viernes, agosto 19, 2011

Trinidad, vamos a acostarnos

El martes estuvimos merendando con la tita Flora y sus dos hijos mayores. Fue una tarde en que la conversación se centró sobre bananas, higos, duraznos y chumbos pero no faltaron referencias a mis fechorías infantiles, época en que lo más suave que me decía la familia era cafre o morisco. Un poco antes de despedirnos, mi primo Luís utilizó una frase que, seguramente, está sacada de un chiste o chascarrillo, lo cual no es óbice para que sea cierto que se haya pronunciado en ocasiones.

Con varias generaciones de agricultores a la espalda, mi padre era conservador, y no me refiero a sus ideales políticos, que, en aquella época, sólo se podía ser falangista (minoría dominante), comunista (minoría escondida u ocula) o borrego (mayoría silenciosa). Me refiero a que luchaba por conservar lo que tenía y no se excedía en gastos superfluos puesto que no sabíamos como acabaría esta temporada o la del año que viene. Sin embargo le atraía el progreso y no era de extrañar que, de vez en cuando, invirtiera en tecnología punta. Así fue como en 1953 ó 1954 apareció un día con una radio (un arradio, para ser exactos); si no fue el primer aparato del pueblo porque algún aspirante a cacique ya lo tuviera, seguro que fue el segundo. Era un Philips de casi 30” al que hubo que habilitar una mesa para ubicarlo entre la máquina de coser, la despensa y la mesa de despacho de mi padre (la estancia también podía utilizarse como comedor, sala de estar, cuarto de la plancha y buhardilla para juegos infantiles).
Del arradio me llamaron la atención dos cosas: la caja de cartón que lo contenía y que llevaba dibujado un fulano diciendo “No me maltrate, póngame siempre de pie”, y un ojo de cristal situado en la parte derecha del panel frontal, que tenía que ponerse verde antes de que las emisoras pudieran oírse. Aprendí otras cosas. Por ejemplo, que la electricidad que llegaba a casa no era suficiente para que funcionase el arradio y necesitábamos un elevador; era un aparato con dos cables: uno había que enchufarlo siempre en el mismo agujero, y con el otro se iba probando en los agujeros restantes hasta que la aguja marcaba 125. Eso eran los voltios, algo así como la fuerza de la luz; si la aguja no llegaba a 125, el arradio no se oía o se oía mal, y si pasaba de 125, el arradio se quemaba.
A pesar de que nosotros vivíamos en una de las últimas casas del pueblo, tirando para Huarea, todas las noches venían unos cuantos vecinos a oír el parte de las 10. Y el día que hablaba Juanón… el día que hablaba Juanón no cabía la gente en el patio de butacas y mi padre tenía que subir la voz (todavía no conocíamos la palabra volumen en su acepción de intensidad del sonido) para que lo escucharan quienes se habían quedado sin entrada. Juanón era como Elena Francis en ecológico. Quiero decir que representaba al campesino paleto, realista y sensato que, en su incultura, iba apuntando medidas técnicas para aplicar en el campo español. Y los radioescuchas se quedaban embobados cuando Juanon le cantaba las cuarenta al ministro de agricultura:
- ¡Ho, éste si que no tiene pelos en la lengua!

Tuvieron que pasar 10 u 11 años hasta que la televisión llegó al pueblo. Un buen día apareció un tío con una furgoneta y le endosó un televisor a cada uno de los tres bares que teníamos. Les endosó el televisor, les instaló la antena en el terrado y enchufó los cables necesarios para que el aparato emitiese imagen y sonido. De vez en cuando había que trastear los botones para estabilizar la imagen o pegarle un puñetazo al aparato en su parte superior para conseguirlo pero la gente estaba contenta porque habíamos vuelto a coger el tren del progreso. Además, el mismo comercial consiguió que otras cuatro familias tirasen la cosecha por la ventana y colocasen sus casas en la cresta de la civilización.

Esta vez mi padre no estuvo por la faena y nos quedamos sin “el cine en casa”.
- Antonio, ¿cómo es que no has puesto la televisión? –preguntaban algunos vecinos-.
- Porque mientras estás viendo la televisión no puedes hacer otra cosa. Yo, en realidad, estoy esperando que salga la radio en color.
Y se quedaba tan pancho.
La explicación que daba a mi madre era otra.
- Pondremos la televisión cuando todo el mundo tenga. Ahora se nos llenaría la casa de gente y estaríamos delante del aparato hasta que saliera la peseta.
(Recordemos que en 1964 TVE dejaba de emitir durante la madrugada y que, cada noche, se despedía interpretando el Himno Nacional con la imagen del Caudillo sobreimpresionada en el escudo de España).
Y así era. La mayoría veíamos la tele en el bar, que asaltábamos como si fuese el patio de butacas de un cine, si bien, los más comodones y las mujeres (no estaba bien visto que las solteras, sobre todo, frecuentasen las tabernas) se buscaban un hueco en las casas de las cuatro familias que habían osado instalar el aparato. Garibaldi era uno de los ingenuos que tenía invitados cada noche: unas veces porque hacían película, otras porque pasaban un episodio del Fugitivo y otras porque emitían Noche del Sábado o Gran Parada. La cuestión era que noche tras noche venía a tomar el fresco en nuestra puerta y se quejaba de la mala inversión que había hecho.
- Es que tengo la casa llena de gente y no se mueve nadie hasta que sale la carta de ajuste.

Se cuenta que una noche, ya cabreado, se levantó de la silla y se dirigió a su mujer.
- Trinidad, vamos a acostarnos que está gente querrá irse.
Ni por esas. Nadie se dio por aludido y aguantó hasta que salió la peseta.

1 comentarios:

A las 24/8/11 17:18 , Blogger elzo ha dicho...

Muy interesante quiosquero. Muchas veces se harta uno de leer a tanto jovenzuelo y escritos así le reconcilian a uno con el género humano. Pienso en cuando mi abuela muera y deje de contar las mismas historias de siempre que me sé de memoria y me entra un nosequé.

 

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