martes, marzo 14, 2017

El Pacurrel

Este año hemos pasado la Navidad en una masía. Una masía es algo así como un cortijo alpujarreño pero con un acento distinto; quiero decir que los “masuvers” disponen de una extensión de terreno donde cultivar sus productos, criar sus animales y plantar su casa (rústica) en medio, igual que los cortijeros de La Alpujarra, con la diferencia que, tradicionalmente, los cortijeros son propietarios y los “masuvers” no. De palurdos, andan (andamos) a la par.
La masía que hemos alquilado estaba donde Perico perdió el gorro, fuera de los caminos que detectan los satélites del “Tostón” pero con una espléndida vista sobre el lago de Bañolas y el Pla de l’Estany. Una de las mañanas que pasamos en la montaña amaneció con un frío que cortaba las ideas. Después de desayunar vi que Iraia, mi sobrina-nieta, se miraba las manos y parecía que se las restregaba. Me acerqué e intenté cogérselas pensando que las tenía heladas.
- Espera, espera –me dijo-. Tengo moco.
- ¿Cómo que tienes moco?
Me mostró los dedos índice y pulgar con los que amasaba una pelotilla.
- ¿De dónde has sacado eso?
- De aquí –dijo, metiéndose el dedo en la nariz hasta la segunda falange-. Me gusta jugar con el moco.
Pues claro. ¿Quién no tiene una anécdota infantil relacionada con un mocarro? De pequeño no recuerdo que yo fuera muy aficionado al pañuelo. Lo mío era la manga de la blusa, que relucía igual que el camino por donde han pasado varios caracoles. Mi madre me advertía:
- Un día te voy a restregar la manga con pimiento picante a ver si se te quita esa costumbre tan fea.
No le hice caso hasta que una buena mañana se me puso el hocico como el sieso de una vaca: mi madre había cumplido su amenaza. Hoy le hubieran quitado mi custodia por crueldad infantil pero en su favor he de reconocer que la medida surtió efecto y desde entonces mis mangas sólo se enguarran con tóxicos externos.

El que sabía de mocarreras era el Pacurrel. He escrito el nombre con “l” final porque lo encuentro más fino; nosotros le decíamos Pacurreh aunque también nos referíamos a él como Pacurrete y, dado que su familia era propensa a pasar temporadas en Cataluña, nada tiene de extrañar que su verdadero mote fuese Pacurret. Con él me pasó como a Zapatero con Bush: nuestra relación fue corta pero intensa, y fue corta porque su familia emigró a la provincia de Almería. El Pacurreh era un fenómeno que no crecía porque utilizaba todo su potencial en picardías. La mayoría de los niños de su edad lo hacíamos reo de todas las trapalias; incluso decíamos que no estaba bautizado y que, por tanto, era moro. La verdad es que se ganaba a pulso la fama que tenía.
Angustias era la mujer de Frasquito el Barbero. En la época a que me estoy refiriendo no estaban de moda las melenas, eso vino después, pero la barbería no daba para tirar cohetes y Angustias ayudaba al mantenimiento del hogar cosiendo; bien se alquilaba por horas para coser a domicilio, bien actuaba de modista con todas las de la ley. Y, por supuesto, el vestido que estrenaba el día de la Virgen, que es la fiesta de La Rábita, se lo confeccionaba ella misma.
Aquel año se llevaban las faldas plisadas (o acampanadas, yo que sé) y Angustias bajaba por la calle de los Carros con su falda recién planchá; al entrar en la Explanada se encontró con todo el gentío que esperaba a subirse en “las cunicas” o comerse los últimos soplillos antes de incorporarse a la procesión. De entre la muchedumbre apareció el Pacurreh disparado como un cohete, con tan mala suerte que se topó contra Angustias y a punto estuvo de hacerle perder el equilibrio; a pesar del topetazo fue a interesarse por si el chaval se había lastimado.
- Bonico, ¿te has hecho daño?
- ¡Qué va! Si lo que yo quería era limpìarme los mocos en tu falda.
Y con las mismas echó a correr mientras Angustias intentaba recomponer la figura.

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