viernes, abril 03, 2009

Israel-Jordania V

Wali nos recogió a primera hora de la mañana. El día anterior nos había dicho que era costumbre dar una propina al chófer que nos había llevado aquellos días y, durante la cena, recogimos unos cuantos dólares a tal fin. Los compañeros de excursión decidieron que también diéramos algo para el guía y, como no llegamos a un acuerdo en la forma de hacer el reparto, quedamos en darle la totalidad a Wali y que él diese a conductor lo que creyese que era normal. Todo ello por escrito y en sobre cerrado.
En la furgoneta, Wali nos dio instrucciones de cómo pasar la frontera y las precauciones pertinentes dado que pasábamos a país “enemigo”. A continuación se despidió; no venía con nosotros. Le dimos el sobre, dijo “gracias” y se lo metió en el bolsillo.

Cruzamos la frontera por el Puente Allenby. La parte jordana del puente era un hervidero de gente en movimiento continuo. Los altozanos estaban ocupados por soldados armados hasta los dientes pero abajo la aduana más parecía un zoco que un puesto fronterizo. Un soldado jordano subió a nuestro microbús y nos requisó el pasaporte. Rechoncho y con cara de buen tío, puso los pasaportes en un montón y los fue ojeando uno a uno. No está permitido pasar un puesto de control jordano si en el pasaporte figura el sello del estado de Israel. No importa que al otro lado del Puente Allenby esté Israel; lo importante es cumplir la letra de la ley y la ley dice que un turista que haya visitado Israel no puede entrar ni salir de Jordania. El soldado fue leyendo los nombres que aparecían en los pasaportes:
- José…
- Aquí.
- Antonio…
- Sí.
- María…
Silencio.
- María…
- María ¿qué? –pregunto una de las nuestras-.
- María Isabel.
- Yo.
- María… -el moro dejó de leer y cogió otro pasaporte-, María…
Fue mirando los pasaportes de las mujeres a medida que en sus labios se dibujaba una sonrisa que acabó en carcajada.
- María… María… María –iba diciendo mientras señalaba a cada una de las mujeres y se reía-.
Me dio los pasaportes que faltaban por repartir y se bajó del minibús tronchado.


Pasamos el puente. Las guías de turismo dicen que sólo cuenta 15 metros de longitud pero da la sensación que hay miles de kilómetros de distancia entre los dos países. En el otro lado no había soldados, ni funcionarios, ni siquiera lagartos. A la vista, por lo menos. Una zona inmensamente vacía hasta los edificios de la aduana doscientos metros más adelante. Y allí se iba por faena. Unos chavales jovencitos pero destilando autoridad nos hicieron pasar maletas y bolsas por el escáner quedando bien claro quién era el propietario de cada bulto. Mientras, el chófer del microbús, al que los funcionarios israelitas no dejaban pasar, intentaba llamar mi atención. Cuando reparé en él, me dio a entender que Wali le había dicho que le daríamos una propina. Le dije que ya se la habíamos dado al guía y que se entendieran ellos mismos. El pobre chófer había coincidido con Wali por casualidad y lo más probable es que no lo volviera a ver. Los riojanos improvisaron una rápida colecta y le dimos 20 dólares al pobre hombre.
El equipaje había pasado el control y sólo faltaban las personas y los bolsos de mano. No puede decirse que los aduaneros nos tratasen mal, fueron correctos en todo momento, pero el estado de ánimo que transmitían nos indicaba que no estaban para cuentos y fuimos siguiendo sus instrucciones al pie de la letra sin poner ni un solo inconveniente. Yo hago saltar las alarmas de todos los aeropuertos y en todos sitios el guardia de turno me pasa el detector manual, se sonríe y me dice que pase. En la frontera judía tuve que mostrar hasta los bolsillos vueltos. Dalr no conseguía pasar el control; había entregado todos los objetos metálicos, cinturón incluido, y la máquina seguía pitando. El funcionario, un tanto cabreado, le pasó el detector hasta encontrar el origen de la alarma: el botón metálico de la bragueta de los vaqueros.

Como digo, estábamos en otro mundo. Se nos presentó el guía judío, Saúl, y nos indicó que el chófer se llamaba David. A cada uno de nosotros nos dio una visera amarilla y ya estábamos catalogados. En el breve trayecto hasta Jericó dio instrucciones claras y precisas. En cada parada que hiciéramos durante la excursión, se nos acercarían multitud de vendedores árabes y, seguramente, nosotros le pediríamos consejo: él siempre iba a decir que lo que nos vendían era bueno y que el precio era razonable. El motivo: después de unos días, nosotros nos marchábamos mientras que él seguiría viendo a menudo a los vendedores. Por tanto, lo mejor que podíamos hacer era no preguntar, pero si lo hacíamos era cuestión de tener en cuenta que no nos diría la verdad. La otra premisa que fijaba era que él no entraba en cuestiones de creencias religiosas. Nos explicaría las cosas tal como las creen los judíos, los cristianos y los musulmanes, obviando la veracidad de las distintas interpretaciones.

Llegados a Jericó, la primera cosa que nos llamó la atención fueron las patrullas militares. Hacía apenas un año que se había concedido la autonomía a Gaza y a la ciudad de Jericó y los judíos mantenían el control militar de la zona pero las patrullas eran mixtas: abría la marcha un jeep con la bandera palestina y la cerraba otro jeep en el que ondeaba la estrella de David. Fuimos a comer a un kibutz de las afueras. Self service. En Ammán habíamos desayunado fuerte y no andábamos sobrados de hambre, así que Quiosquera cogió una ensalada y un yogour, yo me conformé con una tortilla de verduras y Dalr comió normal. Total: 39 dólares. Después vimos que esa era la tónica en los comederos turísticos: 13 dólares por barba independientemente de lo que se consumiese. La visita turística se limitó a echar un vistazo en las excavaciones de Tell es Sultán. Saúl hizo el comentario de que Jericó se considera la ciudad más antigua del mundo o la ciudad amurallada más antigua del mundo. Lo que es seguro es que Jericó, situada a 258 m. bajo el nivel del mar, es la ciudad más baja del planeta.

Camino hacia el norte bordeamos el Jordán, que sirve de frontera natural entre Israel y Jordania. La frontera artificial la constituyen cientos de kilómetros de alambrada electrificada que se levanta en el margen derecho del río. Junto a la alambrada corre una carretera que, siempre en palabras del guía, permite llegar a cualquier punto donde salte la alarma en pocos minutos. Ya que hablábamos de política, Saúl nos transmitió el sentir del gobierno de Israel que, a cambio de paz, estaba dispuesto a enseñar a los jordanos y a los palestinos a aprovechar las aguas del Jordán y desarrollar en la zona una agricultura floreciente.

Paramos en Beit Shean para echar un vistazo a las ruinas romanas. Pero no fue ese el motivo de la parada ya que las ruinas las vimos desde la carretera y a distancia. Saúl nos reunió junto a una pequeña muralla y nos puso de espaldas a las ruinas. Junto a nosotros había aparcada una furgoneta en cuya puerta aparecían dibujados dos tipos que portaban sobre los hombros un tronco largo y delgado del que colgaba un racimo de uvas enorme; enorme el racimo y enormes las uvas. Al pie del dibujo, letras raras que supusimos pertenecían al alfabeto hebreo.
- ¿Alguien sabe qué significa este dibujo? –preguntó Saúl-.
Rememoré claramente la página de mi libro de Historia Sagrada en la que se veía el mismo dibujo junto a la narración de cómo Josué había mandado exploradores a la Tierra Prometida y cómo éstos habían vuelto cargados de frutas y hablando de “la tierra que mana leche y miel”. Lo dije. Pareció sorprendido de que un “gentil” conociese detalles tan nimios de su historia, pero complacido ya que se ahorraba la explicación y entraba directo a matar.
- Exacto –dijo-. Y por eso mismo, ahora es el símbolo del Ministerio de Turismo de Israel.
Y entonces nos mostró la montaña que había delante totalmente cubierta por un bosque de pinos.
- A las puertas de esta ciudad murió Saúl, el primer rey de los hebreos y, por sus pecados, Dios castigó a los judíos diciendo que en esa montaña no volvería a crecer la vegetación (dijo el nombre del monte, pero no me acuerdo). Los judíos actuales han roto la maldición y, como veis, la montaña es hoy un bosque. Los rabinos ortodoxos interpretan que Dios ya ha perdonado al pueblo de Israel, aunque también es cierto que desde los primeros años de independencia se “instauró la tradición” de regalar a los niños un arbolito para su cumpleaños, árbol que, días más tarde, el niño, junto a su papá, planta en la montaña maldita. De hecho ha cambiado tanto la vegetación que los meteorólogos hablan de un incremento progresivo de las lluvias en los últimos años.


Nos separamos del río Jordán rumbo noroeste cruzando el Valle de Jezrael. Durante un buen rato rodeamos la única elevación del terreno: el Monte Tabor. Finalmente, a media tarde llegamos a Nazaret. La visita a la cuna de Jesús fue breve; Iglesia de la Anunciación y Carpintería de San José.
La Iglesia de la Anunciación, donde se supone que el Arcángel Gabriel anunció su embarazo a María, tiene dos plantas. En la planta de abajo está la gruta de la Anunciación; las paredes de la planta superior están decoradas con representaciones de la Virgen María costeadas por congregaciones de cristianos de todo el mundo. Especialmente fea es la de Estados Unidos.
La gruta de la Anunciación está vedada a los turistas; de hecho, el día de nuestra visita, no se podía acceder siquiera a la planta inferior pero, mientras nos asomábamos por la balaustrada que hay en la parte de arriba, pasaron unas monjas que nos llamaron a Quiosquera, a Dalr y a mí y retiraron el cordón que impedía el paso. Sobre todo nos rogaron que no hiciésemos fotos de la gruta. Quedé bastante sorprendido al comprobar que José y María vivían en una cueva por muy bien excavada que pareciese, sorpresa que siguió en aumento cuando llegamos a la Iglesia de San José y vimos que la carpintería del padre putativo de Jesús también formaba parte de una galería subterránea.

No hubo más paradas hasta Tiberiades. Antes de dejarnos en el hotel, Saúl nos llevó hasta la cumbre de un altozano desde donde se dominaba la ciudad, el lago de Genesaret y, al fondo, los Altos del Golán. Nos explicó la gran batalla aérea que se desarrolló sobre las aguas del lago entre las fuerzas aéreas sirias e israelitas en 1967, aprovechando para aleccionarnos sobre el hecho de que Siria era el verdadero enemigo del estado judío pero, de la misma manera que no podían fiarse de palestinos, jordanos y otros países islámicos, Siria era el enemigo serio y cuando firmaba un pacto lo cumplía. Por eso estaban seguros de que el día que Siria reconociese el estado de Israel y firmase un tratado de no agresión, los judíos podrían devolver los Altos del Golán con la seguridad de que no serían atacados ni se les cortarían las fuentes que amamantan el Mar de Tiberiades. Yo, mientras tanto, intentaba imaginar las posiciones de cristianos y musulmanes en la batalla de los Cuernos de Hattin, aquella que enfrentó a Saladino contra Guy de Lusignan, rey de Jerusalén, Gérard de Ridefort, Gran Maestre del Temple y Reinaldo de Châtillon. Los cruzados sabían de la llegada de las tropas musulmanas y eligieron el lugar más elevado del terreno pero no tuvieron en cuenta el abastecimiento de agua ni la posición del sol a la hora de la batalla. Saladino ocupó la zona baja junto al lago y mantuvo la posición dos días. Aprovechando que el viento soplaba en dirección a los cristianos, mandó incendiar los matojos y hacerlos volar hacia ellos aumentando la sed y el calor que ya afectaba a las tropas de los cruzados. Finalmente, Saladino dio la orden de ataque cuando los soldados cristianos tenían el sol de frente. El obispo de Acre había acudido al combate portando la Vera Cruz para que les echase una mano en su lucha contra los sarracenos; no sólo no sirvió de nada, ya que las tropas de Saladino arrasaron a los cruzados, sino que, después de la batalla, de la Vera Cruz nunca más se supo. Según cuenta Amin Maalouf en “Las cruzadas vistas por los árabes”, el propio Saladino decapitó a Reinaldo por lo bien que éste se había portado con los musulmanes en citas anteriores.

Durante la cena empezamos a tener contacto real con el mundo hebreo. Estábamos en Pascua y los judíos celebraban el Pesah(1); por tanto, las comidas que hacíamos en el hotel no sólo eran kosher(2) sino que iban acompañadas de pan ácimo, que es como una torta dura sin gracia. En definitiva que nuestras comidas en Israel fueron, por lo general, ligeras y desabridas.

Después de la cena nos acercamos al centro de la ciudad. Íbamos de sorpresa en sorpresa. Los jóvenes (y las jóvenas) salían de las discotecas o charlaban en los bares con la escopeta al hombro o la pistola en el cinto. Saúl nos explicó que la duración del servicio militar varía en función del tiempo que el soldado lleve residiendo en Israel y si es soltero o casado. Como norma general los israelitas sirven en el ejército entre 2 y 3 años seguidos y, después, les toca un mes por año hasta cumplir los 40, más o menos. Mientras dura el servicio militar, el soldado es responsable absoluto de sus armas y no puede perderlas de vista. Sólo se les permite que la dejen en custodia a su padre si, y sólo si, éste hizo el servicio militar en Israel. Por eso es normal ver a los jóvenes paseando por las calles con sus armas reglamentarias.

No lejos del puerto encontramos un pequeño parque decorado con columnas greco-romanas. En la parte central se encuentra el Odeón donde un cartelito indicaba que desde allí el visitante podía hacer uso de la palabra y dirigirse a un público real o imaginario. Dalr subió y entonó, no recuerdo bien, si algo de Hamlet o de la Vida es Sueño. Al finalizar, unas inglesitas que permanecían medio ocultas en la oscuridad, lo aplaudieron.
Acabamos haciendo el gilipollas ante la puerta de un pub denominado El Patio Andaluz.


De vuelta al hotel hicimos un nuevo descubrimiento; no existe el café expreso. Se presentaban dos opciones: vasito de agua a punto de hervir, más sobre de Nescafé o café filtrado, esto es, zurrapas sobre un filtro de papel sobre el que se vierte agua a punto de hervir. Por su cuenta, Dalr descubrió que también se podía tomar chocolate desleído.

(1) El Pesah o Pascua Judía rememora la salida de los hebreos de Egipto. La fiesta se inicia con el Seder o cena pascual, que coincide con la primera luna llena de la primavera, y se prolonga durante siete días en lo que se denomina la fiesta de los ácimos.

(2) Comida Kosher. Basada en los preceptos de la Torá. La carne de mamíferos debe proceder de rumiantes con pezuña hendida. El pescado debe tener escamas y aletas. Las aves tienen un trato especial y está prohibido el consumo de reptiles, anfibios e insectos rastreros. En cuanto a la mezcla de alimentos, no se puede consumir carne junto a lácteos y derivados aunque el tiempo que ha de transcurrir entre el consumo de unos u otros varía en función del que se ingiera primero.
En general, las carnes y los lácteos se cocinan y se consumen con utensilios diferentes. Dado que el pan del Seder es ácimo, debe haber otro juego de utensilios que sólo se use para esta cena.

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