miércoles, noviembre 09, 2011

Dolor miserere

He pasado unos días con un pie aquí, y el otro también, mirando un poco hacia allí por si había que dar el salto. Todo empezó el viernes 21 por la noche después de la Hora de José Mota; me la tragué entera, incluso la vara del “Tío la vara”. Demasiado para el cuerpo; sobredosis. Cuando me fui a acostar noté que me dolía la barriga. Me tumbé del lado derecho y dolía más; me di la vuelta hacia el lado izquierdo y dolía igual. En decúbito supino era más resistible el dolor. Me tomé un calmante e intenté dormir: lo conseguí a medias.
El sábado por la mañana empezó la fiesta en serio; el dolor se acentuó y, sin saber que hacer, acabé sentado en el retrete. Tres culebrinas lacerantes me cruzaron la barriga desde la ingle izquierda hasta el diafragma derecho; notaba cómo el sudor me corría por la espalda y cómo se me empapaban el jersey y los pantalones. Aunque al cabo de un rato disminuyó el dolor, no era cosa de tomárselo a guasa. Estábamos instalados en Camp Davis y decidimos que lo mejor era volver a la capital y estar preparados para acercarse a urgencias. Había un problema: qué hacer con mi madre. Dalr tenía entradas para la función de las 8 en el Liceo y sólo podía quedarse con ella hasta las 7,30. Debería de sobrarnos tiempo.

Cuando llegamos a la clínica nos atendieron enseguida; expliqué en recepción lo del dolor de barriga y que, en intensidad, era similar al de un cólico nefrítico. La niña tomó nota y nos mandó a la salita de espera:
- Han de tener paciencia porque Traumatología está muy cargada esta tarde.
- Trauma… ¿qué? A mí me duele la barriga.
- ¡Ah! ¿No es la pierna? Como lleva bastones…
Barrigología no estaba saturada y me llamaron pronto. Una enfermera se encargó de hacerme las inquisiciones oportunas y me dejó solo en una pequeña habitación. Me pareció que había pasado una eternidad cuando llegó el médico; me trasteó el vientre y me hizo mil preguntas sobre el funcionamiento de las tripas.
- Todo parece indicar que tiene usted divertículos.
- No lo creo.
- ¿Sabe lo que es un divertículo?
- Ni idea.
- ¿Entonces?
- Esto no es nada divertido.
Me explicó lo que son los divertículos; algo así como pumpurrones que salen en las tripas y que pueden llegar a estrangularse o infectarse. Íbamos a esperar a ver qué decía el análisis de sangre para decidir si se me daba antibiótico por vena o por boca, o sea, si quedaba ingresado o me iba a casa.
Como, de momento, no me iban a hacer más perrerías, permitieron que entrase Quiosquera hasta de nos diesen el resultado. Menos mal que antes de ir a la clínica se me había ocurrido comer algo; eran las 8 de la tarde y continuábamos olvidados en el cubículo. Llamamos a Dalr por teléfono pero ya se había ido y mi madre estaba sola. Preguntamos: acababan de salir las pruebas y confirmaban el diagnóstico del médico, pero había algo más. Me harían un TAC para explorar más a fondo el abdomen; tenía que esperar hasta las 12 de la noche, así que mandé a Quiosquera a casa y ya aparecería yo o le daría un toque por teléfono.
Vinieron por mí a las 11. Quedé aparcado en una salita mientras me tomaban los datos. En la sala contigua había como una lavadora industrial, muy industrial, que llegaba casi hasta el techo; el bombo semejaba un nicho excavado en la pared.
- ¿Es ahí donde me van a meter? –pregunté-.
- Sí.
- Creo que hay una confusión.
- A usted hay que hacerle un TAC, ¿no?
- Sí, pero yo le tengo dicho a mi familia que, cuando llegue el momento, me incineren y eso parece la maqueta de un chalé en Montjüich.
- ¡No sea bestia, hombre! Con el TAC le hacemos varios cortes axiales en el abdomen para obtener una imagen…
- ¿Muy profundos los cortes?
- ¡Son cortes virtuales!
- Bueno, menos mal. No sé lo que es eso pero me quedo más tranquilo.
- Anda, firme esto.
- ¿Qué es? ¿La aceptación de la sentencia?
- Parece que está obsesionado… Con esto da usted permiso para que le inyectemos un contraste. ¿Es usted alérgico a algún medicamento?
- Que yo sepa, no.
- ¿Y a alguna otra cosa? Marisco…
- Al marisco, sí. Bueno, no; no soy alérgico al marisco pero me sale sarpullido cuando veo la cuenta.
- ¡Anda, anda! Túmbate en la camilla.
Me metió en la lavadora por la puertecilla del bombo. Tenía razón: aquello era poco profundo para las dimensiones de un nicho; por una parte me asomaba el pescuezo y, por la otra, las piernas.
- Ahora te voy a inyectar el contraste por la vía que llevas puesta. No tiene que pasar nada. Notarás calor en la garganta y los genitales.
- ¡Coño, bien! –pensé-. A ver qué se siente después de tanto tiempo…
De momento, la entrada del contraste me hizo daño en la vena y noté que el frío me subía hasta por encima del codo. Luego, nada. Al par de minutos noté un calorcillo en la garganta y me preparé para ver cómo afectaba al otro lado. Bueno, fue algo así como cuando entra un rayo de sol a través del vidrio de una ventana, o sea, que puede uno echar todo el combustible que quiera pero si no hay mecha no prende.

Pasadas las 12 se presentó el médico.
- Bueno, en el TAC ha aparecido una cosa rara que no esperábamos. No es mala, ¿eh? Las pruebas clínicas apuntan a divertículos, y yo sigo pensando que los hay, pero el TAC revela que hay apendicitis aunque no se ve bien porque se encuentra tapado por el sigma y la infección. Por la mañana lo verá el cirujano de guardia y decidirá si lo opera o no. Ahora le haremos las pruebas del preoperatorio y lo subiremos a planta; esta noche ya le estaremos poniendo antibiótico. No puede ni comer ni beber.
- Un poquito de agua; estoy frito.
- No, nada. Ni agua, que después podría provocarle vómitos.
Lamé a Quiosquera.
- Tranquila, no saben muy bien qué tengo pero mañana me quitan el apéndice.
- ¿Te sigue doliendo?
- Sí, pero ahora me pondrán un calmante.

Me hicieron una radiografía y un electro y me subieron a la habitación. Dos enfermeras se encargaron de enchufarme a unos cables y se pasaron la noche visitándome cada par de horas para cambiar las bolsitas vacías.

Continuará...

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