jueves, julio 14, 2016

Y descendió a los infiernos

Las dos veces que más cerca he estado del cielo (con los pies sobre una superficie con apoyo firme en tierra), fue cuando subí a la terraza de una de las Torres Gemelas de Nueva York en el año 2000, y cuando contemplé el desierto de la Península Arábiga desde el piso 125 de Burj el Khalifa en Dubai.
Aproximarse al cielo es fácil; sobre todo desde que el hombre inventó el ascensor. En un minuto y pico te ponen a una altura que sólo alcanzan los aviones tripulados por los terroristas suicidas de Bin Laden. Pero bajar a los infiernos… Fíjense que para referirnos a ellos utilizamos el plural. Algo así como si se hubieran creado varios para que la gente tenga menos dificultad en encontrarlos. Hacia abajo sólo recuerdo haber bajado al pozo de una noria que había en una de las derramas del Barranco de la Fuente y había quedado anegada por las inundaciones del 58. Eran 4 metros escasos y apenas podría hablarse de infierno. Más cerca estuve en 1993 en Turquía cuando descendí hasta el quinto sótano de la ciudad subterránea de Kaymacli. No sé hasta que profundidad llegamos, ni falta que hace; lo que no olvido son los pasillos estrechos, bajitos y en pendiente. De pie se dejaba uno los cuernos pegados en el techo; agachado me despellejé ambos hombros y me descoyunté las cervicales; caminando de lado me chirriaba la rabadilla. Acabé bajando a rastra culo. Para ser sincero no me acuerdo cómo subí. Nos dijeron que en el piso más bajo alojaban a los chavetas: el silencio y la temperatura constante ayudaban a su curación. Es mentira; los metían allí porque de ese modo era poco probable que escaparan.
No sé si fui yo el que acuñó la frase o si la tomé prestada de otro: La vida del turista es dura. Es dura por el precio que se ha de pagar; es dura por los madrugones que te pegas; y es dura porque caminas en un día el cupo de un mes; en mi caso, de un año por lo menos. Algún día contaré cómo me visto los días laborables y cuál es mi indumentaria los días de turismeo. Y cómo vuelvo de cintura para abajo. De cintura para arriba quedo igual de jodido, pero eso es por causa del tiempo.

Me he enrollado. Quería hablar sobre mi reciente visita a las minas de sal de Wieliczka y se me ha ido el santo al cielo (o al infierno, vaya usted a saber). Entre las excursiones opcionales del circuito “Maravillas de Polonia” la que atrajo mi atención fue la de las minas y, como casi siempre que voy por ahí, intenté documentarme. Tuve que recurrir a blogs especializados para enterarme que la caminata abarca una longitud de 3,5 km. e incluye sobre los 800 escalones, lo cual supera ampliamente mi capacidad motora; ni siquiera después de saber que dispondríamos de un ascensor para la subida me vi en condiciones de asumir el riesgo. Cuando en otro blog leí que un grupo había bajado un primer tramo en ascensor y se habían ahorrado 380 escalones, me devolvió la esperanza. Metido en harina, pregunté a Elisabeta (la guía local) si podría bajar en ascensor. Me ilustró: a veces se podía bajar previo pago; incluso había visitas programadas para jandicapés (lo cual no era mi caso porque a mí sólo me fallan las piernas), pero todo dependía del tío de la gorrilla roja. Y es que casi medio siglo de comunismo no se borra de un plumazo: en todas las entradas de todos los monumentos visitables hay varios individuos, distinguidos por su gorra colorá, que son los que cortan el bacalao. En interior del monumento depende de las revisoras del tranvía; en las películas de espías que actúan en la Alemania del Este, el protagonista suele ser víctima de una revisora, mujer de mediana edad tirando a bajita, muy estirada y con una mala leche suprema. Algunas tienen su corazoncito.

Ya en la cola de acceso al pozo, el tío de la gorrilla no estaba por la labor de permitirnos el uso del ascensor. Elisabeta recurrió a una de estas matronas y dio con la adecuada; me hizo saltar la fila y acceder al recinto de ascensores; nuestro grupo jaleó a Quiosquera para que me acompañara, la matrona la miró de soslayo, arrugó la ceja y movió la mano en señal de “venga, usted también”. Al contrario de los ingleses, los polacos sí saben hablar por señas y nos dijo que esperásemos allí hasta que lo dijera el ascensorista y que ella misma vendría a recogernos. El ascensor tiene varios pisos a los que se accede a dos alturas distintas y por dos puertas diferentes en cada altura. Junto a nosotros había otras personas que se habían ganado el derecho a saltarse el primer tramo de escalones, no sé si por la cara o pagando; la cuestión es que fuimos subiendo al ascensor de cuatro en cuatro. La cabina era amplia: se abrió a medias una puertecita y entramos Quiosquera y yo; el ascensorista acabó de abrir la puerta y nos apretujó contra la pared de la cabina al tiempo que daba paso a otros dos pasajeros que estampó contra el otro lado, o sea, a cuatro por lateral o, lo que es lo mismo, a ocho por piso. O eso es lo que pareció. El ascensor arrancó a buena velocidad y nos introdujimos en una oscuridad casi absoluta; en otros tiempos habría aprovechado para meter mano a Quiosquera, pero a estas alturas (profundidades, quiero decir) uno ya ha perdido hasta las buenas costumbres.

El ascensor nos dejó 64 metros más abajo, en una sala amplia y nos sentamos a esperar a que llegara nuestro grupo encabezado por la matrona, que no he dicho, iba vestida con uniforme pseudomilitar (como las revisoras del tranvía). Acabé de comprender que por señas me había dicho que esperásemos abajo hasta que ella llegara.
Como todo el mundo sabe, la sal fue para la antigüedad (desde hace 150 años para atrás) lo que el petróleo ha sido para el siglo XX. Y, parece ser, Polonia era bastante sosa. Por eso, cuando el príncipe Boleslao se casó con Kunegunda de Hungría, su padre, el rey Bela le regaló como dote una mina de sal. Claro que, lejos quedaba Cracovia, a la sazón capital de Polonia. Kunegunda, a quien los polacos llamaron Kinga para simplificar, tiró su anillo de compromiso a la mina y, cuando llegó a Polonia, mando excavar un hoyo. Allí encontraron un bloque se sal y, dentro de él, el anillo de Kinga. Por supuesto, nunca más faltó la sal en Polonia. Para redondear la leyenda, Kunegunda se mantuvo virgen con la aprobación de su esposo, a quien la historia, como no podía ser de otra manera, conoce como Boleslao el Casto.

En este primer nivel del Pozo Danilovicz una de las maravillas que nos encontramos es la Cámara Copérnico con la estatua en sal del científico que, como siempre, sostiene la esfera terrestre en sus manos. No hay que olvidar que estamos en Polonia y que aquí, aparte de los reyes heredados y los electos (y Santa Kinga, claro), siempre tropezaremos con tres personajes: Copérnico, Wojtyla y Lech Walesa. Un poco más “alante” espera la Cámara Janovice, donde está representada la leyenda de Konegunda, concretamente el momento en el que el capataz muestra a la reina el anillo que ha encontrado en el bloque de sal. 
Nota del autor: del orden y nombres con que relatamos las cosas no haga el lector puñetero caso. Ya conocen ustedes que estoy influenciado por mi primo el alemán de las neuronas y ando parco en memoria. Quiero decir que la Cámara Janovice puede estar en el fondo-fondo de la mina y que la leyenda de Konegunda se represente en el Camarín del Capataz (por ejemplo).

Tras pasar por una gruta en la que pasan una proyección que intenta representar la explosión de un escape de grisú y que yo, que no hablo polaco, no entendí, fuimos a parar a la Cámara de Casimiro III el Grande, que, a juzgar por la escultura (de sal) que allí se alza, debió de ser enorme, si no de cuerpo sí, al menos, de cabeza.
Con el cabezón de Casimiro se acabó la buena vida; quiero decir que empezaron las escaleras. El nivel II de la mina comprende dos niveles (valga la rebuznancia). El Nivel II.1 se encuentra a 90 metros pandera abajo; escaleras con peldaños de sal (aquí todo es de sal, eso dicen) y baranda de madera, con una inclinación de unos 89º o poco menos. Para que el sufrido visitante pueda trampear el vértigo y el agotamiento, la senda está jalonada de instrumentos, enseres y otros arterfactos que los antiguos mineros utilizaban para el transporte del mineral y para achicar el agua que rezumaban las paredes de la mina; incluso hay algún que otro mini lago.
Alcanzado el nivel, se visitan otra serie de capillas; la más interesante es la Capilla de la Santa Cruz. Elisabeta nos ilustró:
-Aquí, las figuras de la Virgen y el Santo Cristo son de madera policromada. La araña es de sal.
Y así parecía, en efecto: una lámpara de cristal translúcido iluminaba la cámara y, una frente a otra, dos tallas en madera representaban a una Virgen con Niño cabezón y bola del mundo en la mano y al Niño, ya crecido y con barba, clavado en la cruz. Si me hubiesen dicho que las figuras eran de sal también me lo habría creído, pero no fue el caso. Quienes no lo tuvieron claro eran dos amigas, payesas de remensa, que, según me contó después Quiosquera, llevaban una interesante conversación.
-A ver que me aclare –preguntaba una-, ¿la Virgen y el Cristo también eran de sal?
-Nooo… -le decía la otra-, ha dicho que la Virgen y el Cristo son de madera. Lo que es de sal es la araña, pero yo he estado mirando la Virgen con detalle y no se la he encontrado.

El Nivel II.2 es la joya de la mina. Un poco después de la Capilla de la Santa Cruz, y tras pagar 10 zloty (unos 4€) por el derecho a fotografía, se accede al mirador que permite contemplar en su totalidad la gran sala que alberga la Capilla de Santa Kinga, que más que capilla es toda una catedral. Unas escaleras, esta vez algo menos pendientes, nos llevan al nivel de la iglesia, a 110 m. bajo el suelo. Es difícil describir el recinto: un enorme bujero en el corazón de la montaña con toda la Biblia esculpida (en bajorrelieve) en sus paredes, más el altar del frente, las arañas (¿cáncanas?) del techo y una gran estatua de Juan Pablo II, junto a la escalera de acceso. Elisabeta nos hizo fijar la atención sobre un bajorrelieve que imitaba la Última Cena de Leonardo da Vinci.
-Qué profundidad creen ustedes que tienen los relieves.
En estos casos soy bastante espontáneo pero, cómo también soy tímido, hago los comentarios en voz baja.
-Doce centímetros –dije al oído de Quiosquera-.
-Los escultores –siguió diciendo la guía- utilizaron aquí una técnica, pionera por entonces, que resalta el relieve. Verán que parece que el cuadro tiene una profundidad de 20 o 25 cm. Y, en realidad, sólo son diez.
No es que yo tenga una vista con telémetro incorporado, es que me había equivocado en la apreciación. Doce centímetros es lo que parecía que sobresalía la cabeza de Jesús de la pared. A lo que Elisabeta se refería era a la impresión general de profundidad del cuadro y éste tenía una marcada perspectiva que podría sugerir, quizá, esos 25 cm.

A partir de aquí la historia carece de interés. El acceso al tercer nivel se hace por una escalera de caracol; puntualizo que el caracol no es en línea curva continua sino en línea recta quebrada, de modo que el desgraciado que ha llegado vivo hasta aquí no vea el final de la bajada y siga dándole a los pies pensando que a la vuelta de la siguiente esquina se encuentre con la meta. Al fin y el cabo ésta sólo está 25 m. más abajo. La última planta está formada por un pequeño museo en la que dicen ser la sala con el techo a mayor altura, y otros recintos que sirven de bares restaurantes y tiendas de souvenirs para los turistas. A decir verdad no lo aprecié: a la entrada del museíllo había un banco y allí deposité mi estructura maltrecha a causa de la altura, de la profundidad más bien, a la que habíamos descendido. Se lo dije a Quiosquera.
-Tengo las manos hechas polvo de tanto andar. Fíjate aquí: las palmas desolladas; eso será de que la rozadura de los zapatos me hace borregas.

La subida fue leve, pero yo estaba equivocado: pensé que en cada jaulilla cabían 4 viajeros. ¡Y una leche! ¡Nueve, nos metieron nueve! Ahora entiendo por qué a las sardinas les cortan la cabeza antes de meterlas en una lata: si se dieran cuenta de las apreturas que les esperaban, se resistirían.
Salí con una duda. ¿Realmente era sal todo lo que habíamos visto? A mí me pareció como si fuese roca gris oscura veteada por cristales gris claro. Una compañera de fatigas me saco de dudas.
-Es sal, seguro. Me he mojado el dedo en saliva y lo he chupado después de pasarlo por la piedra y está salado.
¡Vale! Me imagino que si les echo un puñado de esa sal a unas papas fritas se me quedarán negras. A lo mejor es que se trata de sal en su tinta.
















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