miércoles, noviembre 24, 2010

Abecechario


Leo la columna de Espido Freire en el ADN de hace un par de semanas. Espido anda cabreada con los académicos de la lengua, que se han cargado de un plumazo un par de letras de nuestro idioma y simplifican la acentuación para enmascarar las carencias ortográficas de muchos personajes y personajillos que viven de la palabra y que se quedan con el culo al aire a la hora de trasladarlas al papel y no tienen la secretaria a mano. Comparto el cabreo de Espido.

Desde que los humanos se bajaron de los árboles (no va por ti, Eto’o) y averiguaron que una buena estaca ayudaba a reventar cabezas, y una lasca de sílex rebanaba mejor un mondongo de carne, pusieron todo su esfuerzo mental en inventar máquinas que les hiciesen la vida más fácil y enfocaron sus pesquisas a que máquinas y animales trabajasen por y para ellos. Basta echar un vistazo a los manuales de “Érase una vez el hombre, décimo quinta edición ya en su quiosco", para comprobar cómo la vida de los humanos fue cambiando a medida que los inventos se perfeccionaban. Lo que en ningún caso ha ocurrido, o no tengo noticias de ello, es que el hombre cambiase su modo de vida para adaptarse a las deficiencias de una máquina.

En 1492, no podía ser otro año, Elio Antonio de Nebrija publicó su Gramática de la Lengua Castellana (GRAMMATICA), primera gramática que se publicaba de una lengua vulgar romance. Nebrija era, ante todo, un enamorado del latín y su trabajo presenta determinadas incongruencias, no porque no hubiese pensado en ellas, sino porque quería que el castellano mantuviese intactas sus raíces latinas, empresa imposible de llevar a cabo ya que, por entonces, aquella lengua vulgar ya estaba contaminada por los estudiosos de los clásicos griegos y por su contacto directo con el árabe y el hebreo. Lo que Elio Antonio no tenía previsto es que la primera consecuencia de su Gramática Castellana fuese la desaparición del idioma que pretendía regular o su rápida evolución hacia lo que hoy todos los países llaman español, salvo quienes lo hablamos, que aún no sabemos o hemos decidido si se llama castellano o español. La primera preocupación del humanista andaluz (esta condición hizo que su Gramática tuviera una dura oposición ya que tomaba sonidos de sus vecinos árabes) es que cada sonido estuviese representado por una única grafía; así prescindió de la “q” y de la “k” puesto que ya tenía el sonido “c”, mantuvo la letra “ç”, desdobló las semiconsonantes “u” e “i” en “u” y “v” y en “i” y “j” , respectivamente, se deshizo de la “y” e incorporó la “ch” y la “ll”. La “ñ” se representaba en latín como “gn” pero, por entonces, ya se usaba la “n” con tilde y no hubo necesidad de incluir ninguna otra consonante doble. Hasta pensó, parece, en inventarse nuevas grafías para “ch” y “ll”, pero eso habría sido alejarse demasiado del modelo latino. En la edición que he ojeado de la Grammatica, aparecen las siguientes letras como componentes del abecedario de 1492: a, b, c, ç, ch, d, e, f, g, h, i, j, l, ll, m, n, o, p, r, s, t, u, v, x, z. Sólo que Nebrija habla de 26 letras y aquí aparecen 25; probablemente sea “ñ” la letra que falta. Y a pesar de lo que dice, la propia Grammatica muestra que “q”, “k” e “y” continuaban utilizándose. Con el tiempo desaparece la “ç” y en siglo XIX se incorpora la “w”, único representante de las lenguas bárbaras que ha conseguido introducirse entre los signos gráficos latinos. Con ello llegamos a las 29 letras del idioma español, aunque, allá por el año 54, yo lo recitaba con 30 letras incluyendo la “rr” que oficialmente nunca se consideró como tal.

Y aquí viene cuando los humanos se ponen al servicio de la técnica y no al revés. Los anglosajones y sus parientes yanquis admiten pero no usan el Sistema Métrico Decimal y los europeos (continentales) tuvimos la mala suerte de que la invención del ordenador nos pilló en pleno apogeo USA. Los formularios se miden en pulgadas y las mentes pensantes determinan que en una pulgada caben 6 líneas en vertical y 10 caracteres en horizontal; establecen el octeto (byte) como unidad de almacenaje y definen los octetos que corresponderán a los 10 dígitos (fácil para el sistema binario) y a las 26 letras mayúsculas de SU alfabeto. No hay letras minúsculas, ni acentos, ni chorradas de esas como la “ñ”, la “ç” o la “l·l”. Los franceses nos echan una mano (se echan, quiero decir) e introducen la “ç” y los acentos, sin los cuales el francés deja de ser francés; los hispanohablantes (mayormente de California y Tejas para abajo) consiguen que una pieza de la cadena de las impresoras sea sustituida por “Ñ” y nos las apañamos para escribir “CH” y “LL” a base de teclear dos veces. Pero los sistemas de clasificación fallan: no es lo mismo “A” que “Á”. “A” es la primera letra del alfabeto y, por tanto, se clasifica en primera posición; “Á” es un carácter especial y se clasifica (según qué sistema operativo) delante de todas las vocales o detrás de todas las vocales. Con dificultad y bastantes años, son muchos los sistemas operativos que tratan en igualdad de condiciones las vocales con o sin tilde e, incluso, que intercalan la “ñ” entre la “n” y la “o”, pero de lo que no hemos sido capaces los que hablamos idiomas con letras digráficas es que nos metan los dos grafos en un solo octeto y se clasifiquen como es debido. La RAE ya dio un primer paso hacia la rendición incondicional, al aceptar que “ch” y “ll” quedasen englobadas en el diccionario dentro de las letras “c” y “l”, lo que puede tener sentido ya que no tenemos técnicos capaces de resolver el problema clasificatorio. Lo que no tiene nombre es que nuestros ilustres hombres de letras cometan un doble letricidio que, por ser doble, tampoco se puede clasificar.

Puestos a reformar la gramática, métanse con las incongruencias de Elio Antonio de Nebrija y normalicen el uso de la “g” delante de las vocales débiles y el de la “j” delante de las vocales fuertes, es decir, si escribo “gato” no sé por qué he de escribir “guerra” y no “gerra”. Normalícese el uso de “c”, “k” y “q” en base a que “k” es griega y, por tanto, sólo tiene sentido en palabras de tal procedencia, que la “c”, en latín, podía tener sonido “q” o “ch” y bien podía valer para que este último sonido quepa en un octeto, y que la letra “q” tenga el mismo uso que en latín donde “equus” sonaba “ekuus” o “qui”, “quae”, “quod”, que sonaban “kuí”, “kué”, “kuód” (los acentos son gratuitos). Y así otras varias incongruencias, como la desaparición de la “h” pues, ya que no se pronuncia, ¿para qué demonios se escribe? Que nos la dejen a los andaluces para que podamos visitar Uelva y ponernos morados qomiendo hamón en Habugo.

En cuanto a las nuevas normas de acentuación, hace años hubiera estado de acuerdo: acentuar “sólo” adverbio, para distinguirlo de “solo” adjetivo, es absurdo. El lector debe saber cuándo se trata de uno o de otro. Con el tiempo me he pasado al bando contrario: si el escritor no es capaz de distinguir si una palabra es adverbio o adjetivo, mejor que se dedique a otra cosa porque, lo que es yo, me dedico a leer a otro autor.

Otro día, quizás, me apetezca hablar de los diptongos y la acentuación del hiato. Por hoy es suficiente.

PD. Como un servidor no es un experto ni en ortografía ni en prosodia, es más que probable que en este u otros escritos meta la pata hasta el corvejón. El que yo sea un ignorante no justifica que se baje el listón de la sapiencia para que pueda disimularlo (la ignorancia), ni es óbice de que pueda prestar mi opinión sobre temas de cultura.

2 comentarios:

A las 26/11/10 10:23 , Blogger Juan Manuel ha dicho...

Muy bueno tu post, Antonio. Y he de decir que no estoy en absoluto de acuerdo con las últimas decisiones de la RAE. Nuestro idioma es el que es, incluyendo todas las influencias históricas de los idiomas que son sus raíces, y aquellas otras debidas a las diferentes culturas que hemos compartido a lo largo de nuestra historia. Veo absolutamente fuera de lugar que se quiera cambiar. Así de claro. Que en Sudamérica tengan sus expresiones con diferencias no es motivo para "imponer" unas reglas que considero absurdas y, si se me permite ridículas. Es lo que pienso y así lo digo.

 
A las 7/12/10 13:30 , Blogger Simeón ha dicho...

Lo que ocurre es que, por el motivo que sea, no queremos reconocer que, en realidad, el español es una lengua muerta. El español era latín mal hablado. Tan, tan mal hablado, que hubo que ponerle otro nombre para distinguirlo de su difunto progenitor. Ahora hablamos periodistaní, que ha enterrado al español por el mismo procedimiento que éste siguió para enterrar al latín.
En español, "No iré sólo a Gijón" y "No iré solo a Gijón" significaban cosas distintas. En periodistaní, la primera no significa nada y la segunda no se sabe porque depende del contexto (en español no se fiaban tantas cosas al contexto).
Pero hay casos más graves, como la pérdida de la distinción entre 'oír' y 'escuchar', entre 'en un mes' y 'dentro de un mes', entre 'a las doce' y 'a partir de las doce', etc. Hay un montón de palabras y expresiones que en español significaban una cosa y en periodistaní otra, como 'puntual', por ejemplo.
La gran mentira, pues, consiste en hacernos creer que reforman el español, cuando lo que en realidad hacen es negarse a certificar su defunción para que no se note que lo están matando.

 

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