Israel-Jordania IX: Jerusalén

Arrancamos en el mirador que ya vimos el primer día y empezamos a caminar hacia la Iglesia del Pater Noster. Llevaba el encargo de fotografiar la lápida que reproduce el Padrenuestro en catalán; un compañero de trabajo que había visitado Jerusalén un par de años atrás, se había quedado sin carrete y no había podido hacer la foto; incluso me había indicado dónde estaba, no fuera a pasar sin advertirlo. Error.

Llegamos a la Capilla de la Ascensión, allá donde la mayoría de iglesias cristianas suponen que Jesús tocó tierra por ultima vez antes de ascender a los cielos. La capilla es de construcción modesta y en su interior un cuadrado de tiras de mármol muestra el trozo de roca donde se adivina la huella del pie de Jesús.
La Iglesia Ortodoxa Rusa tiene su propio lugar para conmemorar la ascensión. Mucho más ostentosa, la Iglesia Rusa de la Ascensión venera ese otro punto. Al parecer, el extremo de la torre señala el punto más alto de Jerusalén y el último lugar que pisó Jesús.
Bajamos por la ladera atravesando el huerto de Getsemaní, repartido entre las distintas

Llegando al Valle del Cedrón, la Basílica de la Agonía o Iglesia de Todas las Naciones conmemora el lugar donde Jesús oró mientras los apóstoles descabezaban un sueño. La fachada principal, decorada con mosaicos, es muy vistosa. El interior contiene el trozo de roca viva que sirvió de soporte a Cristo mientras oraba.
Muy cerca y algo más abajo está la Tumba de la Virgen. Se pasa al interior

Cruzamos el Valle del Cedrón pasando junto a la Iglesia de San Esteban, primer mártir del cristianismo, que fue apedreado cerca de la Puerta de San Esteban mientras, presuntamente, San Pablo vigilaba las vestiduras de los apedreadores.

La Puerta de los Leones abre el camino a la Vía Dolorosa aunque, en realidad, el Vía Crucis empieza bastante más adentro. La primera visita fue para la Casa de la Virgen. Es el lugar donde, según la tradición cristiana, nació María. El lugar lo ocupa la Iglesia de Santa Ana (Madre de la Virgen) que, dicen, constituye el monumento más representativo de la arquitectura de los cruzados francos (es importante recordar que en Jerusalén no se habla de cruzados; para el pueblo musulmán los soldados cristianos que fueron a Tierra Santa a incordiar eran franceses; de ahí que todos los cruzados reciban el nombre de francos). Unas escaleras permiten descender a una estancia oscura bajo la iglesia que sería la casa de Joaquín y Ana. La Casa de la Virgen es administrada por los ortodoxos. Una pareja de devotos vigilaban la estancia y cuidaban de mantener encendidas las velas que iluminaban el lugar. El varón nos unció al Químico de Sarriá y a mí, marcándonos una cruz en la frente después de haber metido el dedo en aceite; la mujer se encargó de hacer lo mismo con Quiosquera y la esposa del Químico.
Muy cerca pasamos por los restos de la Piscina de Betesda, que los judíos utilizaban para lavar y purificar las ovejas que iban a sacrificar después en el Templo. Y llegamos al puestecillo de la naranjada… No vimos intrusos paseando entre las naranjas pero hubiera sido igual: caía un sol de verano y, después de bajar a pata toda la ladera del monte, teníamos la garganta sequita. Cerramos los ojos y bebimos con fruición una deliciosa naranjada recién exprimida.
Después de reparar fuerzas continuamos camino buscando las calles más estrechas y sombrías. Al llegar a la confluencia de la calle El-Wad con la Vía Dolorosa, torcimos a la izquierda. El Químico y su señora habían estado buscando durante todo el trayecto una iglesia católica donde oír misa. Eran casi las 12 de mediodía y no habíamos encontrado ninguna que estuviese abierta; en realidad, iglesia católica no habíamos visto ninguna.
- Cuando le digamos a tu madre que no hemos podido ir a misa un domingo en Jerusalén no se lo va a creer –le dijo el Químico a Conchita.
Quedamos en encontrarnos a la dos menos cuarto junto a la Puerta de Jaffa y nos separamos. Nosotros seguimos bajando hasta la calle de la Cadena y continuamos hacia la calle de David disfrutando de la distensión judeo-musulmana que se respiraba en aquel entorno.


Salimos por otra puerta que nos dejó en la parte exterior de las murallas.

A la hora señalada estábamos junto a la Puerta de Jaffa, fuera de las murallas, ajustando el precio del taxi que habría de llevarnos a romper el ayuno y abstinencia en el restaurante El Gaucho. El taxista quería cobrarnos 12 dólares por el viaje y el Químico, que era el que hacía de traductor, ofrecía 7. Conseguimos que nos rebajase hasta 9 dólares. Entonces el Químico remató:
- Tu dolars person.
- Güell…
Supongo que el tono del taxista extrañó a nuestro intérprete que echó números de nuevo. Cinco person a tu dolars… ¡Coño, que me he equivocado! Pero ya no hubo forma de convencer al taxista: un trato es un trato.
En El Gaucho nos esperaba el resto de comensales: todo el grupo salvo Ángel y Ángeles, que se habían ido a Massada. A la entrada había un cartel que anunciaba que las comidas del restaurante cumplían los requisitos kosher. De entrada, el Gaucho, que nos atendió personalmente, puso sus normas.
- Españoles... A ver si tengo un vino que sea de su agrado.
Sacó un Cabernet Sauvignon, made in Hollyland, que consiguió la aprobación de los riojanos. A 5.000 castañas la botella, ¡cualquiera osaba decir que el vino no era bueno! Y para acompañar, nos endosó un asado argentino que no se lo saltaba un galgo. Para postre puso en flan de huevo riquísimo.
- Con que comida kosher ¿eh? –le espetó Lorenzo de Girona.
- Pues sí, señor. Cada día pasa por aquí el rabino que lo certifica.
- ¿Y el flan? Leche y carne… el hijo guisado en el jugo de la madre...
- No se lo creerán ustedes pero el flan que han comido no lleva ni leche ni huevo.
Lo creímos.

Eran las cinco de la tarde cuando salimos del restaurante. Los estómagos, poco acostumbrados durante la última semana a una comida copiosa, reclamaron reposo y todo el mundo se dirigió al hotel; menos nosotros, que no nos habíamos trasladado al quinto pino a echar la siesta y tomamos otro rumbo. Fuimos a dar al Parque de la Independencia, verdadero oasis en medio de la sequedad de la ciudad y, pasando por el edificio semicircular de la Agencia Judía, llegamos a la torre YMCA (aiemsiei) desde cuya terraza, a 45 metros de altura, habíamos leído que disfrutaríamos de una imponente vista de la ciudad. Trincamos el primer ascensor que encontramos y nos fuimos arriba; no dimos con la azotea pero paramos en varios pisos y en todos nos encontramos la misma escena: señoras con uniforme blanco adecentaban las habitaciones donde se hospedaban los jóvenes cristianos. Frente al YMCA se levanta el Hotel Rey David que yo conocía a través de “Oh, Jerusalén” de Dominique Lapierre y Larry Collins.

El asado empezaba a hacer efecto y nos sentamos en los Jardines de Montefiore, en las proximidades al Molino de Viento que, dicho sea de paso, le pega al entorno como a un santo dos pistolas. Determinamos que el día siguiente iba a ser muy largo y lo mejor que podíamos hacer es irnos al hotel a descansar.
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