lunes, marzo 11, 2013

Catalina milanesa



Últimamente se habla mucho de Milán, no en vano mañana se enfrenta el FC Barcelona a uno de los equipos representativos de la ciudad italiana. Por ese motivo, y como no podía ser de otra manera, oímos referencias continuas al Duomo, a la Scala y a las Galerías Vittorio-Emanuele. Esta misma tarde, cuando volvía de recoger a mamá, hablaban del tema en una conocida emisora; por supuesto, el tema principal era el partido de fútbol y la posible remontada. Uno de los tertulianos se ha referido a los monumentos milaneses y ha recomendado que no se le ocurra a nadie comprar pasta en las galerías; para apoyar el consejo ha contado una anécdota que le sucedió hace años y que acabó por pagar un paquete de pasta a precio de oro. Claro, he pensado, ni pasta ni ninguna otra cosa; y que al sufrido turista no se le pase por la imaginación cambiar el agua al canario en uno de los cafés de la zona.

Fue en 1989. El tour se denominaba “Italia a Fondo” y ya veníamos de vuelta cuando paramos en Milán para almorzar. Después de la comida tuvimos 45 minutos de tiempo libre para echarle un vistazo al Duomo y dar un paseíllo por las Galerías Vittorio-Emanuele. Durante el viaje habíamos hecho amistad con Gonzalo, coronel médico, licenciado en Granada, e hicimos la visita juntos. Aquella noche debíamos cenar en Niza y, como seguramente, no íbamos a hacer muchas paradas en el camino, se hacía necesario aliviar la vejiga.
- Yo voy a ver si me meo un café –dije-.
- Te acompaño –contestó Gonzalo-.
Quiosquera y Dalr no dijeron nada, pero se apuntaron también. Entramos, pedimos los cafés y sacamos el periscopio en busca del letrero que indicaba “servicios”. Gonzalo, que dominaba mejor el italiano, preguntó; el camarero nos señaló una puerta que daba a una calle, a espaldas de las galerías; extrañados salimos por la puerta: en realidad, era una plazoleta o patio interior, en uno de cuyos lados otra puerta conducía a los lavabos.
Gonzalo abría camino. A la izquierda había un par de lavamanos y, delante, dos puertas accedían a los retretes. La puerta de la derecha estaba medio abierta; Gonzalo me la cedió. Por un momento quedamos en fila: la puerta de la izquierda, Gonzalo, yo y la puerta de entada, que era por donde se colaba la luz que medio iluminaba la sala. Gonzalo abrió su puerta, alzó el pie para entrar y… ¡la vi!
- ¡Gonz…!
- ¡Chof!
- ¡Mierda!
La pisó: una catalina en forma de plasta digna del culo de un elefante, situada entre la puerta y el plato del retrete, donde Gonzalo se había hundido hasta el empeine. Mientras meábamos, no me podía aguantar la risa, aunque intentaba disimular para que mi amigo no subiera el tono de sus juramentos en arameo. Finalmente oí que él también reía y pude dar rienda suelta y soltar una carcajada.
- ¡La madre que lo parió! –decía Gonzalo- Lo que no me explico es cómo coño ha puesto el culo ese tío "pa" cagarse aquí.

Mientras trataba de limpiar el zapato, una señora se asomó.
- ¿Está limpio el lavabo? –preguntó-.
- ¡Señora…! Usted misma –y le mostré el circo-.
Dio un paso adelante y vio el espectáculo.
- ¡Hoh! ¡Yo reviento pero ahí no meo!

Cuando volvimos al bar, la señora le estaba pegando un chorreo de padre y muy señor mío al camarero, que, por cierto, no parecía inmutarse. 

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