martes, octubre 07, 2014

Matrimonio y código civil

Granada sigue siendo un caos circulatorio y un peligro enorme para el bolsillo del conductor pardillo, es decir, todo aquél que no sea un veterano en la ciudad y lleve sobre sus espaldas tropecientas medallas de tráfico, a razón de 90€ (o más) por condecoración.
Sabedor y sufridor de la pericia municipal, doy instrucciones a María Angustias para que me entre por Recogidas y me lleve a los aparcamientos que hay bajo el suelo de Puerta Real. María Angustias es un Tos Ton que me ha llevado y sacado con éxito de muchos lugares, al tiempo que me ha metido en follones mayúsculos, sobre todo en el centro y norte de España. Como a Granada ya la había llevado varias veces, me indica perfectamente la salida y la dirección que debo seguir. Hasta que me encuentro con las obras; si no estoy confundido, se trata de reparar del mismo empedrado que ordenaron poner los Reyes Católicos para paliar los efectos de las bombas. Sea como fuere, me pasa lo que a la pulga friolera: acabo apareciendo en el bigote del motorista, esto es, en la calle Arabial en dirección al Genil. María Angustias rectifica el trayecto y la sigo sin rechistar: tanto han cambiado los montones de escombros y las trincheras de la calle que no sé dónde estoy. ¡Ah sí! Paseo del Violón con los Escolapios al fondo. Cruzo el Puente Nuevo del Genil y, por Acera del Darro, voy a dar a Puerta Real y al parquin subterráneo.


Un taxi nos lleva hasta el hotel. Hemos aparcado en Puerta Real porque es imposible llegar motorizado a destino; de hecho, de Plaza Nueva hacia arriba sólo circulan taxis. El hotel recibe el curioso nombre de Casa del Capitel Nazarí o Casa del Moro Rico y es una construcción antigua restaurada al modo nazarí. Típica pero incómoda. 

Detrás de mí llega mi amigo Jesús:
- ¿Por dónde has venido? A mí se me ha ocurrido subir por Recogidas y me han echado la foto: se ve que sólo pueden circular los vecinos y los que van a los hoteles.
Granada continúa igual: es una trampa mortal para los conductores.
- He tenido suerte. Tenía intención de entrar por Recogidas, me he equivocado y he ido a parar al río.
- ¿Qué trayecto ha seguido usted para llegar a Puerta Real? –me pregunta la recepcionista.
- No lo sé exactamente, pero creo que he venido por Acera del Darro o San Antón. Vamos, por detrás de la Virgen de las Angustias.

- Pues tranquilo, ha seguido el único camino por el que se llega sin multas. Todos los demás están llenos de cámaras y no se escapa ni el gato. Usted tampoco se preocupe –le dice a Jesús-, ahora me da la matrícula de su coche y yo se lo arreglo. 

Ir de boda a Granada tiene sus riesgos. La celebración es en el Carmen de los Chapiteles, unos 500m. por encima del hotel, por detrás del cerro de la Alhambra. Desplazarse hasta allí constituye un nuevo peligro: siguiendo la Carrera del Darro y el Paseo de los Tristes se juega uno la vida; hay que ir con ojos en el cogote para no meterse bajo las ruedas de un taxi. Las mujeres lo tienen peor: los zancos de los zapatos de boda están diseñados para hacer equilibrio sobre las baldosas de una sala plana, pero no son aptos para taconear entre los adoquines. Ni siquiera para caminar los 100 m. del Camino de la Fuente del Avellano necesarios para acceder al carmen.


Las bodas civiles tienen una ventaja sobre las religiosas y es que la ceremonia y condumio se celebran en el mismo lugar; por lo demás, es lo mismo. Si hace siglos fue la iglesia la que introdujo en sus ritos las costumbres paganas, ahora es el rito pagano el que incorpora la liturgia católica, eso sí, influenciadas por las modas y modos yankis.
Antes, la ceremonia mística era un tostón: los invitados lo que querían era decir “vivan los novios” y largarse al restaurante para ponerse morados; no les quedaba, sin embargo, otro remedio que tragarse lo de las arras, el intercambio de anillos y las frases de aceptación entre los novios.
 … y prometo amarte, respetarte y serte fiel hasta que la muerte nos separe –se decía.
Las películas americanas nos tienen acostumbrados a una ceremonia breve donde el juez les echa las bendiciones y la mujer del juez les presta los anillos. En España casa el alcalde o un concejal delegado, que, como buen político, pretende caer simpático; a tal fin se ha inventado una ceremonia con velas encendidas, arras, anillos y tropecientos discursos que, aunque nos encontremos al pie de la Torre de la Vela, se hacen pelito largos bajo los rayos de un sol del mes de agosto.

He percibido una ligera variación en las palabras de los contrayentes que no me ha hecho mijita de gracia:
- … y prometo amarte, respetarte y serte fiel todos los días de mi vida –se dice ahora.
Entonces, si hemos de ser fieles todos días de nuestra vida y no nos separa ni la muerte ¿para qué coño se inventó el divorcio?... Y de los viudos, ¿qué?
Lo peor es que, al final de la ceremonia, el celebrante lee a los novios tres artículos del código civil. El artículo 68 dice literalmente:
Los cónyuges están obligados a vivir juntos, guardarse fidelidad y socorrerse mutuamente. Deberán, además, compartir las responsabilidades domésticas y el cuidado y atención de ascendientes y descendientes y otras personas dependientes a su cargo.

Pase por que haya que lavar los platos entre los dos, pase por que se esté obligado a cuidar de los suegros, pero ¿guardarse fidelidad por ley? No sé si se habrán dado cuenta que en el matrimonio canónigo la infidelidad es un pecado que puede perdonar cualquier sacerdote, mientras que para el matrimonio civil la infidelidad es un delito que no perdona ni dios.
Este cambio no me gusta.

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