sábado, diciembre 29, 2018

Calorina


La noticia me llegó vía guasap el día de San Esteban:
- Se ha muerto el Calorina, ese hombre que tenía las barbas largas.
Lo han enterrado hoy a las once.

Juan era hijo de la Adelina y de Jaime “el Calorina”, y nieto de Manuel el Pelao e Isabelica la Cunera. Había heredado el apodo de su padre, ya que sus hermanos, con los mismos derechos hereditarios, fueron siempre los Calorincillas. Tropecé con él en la escuela de D. Baltasar y durante bastante tiempo nuestros caminos apenas se cruzaron. A pesar de ser dos o tres años mayor que yo, Juan estaba en el banco de los parvulitos aprendiendo a leer, mientras yo me codeaba con los más adelantados de su edad. Fue por entonces cuando entendí que no portarse bien conllevaba sus riesgos:
D. Baltasar disponía de dos jarabes medicinales (ambos de palo): la Pepa, que era un listón de 2,5x3 y 100 o 110 cm de largo, y la Hija de la Pepa, que era una palmeta de unos 35 cm y que se adaptaba a la palma de la mano como el anillo al dedo. Cierto día, no recuerdo bien qué estaría haciendo el maestro, el Calorina y su amigo inseparable, el Ratón, empezaron a saltar sobre el asiento corrido del pupitre de los párvulos; la madera, carcomida y astillada por el sufrimiento de tantos años bajo tantos culos, cedió y se partió en varios trozos. D. Baltasar agarró la Pepa y se fue en busca de los infractores; al primero que emperchó fue a Juan y empezó a medirle las costillas con la vara.
- ¡Ay, ay! –decía el reo.
- ¡Guarda para cuando no haya! –contestaba el torturador.
Al cuarto o quinto vardascazo, la Pepa sufrió una fractura de estrés y se quebró en dos cachos. El maestro, que hasta le había dado un par de patadas en el culo, suspendió el castigo y cogió lo que quedaba de la vara:
-Vete a ver a Rafael el Carpintero y que te haga una vara como ésta. Le dices también que venga a reparar el pupitre y que le mande la cuenta a tu padre.

Ya digo que entonces yo apenas me relacionaba con Juan; mi amigo era su hermano Jaimico, más de mi edad. Pero un verano de aquellos Jaimico se murió; entre los niños decíamos que se había comido un pepino envenenado pero eso es algo que ahora no puedo asegurar: pudo ser un pepino o cualquier diarrea de aquellas que cada verano diezmaban la población infantil. Coincidió que los niños de mi edad, incluso algunos mayores, me impulsaron al liderazgo de un grupito que pasaba sus ratos de expansión explorando los cerros cercanos, saboreando las primeras brevas de la temporada o jugando a indios en las cabezadas de la vega. Cualquiera de estas actividades precisaba de desplazamientos largos, a veces urgentes, lo que no se ajustaba demasiado al potencial físico del jefe. ¡Niente problema! Juan el Calorina me cogía a cucas, metía su brazo derecho bajo la corva de mi pierna del mismo lado y con esa misma mano me agarraba la pata fólica y echábamos a correr. A lomos del Calorina pateé mil veces los dominios donde los niños de mi edad me respetaban y los mayores me consentían.
Después me fui interno al colegio y nuestros caminos se separaron. Juan se hizo muy amigo del Ratón y juntos emprendieron otras aventuras; incluso ya polluíllos se fueron de maletillas por esos campos de Dios, si bien la correría duró poco.
Desde entonces sólo lo he visto una vez; fue en la pescadería que hay junto a Tres Picos. No lo reconocí y, cuando pregunté y me dijeron quién era, me quedé con el regomeyo de que pudiera pensar que lo había despreciado.
Juan el Calorina posiblemente no ha llevado una vida ejemplar pero fue el amigo que me porteó siendo niños, que me defendió de los mayores y del que guardo un grato recuerdo. Es por esto por lo que siento profundamente su muerte.
Ojalá que el más allá sea benevolente con él. ¡Un abrazo, amigo!

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