lunes, diciembre 16, 2013

Hacer las Américas (II)

Era evidente que, si mi abuelo hubiera aceptado casarse con una de las hijas del terrateniente argentino, no habría vuelto a España y yo no estaría escribiendo tonterías. Podía haberse convertido en un potente hacendado del distrito de Los Corralitos y llevar una vida cómoda y adinerada, pero era demasiado el precio que le pedían: casarse con una señoritinga, pase; casarse con una señoritinga que montaba a caballo era harina de otro costal.Al llegar a España hizo las dos cosas que le pedía el cuerpo: casarse con su prima Aurelia y comprarse un cortijo. A señalar que un cortijo alpujarreño nada tiene que ver con el cortijo andaluz típico; el cortijo alpujarreño consta de una casa más o menos destartalada, en donde la mayoría de sus dependencias están ocupadas por cuadras, corrales y pocilgas, y una suerte de terreno, por lo general en pendiente, la mayor parte del cual es de secano y el resto de regadío, aprovechando las antiguas acequias de moros y moriscos y el lento deambular de las aguas propias del deshielo de Sierra Nevada (léase Entre limones o El loro en el limonero). No hay caballos (un par de mulos, quizás) ni grandes extensiones para cabalgar; y los cortijeros son el señorito y sus hijos.

La vida laboral iba bien, siempre que no se tuviera en cuenta que mi abuelo hizo las Américas para no tener que dedicarse a lo que estaba haciendo. La vida familiar continuó siendo un desastre: el primer fruto de su segundo matrimonio, un niño, no cuajó; el segundo, la tita Aurelia, le costó la vida a su madre y mi abuelo enviudó por segunda vez. Un hombre con dos hijos, uno de ellos de pañales, era mucha tela por entonces y, en breve, se acordó un nuevo matrimonio; esta vez la “afortunada” iba a ser su prima Adela, mi abuela, la misma a quien su hermano no dejó que se fuera a América para casarse con un antiguo medio novio. Pero había que mantener las formas, y la boda (y su consumación) no se produjo hasta pasado el reglamentario periodo de luto. El abuelo Antonio solía decir entonces:
-Tengo una novia con una niña de pañales en brazos


Así fue como se fue forjando mi paso por este mundo. El primer vástago de mi abuela Adela (Adelaida en los papeles) fue mi tía María, que nació en Murtas. El siguiente, mi padre, ya nacería en El Pozuelo, donde también nacieron la tita Flora, el tito Paco y el tito Manolo.Con su traslado a El Pozuelo, el abuelo Antonio cumplía dos objetivos: dejar atrás el laboreo de secano, y acercarse a una zona donde fuese más fácil desarrollar sus negocios y trapicheos. Sin necesidad de vender su cortijo, compró al fiado medio pago del Alcaide: desde el Callejón hasta en empalme de Albuñol.
- Para ser cortijero, era muy atrevido

Se había embarcado en un asunto del que le iba a ser muy difícil salir con bien. Pero salió; la tierra que había comprado no era productiva y, a medida que la iba metiendo en labor, vendía una parte, pagaba la deuda anual y le quedaba algo para mantener a la familia. Hizo como en Argentina: por si fallaba la agricultura abrió una panadería. Al final consiguió quedarse con algo menos de la mitad de toda la tierra que había comprado. También acabaría vendiendo el cortijo.

En vista de que las tierras junto al mar eran más productivas que las de secano, su hermano Paco también emigró. Tampoco tenía un real y, para echarle una mano, mi abuelo le alquiló la panadería. Llegó el momento en que el tío Paco empezó a manejar dinero y entonces preguntó cuánto tenía que pagar por el alquiler:
-Dale cada día a esta familia –dijo mi abuelo señalando a su propia mujer- un par de panes grandes y ya estoy pagado.

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