jueves, diciembre 22, 2016

Eclipse Plus


Conocí a Quiosquera en 1969 y nos hicimos novios en 1970; por entonces, yo tenía 20 años. Recuerdo una ocasión en que estábamos sentados bajo los eucaliptos que jalonaban la carretera que lleva a La Rábita, elucubrando sobre el futuro y las dificultades de movilidad que éste me podría traer:
- Es que pudiera ser que a los cuarenta tenga que ir en silla de ruedas –le dije-.
No era para preocuparse puesto que ese futuro quedaba muy lejos (pensábamos entonces). Pero pasaron los cuarenta, y los cincuenta, y los sesenta… y seguía dándole a la pata por esos mundos de Dios. He de reconocer que cada vez con más ayudas: una tobillera por aquí, una rodillera por allá, un bastón para distancias largas, dos bastones para cualquier distancia, una faja para el lumbago… Hasta ahora. Después de acabar asfixiado pateando los barrios viejos de Varsovia, Poznan, Wroclaw y Cracovia, decidí que había llegado el momento de agenciarme ayuda mecánica si no quería reducir drásticamente mis salidas culturales. Había que conseguir un vehículo capaz de transportarme con una cierta comodidad y que fuera susceptible de ser transportado a su vez con relativa facilidad. De entre los modelos posibles había uno totalmente plegable, que quedaba como un carrillo de la compra camino del supermercado, que atrajo de inmediato mi atención; me lo desaconsejaron en la ortopedia: cogía holgura a las primeras de cambio y era arriesgado circular con él por determinados caminos. Vamos, que no era el todoterreno que necesitaba. Acabamos adquiriendo el Eclipse Plus, un modelo más estable, con mayor autonomía y mucho más barato. Estoy haciéndole el rodaje.
Me llama poderosamente la atención el cuadro de mandos: indicador de batería, botón para las luces, botón para el pito, llave de contacto y las dos palanquitas de marcha adelante, marcha atrás que asemejan las palancas de limpiaparabrisas e intermitentes de los coches normales… y actuales.

Mi primer contacto directo con un coche, esto es, un coche al que yo pudiera subirme y trastearlo sin que nadie me diese un tirón de orejas, fue el del tito Manolo.
Era una media tarde luminosa. Mi hermana y yo jugábamos en la puerta de la casa, junto al agriaz, cuando apareció por la curva un deportivo descapotable, a mi juicio, al cuatro pies cerrado, que pasó delante nuestro como una exhalación. Por encima del parabrisas asomaba la cabeza del tito Manolo, un poco doblada sobre el hombro derecho. Mi tío padeció siempre de problemas en la raspa y, en aquella ocasión, la tortícolis le hacía llevar la cabeza al lado.
Debió dar la vuelta un poco más arriba porque al instante aparcaba junto a la puerta del molino.
- ¿Tito, es tuyo el coche? –preguntamos mi hermana y yo-.
- Sí, me lo voy a comprar.
Nos subimos de un salto. Era tanta la ilusión que nos hizo, que ni siquiera nos dimos cuenta de que el coche no tenía puertas. Ni puertas ni casi de nada. El cuadro de mandos era parecido al de mi Eclipse; según nos fue enseñando después el tito Manolo, tenía un interruptor para el “contacto”, otro para las luces, un botón para la puesta en marcha, el pito y la palanca de cambio. Creo que había un cuentakilómetros, pero no estoy seguro. Y ya está; la intermitencia se hacía con el brazo, la marcha atrás funcionaba bajándose el conductor del coche y empujando en la dirección contraria a la de marcha del vehículo, y el botón de arranque funcionaba hasta una semana después de cargar la batería: en adelante había que buscar un alma caritativa que te diese una “rachilla”.
En el capó lucían las letras de la marca: BISCUTER Voisin.  
¡Lo que llegué a disfrutar aquel coche!
En una ocasión veníamos cruzando el puente de La Rábita (seguramente habíamos ido a ver a la novia), cuando nos cruzamos con otro Biscúter; el conductor empezó a hacer señas y mi tío interpretó que quería que lo esperásemos.
- Habrá ido a echar gasolina.
Nos paramos en la cuneta, un poco más abajo del puente, llegando al empalme de Albuñol y, en efecto, unos minutos después pasó cagando leches y haciéndonos gestos con la mano. El tito arrancó y nos lanzamos tras él. Pasamos el callejón, los cañaverales y los bloques y no lográbamos acercarnos. Al cruzar El Pozuelo mi tío asomó la puntilla de la lengua entre los dientes y dio dos o tres empujones sobre el volante. Algo no marchaba bien. Por fin, llegando a la casa de mi tío Enrique Manzano, lo pasamos; por a la Barranquera lo llevábamos pegado al culo y en el Cortijo de las Chumbas nos adelantó y nos dijo adiós con el pañuelo. Dimos la vuelta a la altura del cortijo de Enrique Vargas; como la carretera no era lo suficiente ancha para dar la vuelta al tirón, el tito Manolo tuvo que bajarse, coger el coche por la parte trasera y acabar de girar el coche a mano.
- ¡¡¡Maldecía sea!!! –resopló-.
- ¿Qué pasa tito?
- Que íbamos con el freno de mano puesto.
Levantó la vista. El otro Biscúter desaparecía por la curva de la Torre de Huarea. El tito dudó un instante, arrancó y nos fuimos a casa.

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