miércoles, marzo 06, 2013

Esclavos del lenguaje



Cada tarde me toca recoger a mamá en el “cole” y, a pesar de que el trayecto es corto, me hago acompañar por cualquiera de las emisoras que transmiten un programa Encarna Sánchez style. En realidad, cualquiera de estos programas, que son un tostón, vale para hacer un par de kilómetros, entre ida y vuelta, sin que el oyente pierda totalmente los nervios; incluso, a veces, se permiten el detalle de despertar un cierto interés o curiosidad. Ayer, martes, el director de uno de ellos anunciaba que Mango había tenido que cambiar el contenido de su web porque en Francia se habían cabreado debido al uso de la palabra esclava dando nombre a una pulsera. Con un cierto tono de choteo hacía referencia a la acepción quinta del Diccionario de la Real Academia Española:
Esclava: pulsera sin adornos y que no se abre.
Una reportera completaba la noticia: “Según informa Economía Digital, dos actrices francesas y una columnista (supongo que francesa también) han puesto a Mango a caer de un burro porque en su catálogo anuncia una pulsera de eslabones, placa de identidad y cerrada como slave o style esclave cuando, en todo caso, debería denominarla como identity bracelet. La columna crítica pone de manifiesto que “la esclavitud no es moda” y que “Mango trivializa tragedias… que aún hoy afecta a millones de personas alrededor del mundo” (sic). Mango ha pedido perdón y ha cambiado el nombre de la esclava en su web francesa”.

Que las francesas protesten por semejante chorrada no es intrínsicamente grave, si bien es verdad que antes de poner a parir una firma deberían haber averiguado que los españoles solemos poner nombres a los objetos según nos suena o nos parece; así a la Torre de Radio-televisión Española de Madrid se la llama el Pirulí, a la Torre Agbar en Barcelona, el Supositorio, y a la Plaza Juan Carlos I, la Plaza del Lápiz porque en el centro de la misma hay un obelisco que termina en punta piramidal. Tampoco es grave que Mango pida disculpas y cambie su web francesa, puesto que lo suyo es hacer negocio y no se puede permitir perder ventas por ninguna causa. Lo que es grave es que la reportera española les dé la razón y defienda la postura francesa diciendo que ningún idioma llama esclava a una pulsera, ni siquiera los derivados del latín; y abunde en que hay que cambiar el idioma español para evitar expresiones como “hacer el indio” o “trabajar como un chino”. En realidad es “engañar como a un chino” y “trabajar como un negro” (los esclavos de nuestra civilización han sido mayormente los negros). Es verdad que la española se quedó aquí y no entró en expresiones como “me cago en los moros”, “esto es una judiada” o “ese niño es un cafre o un morisco”; seguramente sería aceptable “despedirse a la francesa” o “hacerse el sueco” porque, al fin y al cabo, tanto franceses como suecos son blancos y el racismo no cuenta contra ellos. Será, igualmente, mal visto ponerse unos pendientes que se llaman criollas, llamar marranos a los judíos conversos, ir al campo a coger moras o soplarse unas judías con chorizo.

Acabo de visitar Brasil, país habitado en su franja costera por individuos que van desde el negro betún hasta el moreno pálido, y no sorprende en absoluto ver cómo se relacionan entre sí sin tener en cuenta la cantidad de sangre de origen africano que lleven en sus venas. Nuestra guía era mulata y a los de piel oscura (tirando a negro) no los llamaba subsaharianos, los llamaba negros, y a los de piel más clara tampoco los llamaba caucásicos o indoeuropeos, sino blancos… Tal vez sea que los brasileños ya han superado la fase de complejo racista, mientras que los europeos nos obsesionamos con lo políticamente correcto. Y esto viene de largo. Es que ya no se pueden contar ni chistes; si el chiste se refiere a un agarrao, se enfadan los catalanes; si el chiste es de borrachos, se enfadan los andaluces… ¡como si tuviera gracia un borracho que no sea andaluz! Al final sólo podremos contar chistes de leperos porque en Lepe lo aguantan todo y se ríen de un entierro si falta hace.
Al final, entre que en los plurales hemos de mentar los dos géneros, que en cuestiones de religión hemos de evitar alusiones que cualquiera de ellas considere ofensiva (léase jamón, por ejemplo), que en asuntos familiares o de género hemos de tener en cuenta que no hay dos sexos sino cuatro, que no existen lisiados sino disminuidos físicos o psíquicos, que, en definitiva, no hay personas distintas (anormales) sino no-standard (valiente gilipollez A=no, NORMAL=estándar, no-standard=ANORMAL pero en inglés), lo tenemos muy jodido para entendernos porque o no paramos de hablar o tenemos que quedarnos callados por no encontrar la palabra adecuada. Mientras tanto, los políticos se dicen el nombre del puerco y no pasa nada.

O yo soy muy racista, muy racista, muy racista, o medio mundo se está volviendo lelo.

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