viernes, mayo 08, 2009

Israel-Jordania VII: Jerusalén

Hablar de Jerusalén es hablar de la ciudad tres veces santa; hablar de Jerusalén es hablar de religión; hablar de Jerusalén es meterse en camisa de once varas; hablar de Jerusalén es arriesgarse a ofender a judíos, musulmanes o cristianos, sobre todo si uno intenta contar lo que vio y posicionarse en el lugar adecuado para que no se ofendan ni judíos ni musulmanes ni cristianos.


Jerusalén es, prescindiendo de la religión, un monumento. Me refiero, claro está, a la Jerusalén que se encuentra dentro de las murallas, a la Jerusalén que fue objeto de cientos de años de guerras entre cristianos y musulmanes y que, ahora, es objeto de décadas de disputas entre musulmanes y judíos. Cuando Tito destruyó o mandó destruir el Templo y prohibió a los judíos residir en Jerusalén, se inició la Diáspora (que acabó en desbandada tras el levantamiento y derrota de Barcokebas en 135) y la Ciudad Santa se perdió en el olvido de la historia. Hasta entonces ya lideraba las dos grandes religiones monoteístas, aunque una de ellas aún anduviese en pañales.
Fue en Jerusalén, concretamente en el monte Moria, donde Abraham estuvo a punto de sacrificar a su hijo por mandato de Dios. Para los judíos, el hijo a sacrificar era Isaac (el legítimo); para los musulmanes fue Ismael el objeto del sacrificio. Tras el regreso de los judíos de su exilio-destierro en Egipto, David conquistó la ciudad y la hizo capital de su reino. Salomón, su hijo y sucesor, levantó el primer Templo, precisamente en el monte Moria, construyendo el Sancta Santorum, donde estaban depositadas las Tablas de la Ley, en el lugar exacto donde Abraham habría preparado el sacrificio de su hijo, fuese éste Isaac o Ismael. El Templo del Nuevo Testamento es el reconstruido por Herodes unas décadas antes del nacimiento de Jesús. La relevancia que Jerusalén perdió tras la Diáspora, la recupera con creces cuando Constantino el Grande elevó el cristianismo a religión oficial del imperio romano. Santa Elena, madre del emperador, viaja a Jerusalén e, inspirada, quizás, por el Espíritu Santo, reconoce el Monte Calvario, encuentra las cruces donde sufrieron martirio Jesús (la Vera Cruz), Dimas y Gestas, e identifica la piedra donde Cristo fue embalsamado y la gruta que le sirvió de sepulcro. Prácticamente dio fe de todos los lugares referidos en los Evangelios Canónicos y Apócrifos. Incluso determinó el bosquecillo donde creció el árbol cuyo tronco sirvió para construir la Vera Cruz.
Unos siglos más tarde, Mahoma predica el Islam y, a partir de unos versículos del Corán (Alabado sea Él que hizo viajar, durante la noche, a su siervo desde el templo sagrado hasta el templo que está más lejos, cuyo recinto hemos bendecido, para hacerle ver nuestro signos), se concluye que el Profeta viaja una noche desde Medina a Jerusalén a lomos de su mítico caballo el-Burak y, desde allí (desde el exacto lugar donde Abraham quiso sacrificar a su hijo en el Monte Moria), ascendió al séptimo cielo. Con ello, Jerusalén se transforma también en ciudad santa del Islam y, por tanto, objetivo para las huestes de Omar, que la conquistan a mediados del siglo VII.
El dominio de Jerusalén, Yerushalayim o Al-Quds y sus lugares sagrados llevará a cristianos, judíos o musulmanes a convertirla en escenario sangriento durante muchos siglos; casi tantos como recuerda la historia.


Con estos antecedentes iniciamos la panorámica que, no podía ser de otro modo, empezaba con una vista panorámica desde el mirador del Monte de los Olivos desde donde se domina toda la ciudad de Jerusalén, en especial las murallas, la Explanada del Templo y el Monte Sión. Debajo del mirador, un poco a la izquierda, está el cementerio judío que llega casi hasta el Valle del Cedrón. Resulta curiosa la costumbre judía de dejar una piedra sobre la tumba cada vez que la visitan y la sensación de olvido que transmiten las tumbas libres de piedras. Al otro lado del valle se levanta la ciudad. A la izquierda, sobre el Monte Sión, destaca la Abadía de la Dormición. Siguiendo hacia la derecha tropezamos con la muralla sur. Las murallas de Jerusalén, tal y como ahora se conocen, fueron erigidas por Soleimán el Magnífico al principio del siglo XVI. Las cuatro puertas principales son la Puerta de Jafa al oeste, la Puerta de Damasco al norte, la Puerta de los Leones o San Esteban al este y la Puerta de Sión al sur. Otras puertas conocidas son la Puerta Nueva y la de Herodes al norte, la Puerta de la Basura o del Estercolero al sur y la Puerta Dorada al este. Ésta última permanece tapiada y, según la tradición judía, es el lugar por dónde ha de entrar el Mesías; también se dice que esta era la puerta que utilizaba Jesús para entrar y salir de Jerusalén. Nadie nos explicó si las antiguas murallas de la ciudad tenían una puerta cuya ubicación coincidía con la actual Puerta Dorada.
Sobre la línea de la muralla este destaca la Explanada del Templo o Explanada de las Mezquitas y, en el centro, la Cúpula de la Roca, hoy rematada por una especie de mástil dorado pero que, en su día, estuvo culminada por una cruz o una media luna según que Jerusalén estuviese ocupada por cristianos o musulmanes. Algo más al fondo y a su izquierda, la cúpula de la Iglesia del Santo Sepulcro compite en altura con la Cúpula de la Roca.
Hacia la derecha, la Puerta de los Leones accede al barrio árabe y enlaza con la Vía Dolorosa. Al fondo de este cuadro medieval, se levantan los modernos edificios de Jerusalén Oeste.

Mientras los miembros de nuestro grupo admirábamos tan maravilloso panorama, Dalr buscaba fotos de interés cultural y cazó la de un turista meando junto a uno de los olivos milenarios.

El autocar atravesó el valle bordeando la Basílica de Todas las Naciones, la Iglesia Rusa de Santa María Magdalena, la tumba de la Virgen, las tumbas de Santiago y Zacarías y el Pilar de Absalón. Pasamos por la muralla sur junto a la Puerta de la Basura, con la cúpula de la Mezquita Al-Aksa asomando por encima de la muralla, cruzamos media ciudad y fuimos a parar a la parte oeste donde hicimos un alto para que Saúl nos aleccionara sobre los monumentos que allí se levantaban y gozáramos de un rato de recreo para hacer unas cuantas fotos con calma.


Aislado, en medio de una extensa explanada, se encuentra el edificio de la Knéset o parlamento israelí compuesto por 120 miembros, tantos como tuvo el antiguo Sanedrín. Frente a la puerta, tras una valla circular, hay un enorme Menorah, el candelabro de 7 brazos que es el símbolo oficial del Estado de Israel y estaría inspirado en la zarza ardiendo que contempló Moisés la primera vez que habló con Dios. Cada brazo representa un día de la semana. El Menorah acompañó al Tabernáculo, la tienda donde se guardaba el Arca de la Alianza, y, más tarde, presidió el Sanctasantorum del Templo. Se cuenta también que, a la vuelta de los judíos del destierro a Babilonia, encontraron un Menorah en las ruinas del Templo que alguien se había encargado de mantener encendido de modo que la llama sagrada se perpetuó durante el exilio.

En las cercanías de la Knéset se erigen el Museo de Israel y el Santuario del Libro, lugar, éste último, donde se exponen reproducciones de los documentos encontrados en Qunram, junto al Mar Muerto. El Santuario del Libro es un edificio blanco, circular, dotado de una forma extraña.


- Veyeu echó –dijo Lorenzo de Girona-. Es como un platillo volante.
En realidad, el Santuario del Libro representa la forma de la tapadera cerámica que cubría la cántara o vasija de arcilla que contenía los documentos encontrados en las cuevas de Qunram.

En la ladera de la montaña se alza el viejo Monasterio de la Santa Cruz. Según la descripción hecha por Santa Elena, los árboles que crecen en este lado del montículo fueron plantados por Lot (el de Sodoma y Gomorra), sobrino de Abraham, y con el tronco de uno de ellos se fabricó la cruz en la que crucificaron a Cristo; el Monasterio se construyó en el lugar fijado por la madre del emperador.

Continuamos la visita haciendo una parada en el Hotel Holiday Inn para ver la maqueta de la Jerusalén de los tiempos de Jesucristo. Camino del hotel cruzamos el barrio de Mea She’arim, habitado por judíos ultraortodoxos. Era Viernes Santo y Día de la Pascua Judía. Observamos un gran actividad en las calles: había cantidad de bidones metálicos ardiendo mientras que los hombres vestidos de negro y las patillas en forma de tirabuzón, arrojaban a las llamas revistas, libros y otros objetos.
- Durante la Pascua Judía –indicó Saúl-, en casa no puede haber objetos impuros ni puede utilizarse nada que haya podido tener contacto con pan con levadura. Por eso en las casas judías hay una cubertería que sólo se usa durante la pascua y se queman todos los objetos que resulten impuros.
- Pero, supongamos que un judío tiene un cuadro de gran valor en el que aparece una mujer desnuda, ¿lo quemaría? –era el Químico de Sarriá-.
- El judío tiene una solución para cada caso. Si se diese esa circunstancia, el judío, bajo contrato, vendería el cuadro a un vecino árabe y se lo compraría por el mismo precio una vez pasada la Pascua.
- ¡Hombre –intervine-, eso es engañar a Dios!
- Es cuestión de interpretación. El judío cumple la Torá. Tampoco puede tocar a una mujer durante la pascua y se solventa con una sábana agujereada


La maqueta del Holiday Inn se anuncia en las guías como la del Segundo Templo pero corresponde a Jerusalén entera. El Templo domina la construcción junto con la Torre Antonia adosada en la parte norte, cerca del muro occidental. Desde la torre parte una primera muralla que rodea un barrio en desnivel y vuelve hacia la parte sur del muro occidental. Una segunda muralla, de la que forma parte el muro oriental del Templo, rodea toda la ciudad que, entre murallas, es típicamente de construcción romana. Junto a la puerta más occidental de la primera muralla se eleva un pequeño promontorio muy escarpado que se identifica como el Monte Calvario. En nada se parece a la idea que uno se hizo de pequeño al escuchar las historias de la Pasión, ni al monte que nos presentan las películas sobre el mismo tema, ni siquiera a los lienzos que nos han legado los pintores de temas religiosos. Es, quizás, la primera de las muchas cosas chocantes que íbamos a presenciar en Jerusalén.

Y de suplicio a suplicio. Desde la maqueta de la Jerusalén de las crucifixiones nos trasladamos al Monte Herzl en cuya base se encuentra el Memorial Yad Vashem o Museo del Holocausto. En un espacio extenso, el museo se aleja de toda concepción deprimente y está formado por varios edificios y jardines donde se erigen monumentos, en su mayoría alegóricos. El Paseo de los Justos está dedicado a las personas que de algún modo ayudaron a los judíos durante la represión nazi; un árbol rememora a cada una de estas personas y una placa recuerda su nombre. Junto a la placa los visitantes dejan su piedra testimonial. Seguramente por la proximidad del estreno de la película que lo recuerda, el árbol plantado en honor de Oscar Schlinder aparecía con gran cantidad de piedras.
Aparte de los testimonios fotográficos y alguno de los instrumentos de tortura utilizados en los campos de exterminio, impresiona el edificio dedicado a los niños judíos que fueron víctimas de este holocausto del siglo XX. Se entra en una sala oscura, débilmente iluminada por lo que parecen miles de velas que se reproducen hasta el infinito, mientras la voz de un locutor va nombrando a cada uno de los niños que perdieron su vida en el evento.
En la cumbre del monte se alzan monumentos en honor de personas o hechos del siglo XX que han ayudado a cambiar el mundo. Entre ellos, la tumba de Teodor Herzl, padre del sionismo, y de otros políticos de relevancia como Levi Eshkol o Golda Meir.

La mañana no dio para más. Emprendimos el camino de Belén y paramos a comer en un kibutz cerca de la tumba de Raquel. Ya lo habíamos observado en los días precedentes pero allí pudimos ver cómo estaban marcados los límites que señalaban un alejamiento de 400 pasos del centro urbano. Según Saúl, durante el Sabat un judío no debe andar más de 800 pasos por lo que, cuando el paseante encontraba las marcas, sabía que había caminado la mitad de lo permitido y debía volver al pueblo (Señalo 400 pasos porque es lo que me suena. No juraría sobre la Biblia que fuera ése el número real).

Belén sería una típica ciudad árabe si no fuera por los campanarios de las iglesias, que compiten con los minaretes islámicos. La población es árabe en su mayoría, aunque la religión predominante sea la cristiana. La ciudad en sí tiene poco que ver o, más bien, la vimos poco ya que Saúl y David (el chófer) tenían prisa por llegar a casa y celebrar su Pascua. Paramos en una plaza grande donde reinaba la algarabía de vendedores de recuerdos y fetiches, básicamente cristianos.

En una lado de la plaza se yergue la Basílica de la Natividad, mandada construir por Constantino. Llama la atención su diminuta puerta principal, tanto que hay que agacharse para pasar. Es debido a que los árabes entraban a saco en la Basílica, incluso montados en sus caballos, y con esta estratagema frenaban la entrada de los agresores dando tiempo a los cristianos para escapar a la vez que impedían la profanación del templo ante la dificultad de acceso a las cabalgaduras.

Los de este lado de Europa consideramos o nos parece que el cristiano normal es el católico, mientras que los protestantes u ortodoxos están menos reconocidos. Y así debe ser en cuanto a número de practicantes (debido, sobre todo, a Iberoamérica) pero en los Santos Lugares priman los ortodoxos, incluso coptos y armenios andan por delante de los católicos.
Antes de iniciar el viaje me había documentado un poco para prepararme sobre lo que allí me podía encontrar y sabía, por ejemplo, que la Iglesia Ortodoxa Copta era uno de los grupos en los que se disgregó el cristianismo en el Concilio de Calcedonia, concilio que discutió la naturaleza divina y humana de Jesús. Los coptos formaron la rama monofisista que defendía que Jesús tenía una única naturaleza, la divina. Otro de los grupos escindidos fue la Iglesia Ortodoxa Armenia, que también defendió el monofisismo, aunque ambas ramas escindidas siguieron caminos diferentes, siendo los coptos quienes se mantuvieron más cerca de las formas originales del cristianismo. El grupo más numeroso defendió la doble e indivisible naturaleza, divina y humana, de Jesús. Los seguidores de Nestorio se adhirieron a la idea de dos naturalezas distintas y separadas, tal que María era Madre de Cristo pero en modo alguno Madre de Dios. Los nestorianos acabaron el concilio con el sambenito de herejes.
El siguiente cisma cristiano se produjo a mediados del siglo XI y, aunque los motivos oficiales fueron dogmáticos, se debió únicamente a una lucha por el poder entre el Papa de Roma, León IX, y el Patriarca de Constantinopla, Miguel Cerulario. La excusa fue la imposición (intento) romana del Credo de Nicea reformado por el Concilio de Toledo, con lo que el Espíritu Santo pasó de proceder del Padre a través del Hijo a proceder del Padre Y del Hijo (término filioque): Credo in Spititu Sancto qui ex Patre Filioque procedit.
El último cisma, el de los protestantes, es de sobras conocido.
Lo que nadie me supo explicar es por qué tenía tan poca presencia la Iglesia Católica. Si los Santos Lugares fueron reconocidos por Santa Elena, es lógico que fuera de corte griego (bizantino) la colonización espiritual subsiguiente, pero las cruzadas, bendecidas por la Iglesia Romana, fueron posteriores al Cisma de Oriente y, sin embargo, parece ser que respetaron el status quo.

Lo dicho. La Basílica de la Natividad es un templo formado por una nave central y cuatro pasillos. La mayor parte del templo y el Altar de la Natividad están administrados por la Iglesia Ortodoxa Griega, el crucero norte pertenece a la Iglesia Ortodoxa Armenia y la Gruta del Pesebre y la estrella que señala el lugar de nacimiento de Jesús son propiedad de la Iglesia Católica. El suelo está protegido por un entarimado y nos quedamos sir ver el original del siglo IV, si bien, el guía nos dijo que era de estilo romano. A la izquierda del altar, desde el punto de vista de los fieles, unas escaleras conducen a la gruta (de nuevo una gruta) donde nació Jesús.

Una estrella de plata con un agujero en medio indica el lugar exacto del nacimiento. Una capilla lateral, en otra gruta, ocupa el lugar donde habría estado el pesebre. Nos sorprendió que la gente se arrodillaba junto a la estrella y metía la mano en el agujero central. Fijándonos bien observamos que llevaban en la mano un rosario que restregaban sobre la piedra para, supongo, impregnarlo de la esencia de Jesús niño.
Continuamos por una serie de galerías subterráneas, donde se supone que San Jerónimo vivió mientras traducía la Biblia al latín (Vulgata). Salimos junto al claustro de la Iglesia Franciscana de Santa Catalina. Desde allí, cada año, se trasmite la misa del gallo al mundo entero.

Cuando salimos al exterior, Quiosquera quiso buscar una farmacia para comprarse algo con que tratar el constipado que llevaba a cuestas. Saúl habló con un chaval árabe que vendía belenes de madera y le hizo el recado. No tenemos ni idea de la fórmula de las pastillas que trajo pero debían estar bendecidas: cortó en seco el constipado de Quiosquera y estuvo un par de años sin pillar otro.


A las 5 de la tarde el autocar nos dejaba en las murallas de la Ciudad Vieja de Jerusalén. Entramos por la Puerta de Jaffa y enfilamos la calle de David sin rumbo fijo. A pesar de ser viernes (día de descanso semanal para los musulmanes), la mayoría de comercios estaban abiertos. La calle de David y su continuación, la calle de la Cadena, son típicamente árabes: estrechas, con comercios a ambos lados, y preparadas con ligeras pendientes para que los carros y bestias puedan sortear los escalones que salvan el desnivel. Jerusalén Este está dividido en cuatro barrios: cristiano, musulmán, armenio y judío. Al norte de las calles de David y la Cadena se extienden los barrios cristiano y musulmán, quedando al sur los barrios armenio y judío. La calle que va desde la Puerta de Damasco hasta la Puerta de Sión deja, más o menos, al oeste los barrios cristiano y armenio y al este el barrio musulmán y el barrio judío. Justo donde se cruzan ambas arterias, dos parejas de soldados israelitas montan guardia. Aparentemente, cada pareja charla despreocupadamente pero si se observa con detenimiento se los ve con las escopetas montadas, el dedo junto al gatillo y la vista fija y pendiente de lo que ocurre detrás del compañero.

Cuando casi se nos acababa la calle de la Cadena giramos a la derecha y fuimos a darnos de bruces con un control militar israelí. No era cuestión de retroceder y pasamos por el aparato detector de metales. Mis ejes hicieron saltar la alarma y el soldado (había dos: un soldado y una soldada) me manoseó hasta dar con el aparato metálico. Una vez pasamos el control vimos el porqué del mismo: acabábamos de entrar en la explanada donde se levanta el Muro de las Lamentaciones.

Una valla de poca altura separa la explanada en sí de la parte dedicada a la oración, más próxima al Muro. Este espacio está dividido a su vez, por otra valla más alta, en dos espacios desiguales: el de la izquierda (según se mira el Muro), mas grande, donde rezan los hombres; el de la derecha, más chiquito, donde rezan las mujeres. Además, por la parte izquierda se accede a unos túneles que pasan bajo el Muro y están destinados a biblioteca. No está permitido el acceso a las mujeres ya que éstas no pueden leer directamente los libros sagrados. La valla tiene una abertura que permite acceder al recinto sagrado; junto a la puerta hay unos contenedores llenos de cucuruchos de cartón (kipá) para que el visitante se cubra la cabeza ya que a pelo está prohibido acceder. Dalr y yo nos pusimos nuestros correspondientes kipás y nos adentramos en el recinto; quiero decir que nos metimos en los túneles bajo muralla y anduvimos revolviendo en los libros, sagrados o no, que llenaban sus paredes. Nunca había tenido un libro con escritura semita en mis manos y tenía curiosidad por ver su distribución. Tal como de esperar, un libro hebreo empieza por el final; lo que para nosotros es la contraportada, constituye la portada de los libros escritos en árabe o, como en nuestro caso, en hebreo. Por ende, las páginas se pasan de izquierda a derecha.

Abandonamos el Muro de los Lamentos casi por donde habíamos venido. Cara norte de la explanada pero más al este. Transitamos por unas calles subterráneas y fuimos a salir a la Vía Dolorosa, junto a un chiringuito donde vendían zumo de naranja recién exprimido, vamos, zumo de naranja de verdad. Nos tomamos sendos vasos y encaminamos nuestros pasos hacia la Puerta de Jaffa, callejeando por el barrio musulmán. Llegando a la calle de la Cadena nos encontramos con Ángel y Mª Ángeles, compañeros de viaje procedentes de Extremadura, y acabamos entrando en un establecimiento árabe que vendía artículos turísticos, en especial “Belenes”. En Belén había comprado un minipesebre tallado en madera por 10 dólares. Los que el morito nos ofrecía eran en comparación como la cuadra entera: San José con su bastón, la Virgen María, el Buey, la Mula… ¡y el Niño! Un mozalbete de 11 o 12 años, muy repeinado con su raya a la izquierda y con pañales. El vendedor nos pedía 40 dólares por el suvenir. Ninguno teníamos intención de comprar pero después de todo un día pateando la ciudad estábamos cansados y nos venía bien un pequeño reposo. Saqué mi paquete de Ducados y di tabaco. El moro fumaba Winston. Le dije que aquello era lo que en España fumaban las mujeres; los machos fumábamos Ducados, Habanos y, si se tenían muchos güevos, Celtas cortos. Entendió lo de los güevos y agarró un Ducados. Cuando vi que movía la cabeza en señal de aprobación le ofrecí lo que quedaba del paquete y 15 dólares por el Belén. Se mostró ofendido e inició el regateo con Ángel que subió la oferta. Mientras, Dalr, Quiosquera y yo, desde el quicio de la puerta, nos dedicamos a observar las tiendas de los alrededores. No había diferencia entre árabes y judíos. Vestían igual, vendían las mismas cosas, se suministraban cambio los unos a los otros y parecía que entre ellos reinaba una buena vecindad. Una sola diferencia: en las tiendas de los árabes el lugar de honor lo ocupaba el retrato de un Arafat sonriente.
El regateo estaba estancado entre 25 y 30 dólares. Volví a sacar tabaco, elogié el valor mostrado por los palestinos durante la Intifada y cerramos el trato en 25 dólares. Mi amigo árabe hizo intención de envolver el Belén.
- ¡Para, yo quiero otro!
Se detuvo en seco.
- Guan, tuentifaif dólar –los palestinos también dominan el inglés-. Tú, fifty.
- Y una leche –le dije sonriendo-. Si dis (señalé a Ángel) paga tuentifaif, guay ai pago fifty?
- Nau. Yu –señala al extremeño- tuentifaif. Yu –me señala a mí- tuentifaif.
Se me estaba quedando la boca seca, así que repartí tabaco otra vez.
- ¡A ver si nos aclaramos! If guan tuentifaif, tu forty.
Veinte minutos más de discusión. La tarde caía y empezaba el Sabat; los judíos recogían sus paradas y tomaban el camino de casa para celebrar el Pesah. Nosotros también abreviamos: si no teníamos intención de comprar un pesebre lo mejor era no perder más tiempo en el regateo. El, ya mi amigo, moro se dio cuenta de que no había venta y cerró el trato en forty dólares. Me fijé en el segundo Niño. Era parecido al primero pero tenía medio metro de pescuezo; pedí que me lo cambiara por otro.
- No problem –y me enseñó otro que estaba mejor hecho pero era más feo que el que le había vendido al extremeño-.
Se fue a la trastienda y volvió con los belenes empaquetados. Uno de ellos estaba marcado con una X. Ángel fue a cogerlo y el palestino le indicó con una sonrisa que ese era el mío. Echamos otro cigarrillo mientras pagábamos y el morete me guiño un ojo al darme el cambio.

Cuando abrimos el paquete en el hotel comprobamos que nos había puesto el Niño más guapo. En el comedor encontramos a Ángel cabreado: su Niño era el del pescuezo de medio metro.

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