domingo, enero 11, 2015

El Ingenioso Hidalgo y los ministros del ramo

El último medio siglo (por lo menos) se ha caracterizado por la gran cantidad de planes de estudio que hemos sufrido los españoles, casi tantos como ministros. Hubo una época en que, bien porque no había ministro del ramo bien porque el ministro se dedicaba a otras cosas, los planes de estudio duraban una eternidad.
En realidad, el Ministerio de Educación apenas ha utilizado ese  nombre y, cuando lo ha utilizado, ha sido añadiéndole algún que otro apellido como Ciencia, Deporte, Universidades o Cultura. Durante buena parte de la primera mitad del siglo XX, concretamente hasta la llegada de Franco al poder, el ministerio se denominó Ministerio de Instrucción y Bellas Artes, quizás porque enseñar se enseñaba poco. Instruir sí que instruía, sobre todo a los trabajadores del campo a quienes se daban instrucciones concretas sobre qué partido o candidato se había de votar. Lo de Bellas Artes, seguramente, era para darle un poco de lustre.
Con la dictadura se dio por llamarlo Ministerio de Educación y Descanso, aunque no sé si, oficialmente, alguna vez tuvo esa denominación; al menos y hasta donde yo sé, Educación y Descanso fue obra de la Organización Sindical (Sindicato Vertical) y se dedicó a organizar eventos político-deportivos que ayudaran a reblandecer el régimen. Tampoco parece que enseñara mucho, dedicado como estaba a descansar. En este tiempo se dictaron tres Leyes Generales de Educación:
  1.- Ley sobre Educación Primaria de 1945, promulgada por el ministro Ibáñez Martín, que sólo afectó a la Enseñanza Primaria.
  2.- Ley de Ordenación de la Enseñanza Media de 1953, promulgada por el ministro Ruiz Giménez, que estructuró los estudios de Bachiller y estableció las reválidas de 4º y 6º con las que se obtenían los títulos de Bachiller Elemental y Superior, respectivamente. Además estableció un curso de preparación universitaria (Preuniversitario).
  3.- Ley General de Educación de 1970, promulgada por el ministro Villar Palasí, que revolucionó toda la enseñanza no universitaria.
Entre ley y ley, cada ministro fue poniendo su huevo y, así, el ministro Rubio García-Mina fue el padre del Plan de Bachillerato de 1957, al que suelo referirme con asiduidad.

Hasta 1953, las modificaciones afectaron poco (relativamente) a los programas de la Escuela Nacional, si no hacemos mención a la educación religiosa, política o social, la cual se estremeció según el régimen político imperante: monarquía, república o dictadura. Por ejemplo, los niños aprendían a leer en las tres cartillas RAYAS, continuaban con un libro de perfeccionamiento como el CATÓN o JUANITO y remataban con EL MANUSCRITO. De ahí pasaban a la ENCICLOPEDIA (más o menos gorda en función de los conocimientos del alumno) y como libro de lectura EL INGENIOSO HIDALGO DON QUIJOTE DE LA MANCHA.
El año 1953 no fue bueno ni para la cultura ni para la vida práctica; piénsese, si no, en la desaparición del MANUSCRITO, que ha hecho que los médicos se tengan que pasar al ordenador toda vez que los farmacéuticos no son capaces de leer sus recetas; y piénsese que, quienes llegamos a la escuela después de esta fecha, no hemos leído el libro más editado después de la BIBLIA (y antes de la invención del BEST SELLER) y que es EL QUIJOTE. Tanto es así que la Real Academia Española encargó a Arturo Pérez Reverte una versión del INGENIOSO HIDALGO con destino a los escolares del siglo XXI. Y sin necesidad de un nuevo plan de educación.
Pérez Reverte ha suprimido la paja, esto es, los relatos que se apartan del eje principal de la obra, y ha sustituido palabras que se empleaban a comienzos del XVII, ya en desuso, por otras más actuales. No conozco el resultado de la obra, pero es probable que me decida a leerla entera y no como hasta ahora que sólo he leído pasajes de la misma.
Recuerdo el Quijote de mi padre (que aún forma parte del patrimonio familiar) y como, en las noches de invierno, nos enseñaba los grabados que representaban al hidalgo emprendiéndola a lanzazos contra los molinos de viento o al mismo D. Quijo contemplando impotente desde el otro lado de la valla cómo unos villanos manteaban a su escudero Sancho Panza. Nos leía algún pasaje y, de vez en cuando, rememoraba las peripecias que tuvo que pasar (mi padre, no D. Quijote) para juntar, perragorda a perragorda, las 1,10 pts que costaba la obra.
Como digo, el que había sido libro de obligada lectura para mi padre dejó de serlo poco antes de que yo me incorporase a la escuela y mi conocimiento del Quijote se queda en las aventuras que leímos en casa y algún que otro pasaje que he leído con posterioridad.

Tampoco llegué a tiempo al Manuscrito, si bien esto no me importó mucho. Mi amigo José el de Luto, que empezó la escuela unos años antes que yo, sí lo utilizó como libro de lectura y, a veces, practicábamos leyendo algún cuentecillo de los que allí se relataban; las primeras lecciones del libro eran asequibles, pero, a medida que se iban pasando hojas, la letra se deformaba más y más, tanto que a mí me parecía que el que escribió el libro no sabía escribir. ¡Pobres boticarios!

A lo que llegué a tiempo fue a la cartilla. Quizás por casualidad. Entre el tito Manolo, la tita Flora (supongo) y mi madre lograron enseñar a leer a mi hermana a muy temprana edad: antes de cumplir los 4 (cuatro) años ya había pasado las tres cartillas y leía otras cosas como “no se dice los gatos arruñan sino los gatos arañan”. ¡Qué tontería! ¡Cómo si no fuesen sinónimos! Y si no lo eran, un arruñazo dolía más porque era… como más profundo.
Y claro, como mi hermana había empezado a aprender con 3 años, no tuve más remedio que intentarlo; gocé de una ventaja, pues mi principal profesora fue mi hermana, que era paciente y casi sabía manejarme. Es cierto que a estas alturas apenas me acuerdo de la portada, la primera página (la de la “i” de iglesia, la “u“ de uvas, la “o” de ojo, la “a” de abanico, y la “e” de erizo) y poco más.

Sigo echando en falta el Manuscrito; todavía recuerdo una ocasión en que mi padre me llevo a Albuñol, no sé si a hacerme algún retrato o a que me arreglaran las botas y, a la vuelta, nos paramos en La Rábita. Hablaba con unos amigos y quiso presumir un poco de niño espabilado.
- Ya sabe leer –les dijo-.
- ¡Anda ya, va a saber leer tan chiquitillo! –me parece que el que contesto fue Pepe el Tranquilo-.
- A ver, Antoñico, lee aquello.
Estábamos delante de un almacén donde la gente entraba a comprar vino. Encima de la puerta había un letrero pintado.


Bodega Correa

Me arranqué:
- bo… dega… borrea.
- No, hombre, no –me cortó mi padre-. Bodega Correa; ¿no ves que la primera letra es una “c” mayúscula!
¡Puñetero manuscrito! ¿Por qué demonios el palo de la “c” estaba retorcido hacia dentro tal que me pareció una “b” y quedé como un analfabeto?

Pensándolo bien, la culpa fue del ministro que quitó el Manuscrito y me obligó a hacer todo el aprendizaje con letra de imprenta.

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