viernes, enero 13, 2012

Secuelas

Han pasado dos meses desde que el apéndice me diera el último susto del año, y apenas queda un vago recuerdo y una profunda cicatriz. Si no fuese porque al doctor se le fue la mano, la cicatriz sería una línea recta que baja desde el ombligo hasta donde el vientre pierde su honesto nombre; es una lástima porque, vista de frente y esculpida en un abdomen bien alimentado, parecería el culillo de un niño chico. ¡Qué le vamos a hacer!
Aun así, a veces es protagonista de conversaciones animadas.

Este fin de año hemos esperado las campanadas y comido las uvas con dalr y alguno de sus amigos; entre ellos, Suzzy, reciente mamá de un mamoncillo que vino al mundo a golpe de bisturí. Por similitud, acabamos hablando de nuestras respectivas cicatrices.
- A mí me abrieron la barriga en canal. Tajo limpio si no fuera porque el cirujano estornudó en el momento inoportuno y, a medio corte, se le desvió el bisturí hacia su izquierda.
- Pues mi corte es en horizontal.
- ¡La puñetera manía del bikini! A las mujeres os hacen el corte horizontal y bajito para que no se vea con el bikini. Como si a nosotros nos gustase lucir la cicatriz de nuestra cesárea.
- Hombre, tu operación y la mía no son comparables: a mí me pusieron 15 grapas. Por cierto, éste –dijo señalando a su marido- las guarda de recuerdo.
- A nosotros se nos olvidó ese detalle. ¡Quiosquera! ¿Cuántas grapas tenía la cremallera que me han abierto en la barriga?
- Veintitrés
- ¿Ves, Suzzy? Mi cicatriz tenía más grapas.
- Porque a mí me hicieron el corte en horizontal.
- ¡Y una leche! ¡Lo que pasa es que mi niño era más grande!

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