho, aunque algo más sí; y aprendí muchas cosas: aprendí a fumar, a torear un borrego que teníamos, a poner trampas, a tirar piedras… Me iba fijando en las cosas que hacía Garbancito a la hora de cuidar la cosecha y llegué a ayudarlo a regar; él vigilaba el final del liño y cuando el agua había empapado bien la tierra me avisaba para que yo tapase la entrada. Con todo no fui capaz de determinar cuándo las plantas tenían sed; sólo sé que regaba muy de vez en cuando y eso que nosotros teníamos toda el agua que queríamos ya que mi padre había excavado un pozo a medias con el vecino.

Este año, cuando planté la cosecha, la vigilé durante unos días y me pareció que las plantas agarraban. El deber de jubilado hizo que me tuviese que desplazar a Polonia durante una semana y estuve sin regar 15 ó 20 días. Al volver me encontré las plantas casi del mismo tamaño que cuando me fui, es decir, bonsais, pero habían aguantado; les pegué un buen regado y a la semana siguiente se habían estirado un poco y estaban todas, sobre todo las judías, llenas de flores. Hasta le dije a Quiosquera:
-Fíjate que pedazo de pendones nos han salido: tan chiquitillas y ya están todas preñadas.
No fueron bien las cosas. Los tomates y pimientos nacieron muy pequeñitos y los tuvimos que tener varios días en la incubadora, los melones abortaron, esto es, se les cayó la flor antes de cuajar, y las judías murieron de sobreparto: se secaron después de la primera cogida. Lo único que ha aguantado ha sido una berenjena y debe ser porque tendrá el embarazo más largo.
No acaba ahí la tragedia. Hemos estado dos días en la ciudad (para ver las dos actuaciones del niño), sólo dos días y, encima, uno de ellos llovió. A la vuelta hemos encontrado las plantas chuchurrías; las berenjenas estaban como consumidas, los tomates tenían los tallos arrastrando por el suelo y los melones afligíos; a las judías las enterré cuando se murieron. No se me ocurría cómo había podido pasar si yo las riego cada tres o cuatro días y no habían estado más de dos días sin agua; ahora me he enterado que Quiosquera les echaba un chorro cada vez que las veía agostadas. Las regué con profusión y cuando al cabo de un rato fui a verlas, estaban todas más tiesas que un virote. No acabo de entenderlo: estoy seguro que Garbancito regaba cada semana como mucho, que en los invernaderos del Mar de Plástico, con el goteo y los inventos modernos gastan menos agua que yo, y sin embargo aquí, que el sol calienta menos, las plantas se me queman. Claro que ahora las estoy regando cada vez que las veo un poco mustias y están todas más tiesas que un palo y las tengo otra vez preñadas. Ni que les estuviese disolviendo viagra en el agua; las jodías, en cuanto oyen mis pasos, empiezan a aplaudir de contento.
 Me lo dice Quiosquera:
-¿Por qué no bebes de ese agua tú también? A ver si así…
-¡No, no, no! ¡Ni hablar! –le contesto- Yo sólo bebo Lanjarón.


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