lunes, junio 28, 2010

Ribera del Duero: Hasta Peñafiel

El Burgo de Osma

Desde Calatañazor volvimos a la N-122 camino de El Burgo de Osma, cuya catedral, nos había dicho nuestro improvisado guía, es la más grande de España después de la de Sevilla; abreviando: El Burgo de Osma tiene la segunda catedral más grande del país.
Aparcamos junto a la estación de autobuses y entramos a ver si conseguíamos un plano de la ciudad. Los del Burgo conocen su pueblo y no necesitan planos, así que eché mano de María Angustias (por cierto, Bandolera, la Virgen de las Angustias es la patrona de Graná, qu’es mi tierra) y me situé; cruzamos al otro lado de la calle, atravesamos un arco de piedra y fuimos a dar con la Plaza Mayor; bien, no sé si era la mayor o la menor, pero si sé que es lo bastante grande como para contemplar con holgura el Ayuntamiento a un lado y el Hospital de San Agustín al otro.

Digresión: El Burgo de Osma empieza a tocarme las narices. He accedido a la página oficial de su Excelentísimo Ayuntamiento por ver si encontraba el nombre del arco anteriormente mentado y he visto que tiene un apartado de “Visitas ilustres”, es decir, personas importantes que han visitado la ciudad: no he encontrado la foto que conmemora nuestra llegada. Puede ser que aún esté pendiente pero en casi 4 semanas deberían haber encontrado un hueco para colgarla. He quedado bastante desmoralizado.

Tras las fotos de rigor, tomamos la calle Mayor en dirección a la Catedral, dejando a nuestra izquierda los mesones que se abren a la sombra de la zona porticada, y a nuestra derecha, los blasones que jalonan las puertas de las antiguas casas señoriales. La Plaza de la Catedral es la leche; me refiero a que muchos monumentos pierden su encanto porque les falta el espacio necesario para que el visitante los contemple en su conjunto. En El Burgo de Osma hay espacio más que suficiente para admirar la fachada principal de la Catedral, los pórticos de enfrente y la fuente central, que también sirve como punto de admiración del entorno. Al fondo, siguiendo la calle Mayor, se veían las murallas que rodeaban la ciudad, y la puerta de entrada. La Catedral estaba cerrada y hubimos de conformarnos con disfrutar las fachadas. Viniendo por la calle Mayor había visto una calleja que parecía rodear la Catedral y volvimos sobre nuestros pasos para apreciar la cara oculta del monumento. Craso error; la calle no rodea totalmente la iglesia sino que se abre hacia el río Ucero. Ya que estábamos en ello nos acercamos hasta la alameda desde donde pueden verse las antiguas murallas y el puente que cruza más abajo. Uno, que de riadas sabe algo por haber vivido varias en directo, lo primero que apreció es que el puente que cito no es perpendicular a la corriente del río, lo que puede acarrear trágicas consecuencias. Los técnicos del ayuntamiento también se habían dado cuenta y habían ideado, sobre el cauce, una especie de jardín artificial que obliga a la corriente de agua a recorrer una chicane con lo que el río encara el puente de frente pero utilizando sólo los ojos de la derecha. Si algún día el Ucero baja bravo, se saltará la chicane, arramblará con el jardín taponando los ojos de la izquierda del puente que saltará con pértiga, y anegará la dehesa que hay algo más abajo. Claro que eso también deben haberlo visto los técnicos del ayuntamiento.
Volvimos a entrar al Burgo por la puerta que se abre en la muralla y que ya habíamos visto desde la Plaza de la Catedral.

San Esteban de Gormaz La siguiente parada estaba prevista en San Esteban de Gormaz. La única referencia que tenía del pueblo fue la mención que Adolfo, un antiguo compañero de trabajo, había hecho delante de mí. Adolfo había comprado una manada de ovejas a tercias con un par de amigos y pastoreaban por aquella zona (las ovejas, se entiende). Cuando iba a pedir cuentas al pastor, pernoctaba en San Esteban. Mi intención era cruzar el pueblo por el centro y pararme sólo si veía algo interesante. Lo vi. La montaña de la derecha daba la impresión de albergar un pueblo troglodita a semejanza de Purullena o Guadix en Granada. Subimos hasta obtener el marco adecuado para la foto y volvimos hacia el centro. Luego nos enteramos que, además de casas excavadas en la roca, la montaña alberga las bodegas donde el vinillo de la zona toma cuerpo. Al inicio de la calle Mayor aparcamos a la sombra que daba la Iglesia de cuyo nombre no consigo acordarme e iniciamos la ruta pedestre. Caía un sol veraniego y Quiosquera se empeñó en embadurnarme la cara y el cogote con una de esas cremas de protección 50 que tanto me molesta ponerme y que a la larga (o a la corta) agradezco haberme puesto o maldigo el momento en que se me ocurrió no hacer caso a la jefa. Nos desviamos a la derecha para acceder a una plaza desde donde se volvía a contemplar la montaña perforada. El centro de la plaza estaba presidido por una fuente que parecía arrancada de las Ramblas de Barcelona. De vuelta a la calle principal nos adentramos en la Plaza Mayor que, en este caso, era Menor; un anchurón junto a la calle homónima, con soportales apoyados en gruesos maderos que iban a morir junto a una puerta en arco de la antigua muralla. Quiosquera desenfundó la derringer digital y se puso a disparar hacia los 5 puntos cardinales; digo bien porque afotó siguiendo la rosa de los vientos y acabó apuntando a las alturas. La detuve cuando quiso cruzar la muralla para obtener una instantánea del arco desde el otro lado de la calle.
- Ese lo veremos a la vuelta.
Con el sol que caía, en la calle no había ni lagartijas. Un cartel indicaba iglesias y monumentos románicos pero no estaba claro hacia dónde apuntaban las flechas. Algo más adelante, un paisano manipulaba una manguera.
- ¿Hacia dónde hemos de ir para encontrar los monumentos románicos?
- Por allí, por allí y por allí.
Pensé que era el tonto del pueblo (a ningún otro se le hubiera ocurrido estar al sol, tener una manguera y no enchufarse el chorro de agua sobre la cocorota) pero comprobamos hasta donde fuimos capaces que el hombre tenía razón.
Para entonces ya me picaba todo el cuerpo. Me llevo bastante mal con los rayos solares y mucho peor con el polen, y el aire iba cargado de OVNIS algodonosos que se espesaban a medida que nos adentrábamos por la Calle Mayor. Finalmente dimos con la empinada calle de Santa María que acababa en unas escaleras, no menos empinadas, en cuya cumbre se levanta la Iglesia de Nuestra Señora del Rivero. No estaba yo para escaladas pero no me había parado en San Esteban para que luego Quiosquera me enseñara las fotos, así que apreté los dientes y me pude a subir escalones. Lo agradecí por dos veces: la primera porque por allí ya había pasado el polen y se me suavizaron los picores y segundo porque el monumento es magnífico y la panorámica excelente. A lo lejos, arriba de la montaña, las ruinas del castillo y en su falda la iglesia de San Miguel (o vaya usted a saber). Nuestra Señora permanecía cerrada y sólo pudimos ver los arcos románicos de la fachada sur y la lista de bodas que aparecía clavada junto a la puerta.

La bajada fue más dura. Mientras estábamos arriba se había espesado el polen que flotaba en el aire y empezaba a pegársenos en el cuello, cara y otras partes sudadas.
- ¿Cómo es que hay tanto polen por aquí? –preguntó Quiosquera-.
- El follaje de la flora.
- Ya. Tú que eres de pueblo ¿sabes cuánto dura?
- Hasta que todas las flores se queden preñadas…
Tuve que darle un poco más de prisa a los bastones para zafarme del sopapo que me dejó ir. La carrerilla nos llevo a la orilla del Duero; más bien a un canal que corría (despacito, casi parado) junto a la carretera y sobre el que iba aterrizando el polen que perdía el compás del viento. No sé de qué demonios se alimentan los mosquitos pero juegan con los algodoncitos flotantes: hacía muchos años que no veía tantos juntos.
Volvimos a la Plaza Mayor por el arco de la muralla y enfilamos de nuevo la N-122 camino de Peñafiel. Antes, Quiosquera había intentado reservar habitación en Valladolid pero tuvo que desistir: David Bisbal actuaba en la ciudad y estaba complicado conseguir un alojamiento. Encontramos en Peñafiel sin problema.
Cuando le dije a María Angustias que quería ir al castillo, me preguntó si no me importaba que tomásemos por una carretera sin asfaltar; le contesté que de ninguna manera y se enfadó: puso morros, marcó una cruz en la pantalla y quedó muda. Tuve que rogarle que me llevase por el camino sin asfaltar y se le pasó el cabreo; no sólo me llevó hasta la misma puerta del castillo, sino que tuvo piedad de mí y nos dirigió por caminos asfaltados.

Peñafiel

Eran las seis y media de la tarde y no creí que a esa hora fuese posible visitar el castillo. De todos modos subimos los escalones que nos separaban de la planta baja y accedimos a un pequeño patio artificial (quiero decir que no es original del castillo) que separa la torre del homenaje de la entrada al museo. ¡Ojo, el Museo del Vino! Como después veríamos y ya habíamos adivinado en nuestro ascenso, la montaña que soporta el monumento está horadada y da cobijo a las bodegas de Protos. No es de extrañar entonces que medio castillo se dedique a albergar el museo. Como todavía era temprano, nos acercamos al mostrador y preguntamos si se podía visitar.
- La última visita empieza a las siete menos cuarto y dura 40 minutos.
Nosotros preguntábamos por la visita al museo pero cuando sacamos las entradas vimos que la visita que empezaba era la del castillo. Después de la paliza que nos habíamos dado en el Burgo y, sobre todo, en San Esteban, no tenía muchas ganas de subir escaleras pero decidí que llegaría hasta las almenas para que Quiosquera me hiciese la foto y de allí no me movería. La visita era guiada y nos tocó la misma chica que nos había vendido las entradas. A mí me pareció que hablaba con acento italiano (lo digo porque me recordaba a unas clientes italianas que se dedicaban a la ponoconferencia y que solían recargar el móvil en el quiosco). Quiosquera opina que era sudamericana. Fuera de donde fuese, nos invitó a subir el primer tramo de escaleras, también artifíciales, que llegaba a las almenas. La media parte norte del castillo, la que alberga el Museo del Vino, ha sido cubierta para que los turistas puedan deambular cómodamente sin necesidad de caminar por el voladizo que corre junto a las almenas. A la sombra que proporcionaba la Torre del Homenaje, nuestra guía nos dio las primeras explicaciones:
- El castillo de Peñafiel fue mandado construir por Don Juan Manuel en el señorío que le había donado su tío Alfonso X el Sabio. No fue nunca un castillo fronterizo pero estaba expuesto a las razias de los moros por lo que Don Juan Manuel, más inclinado a la literatura que a las armas, lo puso bajo el patrocinio de Juan II de Aragón. Con el tiempo, Juan II de Castilla, que no veía con buenos ojos que los aragoneses tuviesen posesiones en el corazón castellano, atacó a su homónimo aragonés y le arrebató el castillo que puso en manos de los Téllez Girón. Éstos lo reconstruyeron y le dieron la forma actual.
Arrugué el hocico. Quiosquera, que me conoce como si hubiera parido, preguntó:
- ¿Qué te pasa?
- O la guía se ha equivocado de Juanes o la historia que nos ha enchufado es un cuento.
- Hombre, suelen estar preparadas.
- Todo lo que quieras pero Juan II de Aragón es el padre de Fernando el Católico y eso es de mil cuatrocientos y pico y Alfonso X es de mil doscientos y pico largo. Hay casi 200 años de diferencia.
Después de los 10 minutos de recreo para asueto del visitante y captación de fotos digitales, entramos en la Torre del Homenaje, redecorada a imitación de los tiempos de Don Juan Manuel. La chica, a la que la voz iba abandonando a medida que hablaba (y eso que llevaba un micrófono a pilas), nos contó la forma de vida del castillo y la distribución de plantas y habitáculos de la estancia, que por supuesto, ya he olvidado.
- Y ahora, los que quieran pueden subir a lo alto de la torre, desde la que pueden contemplarse las mejores vistas de la zona. Sólo son 64 (¿o eran 62?) escalones; bastante altos, eso sí.
Dejé que la gente iniciara el ascenso. Cuando la mayoría ya había traspasado la puerta de acceso me asomé: escaleras de caracol borracho, quiero decir que no subían en círculo sino en cuadrado, y peldaños de 40 ó 45 cm de alto. Había pasamanos.
- ¿Te atreves?
- Sólo un poquito; cuando me canse doy la vuelta y bajo.
La guía venía detrás de mí; no me pisaba los talones porque los peldaños eran altos y yo iba uno por delante. Faltaba muy poco para llegar cuando me paré.
- ¿Te quedas aquí? Sólo falta un poco…
- No, es que se me está cayendo el tirante de la combinación.
Cuando viajo, suelo llevar una mochililla con algunos trastos de supervivencia: un canguro para la lluvia, una pila de repuesto para la filmadora, un bocata por si acaso… He cambiado tres o cuatro veces de modelo de mochila y siempre, al subir o bajar, se me cae la correa del hombro derecho.
Paré, me cambié el bastón de mano y puse el tirante en su sitio. La muchacha del micro, que había oído la conversación, se olvidó que estaba afónica y soltó una carcajada cuando me subí la combinación.
Lo malo que tiene subir a un pingurucho es que después se ha de bajar; por lo demás, desde la Torre del Homenaje del castillo de Peñafiel se disfrutan las mejores vistas de la comarca: desde los campos de viñas alineadas en el páramo, hasta las Bodegas Protos amontonadas en la base de la montaña.
El resto viene en cualquier guía.

Camino del hotel, Maria Angustias anunció:
- En la rotonda, salga de frente: segunda salida. Luego, ha llegado a su destino.
- ¡El hotel! –casi gritó Quiosquera-.
- Ya lo dice María Angustias.
- Que no, que acabamos de pasar el hotel.
En efecto, el hotel estaba 200 m antes de lo que anunciaba el navegador.

Ya en la habitación se me ocurrió mirarme al espejo. La base de la cornamenta o, mejor aún, los estuarios que forma la frente sobre el pelo que me queda estaban de un rojo salmonete subido. Los brazos y los rebordes de las orejas, también. Notaba la piel tirante y escocía un poco. Me pude crema hidratante, antialérgica y rejuvenecedora y recé para que no se me levantara el pellejo y me dejase los sesos al aire.

Aquella noche accedí a Wikipedia desde el ordenador del hotel.
Fernando III el Santo instituyó el señorío de Peñafiel para su hijo Alfonso X el Sabio, el cual lo transfirió a su sobrino el infante don Juan Manuel. Éste fue quien se ocupó de la reedificación del castillo y del recinto amurallado en la primera mitad del siglo XIV. Algo después, siendo rey de Castilla Pedro I el Cruel, se suprimió el señorío y pasaron sus bienes a propiedad regia. De Juan I pasó el castillo a manos de Fernando de Antequera, y de las de éste a su hijo Juan II de Aragón. Siendo Juan todavía infante residió en el castillo durante algún tiempo, de forma que en él nació (1421) su primer hijo, Carlos, príncipe de Viana. En él también protagonizó una revuelta contra Juan II de Castilla, quien lo tomó en 1451 y ordenó su demolición. No obstante, en 1456 concedió a don Pedro Téllez Girón, Maestre de la Orden de Calatrava, los derechos sobre los restos del castillo, incluido el de su reedificación” (sic).
Estaban todos los Juanes y no era cuestión de perder mucho tiempo explicando las vicisitudes por las que pasó el castillo durante los casi 200 años que faltaban. Por lo demás, la historia que nos habían contado aquella tarde era correcta.

2 comentarios:

A las 28/6/10 21:38 , Blogger BANDOLERA ha dicho...

¡Hola de nuevo, pareja! (con perdón de Maria Angustias).
Lo primerooooo: ¡Nada de horroroso, si es la patrona de Granada, el nombre es una preciosidad, faltaría más!! No sé dónde tenía yo en ese momento el sentido de la estética....
Lo segundo: pues yo me he enterado de que la catedral de Florencia tiene un metro más que la de Sevilla. ¡Hala!
Tercero: me ha encantado la digresión! ¡Jajajaja! Ya decía yo que en el arco de Constantino faltaba una rúbrica a mi magna visita, osea que te comprendo. No te desmoralices, son los ayuntamientos, que no saben....
Cuarto: Más te vale que hagas caso a Quiosquera, sé que lo sabes, así que no entiendo como a veces no te acuerdas. Protección 50 es perfecta.
Quinto: cualquiera te rebate a tí ni en reyes medievales, narices. Pero que conste que yo no veía la incongruencia de la guía, tal como lo has contado.
Sexto: odio ese cacharro a pilas.
Séptimo: Vaya bemoles que tienes para subir la escalera....
Y después del séptimo, Dios descansó, pero a mí me ha encantado el relato y las fotos, y me guardo el diario de bitácora para cuando me toque.
Un beso y saludos a Maria Angustias, de precioso y estimulante nombre.

 
A las 29/6/10 17:50 , Blogger Juan Manuel ha dicho...

Vaya enciclopedia que nos has regalado, Antonio... Te diré que estuve en Peñafiel allá por 1958/59, en una excursión del colegio (desde Palencia) y lo recuerdo por la coña de los compañeros de clase, por lo de Don Juan Manuel. Posiblemente fue la primera vez que oí hablar de mi "tocayo". Después me fui enterando de más cosas, claro, pero durante años, recuerdo que cada vez que oía o leía el nombre del pueblo, inmediatamente me acordaba de él...
Te felicito por el post, Antonio.

 

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