viernes, diciembre 17, 2010

Lisboa: Belem


Saliendo del Mosteiro dos Jerónimos volvimos a cruzar la Praça do Imperio y nos acercamos al Padrao dos Descobrimentos. Es un monumento de la época de Salazar, erigido para conmemorar el quingentésimo aniversario de la muerte de Enrique el Navegante y representa la proa de una carabela que se adentra en el mar. Con Enrique el Navegante al frente, a ambos lados de la nave se alinean los grandes descubridores y navegantes portugueses, entre los que destacan Vasco da Gama (India), Fernando de Magallaes (primera vuelta al mundo), Bartolomeu Dias (Cabo de Buenaesperanza) y Pedro Álvares Cabral (Brasil). Junto a ellos, algunos personajes de la realeza lusa y dos figuras que no destacaron precisamente por su pasión por el mar: el misionero San Francisco Javier y el poeta Luiz Val de Camoes.
El monumento tiene una altura de más de 50 m y se accede a la terraza mediante un ascensor y taitantas escaleras que invitan a tomarse un descanso antes de abrir la boca al admirar el panorama que se extiende a los pies de los turistas. La vista hacia el norte, o sea, mirando “p’arriba”, pone los pelos de punta. La Praça do Imperio (desde lo alto no se aprecia el descuido de los jardines) y la Fonte Luminosa del centro conforman el aperitivo ideal para recrearse en la impresionante postal del monasterio, más largo que un día sin pan. Encima, como si fuera el punto de la i, el estadio de Os Belenenses, que no tiene nada de artístico pero aporta el toque de ligereza que le falta a la seriedad de los otros monumentos. Hacia la derecha se contempla la Torre de Belem y la apertura del estuario hacia el mar y hacia la izquierda, el Puente del 25 de Abril y, más al fondo, el nuevo Puente de Vasco da Gama.

Cuando iniciamos el ascenso por las escaleras oímos hablar a una pareja que se nos había anticipado:
- Pont’azí, pont’azí, veráh que afoto máh shula.
O nos habían escuchado al subir o tenemos una cara de españoles de espanto.
- ¡Buenoh díah! Nozotroh zemos de Málaga ¿y uhtedeh?
- Aquí la parienta es de Barcelona y yo soy malafollá.
- ¿Granaíno? ¡Hoh! Nozotroh venimoh de viahe novioh. Teníamos penzao pazah un par de díah en Lihboa y zeguír pa Oporto pero ze no’ha’veriao el coshe y d'aquí noh gorvemoh pa Málaga; la hunta culata o no ze qué.

Me acordé de mi anterior visita a Lisboa. Volviendo de los Jerónimos nos quedamos en la Plaza del Comercio haciendo la visita turística. Dos chavales se nos acercaron con el plano de Lisboa en la mano.
- ¿Noh pueden desih donde está la’htasión del tren?
- Me parece habeh vihto una en la Plaza doh Rehtauradoreh –contesté-.
- No, no eh esa. Noh han disho que ehtá tirando pa Belem.
- Entonceh, p’ayá. Venimos d’ayí.
- ¿Saben si’stá mu lehoh Évora?
- No lo sé, nosotroh hemoh entrao por Güerva.
Al chaval que llevada la voz cantante se le iluminó la cara.
- ¿Hah oío, quiyo? Güerva, ha disho Güerva. Son de los nuestroh.
Echamos un par de cigarrillos e intercambiamos información sobre lo que habíamos visto hasta el momento. Se apuntaron los lugares del Algarve que les aconsejé y yo tomé apuntes sobre la visita a Sintra, Queluz y el Cabo da Roca.

Desde el Pradao dos Descubrimentos emprendimos el camino de Belem sin burra ni nada. Asomados a la terraza nos había parecido ver que la torre estaba a poca distancia, y veintitantos años son muchos para las coyunturas. Cuando llegamos al monumento iba bajo de gasolina y sin aceite en las bielas. La Torre de Belem es algo así como la Torre del Oro de Sevilla, pero en portugués. Quiero decir que con más sitio para poner cañones. El tío que vendía las entradas me miró, observó que llegaba sin respiración y me explicó, no el número de escalones que había que subir, sino la alzada y situación de desgaste de cada uno de ellos. ¡Cómo me vería el buen hombre que ni me cobró la entrada! Lo malo es que tenía razón; fui capaz de llegar hasta la primera terraza del castillete (menos de un tercio de lo que había que subir) y allí me quede. Mientras Quiosquera fotografiaba las alturas, me bajé al “hall” y estuve repasando las profundidades donde se adivinaban las mazmorras.

Luego asistí a una clase de Geografía e Historia. Un par de maestras se habían instalado con sus alumnos y habían desplegado un mapamundi en el que estaban reseñadas las colonias del imperio portugués. Disimuladamente estuve atento a la clase. En África y Asia había cantidad de posesiones que yo no recordaba haber estudiado. Claro que cuando yo estudié geografía, a Portugal sólo le quedaban Angola y Mozambique en África y algunas islas del Índico y Pacífico como Goa y Macao. Me hubiera gustado sentarme con los niños para escuchar la historia de la formación y caída del imperio portugués (de la que, por cierto, apenas sé nada) pero Quiosquera bajó y recordé que suelo comer antes de las 2.

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