miércoles, abril 06, 2011

La chaqueta de mi padre

1.- Mi pueblo es, o era, como medio grano de arena en el desierto del Sahara: los granos situados a más de dos centímetros de distancia nunca han oído hablar de él, pero los cuatro microbios que asentamos allí nuestros reales nos conocíamos como si nos hubiésemos parido unos a otros. Y, claro está, cada microbio llevaba su Sambenito aunque, no siempre, tal prenda se luciese en su significado peyorativo. Así, durante bastante tiempo, mi hermana mayor y yo fuimos utilizados por los padres de los otros niños como ejemplos a tener en cuenta:
· Mi hermana representaba la sensatez, la constancia, la responsabilidad… el trabajo bien hecho.
· Yo era el ejemplo vivo de la improvisación, del esfuerzo mínimo, del riesgo. A pesar de todo se me reconocía imaginación y capacidad de aprendizaje; insisto, capacidad.
Mi padre, al que habían enseñado que a los niños no hay que alabarlos en demasía, sobre todo estando ellos presentes, delante de mi hermana callaba y, cuando se hablaba de mi futuro, insistía en lo dura que era la vida durmiendo debajo de un puente. Sin embargo, hablada de forma diferente cuando nosotros no estábamos. Así, pude pillar una conversación con uno de sus amigos.
- Entonces, la niña es buena… -le decía Juanico el cartero-.
- ¿Buena? Si fuera un hombre me quitaba la chaqueta y se la ponía…
Se me quedó grabado. Quizá, si yo mejoraba, podría quedarme con la chaqueta de mi padre. Me duraron poco los buenos propósitos; debí pensar que no tenía mi padre ninguna chaqueta que mereciera mi esfuerzo. Pero, cuando me internaron en un colegio, las cosas cambiaron: entre aprovechar las horas de estudio o aburrirme mirando la lentitud con que caminaban las manecillas del reloj, opté por estudiar. Era más entretenido y me ahorraba que el cura me pusiera la cara como un mapa, amén de prohibirme ir el domingo al cine. Cuando en junio me dieron las notas, no eran buenas, eran magníficas. Y volví a acordarme de la chaqueta. No hubo tal. Ni aquel junio ni en otros posteriores. Pero la chaqueta siguió ocupando un rinconcillo en mis pensamientos.


2.- A raíz de que me insertaran el muelle en la coronaria, pasé una larguísima temporada en la que sólo estaba a gusto mientras dormía. Bueno, ni eso; pero mientras dormía no estaba agobiado. Después de cuatro o cinco meses en que lo único positivo que hice fue mantener vivo el quiosco, Quiosquera me obligó a ir a ver al loquero, el cual (la cual) me recetó pastillas por un tubo que, además de realizar su función terapéutica, tenían efectos colaterales. Uno de ellos fue el sueño. Llevo más de dos años soñando cada noche, ¡cada noche!, lo mismo… o parecido. La trama es idéntica, un viaje por esos mundos de Dios, un viaje en autocar, tren, barco o avión (tierra, mar o aire), oscuro y enrevesado, pero cambia el desenlace. Un desenlace con tres variantes: quiosco móvil que planto en la Placeta (la Plaza Mayor, y única, de mi pueblo) o en una pequeña explanada delante de la casa de mi tío Enrique Manzano, problemas en el departamento de informática de la empresa que ya me ha puesto en la calle pero que no va a hacerlo efectivo hasta que les solvente el problema, o servidor, de nuevo interno en el colegio, repitiendo los cursos de bachiller porque quiero matricularme otra vez en la universidad.
Últimamente he añadido una variante: alternativamente voy resucitando y volviendo a enterrar a mi padre.


3.- Después de muchos días, lo comento con Quiosquera.
- ¿Le has rezado alguna vez?
- ¿A quién?
- A tu padre.
- No.
- Prueba.
Creo que las oraciones de los vivos no van mucho más allá del silencio que buscamos para hablar con el Más Allá, pero no tenía nada que perder. Probé. Aquella noche, después de visitar un país extraño, volví a soñar con mi padre. Estábamos en el Balneario. El Balneario era el almacén que mi padre ponía a disposición de los agricultores para que expusiesen sus hortalizas antes de subastarlas, subasta que, en mi pueblo y alrededores, no es subasta sino hastasub, pues las hortalizas se venden como el pescado: se fija un precio al alza y el corredor va bajando hasta que alguien para la cuenta y elige qué género se queda. Pues bien, un ratillo antes del inicio de la subasta se toca una corneta como la que llevaban los pregoneros, para llamar a los posibles compradores.
En mi sueño, mi padre estaba junto a la tarima que utiliza el corredor y tenía la corneta en la mano. En un momento dado, se volvió, me alargó la corneta y me dijo:
- ¡Anda, tócala tú!
Después de mucho tiempo, por fin desperté un día con una agradable sensación: mi padre me había hecho un encargo importante y me sentí como si me hubiera puesto la chaqueta.

Hace más de dos meses que no sueño con él.

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