jueves, agosto 06, 2009

Aparcar el camello

Cuando el viajero emprende ruta hacia el sur siguiendo la AP7, o A7 en según qué tramos, puede observar que, una vez ha entrado en la provincia de Castellón, aparecen carteles escritos en árabe que indican la situación de las áreas de descanso y, bastante más al sur, las ciudades donde coger el Ferry hasta Argelia o Marruecos. No he observado tales carteles en territorio catalán pero quizá sea porque, al conocer mejor ese tramo de la autopista, me fijo menos en los detalles. No quisiera pensar que Plataforma, al ser el árabe un idioma que se habló en la península, lo considere un peligro para la lengua vernácula.

Las indicaciones que cito no están por capricho de la DGT sino porque esta ruta es la que habitualmente utilizan los emigrantes del Magreb que trabajan allende los Pirineos y aprovechan el periodo estival para darse un garbeo por su tierra. Y funcionan. Hace años era habitual ver los coches con matrícula alemana o francesa y el colchón en la baca detenidos en el arcén de la autopista. Ahora paran siempre en las áreas de servicio o en las áreas de descanso. Los empleados de las áreas de servicio harían bien en aprender de la DGT y en vez de poner en los lavabos un dibujo normal con un grifo y unos pies tachados en rojo, deberían dibujar lo mismo pero con líneas árabes. Seguramente, así podríamos pasar a los retretes sin el peligro inminente de encontrar el suelo mojado y resbaladizo porque el moro o moros de turno hayan metido la pezuña en el lugar destinado para lavarse la cara o las manos. Otro tanto podríamos decir de la señalización de los lugares aptos para echar una cabezada u orar de cara a la Meca.

Regresaba de Almería cuando entré en una estación de servicio para echar gasolina y cambiar el agua al canario. Con el sol que estaba cayendo hasta las chicharras estaban silenciosas. Habitualmente aparco en el primer hueco que veo libre pero en vista de cómo pegaba Lorenzo busqué una sombra allá donde Perico perdió el gorro. Entré por el carril lateral. El primer hueco estaba ocupado por un coche de los que llevan el colchón atado en la baca; después había tres o cuatro huecos libres. Acostumbro a ser buen ciudadano y aparco siempre (casi) en uno de los extremos libres procurando dejar el camino despejado a los que vienen detrás y así encaré la maniobra. En el último momento cambié de opinión; justo antes de oír el grito de Quiosquera.
- ¡Cuidado, el moro!
Frené en seco pero hubiera sido tarde. A lo largo del hueco que yo pensaba encarar, un moro dormía la siesta con la cabeza, no sé si hacia La Meca, pero sí junto a la rueda trasera de su coche y bien centradito en la plaza adjunta. De haber sido fiel a mis costumbres, la cabeza del infiel hubiera quedado hecha una tortilla al Sacromonte, sesos incluidos. Y es que esta buena gente está acostumbrada a aparcar el camello junto a la jaima y nadie les ha explicado que, en los oasis europeos, hombres y animales aparcan en plantas diferentes.

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