martes, noviembre 02, 2010

Lisboa: Mosteiro dos Jerónimos

El Monasterio de los Jerónimos es una construcción impresionante de tropecientos metros de largo por un palmo (en comparación) de ancho; o eso es, al menos, lo que parece a simple vista. Fue mandado construir por Manuel I para conmemorar la llegada de Vasco de Gama a la India de Verdad y, casualidades de la vida, el arquitecto encargado de las obras hizo un diseño de estilo manuelino, que viene a ser como el plateresco pero en portugués: encaje de bolillos.


Llegados a la puerta principal (digo lo de principal porque era la única que se veía abierta) teníamos delante la taquilla de entrada al monasterio y a la derecha la puerta de la capilla, de dimensiones acordes con el conjunto, es decir, en vez de capilla era capa.
Como en nuestra anterior visita no habíamos podido ver la iglesia (estaba cerrada), decidimos empezar por ahí. Desde hace unos años acá vengo haciéndome un lío con las hijas de los Reyes Católicos y sus maridos portugueses; Isabel y otra casadas con Manuel y otro, por parejas y escalonadamente: una se casa con uno, uno las palma, una se casa con otro, una las palma y otro se casa con otra (o al revés). Antes de entrar en la capilla había vuelto a leerme ese retazo de historia que, combinado con las estatuas del monumento, esta vez no se me va a olvidar. En la capilla están enterrados el otro y la otra, es decir, Manuel I de Portugal y María de Castilla y Aragón; lo malo es que, justo enfrente(o al lado, no recuerdo), están sus sucesores Juan III de Portugal y Catalina de Austria, nietos ambos de los Reyes Católicos.
Y que se diga que la casa de Austria desapareció de España por mor de la consanguinidad… Por allí anda también la tumba del rey Don Sebastián; dicen que vacía. Y para compensar, a la entrada del templo, a ambos lados de su única nave, Vasco de Gama, que de naves sabía bastante, y Luís de Camoens, autor de Os Lusiadas, y a quien se atribuye la frase: “Hablemos de castellanos y portugueses, porque españoles lo somos todos”.

De los Jerónimos recordaba el claustro, así que nos fuimos a la taquilla para sacar la entrada. Había un cartel con los precios donde pudimos ver que se aplicaba un precio especial a Grávidas y Portadores de Deficiencia (com Cartao de Deficiencia). Me quedé unos segundos pensando porque no veía claro si el precio reducido se aplicaba al deficiente o a quien lo llevaba. Luego acabé haciendo comparaciones; mientras que nuestros legisladores pierden el tiempo en buscar palabras que no sean “ofensivas” para cojos, mancos, tuertos o subnormales, los portugueses llaman a las cosas por su nombre. Si eficiente es el que realiza sus funciones con eficacia y perfección, deficiente debe ser el que no llega a tanto en una o más tareas. O sea, que no sé si por deficiente físico, psíquico, moral, ético o estético, es decir, por feo o por lisiado, el billete me salió más barato. Y sin Cartao de Deficiencia que en España, al menos en Cataluña, es del tamaño de un Mapa Mundi y no me cabe en la cartera.

Tenía en mente que, cuando lo vi por primera vez, el Claustro de los Jerónimos me impresionó; esta vez también: lo encontramos lleno de chatarra y piezas de mecano, ya que lo estaban preparando para un concierto, y no precisamente de Mecano. Subimos a la segunda planta intentando sacar desde allí alguna fotografía potable. Desde esa altura, siempre que no se mire hacia abajo, sigue siendo una maravilla. Pero encontré cambios; en el lugar donde antes estaban los retretes han abierto una tienda de suvenires, mientras que los retretes están ubicados en el antiguo banco. Me explico.
En mil novecientos ochenta y tantos, llegamos a Lisboa en sábado y nos encontramos que hasta el lunes no abrían los bancos. Íbamos escurridos de escudos y tuvimos que trampear utilizando la tarjeta VISA, que por entonces no era muy apreciada en el país, y el dinero que llevábamos en pesetas. Pero en algunos sitios sólo aceptaban escudos y se nos estaban acabando. En la segunda planta del Claustro de los Jerónimos había una ventanilla que decía “Banco. Change”. Y allí nos fuimos aunque fuese a cambiar mil pesetas. Turistas noveles, salíamos acongojados al extranjero y, en previsión, me había comprado en el Corte Inglés un cinturón con cremallera interior, de modo que, con cuatro dobleces, podía ocultar unos cuantos billetes de mil pesetas. Una vez hube cambiado, cogí a Dalr y nos fuimos al retrete; entré dentro de uno de los cubículos y le eché paciencia para efectuar con eficacia el doblado y ocultación de los billetes portugueses. Estaba en plena faena, concentrado, cuando llamaron a la puerta.
- ¡Pom, pom!
- Está mi padre –oí que decía Dalr-.
- ¡Pom, pom, pom! –el individuo golpeaba con más fuerza-.
- ¡Estoy estreñío! –grité desde dentro-.
- ¡Ah! –exclamación seca y el buen hombre dejó de importunar-.
Cuando salí se disculpó.
- Bambino disía…


Llegamos riendo al encuentro con Quiosquera.
- ¿Qué os pasa, par de tontos?
- Uno que va a llegar hoy a su casa diciendo que ha aprendido que “ocupado”, en español se dice “estoy estreñío” –y le conté la película-.
- ¡Eres…!

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