Murciélagos

Había un espacio de tiempo que a los niños nos costaba llenar: el crepúsculo. Era demasiado oscuro para que nuestras madres nos permitieran estar lejos de casa, pero demasiado claro para estar en ella. Los más pequeños nos dedicábamos a cazar mosquitos.
Al caer la tarde, la atmósfera empezaba a llenarse de unos bichejos voladores que nosotros denominábamos mosquitos pero no picaban ni nada de eso. Eran como las mariquitas, aunque totalmente negros, y tenían un vuelo torpe que era fácil de interceptar y derribar. Los bichos que caían, acababan encerrados en un canutero. La gracia del entretenimiento estaba en que, cuando el canutero estaba bastante lleno, lo acercábamos al oído y daba la sensación que los bichos cantaban; seguramente los pobres pedían auxilio para que alguien los ayudase a escapar. Al final, los idiotas se morían.
Los niños más grandes tenían diversiones más arriesgadas: cazar murciélagos. Al contrario de lo que se ve en las películas y en los videos de National Geographic, los murciélagos de mi pueblo no pasaban el día colgados de las ramas de los árboles o del techo de una cueva. Durante el día permanecían bajo los aleros y uralitas del terrado y, al anochecer, se dejaban caer y emprendían su vuelo irregular y característico. De nuevo mi tío Manolo explicaba que los murciélagos ven poco pero tienen un súper oído que les vale para detectar insectos que pululan en la noche y de los cuales se alimenta; nunca entendí para qué quieren esos dientes tan afilados si, básicamente, comen bichejos blandos y diminutos (lo de las películas de Drácula vino después).
El sistema de caza era simple: se hacía uno con una caña larga, que se podía coger en cualquier seto, y se plantaba en mitad de la calle esperando los cazas enemigos. Cuando aparecía un murciélago, se agitaba la caña a derecha e izquierda intentando contactar con el animal; lo normal era que el murciélago esquivase la caña y continuara su vuelo. De vez en cuando se conseguía una diana y el bicho se iba al suelo; era entonces cuando entendíamos por qué aparcaban en las alturas: les es muy difícil levantar el vuelo a ras de tierra. Entonces venía el peligro; a un murciélago hay que agarrarlo por las dos alas y levantarlo manteniendolas lo más separadas posible; cualquier descuido lleva a que se revuelva y muerda al pobre niño que lo ha derribado. Es un bicho feo… horrible, pero la piel, al tacto, parece de terciopelo; y siempre da la sensación de estar cabreado mostrando sus dientes, en particular los colmillos, con la boca abierta.
¿Eso era toda la diversión? No. La caza en sí puede ser divertida pero siempre esconde una segunda parte: comerse el bicho, disecarlo, la cornamenta, los colmillos, la piel… Un murciélago, con el trato adecuado, se tira pedos. El trato adecuado consiste en coger un tizón encendido y metérselo por el culo; no es que el murciélago se tire pedos, es que revienta.
El hombre es bueno por naturaleza; es la sociedad quien lo pervierte (J.J. Rousseau).
¡Jo!
2 comentarios:
Nosotros, cuando pillábamos alguno, le hacíamos fumar un celtas corto, jejejeje. Que brutos éramos.
El tabaco lo guardábamos para las lagartijas.
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