martes, octubre 11, 2016

Perro y medio


Desde hace unos años, y sobre todo en las llamadas redes sociales, aumenta en progresión geométrica el número de defensores de los derechos de los animales. Se manifiestan contra las corridas de toros, los encierros de San Fermín, el Toro de la Vega, el ordeño de las vacas, los domadores de leones, el Zoo y contra cualquier acto humano que interfiera en la libertad de los bichos. En las últimas elecciones me ha impactado el eslogan del Partido Animalista: “Para llevar la voz de los animales al parlamento”. ¡Pero si ya están! La voz y el animal completo, o ¿acaso no han oído como rugen y rebuznan…?
Seguramente quienes defienden los derechos de los animales tienen razón y deberíamos disputarnos nuestro espacio en la tierra en igualdad de condiciones. Por ejemplo: si nuestro jardín es invadido por una plaga de hormigas, no utilizaremos ningún bichicida y nos haremos chiquititos para pelearnos con ellas sin ventaja previa. O no les echaremos Raid a los mosquitos ni queso envenado a los ratones… ni penicilina a las bacterias, que también son criaturas de Dios. Y, por supuesto, no comeremos ni carne ni pescado. Hasta es posible que tiremos cohetes cada vez que el hermano lobo o el hermano toro liquiden a un humano.

Es broma.
Los animales que se comen no tienen derechos y los que trabajan tampoco; lo dice la Biblia, que deja claro que Dios los creó para uso y disfrute del hombre. No sólo eso: explica con pelos y señales que los buenos son los que se dedican a la cría y engorde de los animales. El Génesis cuenta que el hijo bueno de Adán y Eva era pastor y que el hijo malo era agricultor. A Abel lo pintan rubito, con cara de nena y mirada dulce; a Caín lo retratan moreno, con barba y ojos rezumando mala leche. Hasta Dios, dice, veía con buenos ojos los sacrificios de Abel y no le agradaban los de Caín. Si Dios fuera humano, lo entendería: no es lo mismo que te ofrezcan en holocausto unas costillitas de cordero al punto que una ensalada de lechuga con rábanos… Cosas del Antiguo Testamento.
Viendo los reportajes de la BBC aprendemos cómo cada animal se entrena para hacerse un hueco entre los demás. Los herbívoros corren como locos para que no se los coman y aprenden a topar para cuando salgan a buscar novia. Los carnívoros aprenden a pillar por sorpresa a los que corren y juegan a pelearse entre ellos para hacerse grandes y fuertes y poder fundar su propia manada… o para cuando salgan a buscar novia.
El ser humano, que es capaz de comerse cualquier cosa que no mate (a veces eso también), se entrena para todo: a correr para que no se lo coman, a subirse a los árboles para comer fruta o cazar pájaros (y para que no se lo coman), y a ingeniárselas para cazar otros bichos sin necesidad de ponerse en peligro (y se lo coman). De pequeños peleamos entre nosotros, buscamos nidos, cazamos pájaros, derribamos murciélagos, apedreamos perros… Todo esto forma parte de un entrenamiento que ya no necesitamos puesto que Mercadona nos da estos productos limpios y envasados. De hecho hasta se va perdiendo la costumbre; los niños actuales no dominan el arte de tirar piedras, no saben poner trampas para pillar gorriones y, posiblemente, no conozcan el tirachinas. Cuando yo era niño entrenábamos y, aparte de los pájaros, el objetivo principal eran los perros callejeros, los que no tenían dueño; los ratos en que andábamos aburridos los aprovechábamos para salir a apedrearlos. Personalmente no he sido nunca buen cazador y no recuerdo haber tocado a un perro, pero sí me acuerdo una noche que mi primo Manolico acertó a un gato en el lomo y la piedra se rebotó hasta el balcón de D. Andrés. Como diría Gila: “Anda que no nos reímos”.
Ante mi falta de puntería me quejaba a mis vecinos, reunidos en el portal.
- Es que no tengo atino.
- P’azertale a un perro –decía Antoñico el de Antonio Tomás- hay que zabeh. Lo que tieneh c’azer eh atrincah una piedra redondeá que z’ahuste a ehte deo (estiraba el índice) y ehperah qu’er perro ze pare. Entonceh azeh “heeey” y l’ohpantah; cuando er perro echa a correh tu apuntah perro y medio mah alante y le pegah en to’l lomo.
Ni siquiera siguiendo las instrucciones de Antoñico llegué a ser un experto, pero lo intenté.

No quisiera que el lector se llevara una idea equivocada de mi trato a los seres vivos: aquello ocurría en mi pueblo, donde aún no había llegado la civilización moderna, y cuando los perros eran simplemente animales; ahora que son uno más de la familia, ni se me ocurriría.

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